La hija de la colombiana

por Magdalena López

“Nací y crecí en un país que recibió a hombres y mujeres de otra tierra. Sastres, panaderos, albañiles, plomeros, comerciantes. Españoles portugueses, italianos y algunos alemanes que fueron a buscar al fin del mundo un sitio donde volver a inventar el hielo”

La hija de la española – Karina Sainz Borgo

¿Por qué no La hija de la colombiana o La hija de la ecuatoriana?, me pregunté cuando supe que el boom literario del año, según se anuncia en el propio libro, es una novela venezolana publicada en Europa que se llamaba La hija de la española. En ella se narra la historia de Adelaida Falcón, quien tras la muerte de su madre, queda absolutamente sola en una Caracas de violencia y horror. Poco después, la protagonista es desalojada de su propio apartamento por un grupo de mujeres de las milicias civiles del gobierno. Tras algunos avatares, logra suplantar la identidad de una vecina asesinada y huye del país hacia Madrid usando el pasaporte español de aquélla.

Inmigrantes en Venezuela

Al intentar expresar las dimensiones de la crisis, los venezolanos solemos enfatizar que la reciente estampida de cuatro millones de personas en apenas unos pocos años está ocurriendo en un país tradicionalmente receptor y no emisor de migrantes. El drama se acrecienta cuando intentamos encarar esta experiencia sin una cultura de emigración al modo de países como México, Perú y la República Dominicana. Estamos aprendiendo a emigrar prácticamente de cero y, para ello, parece que sólo nos queda echar mano de la memoria de nuestros propios inmigrantes en Venezuela. Pero, ¿de cuáles?

No pretendo aquí hacer crítica literaria, ni ofrecer una reseña de La hija de la española de Karina Sainz Borgo. En este texto me mueve más bien la necesidad de reconfigurar un sentido de comunidad post-catástrofe a partir de una lectura de la novela y la premisa de que la literatura es el arte de imaginar lo posible.

Hubo dos grandes oleadas de inmigrantes a lo largo del siglo XX venezolano; ambas provocadas por el “milagro” petrolero. La de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958), ligada a la políticas de atracción de migración europea que habían comenzado algunos años antes y, otra más espontánea, por así decir, durante la socialdemocracia (1958-1998). Sobre todo a partir de los años setenta, millones de latinoamericanos se instalaron en Venezuela, huyendo de crisis económicas, feroces dictaduras, y/o desplazados por conflictos armados. Buena parte de las generaciones que nacimos en esa década o después contábamos a los portugueses, italianos y españoles como piezas de nuestro paisaje urbano; para algunos, de hecho, fueron sus padres y abuelos.

Pero fueron los colombianos, haitianos, dominicanos, bolivianos, ecuatorianos y peruanos que apenas llegaban, los que nos revelaron, a los caraqueños, la ciudad precaria y subterránea de finales de siglo. Si a esto le sumamos los exiliados chilenos, uruguayos y argentinos y, otros inmigrantes menos numerosos como los chinos, trinitarios, sirios y libaneses nos topamos con una ciudad muy lejana a la de los megarelatos de modernidad. La nuestra fue una ciudad, por llamarla de alguna manera, tercermundista. Los jóvenes de a pie vivimos hasta los tuétanos esa otra Caracas. Y la vivimos con la consciencia de que asistíamos al derrumbe de algo que debía haber sido muy bueno, según lo rememoraban nuestros padres. En otras ciudades del país, como Mérida, Maracaibo, Maracay, Valencia, Cumaná y Carúpano por ejemplo, la situación no era distinta.

Desde la distancia temporal, es posible entrever hoy que Hugo Chávez  irrumpió en ese escenario del pasado para marcar una continuidad y una ruptura. Continuidad, al articular un megarelato nacional que nos montaría en la cresta de otra nueva ola. Ruptura, al colocar el foco en aquello que la nación perezjimenista y la del bipartidismo adeco-copeyano de los últimos veinte años eludían en la mayoría de sus imaginarios: los pobres venezolanos y los inmigrantes latinoamericanos. Esos que podían bajar de los cerros e invadir la ciudad; esos a los que, recordaban unos cuantos con nostalgia reinvindicativa, el general Pérez Jiménez nunca les dejó construir sus “ranchos” en El Ávila.

Sin embargo, entre tantas otras cosas que nos sucedieron a principios del siglo XXI, un día del 2004 el gobierno anunció que entre dos y cuatro millones de colombianos indocumentados podrían hacerse ciudadanos venezolanos con relativa rapidez. En barrios populares como el de Petare hubo celebración. En otros lugares no tanto. Con esta decisión Chávez se aseguraba más votos, sí, pero a diferencia de otros políticos, lo hacía otorgándole a los “caliches” o “colombiches” el mismo estatus legal de aquellos que a menudo los miraban por arriba del hombro.

En 2019, a la vuelta de dos décadas, es claro que la justicia social con la que el chavismo pretendió legitimarse es un cascarón vacío en el que lejos de sumar derechos fuimos perdiendo los que aún teníamos. Como lo señaló Paula Vásquez (2019), en la revolución bolivariana todos nos convertimos en sujetos sin ciudadanía. Frente a esa pérdida intentamos volver a imaginar la nación, pero lo que se nos ofrece con demasiada frecuencia es sólo el pasado.

Nostalgias

Vivimos tiempos de nostalgia. Enzo Traverso (2018) ha llamado la atención sobre la melancolía de nuestro tiempo. A diferencia de los proyectos de principios de siglo XX, los actuales no consiguen proyectarse hacia el futuro. Desde el Make America Great Again de Trump, pasando por la fantasía de restablecimiento de la Gran Rusia, la celebración de la dictadura brasileña de Bolsonaro y las identificaciones de López Obrador con Benito Juárez, cualquier alternativa de cambio se piensa como una recomposición del pasado. Paradójicamente, mientras más memorialísticos nos volvemos, añade Traverso, menos capaces somos de dotar al pasado de dinamismo en el presente.

Basta echar un vistazo al extraordinario libro El fin del homo sovieticus (2015) de Svletana Aleksiévich para constatar cómo la desintegración de la Unión Soviética produjo un imaginario de recuperación de la grandiosidad estalinista. Así, lo revolucionario resulta hoy conservador. La memoria viene a ser como una gran imagen sometida a photoshop en la que agregamos, alteramos y borramos todo aquello que contradiga la visión de un pasado pleno por oposición a un futuro vacío. Y en Venezuela, ese pasado al que se mira es el de un megarelato.

Lejos de una conciencia del fracaso que nos ofrezca cierta humildad para pensar el futuro, la nostalgia venezolana del “éramos felices y no lo sabíamos” entraña la elusión de la caída. Se memorializa un pasado puro y perfecto donde el chavismo y, por extensión, aquello que instrumentalizó para llegar al poder — la exclusión social y el deterioro de la socialdemocracia–, no existe.  Svetlana Boym (2001) propuso una diferenciación entre dos tipos de nostalgias: las restaurativas, que buscan proteger verdades absolutas, y las reflexivas, que las ponen en duda. Pero poner en duda el pasado prechavista implica un intento de comprensión histórica que resulta sospechoso para muchos.

Cada vez que se esgrime alguna continuidad respecto al rentismo petrolero, la violencia o la corrupción estatal se es culpable de justificar o legitimar el actual régimen. No se trata de un fenómeno anómalo. Guardando las distancias, una acusación similar sufrió Hannah Arendt (1963) cuando quiso comprender el nazismo y aproximarse a un personaje como Adolf Eichmann. La filósofa alemana no solo expuso un sistema, un contexto histórico, una modernidad burocrática, hizo algo peor: planteó que todos podemos llegar a ser Eichmann.

Desde la ficción, más de medio siglo antes, Joseph Conrad también había insinuado ese horror en El corazón de las tinieblas (1899): después de un viaje ominoso por río Congo, el capitán Marlowe descubría que el enloquecido y sanguinario líder Kurtz se asomaba en su propio rostro e incordiaba su memoria. Es precisamente este incordio, la sospecha de un Eichmann interior, lo que la nostalgia evita. Como la anestesia, la nostalgia nos coloca en un terreno de evasión, de clausura y aislamiento de aquello que nos produce dolor. Nos resguarda en la fantasía de un pasado incorruptible.

El relato chavista, ya se sabe, hizo lo propio. Eximiéndose de su pasado inmediato, incluida la propia participación militar en la represión del Caracazo de 1989, proveyó la versión de un pasado idealizado, presentándose como la actualización de las guerras de independencia y la lucha guerrillera. En una lógica antagónica, a la distorsión histórica oficial chavista se le contrapone a menudo la de una nación idílica en las últimas décadas del siglo XX, una nación totalmente desvinculada de la del siglo XXI.

He mencionado la nostalgia estalinista en la Rusia post-soviética como una muestra de la desvinculación de un pasado romantizado frente a un presente desesperanzador. En América Latina tenemos un ejemplo más cercano: el de la nostalgia batistiana impregnada de boleristas, Cadillacs y cabareteras que desencadenó el opresivo disciplinamiento de la Revolución Cubana.

No es infrecuente escuchar a los viejitos de la Calle Ocho de Miami (los que aún viven), rememorar La Habana de los años cincuenta, entre la puesta de una piedra y otra de dominó sobre la mesa. Pero, ¿qué cubano que tenga hoy cincuenta, cuarenta o treinta años podría sentir nostalgia por el universo batistiano? Un vistazo a la narrativa de las últimas generaciones cubanas revela que la experiencia de la diáspora e incluso del exilio poco tiene que ver con la idealización de un pasado que no vivieron. El desarraigo abordado por escritores como Anna Lidia Vega Serova, Enrique del Risco, Mylene Fernández Pintado y Carlos Manuel Álvarez es un asunto que, sin negar el referente histórico y político, asume una interioridad, le da voz al Eichmann, al Kurtz que no habita afuera sino adentro.

Universo perezjimenista

Vuelvo entonces a mi pregunta inicial que es también una pregunta generacional: ¿Por qué no La hija de la colombiana o La hija de la  ecuatoriana? ¿No fueron los inmigrantes de los años setenta, ochenta e incluso noventa los que marcaron los espacios más modestos y también los más descarnados de nuestra vida cotidiana de infancia y juventud en toda Venezuela? Aún tratándose de algún descendiente de inmigrantes europeos, ¿cómo es que un escritor venezolano de treinta, cuarenta y hasta cincuenta años se propone retratar una Caracas en ruinas abordando el tema de la inmigración en el país sin ni siquiera mencionar a los colombianos y a los ecuatorianos?

Ciertamente La hija de la española es el relato de una fuga. Pero lo es no sólo en el sentido literal de su argumento, sino también en su apuesta por el universo de la dictadura perezjimenista. Esto me resulta lo más curioso de la novela: la asunción desproblematizada de una memoria prestada. Toda memoria, como la ficción, está hecha, también, de préstamos, pero lo que rememoramos y ficcionalizamos los venezolanos dice mucho de los imaginarios con los que contamos para recomponer nuestra comunidad rota. Si la “salida” es aislar el presente del pasado, “cauterizarnos” contra el chavismo, ¿qué pasado elegimos? Para expresar nuestro desarraigo, ¿de qué inmigrantes echamos mano?

La hija de la española es la fuga hacia el programa político de Marcos Pérez Jiménez: el Nuevo Ideal Nacional. La “cauterización” contra el chavismo se expresa como el wannabe en el que dejamos atrás el subdesarrollo y nos blanqueamos, gracias a los inmigrantes españoles de los años cincuenta. En este escenario, los negros y los pobres sólo pueden existir de dos maneras: como huellas pintorescas, folklóricas, de un mundo rural extinguido, y como delincuentes, criminales chavistas.

De manera inusual, la melancolía aquí no es la del universo populista adeco; la modernidad anhelada no es para todos. La trasformación de la protagonista alegoriza la teleología selectiva desarrollista. Se convierte en española y se desplaza al “Primer Mundo”. Ejemplo de lo que Hommi Bhabha (1994) denominó “mímesis” para hablar de las apropiaciones identitarias de prestigio en contextos coloniales, la novela propone una asunción absoluta de la identidad europea.  La mímesis se revela no sólo en la trama y en el lenguaje, marcado por españolismos, sino también en un afán de imitar el habla popular con ecos de la novela regionalista que, a ratos, más que recordarme a Rómulo Gallegos, me hicieron pensar en un narrador como el Camilo José Cela en su novela La Catira, dada su distancia respecto al mundo representado.

Tanto la nostalgia por un pasado socialdemócrata como perezjimenista se traducen en la petrificación de un tiempo que no se hace cargo de las ruinas del presente. Lo ajeno se constituye precisamente por la separación, la “cauterización”, el no “embarrarse” con el presente de horror. Eichmann y Kurtz permanecen en universos ajenos, tan ajenos como las mujeres chavistas que invaden el apartamento de la protagonista de la novela de Sainz Borgo. Pero la fuga hacia el imaginario del Nuevo Ideal Nacional tiene implicaciones aún más delicadas que la posible fuga hacia el mundo de la socialdemocracia. En el intento por mostrar al chavismo como una suerte de entidad ontológica del mal amputada de toda historicidad, no sólo se esquiva cualquier responsabilidad del pasado sobre el presente, sino que también se prescinde del legado democrático venezolano que antecedió a la llamada revolución bolivariana.

Pareciera que como el chavismo monopolizó la potestad de representar a los marginados de nuestra sociedad, también a ellos hay que sacarlos de la escena. En la novela de Sainz Borgo o bien los inmigrantes de las últimas décadas no existen o bien, los pobres son criminalizados –una manera otra de invisibilizarlos–. Es por ello que los peruanos, dominicanos o haitianos no pueden existir en la cosmovisión perezjimenista que nos propone la autora. No importa cuántos venezolanos estén cruzando diariamente la frontera con Colombia hoy en día: la experiencia colombiana en Venezuela no constituye materia alguna para mirarnos en el espejo.

Marta en el espejo

En mayo de 2017 tuve que viajar de emergencia a Caracas. Mi abuela había enfermado gravemente. Salí de la apacible Lisboa y aterricé en una ciudad en llamas. Los hospitales ya sufrían cortes de agua y no se conseguían las medicinas. Caracas estaba llena de barricadas y de cierres de vía por soldados que hacían muy difícil desplazarse al hospital o buscar los remedios. En vista de todo aquello, mi abuela decidió irse a casa y dejarlo de ese tamaño. Dado su estado, mi familia contactó a la Cruz Roja para saber dónde conseguir algunas cosas (suero, antibióticos, morfina) y averiguar sobre alguien que pudiera ayudar a cuidar a mi abuela en su casa.

El día que llegué a verla la encontré dormida en su cama. Había pasado muy mala noche y a su lado se encontraba una mujer morena un poco más joven que yo. Se llamaba Marta. Marta vivía por los lados de Las Minas de Baruta y había estudiado para auxiliar de enfermería. Tenía dos hijos y un marido de Pereira. Iba tres veces a la semana durante las mañanas y se ocupaba de bañar, y suministrarle el suero y los remedios a mi abuela. Hicimos buenas migas. Supongo que como era de Cartagena las afinidades caribeñas emergieron enseguida.

Una mañana Marta me dijo que se volvería a Colombia con su familia a finales de junio. Su madre los mandaba a llamar porque aunque siempre habían sido muy pobres, allá a los niños nunca les había faltado la leche. Hacía días que Marta no sólo no conseguía leche, sino tampoco pollo, caraotas ni arroz. Con un poco de desasosiego, casi en tono de reclamo, le pregunté “¿Pero cómo te vas ir?”, “si la gente que le echa bolas a este país se va, ¿quién lo va levantar?” Recuerdo que ella me miró de arriba a abajo en silencio. Yo me regresaba a Lisboa en unos días y me preocupaba que mi abuela se quedara sin cuidado.

Pero, la verdad, entre mi abuela y el país parecía no haber distancia. Dos segundos después me cayó la teja: yo, la venezolana, la doctora en literatura, regresaba a Europa y le reclamaba a la colombiana, la auxiliar de enfermera, que se hiciera cargo del desmadre de mi país. Ese día, Marta estuvo de acuerdo en que yo le cambiara el pañal a mi abuela. Tuve que embarrarme, sí.

Mi tragedia familiar-nacional me devolvió la imagen de Marta en el espejo. O, quizás, con la mirada que ella me echó, entendí que inconscientemente levantamos distancias sociales que revelan su futilidad frente a la agonía de un cuerpo y que, finalmente, era yo quién debía ocuparme de la mierda propia. Pienso que la literatura debería ser como esa mirada especular de Marta: Negarnos la huida y obligarnos a encarar lo vergonzante. Pero, ¿qué pasado incorruptible permitiría tal tarea?

Mercado y violencia

Una parte de nuestra literatura reciente huye hacia el imaginario idealizado adeco. Me refiero a aquellas obras que van desde las solemnes y seriecísimas rememoraciones de juventud narradas con una conciencia adolescente; es decir, aquellas donde la petrificación del tiempo no tiene que ver con lo que se cuenta sino en cómo se cuenta, hasta las añoranzas de la larga fiesta en París –no confundir con Bogotá– de la que tantos disfrutaron gracias a los petrodólares de un estado generoso.  El giro perezjimenista de la novela de Sainz Borgo, sin embargo, asoma una melancolía distinta que probablemente será tendencia en las venideras ficciones por las implicaciones internacionales del mercado editorial.

Vicente Lecuna y Alberto Barrera (2019) han argumentado que, a pesar del daño que el chavismo infligió en el sector cultural, hubo una consecuencia positiva. Provocó un quiebre liberador de la dependencia histórica que sostenían los escritores con el Estado. Dicho quiebre condujo a una mayor diversidad en la escritura y a una preocupación por los lectores. Efectivamente, salir al ruedo del mercado editorial fuera del amparo garantizado por un conjunto de editoriales y redes de distribución estatales, y la escasez de materiales básicos como el papel y la tinta en Venezuela; condujo a una diversidad y a una amplitud que hace de este momento, uno de los más interesantes de nuestra literatura. Sin embargo, nuevos riesgos asoman en la medida en que el mercado en castellano sigue teniendo su centro en España.

Como tantos otros latinoamericanos, los venezolanos tendremos que ganarnos lectores en Europa. ¿Pero cuántos lectores en Barcelona, en Madrid, en Bilbao, en Valencia o incluso en Vigo estarían dispuestos a comprar una novela venezolana que se llame  La hija de la colombiana?

Los escritores cubanos, que en esto de resistir los embates del Estado llevan muchos más años que los venezolanos, confrontaron este problema durante el Período Especial. Cuando la única manera de publicar –y de obtener unos pocos dólares que permitieran llenar el estómago– era que algún “agente” español los “descubriera”, de pronto la narrativa cubana se llenó de jineteras, balseros y delincuentes negros y mulatos.

Lo que comenzó como una necesidad de expresar la realidad cubana censurada por los medios, se convirtió en pornomiseria para lectores ávidos del exotismo que no encontraban en sus países. Fue el momento de la “moda cubana”, en que se publicaron decenas de novelas y se otorgaron numerosos premios a jóvenes escritores de la isla. Hoy en día, buena parte de estos libros pasaron al olvido y las editoriales prefirieron refrescarse con otros países en crisis. Sin embargo, como es posible aprender de la experiencia ajena, lo sucedido con la literatura cubana de los noventa debería llamarnos la atención a los venezolanos:  ¿para quiénes estamos narrando? ¿Nuestra escritura es capaz de reconfigurar la tragedia, de manera que permita imaginar lo posible?

La situación es urgente y se ha ignorado demasiado tiempo. Pareciera que ningún esfuerzo es suficiente para llamar la atención sobre la magnitud de lo que ocurre en Venezuela. Es entendible, por tanto, que se desee ganar lectores empatizando con ellos, aproximando culturas, mimetizando identidades. Pero, por mucha desesperación que tengamos, debería haber cierta opacidad en la ficción que pueda resistirse a las explicaciones exactas y autosuficientes.

Si lo que se anhela es representar y darle difusión a una realidad desconocida todavía por muchos, ni los venezolanos somos europeos sin lazos afectivos, ni la realidad del país es simplemente un compendio comprimido de atrocidades en un solo día o dos. O, al menos, no somos/no es sólo eso. Creo que tampoco la escritura puede cifrar su hondura en el aislamiento aséptico de un presente y de una alteridad que no “contamine” nuestra melancólica integridad. La violencia no constituye sólo un asunto de consumo editorial, es también lo que nos embarra, lo que nos compromete. Es lo que viene a incordiarnos alimentando nuestro Kurtz, nuestro Eichmann.

Como Marta y como los millones de “caminantes” venezolanos que cruzan la frontera con Colombia, el otro somos (nos)otros. Y con ellos nos hemos ido fragmentando, desangrando, pero también con ellos vamos reconfigurando la nueva comunidad que aún intentamos armar y descifrar en medio de la debacle.

El régimen chavista nos condujo de regreso al siglo XIX, ¿Cuánto más atrás estamos dispuestos a ir para eludir esa catástrofe? ¿A cuántos más vamos a excluir?

Referencias

  • Aleksiévich, Svletana. El fin del Homo Sovieticus. Barcelona: Acantilado, 2015.
  • Bhabha, Homi K. The Location of Culture. London; New York: Routledge, 1994.
  • Boym, Svletana. The Future of Nostalgia. New York: Basic Books, 2001.
  • Lecuna, Vicente y Alberto Barrera. “Narrativa venezolana de entresiglos”. Revista Iberoamericana 266 (2019): 135-148.
  • Sainz Borgo, Karina. La hija de la española. Barcelona: Lumen, 2019.
  • Traverso, Enzo. Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2018.
  • Vásquez, Paula. “Cuando se consume el cuerpo del pueblo. La incertidumbre como política de supervivencia en Venezuela”. Revista Iberoamericana 266 (2019): 99-116.

*Texto original publicado en la página de Efecto Cocuyo, el 21 de julio, de año 2019.

*Agradecemos a la autora por la generosidad de permitir que este texto se pueda difundirse en este espacio.

Misceláneas

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Souvenirs

Leer y escribir en un país invisible

El intersticio primero

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Vivir con nuestros muertos

Es la pérdida misma la que se ha perdido

por Alexander JM Urrieta Solano

1X1

No sé cuándo empecé a vender libros.

Quizá comenzando sociología. Capaz un poco antes, cuando era mensajero de un bufete que se reunía a comer y beber en El Dragón Verde, unos chinos por el Bosque.

Por las noches trabajaba recogiendo cables en bodas, quinceaños y graduaciones.

Tenía diecinueve años.

Cuando mi jefe (El Jano) estaba de buenas o pasado de tragos, dedicado a bailar con las niñas y seducir a las matrioskas, me dejaba usar el mixer pasada las doce, cuando la pista se llena de gente en el orto. Ponía mi sesión electrónica: Daft Punk, DJ Sammy, Chemical Brothers, Fake Blood, Soulwax, Justice, Dada Life. Dependiendo del momento tenía mi selección salsera: Dimensión Latina, Cortijo, Ray Barreto, La Orquesta Harlow, los Hermanos Lebrón, el Disco Blanco de Palmieri (que suena mejor a las cuatro de la mañana y a las dos de la tarde), La Sonora Matancera y la dicha de Fania All Stars.

Esta constelación de referencias fue la herencia de mis tíos de la Oficina N°1, hombres alegres que luego de entregarse a los evangélicos dejaron la melomanía para siempre. La desmesura espiritual los hizo seres aburridos y entristecidos en la fe. El pasado festivo quedó retenido en la gaveta de la vergüenza, que para los cristianos es lo mundano, para los druidas urbanos (amantes de Herman Hesse) el Samsara, y para los lacanianos, lo real, la caja negra del inconsciente (esto claro, hablando en términos aeronáuticos).

Luego Perdomo me explicará en la Tasca Los Hermanos que lo real es una estaca clavada en el océano, una vara que mide lo que no puede medirse. Por medio del lenguaje, me dijo, tratamos de dar orden y sentido a lo caótico de la vida. Eso es lo real. Ese intento frustrado de retener lo inefable con las palabras.

Mezclar lo que nos provoca es lo más parecido a ser Dios. En tal caso, un pequeño demiurgo.

El porvenir, gracias a la extravagancia de la juventud, la tristeza, las ilusiones y la falta de experiencia, se podía evadir.

Tenía sueños desordenados.

Los recuerdos son imágenes fijas en segundos de canciones.

Años después leí la definición de Instante para Leidy, una niña de diez años: El instante “es lo único que uno le pide a una persona”.

Rayado en Bello Monte

1X2

Escribía reseñas para una agencia de objetivos promiscuos: “promover bandas emergentes”.

Estamos en el 2011.

Había muchos conciertos gratis; lo gratuito presagiaba una metástasis discreta.

Escucho System of a Down, MGMT, Morricone, Ratatat y Kavinsky.

Me ofrecía para llenar y ordenar iPods nano y clásicos. Tenía que crear listas y proponer antologías para el mañana. El éxito de los servicios (tanto escribir como llenar iPods) radicaba en la garantía de un sentido del gusto por los detalles. Requisito indispensable para el librero. Pero eso vendría después.

Con la música los trabajos eran sencillos, de reconocimiento; más que las canciones, de uno mismo. El descubrimiento y asombro son cruciales para el DJ, selector, entusiasta o cualquier cronista en formación durante los años difíciles, etapa que particularmente nunca termina para el espíritu inquieto.

El sentido del gusto se construye. Orbita entre novedades y posturas fósiles. Hay cierto recelo sagrado por las cosas inútiles. A veces una mezquindad inusitada nos priva de alternativas para ser mejores.

Mi problema con la agencia era cuando una banda era mala y tenía que venderla como buena, justificando un sueldo… intereses ajenos de rapiña.

También me pasará vendiendo libros. Metido en discusiones estériles por la defensa del lector—el respeto del tiempo, mantener relaciones públicas (inevitables pero necesarias) con escritores insoportables, artistas sin talento y narcisistas, empeñados en la pose que está por encima de su obra —se tiene que ser comedido en la distribución de los elogios.

Tendré hitos canallescos, así como pequeñas alegrías donde recuperaré la fe en la humanidad, para perderla al día siguiente.

Pero no quiero adelantarme. El ahora es pasado.

Nunca me interesó escribir. Mejor es ver y escuchar. Acumular canciones. Volver para siempre a las mejores partes de nuestra vida. De ahí el origen del Juego de las listas, intentos de inventariar recuerdos. Dejar constancia del rastro.

Tendré nuevas definiciones de la palabra Espíritu.

Para Pablo, de 10 años: “El espíritu es un recuerdo de la mente”.

Para Andrés, de 9 años: “Es el segundo cuerpo que vive en la muerte».

Mural en la Avenida San Martín

1X3

Anoto una frase de “El libro de las semejanzas” de Edmond Jabès:

“Existo porque tú me conoces, decía. De ti proviene mi semejanza.”

Asunto crónico de la memoria: perder la capacidad de concentrarse. Extraviar los vínculos con la semejanza.

Sobreestimulados por los signos de la rutina se nos priva el espacio del aburrimiento. En un caso terminal se nos niega el espacio para contemplar: cultivar la mirada atenta en una sociedad farmaco-pornográfica.

Reviso un libro de Mark Fisher: “Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos”. Se menciona la facilidad que ahora tenemos para acceder a cualquier información. Fisher dice que prácticamente todo lo que queremos está disponible para ser visto una y otra vez. Concluye que “bajo las condiciones de la memoria digital, es la pérdida misma la que se ha perdido.”

Baudrillard encontró un problema en la llamada memoria digital. Los servidores (computadoras y prótesis inteligentes) no pueden recordar como tal puesto que no tienen la capacidad de olvidar.

¿A qué viene ese consentimiento para que una prótesis recuerde por mí? Agendamos citas, cumpleaños, afectos dispersos en imágenes, con la plena seguridad de que podemos incluso darnos el lujo de olvidar con mayores excedentes, aplacando los detalles, en la medida que el ritmo acelerado de vida justifica nuestro déficit de atención. ¿Cómo hacemos memoria a partir de esos (des)entendimientos?

Lo digital como memoria encuentra una paradoja: pretende ser una cosa que es y al mismo tiempo no es (es hauntológica). La memoria no es una “cosa” o un objeto que se encuentra o se pierde. Siguiendo a Gillis, la memoria no es una cosa Sobre la que pensamos sino una cosa Con la que pensamos. Ella no puede existir fuera de nosotros, nos constituye. En cambio, con la memoria digital (supongamos: la data: los recuerdos) se puede prescindir de nosotros. De hecho, esta forma de memoria protésica, para que contradictoriamente exista debe estar siempre en otra parte.

Con ironía siniestra el algoritmo sugiere una frase de Antonio Porchia: “Mis cosas totalmente perdidas son aquellas que, al perderlas yo, no las encuentran otros.”

La Candelaria

1×4

Releo «Terapia para el Emperador», de Manuel Llorens, donde cuenta sus experiencias como psicólogo de la Vinotinto. Llorens reflexiona sobre una herida. La Vinotinto como reflejo de nosotros. Dice: “Las pasiones que ha desatado la Selección Nacional de Fútbol han servido para repensar nuestros apasionamientos, nuestras aspiraciones. Maniacodepresivos dice el Dr. Fernando Rísquez que somos los venezolanos. Pasamos del festín, a la desilusión. Sufrimos de esperanzas espasmódicas, mercuriales. Vivimos de quince y último. Derrochamos con alegría el fin de semana y nos quejamos los días restantes”. La selección como nuestro espejo. La ilusión se concentra en la satisfacción inmediata. Poco creemos en el trabajo discreto de todos los días. Venezuela piensa en la gratificación efímera del presente, a costa de siempre evadir el porvenir. Tenemos “la mirada eternamente perdida en un lugar que no es el nuestro. Confundidos sobre nuestro lugar en el mundo…Dudosos y ambivalentes sobre nuestro propio valor”. Estas huellas oscilan en nuestra cultura. La tendencia es la resignación: “No hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista”. Para Llorens, “una manera extrema de sostener la esperanza”. El «Mano tengo fe», exprimido hasta el fetiche comercial, es otra píldora para tolerar la amarga realidad. “Difícil mantenerse sereno ante las posibilidades de victoria. Se teme ilusionarse demasiado. Se ha estado esperándola tanto tiempo que cuando se ve cerca se teme que sea una mera fantasía…Nuestras esperanzas son frágiles…Hay que sacrificar demasiadas cosas para mantener una meta a largo plazo. Y no parece rentable sacrificar el presente por un futuro que no termina de llegar”. Hemos sido poco críticos con las fantasías que nos vendió un sistema afanado en elevar nuestra fe a la insensatez. Parece salpicarnos en otras formas de vida, condenados a “tener que revivir el sufrimiento de perder lo que se desea”. La esperanza tiene un alto contenido psíquico. Reducida a mercancía deviene en ceguera, fanatismo. La esperanza miope es una cárcel. Cierro y cito a Sasha Guitry: “Un hombre inteligente se repone pronto de un fracaso. Un hombre mediocre, no se repone jamás de un triunfo.»

Maurice Pinguet – La muerte voluntaria en Japón

1X5

He pensado en unos versos de Derek Walcott:

House of umbrage, house of fear,
house of multiplying air

House of memories that grow
like shadows out of Allan Poe

House where marriages go bust,
house of telephone and lust

House of caves, behind whose door
a wave is crouching with its roar

House of toothbrush, house of sin,
of branches scratching, “Let me in!”

House whose rooms echo with rain,
of wrinkled clouds with Onan’s stain

House that creaks, age fifty-seven,
wooden earth and plaster heaven

House of channelled CableVision
whose dragonned carpets sneer derision

Unlucky house that I uncurse
by rites of genuflecting verse

House I unhouse, house that can harden
as cold as stones in the lost garden

House where I look down the scorched street
but feel its ice ascend my feet

I do not live in you, I bear
my house inside me, everywhere

until your winters grow more kind
by the dancing firelight of mind

where knobs of brass do not exist,
whose doors dissolve with tenderness

House that lets in, at least, those fears
that are its guests, to sit on chairs

feasts on their human faces, and
takes pity simply by the hand

shows her her room, and feels the hum
of wood and brick becoming home.

Esta es la casa en ruinas de mis semejantes. Pienso tanto en los que se han quedado y tienen la vida presa en otro sitio, en un tiempo desprovisto de futuros, en un ahora sacudido por la especulación de lo que pudo haber sido, de lo que nunca fue. Idealizar el futuro es una forma de quemar el presente. La nostalgia es el salitre de la memoria. Filtración en medianera. En mi prótesis elijo ver un panorama menos doloroso del mundo, sesgado más por lo que consumo que por lo que en realidad importa. «En algún lugar lejano detrás de mí, el paisaje de mi enloquecido país está cada vez más pálido, aquí delante de mí, una escalera que no lleva a ninguna parte» (Ugrešic). Junto a seres amados quedamos, como si la alternativa fuese un lujo, en seguir adelante, dándole un sentido discreto al derecho de vivir despierto. Ahora creo entender mejor lo que dice el poeta Alfredo Herrera en sus Remanentes: «el amor a las sustancias requiere alta actividad del alma».

Esquina el Hoyo

Misceláneas

«La mayor de las locuras es creer que caminamos sobre algo sólido. En cuanto la historia se insinúa, nos persuadimos de lo contrario. Nuestros pasos parecían adherirse al suelo y descubrimos bruscamente que no hay nada que se asemeje al suelo, que tampoco hay nada que se asemeje a los pasos.»

Vivir con nuestros muertos

El secreto del éxito japonés

Tanizaki en Las Vegas

El poeta en el mundo

El expediente H

Demolición y cábala

Demolición y cábala

por Alexander JM Urrieta Solano

Me gusta mi colegio porque es verde y hay poca tierra. En mi casa todo es gris y sucio. Me gusta estar en casa de un amigo por las tardes y preguntar por el que no vino. El tata de mi amigo dice que no va al colegio porque no tiene comida. El año pasado se fue mucha gente, la profesora dice que salieron a buscar algo. A veces sueño con los que ya no están. Lo que más me gusta de mi colegio es el canto de la mañana. Hablo del himno nacional, por supuesto. También el ruido del carro de papá calentándose en el estacionamiento para llevarme. Por mi casa todo es edificio y rejas con puyas. Los pájaros no existen, si hay deben estar en otra parte. Yo esas cosas las puedo entender porque soy grande. Donde yo vivo todo es como muy feo. Me gusta el olor de la cantina por la mañana, cuando todo está oscuro y se ven todavía las estrellas, o los bombillos, no sé, a veces son como lo mismo. El estómago a veces me duele por las empanadas y merengadas que desayuno, pero yo no digo nada porque después me quitan el dinero de la comida y me toca comer lo que hace mi mamá y eso si es lo peor porque su comida no me gusta para nada, pero igual uno debe ser agradecido, porque hay muchos que no comen. Pasa que algún compañero se desmaya en la formación y las maestras corren a recogerlo. Los niños caen como árboles, siempre se desmaya uno mientras vamos cantando el himno, se caen cuando vamos por esa frase que dice “el vil egoísmo que otra vez triunfó”, sé que no es chistoso, pero a mí me da risa, porque hacen como puff y se quedan ahí, como muertos vivos, pero con hambre, que no sé si sea lo mismo. Esas son las cosas que tengo para opinar aquí. Ojalá los que se fueron vuelvan pronto, mañana y pasado mañana tenemos clase. Cualquier cosa puedo prestar mis cuadernos para que copien las tareas y no estén tan perdidos cuando regresen. Quisiera que la maestra me deje llevarme una planta del jardín para ponerla en mi casa, si se puede.

Alumno cursante de 4to grado “C”. Publicado en la Revista Estudiantil El Tucusito, sección: Voces pequeñas del futuro, año IV, 2015. Unidad Educativa “Colegio Leoncito Barrios”, Caracas.

—Pensemos la nostalgia como una sucesión de imágenes en la tradición.

—Si nos remitimos —o, mejor dicho, nos tomamos el atrevimiento de extrapolar—a una lectura hipotética de la cábala (tradición) en nuestro sentimiento trágico, podemos ver que la nostalgia en las Sefirot (conjunto de imágenes poéticas) es una pequeña esfera ubicada entre la Gedullah (la grandeza) y la Gevunah (el poder); o bien la nostalgia se encuentra entre Hesed (el amor) y el Din (el rigor). Puede resultar desmesurado plantear esta relación alegórica de imágenes para explicar un acontecimiento del alma, pero mientras tanto (como bien lo justifica el texto) me quedo con este ejemplo de cómo dar dimensiones al acto de recordar; las vinculaciones múltiples que arrastra consigo el concepto de la nostalgia.

—Con la noción de las Sefirot se pretende evocar una imagen posible del alma. De modo especulativo: la ubicación cartográfica de la nostalgia. Es un dibujo libre, tal vez pueda rayar en el desacierto.

—Si el alma se puede representar como un edificio, como lo han hecho los psicoanalistas y fenomenólogos, y nos aproximamos de igual manera a la estructura de las Sefirot que dan forma a la cábala, ¿podemos decir que la nostalgia es una mezzanina?

—¿Puede también ser un pasillo que conecta habitaciones, pasajes, pero nunca conectados con ninguna salida?

—¿Puede conectarse un gran salón de la memoria con alguna forma de buhardilla del olvido? Si se me permite estas imágenes dentro de la pregunta.

—El olvido es un archivo comido por las termitas.

—¿La nostalgia como medio de tránsito también puede ser una escalera?

—Una escalera hacia ninguna parte.

—Una imagen más acertada si cambiamos la estructura de edificio-alma por casa-alma. La memoria puede estar regada en los objetos más triviales de una casa, un local plagado de nostalgias malditas, como diría el buen Quima.

—La casa es como una agenda. Cada objeto tiene una historia personal. Son esas piezas de rompecabezas que arman el marco de la memoria. Es justo cuando se me acumulan tantas cosas que asimilo las cosas que he perdido.

—Hablando de cosas perdidas. Me he quedado viendo en loop infinito un video de nueve segundos donde una excavadora destruye la entrada de un restaurante en Las Mercedes. La entrada tenía la forma de una cabeza de dragón chino. No puedo recordar si en alguna parte, cuando trabaja en el Avant Bistró, le tomé alguna foto. Solo queda para mí la imagen retenida de la destrucción. Nunca fui al restaurante. No conservo ningún recuerdo.

—El autor de la publicación en la descripción pone: “La ciudad no preserva. Sustituye. Una cabeza de dragón colapsa bajo el peso de la maquinaria”.

—Esto me recuerda a las reflexiones melancólicas que leí en un texto de José Ignacio Cabrujas. El parecía decepcionado al mencionar que Caracas es una de esas ciudades donde es imposible la existencia de recuerdos: “Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica”.

—Cabrujas hace una distinción entre pueblos que construyen y pueblos que destruyen. Nosotros, por supuesto, entramos en la segunda categoría. Tal vez sea una cualidad idiosincrática, quiero decir: es en la destrucción donde radica el sentido de nuestra pequeña existencia. Cierto que algunos pueblos destacan sobre otros por su forma de gestionar la memoria, así como están otros pueblos, como el nuestro, que ejercen las más variadas y crueles gestiones de olvido.

— “These are the last things…One by one they disappear and never come back…Close your eyes for a moment, turn around to look at something else, and the thing that was before you suddenly gone”. Pienso en oraciones dispersas de una novela de Paul Auster. Caracas es un proyecto de reconstrucción permanente. Las referencias que tengo de ella tienen como punto de partida las cosas que ya no existen. La pérdida es un valor no negociable de la ciudad. Es característico que nuestro habitus (forma de ver, hacer y ser) se legitime bajo los estandartes de lo provisional. “En Caracas nada se concluyó. Por eso, los caraqueños hemos soñado siempre con el día en que inauguraremos la ciudad, una ciudad que se parezca a nosotros mismos, lo cual es virtualmente imposible, pero al mismo tiempo un delirio colectivo” (Cabrujas).

—He sido testigo de cierres de refugios y fugas repentinas de amigos que, una vez expulsados del reino y dispersados en la nada migratoria, se han vuelto extraños cuya vida artificial veo progresar detrás de una pantalla que propicia irritaciones y problemas de la vista; he sido testigo de liquidaciones en librerías y ferias convertidas en bazares y esperanzas de bingo y lotería de animalitos; he sido testigo de tala de árboles, auspiciada por orcos gubernamentales, cuya existencia de siglos se desvanece en cuestión de segundos, la misma duración del video donde el político analfabeta se pavonea al son de una excelsa gestión ecocida.

—He visto, con cierto grado de asombro y cinismo, el desarrollo brutal del retraso. Otros cínicos, a lo mejor más avezados que nosotros, dirán que los cambios son inevitables, que la destrucción es inminente. ¿Pero cuál es la ciudad que a pasos rizomáticos estamos construyendo o, para ser más dramáticos —y en tal caso ridículos—, estamos disfrutando ver desaparecer? Cierto que las reflexiones de Cabrujas parten de una especie de tragedia estética: Caracas es la ciudad de paso, el campamento que a largo plazo —gracias a los ingresos excesivos de las rentas y la fantasía— se convirtió en hotel.

—El ciudadano de Cabrujas se traduce en monstruoso huésped: un parásito de la circunstancia. Este por naturaleza, fuerza opuesta de la costumbre, se encuentra en estado de paso, vive en la bruma del tránsito. Todo lo que le rodea parece y tiene que hallarse disponible y siempre a su servicio. Sin ánimos de generalizar —particularmente no me interesan las proposiciones pardas— el huésped de esta ciudad puede llevar una existencia media y llevadera, plácida (mente mediocre), libre de preocupaciones y esfuerzos: un sujeto incapacitado de reconocer el valor de la memoria y la palabra.

—Como la aspiración del huésped se sostiene en un mientras tanto se nos permite desplazarnos por el espacio con una libertad insensata, inmunes al reproche de los recuerdos. Podríamos decir que aquello que olvidamos nos define por encima de lo que somos capaces todavía de recordar. No tienen que sorprendernos los productos residuales de estas formas legítimas y nada vergonzosas de existir. Peor que un huésped cínico y pesimista, encontramos el huésped terminal nostálgico, el desmemoriado…cuando nos referimos a los casos más lamentables. Tanto los terminales nostálgicos como los desmemoriados hacen del pasado un espectáculo que aspira la captación de audiencias por igual trastornadas por aquello que han perdido. 

—Aceptar los cambios y el paso agresivo del tiempo es una forma de reconciliarnos con el pasado. El acto de recordar estimula las posibilidades del músculo, ayuda en la digestión, libera cólicos, alivia, aplaca los problemas de aliento.

—En ciertos puntos difiero con la melancolía extrema de Cabrujas. Todos los espacios permiten la existencia de recuerdos. El dilema aquí está cuando perdemos la potestad de acceder a ellos: decidir por nuestros medios el cómo y cuándo podemos olvidar. El mayor dolor es sobrellevar la desgarradura del recuerdo.  En una ciudad de grandes destructores es inevitable la existencia de grandes derroteros, grandes aspirantes de la nostalgia. Hemos perdido los vínculos físicos para ubicar —y por qué no decir: clasificar, ordenar, sustanciar—nuestros recuerdos.

—De hecho, ese vínculo perdido, paradójicamente, es la nostalgia, impotencia del nómada, prótesis del exiliado: espina dorsal del movimiento.

—Al ver cómo la máquina destruía la cabeza del dragón experimenté una sensación de pérdida. Una cabeza que recibía a los comensales devorándolos. He aquí una imagen operacional de la nostalgia. Esta sensación de pérdida no es nueva. Lo que resulta una novedad, y admitirlo duele, es reconocer cómo se manifiesta dicha pérdida en mí.

—¿Cómo ciertas piezas de mi mundo son demolidas por las mismas fuerzas del recuerdo? Regreso y creo entender a qué se refería Cabrujas con esa “permanente demolición que conspira contra cualquier memoria”.

—Sabes que algo se ha perdido cuando todavía puedes recordar lo que has olvidado.

—¿Cuántas cabezas de dragón tenemos que demoler para recuperar la nuestra?

Eugenio Montejo

Misceláneas al toque:

Después de Karl Krauss

El Expediente H.

El intersticio primero

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable

En el anochecer azul de mundo

El secreto del éxito japonés

El fin de los dirigibles

La escritura secreta de las tachaduras

por Augusto Roa Bastos

La edición de un libro borra su prehistoria guardada en los manuscritos. Por lo general, en la edición flamante un autor no reconoce de inmediato su manoseado manuscrito. «El autor que no encuentra su manuscrito en la letra impresa es una letanía vieja de cuatro siglos», decía Michel Foucault. Y el autor tiene sus motivos. Durante un tiempo más o menos prolongado estuvo abismado en esta especie de nebulosa salida de sus manos, de su imaginación. Ese ectoplasma de signos reverberantes lo persigue. El dejó su manuscrito en la imprenta acribillado por esas oscuras cicatrices que son las tachaduras.

¿Qué ha sido de ellas, adónde han ido a parar? ¿Qué es esta depurada y reluciente pulcritud del texto impreso, esta piel nueva y tersa, este cuerpo joven, fáustico, sin manchas, sin arrugas, que le ha sido devuelto por la tipografía? ¿No le ha habrán cambiado también el alma, los sentidos, la pulsión libidinal, que en cierto modo son suyos? Durante un tiempo el manuscrito formó parte de su cuerpo. Ahora, transformado en volumen impreso, es lo más ajeno que jamás tuvo. Es la desposesión absoluta. El libro queda desde ahora librado a la bulimia de las yemas de los dedos, de los ojos, del pensamiento, de la imaginación perversa de los otros. No es fortuito que la memoria visual de un autor padezca estas obnubilaciones.

Conozco el caso de un escritor vernáculo que cayó en la inocente mitomanía de creerse el mismo un libro recién impreso y virgen. Se negaba a ser abierto y leído. Le repugnaba que dedos untados de saliva infiel mancharan sus páginas en el vicio solitario de la lectura. Reclamaba con insistencia vehemente que lo acomodaran en un anaquel. Lo internaron en un asilo psiquiátrico para que recuperara su identidad. Lo cual fue injusto en este caso de total identificación de un sujeto —alienado por el síndrome del ex libris—con un objeto después de todo noble e inofensivo como es un libro.

Lo visité en uno de mis últimos viajes a Asunción. Me reconoció con un gesto desabrido, de resignado fastidio. «¿Sigue escribiendo usted?»—me preguntó—.»No»—le contesté mintiéndole con la verdad, tan descorazonado como ´él. «Hace bien—me dijo con verdadero desdén este nuevo Licenciado Vidriera del papel impreso—.Los libros se han convertido en una plaga peor que el Sida…». Me volvió la espalada dejándome con la mano en el aire. Me percaté entonces de que su camisola de hospicio tenía dibujado a rotulador un estante con un solo libro. He aquí, me dije, un ejemplo viviente de «tachadura» producida por una obsesión convertida en neurosis. La mancha había borrado en su vida psíquica todos los símbolos, salvo el de creerse y asumirse como libro, símbolo a su vez censurado y tachado en cuanto no admitía ser abierto ni leído.

Las tachaduras, esas manchas, la caprichosa geometría de rayas, de rejillas, de entrecruzadas espirales, de notas y llamadas marginales, ahora desaparecidas en el volumen impreso, estuvieron integradas a la escritura. Continúan formando parte de ella, sólo que en otro espacio abolido, el del manuscrito; se han convertido allí en una escritura secreta, en elementos de esta prehistoria del manuscrito que nadie (o muy pocos) podrá leer, interpretar y descifrar. Nadie se preocupará de hacerlo. Un lector es un lector, no un paleógrafo, ni el manuscrito un palimpsesto valorizado por el transcurso de las edades, sino un material simplemente desechable, olvidable, a veces inocentemente indiscreto. La inocencia es siempre indiscreta y por eso mismo más reveladora porque dice la verdad sin saber que la dice. Es probable que el autor tenga que felicitarse, más tarde, de este lavado de higiene tipográfica cuando el libro caiga en manos de los disecadores de oficio y los manuscritos hayan caído ya en el olvido.

La letra impresa instala el estatuto de la escritura en toda su plenitud; hace desaparecer las huellas de los balbuceos, las vacilaciones, las debilidades, las incertidumbres de un autor en su andar a tientas en medio del espejeo y del espejismo de los signos, en su lucha contra sus propios fantasmas y obsesiones que remontan a la superficie desde los bosquejos iniciales: esa angustia permanente, la agonía (en sentido de lucha, de combate, como en los antiguos juegos públicos llamados agonales, pero también en el sentido de la lucha postrera del moribundo), esa agonía sorda que padece un autor durante la elaboración de una obra. Sufrimiento agonístico ciertamente —en el sentido unamuniano— pero también, sin duda, goce de la intrínseca y dolorosa felicidad connatural de toda gestación en la que a la vez se muere y se da vida.

Me refiero aquí, principalmente, a la situación del autor de obras de ficción frente a la redacción de sus primeros borradores. Narrar un estado emocional en el lenguaje connotativo de la literatura (con sus significaciones múltiples y simultáneas en un contexto) es más difícil e incierto que formular una ley física, formalizar la estructura de un concepto o describir la anatomía del cuerpo humano. El lenguaje matemático, la lógica simbólica, las características de detonación en la escritura de carácter científico, operan en el universo abstracto e impersonal de leyes y de sistemas de leyes que pueden producir errores pero que no dejan «excedente» como ocurre con el lenguaje simbólico de la ficción. La excedencia es en ella el rasgo sintomático; acaso su fin último.

El mundo de la imaginación es particularmente pródigo en sorpresas, en encuentros inesperados, en variaciones imprevisibles que surgen del propio material en bruto o en estado naciente, si se quiere una expresión un poco más matizada. Una de las fuentes de estos secretos son las tachaduras. Y esto no sólo en el estadio del antetexto o primotexto, como dicen los especialistas (paratexto, lo llamó Gérad Genette), sino también en la versión del texto definitivo impreso, en su encuentro con el lector.

El tema de la escritura secreta solicitó la magia creativa de Jorge Luis Borges, en uno de sus cuentos La escritura de dios; el único con un tema alegórico en el escenario fictivo de la Conquista. Prisionera en su cárcel de piedra, profunda y tenebrosa, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, a lo largo de años y años, cree descubrir en la piel viva de los jaguares (hay un jaguar en la celda contigua) el mensaje de dios. Metáfora de esa escritura secreta son las negras formas que tachan el pelaje amarillo. Bajo esas manchas se halla escondida la escritura del dios. En el éxtasis de la revelación —que implica para él la liberación, el poder, la inmortalidad—, Tzinacán, al borde ya de la muerte, prefiere no pronunciar la fórmula salvadora y decide que muera con él misterio que está escrito en los tigres.

La galaxia de Gutenberg —como lo ha llamado Marshall McLuhan— ha hecho desaparecer la corporación de los antiguos copistas. Hoy día todos somos «escribidores» a máquina o en procesadores de textos. Desde este punto de vista, las tachaduras descifradas revelarían en el tejido contextual inopinadas significaciones. Tales elementos se convertirían, por otra parte, en verdaderos indicios de deconstrucción no deliberada del texto, en la línea del pensamiento filosófico y lingüístico de un Jacques Derrida o de un Paul de Man. Ellos han demostrado que la deconstrucción de un texto puede comenzar en el momento mismo de ser escrito.

En esta dimensión de lo borrado, de lo rechazado, de lo reprimido, estos elementos fragmentarios (estos criptogramas), adquieren su función significativa en la dialéctica del discurso declarado o manifiesto, imbicado con el discurso oculto o de «contrabando» que la polisemia del texto tolera y fomenta. Es casi obvio que la escritura responde a una pluralidad de códigos no fácilmente perceptibles ni determinables. El narrador, por ejemplo, utiliza consciente o inconscientemente, y casi siempre combinándolos, dos códigos o instancias primeras en su trabajo creativo: uno, simbólico, el otro operatorio. Las tachaduras, estos coágulos o sedimentos de represión, representan, a su modo, los tramos en lo que la instancia consciente reflexiona sobre sí misma y borra los balbuceos iniciales, surgidos de impulsos inconscientes.

En el arsenal de los recurso retóricos y tropológicos, las alegorías —no las metáforas—, son formas de tachaduras de la realidad o del discurso elíptico del poeta o del narrador. La alegoría—a juicio de Paul de Man, en un comentario sobre Hölderlin— no es sólo una forma de lenguaje figurativo, entre otros; representa una de las posibilidades que permite al lenguaje decir lo otro y hablar de sí mismo mientras habla de otra cosa; la posibilidad de decir siempre algo diferente de lo que ofrece la lectura, incluida la escena de la lectura misma.

El fenómeno de la tachadura hinca, como hemos visto, su raíz profunda en la vida intrapsíquica y no se manifiesta sólo en los manuscritos. Tiene diversas gradaciones, formas y modalidades. El hombre-libro mencionado al comienzo es apenas una muestra —que más se parece a una anécdota de ocasión—:la víctima de una perturbación psicosomática. Del mismo modo que la amnesia borra los recuerdos y anula la facultad de la memoria, o como el complejo de castración borra o mutila los rasgos caracterológicos originales.

En la literatura universal el caso paradigmático sigue siento el Edipo arrancándose los ojos como tachadura del incesto que permanece latiendo más agudo y doloroso en la noche definitiva de la ceguera. En Hamlet, la escena dentro de la escena, la representación de la muerte del rey, tacha simbólicamente el acto de venganza contra el asesino usurpador, que Hamlet no puede realizar.

Ya en el comienzo de la modernidad, Rousseau, en sus Confesiones habla de lo indecible. Su discurso elusivo, elusino, hecho con símbolos en carne viva, «tacha» los secretos de su vida antes de que se transfieran a la escritura y también los «tacha» simbólicamente con la oscuridad: «Huye del sol y del día quien ya no es digno de verlos».

Son estas tachadura parciales que respiran y se muestran oblicuamente con la nitidez esmerilada del genio russoniano. San Agustín, en sus Confesiones, procede a la inversa y declara explícitamente lo que quiere ocultar. Recursos que, en literatura, muchos siglos después utilizará Poe en su cuento La carta robada. Pero habría que retroceder hasta Sócrates, que nunca escribió nada. El mayor filósofo de la antigüedad clásica confió la expresión de pensamiento puro no a la escritura sino al lenguaje hablado dialógico, de su mayéutica, que Platón habría de describir fielmente después, rescatando de esta manera la escritura inexistente, preterida, desechada por su maestro.

La destrucción póstuma de sus manuscritos, encomendada por Kafka a su albacea y amigo Max Brod, y no cumplida por este, pudo ser una tachadura frustrada o fallida, contra su extinta voluntad. Los muertos son muy débiles. La destrucción real de un manuscrito por su propio autor es una tachadura total. No lo es menos el silencio definitivo de un autor, la voluntad de cerrar su obra condenándola a que su continuación sea un texto ausente, tal vez porque siente que esa única frase que todo autor, que cada uno de nosotros no puede dejar de repetir hasta el último aliento, ya está agotada y consumida en él antes de la muerte. El caso de Juan Rulfo, en la literatura de habla hispánica, es quizás la ilustración de este misterio insondable en un escritor de su talla que eligió el silencio contra los signos.

En la ficción contemporánea el arquetipo de tachadura de una obra célebre —nada menos que el Quijote—, es el cuento del ya nombrado Jorge Luis Borges, titulado Pierre Menard, autor del Quijote. Pacientemente, visionariamente, el protagonista superpone su fragmentario y utópico manuscrito al texto fundador de la novela moderna hasta hacer que ambos sean «verdaderamente» idénticos. En el espacio de la ficción, en la que realidad y verdad son simbólicas por ilusión, alusión o elusión, esta identidad es posible y puede engendrar una cadena de superposiciones, de tachaduras, invirtiéndolas hasta lo infinito.

«He reflexionado —señala el narrador desde el interior mismo del cuento— que es lícito ver en el Quijote ‘final’ una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —tenues pero no indescifrables— de la ‘previa’ escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar estas Troyas…». Ilustración acabada de «tachadura» total, este cuento de Borges, como la mayor parte de los suyos, es un modelo perfecto del género de deconstrucción o de las deconstrucción postuladas por Jacques Derrida y Paul de Man en los textos literarios.

Doble desconstrucción, la de Borges, en cuya circularidad vital y creativa, desde su juventud hasta el comienzo de su ceguera , el universo del intelecto o de la mente, depurado de todo vestigio íntimo, emocional, va siendo desplazado, anulado, tachado, por el universo del cuerpo, de los sentimientos, del lancinante y agonístico treno final del «yo soy realmente Borges».

Resulta asombroso que ni Paul de Man ni Jacques Derrida, que ha sabido conciliar creativamente filosofía y literatura, mencionaran este modelo precursor de su teoría, como lo son también, desde otro ángulo, Mallarmé o Hölderlin, de quienes sí se ocuparon ambos extensamente. Mallarmé/Borges, díada que entronca bipolarmente con Poe, Hölderlin, Nietzsche, Artaud, habitantes del lado oscuro de la luna.

MANUSCRIPTOLOGÍA

En el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de París (CNRS), funciona desde hace dos décadas el Instituto de textos y manuscritos modernos (el ITEM). Su finalidad es el estudio criptográfico de manuscritos de obras literarias, principalmente, en lo que corresponde a la parte no editada de tales manuscritos. La razón de esa elección de textos literarios es que la naturaleza del lenguaje simbólico facilita la aproximación a la escritura secreta, subyacente en los borradores originarios.

Esta búsqueda concierne al entero proceso de elaboración de la obra: desde los esbozos iniciales a los manuscritos íntimos, la correspondencia de los autores, sus declaraciones públicas y privadas, a las sucesivas ediciones de la obra hechas en vida del autor, así como toda otra suerte de documentos relacionados con la obra en estudio, por aparentemente insignificantes que sean.

Los investigadores se internan pues en un verdadero laberinto de variantes y modificaciones de retoques, transposiciones, correcciones, condensaciones, supresiones y amplificaciones a los que ciertos autores se aplican, a veces con verdadero encarnizamiento, adictos al dogma autocrítico del poeta y escritor irlandés W.B. Yeats: «Cuando retoco mis obras es a mí a quien corrijo».

Otro ejemplo ilustre: el de Gustave Flaubert o como lo prueba la queja de Alfonso Reyes puesta no inocentemente por Jorge Luis Borges como epígrafe de su libro Discusión: «Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras: que la vida se va en rehacerlas». Y luego de impresas, en corregir incansablemente las sucesivas ediciones, hasta que la muerte interrumpe este ejercicio a lo Sísifo que pertenece a la poética de las variaciones. Cosa que produce la desesperación de los críticos e historiadores de la literatura condenados a chapotear en el tremedal producido por los propios autores.

Por ahora, como es natural, la investigación se dedica a las obras de autores célebres. Sus investigadores han producido, o por lo menos iniciado, una revolución inusitada en el campo de las ciencias de la literatura: la investigación del proceso o recorrido genético de los textos a través de los manuscritos en todas sus etapas de elaboración.

Estos estudiosos de la prehistoria de un libro son pues, en cierto modo, genetistas del texto o, si se quiere, biólogos de la escritura. En cualquiera de los casos su trabajo podría calificarse, sin intención peyorativa alguna, como ciencia y arte de la «manuscriptología». Es así, con esta palabra, como la han calificado los expertos de la UNESCO cuando solicitaron al ITEM un informe sobre esta «nueva ciencia».

¿Cuáles son sus objetivos centrales? Según palabras de uno de los fundadores del instituto: «Poner en órbita un nuevo objeto literario; revelar una entidad orgánica; dar a la lectura la posibilidad de una tercera dimensión haciéndola penetrar en la intimidad desconocida del antetexto que subyace en los manuscritos y describiendo desde el interior de los mismos su carga genética lo más cerca posible del movimiento mismo de la escritura»*.

Esta finalidad se resume gráficamente en la frase de otro de los investigadores del instituto: «Encontrar la historia secreta de las hesitaciones y los errores del autor, reprimidos y escondidos bajo esas manchas de las tachaduras, y que constituyen allí en núcleos latentes de significación. Reproducir la escritura viva, la participación apasionada en la experiencia sensible e intelectual que se despliega a través de la obra y captarla en su origen».

Han comenzado, como es natural, por investigar los manuscritos de autores de lengua francesa (una treintena en quince años). Entre los más importantes figuran Montesquieu, Stendhal, Balzac, Nerval, Flaubert, Baudelaire, Proust, Valéry, Céline, Sartre. Luego Poe, Heine, Joyce. Se proponen estudiar igualmente a su ex secretario y discípulo Samuel Beckett, a Franz Kafka, incluso a Jorge Luis Borges. Galería de autores que habla por sí sola de la importancia y los ambiciosos alcances de tales trabajos.

Esta apasionante aventura científica comenzó con la investigación del codicilo del testamento de Víctor Hugo, el primero en lugar sus manuscritos a la Biblioteca Nacional de París. Convendría señalar de paso en este codicilo un vaticinio curioso: «La Biblioteca Nacional de París, que un día será la Biblioteca de los Estados Unidos de Europa».

Acaso esta investigación de los orígenes del texto tenga su antecedente precursor en el sistema de datación iniciado por los lingüistas y primeros semiólogos, hace medio siglo, con el fin de establecer la cronología interna del libro de un autor en el proceso de redacción (o del conjunto de sus obras completas).

El método de datación, en las obras de cronología desconocida —someramente descrito—, consiste en el método de coeficiente estadístico surgido del conteo o recuento de las palabras, expresiones y giros más utilizados por el autor en las diversas etapas de la redacción, correspondientes a los cambios de su estilo y escritura en relación con los cambios de su existencia particular, de su noción de la vida y del mundo, del itinerario de su pensamiento y de su sensibilidad, puesto que el ser humano, escritor o analfabeto, es un mutante virtual.

Los investigadores del ITEM no desdeñan la combinación de ambas técnicas —datación y análisis genético—, así como de otras que puedan contribuir al descubrimiento de esa «otra escena» de las tachaduras en los originales. A la inversa de la palabra oral de dimensión exclusivamente temporal, la palabra escrita está hecha de tiempo y espacio, y es en la confluencia de esta doble dimensión donde tratan de encontrar esa tercera dimensión de un texto en la que se halla guardados y relegados al olvido los elementos referenciales de su carga y recorrido genéticos; más simplemente, de su prehistoria, de su arqueología.

Se comprende el fervor de estos cazadores o espías de las escritura secreta. Uno de ellos relata: «Cuando la tinta de los viejos manuscritos se vuelve de nuevo fluida y comienza a recorrer los folios en el orden en que lo hizo por primera vez, uno se siente diluido y absorto en el pensamiento dinámico de esa escritura trémula, borrada, ilegible, al punto que uno puede anticipar cada tachadura y adivinar nítidamente que se esconde bajo ellas…».

LOS NUEVOS MONJES COPISTAS

Pese a esta identificación casi mística, en esta etapa, sin embargo—observan algunos críticos en desacuerdo con la «nueva ciencia» en donde—, esta investigación informatizada podría parecer simplemente un retorno por otros medios a la clásica filología universitaria positivistas de métodos infinitamente precarios. La manuscriptología no sería entonces sino una variante más sofisticada de la antigua investigación de las fuentes. Los resultados y la dirección que han tomado estos estudios son sin embargo completamente diferentes.

En primer lugar, estamos lejos aquí del concepto del texto doctoralmente establecido, que ellos consideran «un castillo tambaleante». Este «nuevo objeto» literario, esta «escritura viva» renacida debajo de la lápida de las tachaduras, surge en el polo opuesto del inmutable texto canónico, revolucionariamente. Y es revolucionario en la medida en que lo es todo cambio liberador de las rigideces dogmáticas, de las definiciones de escuela. Lo cual sería aplicable también a otros campos de la actividad humana: la historia, la política, las costumbres, sobre las que pesan tachas inmemoriales que un día habrá que limpiar para encontrar debajo del núcleo inédito de la ética humana.

Un ejemplo concreto —y sorprendente— de estos estudios «manuscriptológicos» sería el concerniente a Flaubert. Las primeras versiones de sus novelas (en especial las de la Educación sentimental y Madame Bovary) —afirman estos estudiosos— denotan el nivel de un pésimo estudiante de bachillerato.

Es cierto que Flaubert —según también queda constancia— se encarnizó en rehacer dieciocho y hasta veinte versiones manuscritas de ambas novelas. Y es sabido, asimismo, que, por lo general, él destruía implacablemente hasta un cuarenta por ciento de la materia textual ya elaborada; «despojada, supliciada»—como lo escribió en su Diario— hasta la exasperación. Con lo que el concepto del genio hecho de lucidez, tenacidad y sudor, no sería del tono erróneo.

La investigación genética incluye los métodos de trabajo del escritor en la búsqueda del proceso genético de la obra. Los investigadores del ITEM han adquirido conciencia de los alcances de esta nueva metodología: «El nuestro es un movimiento adecuado para renovar los estudios lingüísticos, la historia de las ideas y de las culturas»— afirman con entusiasta convicción. Y hasta el momento no hay nada que pueda desautorizarlos. Con obras del pasado trabajan en la fundamentación de una ciencia nueva de la literatura.

El inconveniente mayor en que tropiezan las «ediciones-genéticas» es su excesivo volumen. Lo que desde luego las destina no a la imprenta, que sería desbordada por ellas, sino al sistema de microfilm (usado hasta hace poco) y actualmente a los discos ópticos de las computadoras que han resuelto el problema.

Un ejemplo mínimo: la edición crítica y genética del cuento de Flaubert, Un corazón inocente, de una treintena de páginas, se convierte en un mamotreto de seiscientas; el estudio de los borradores y notas sobre La educación sentimental, en dos mil quinientas. No podemos sospechar siquiera las que se acumularán en el estudio crítico y genético del Ulises, de Joyce, y del «manuscrito loco» de Finnegan’s Wake, en el que los investigadores trabajando desde hace años.

Las dificultades de búsqueda se multiplican cunado tienen que atacar, por ejemplo, los manuscritos de Montesquieu e identificar a cada uno de los dieciocho amanuenses a quienes este escritor tumultuoso y tranquilo dictaba simultáneamente la monumental y transparente catedral de su obra.

El análisis crítico y genético de los borradores de Newton o Einstein se halla en curso, realizado por un equipo pluridisciplinario que trabajan con especialistas en el estudio de los mecanismos neuromotores, lo que anticipa un fascinante capítulo de esta verdadera epopeya de develación de los manuscrito.

Estos monjes copistas de nuevo cuño, desinteresados de todo lo que no sea la busca del «espíritu de la letra», no trabajan ni predican en favor de un retorno imposible a la torre de marfil. Estos nuevos monjes copistas buscan algo más módico pero también más difícil: un nuevo camino de acceso al sentido de los textos capitales de nuestra época en aquellos cuyos manuscritos se conservan aún y cuyas raicillas de tachadura pueden suministrar esclarecimientos suplementarios, tarea que echa por tierra el mito de los textos establecidos.

En un momento en que la violencia y la locura humanas han llenado de nuevo el mundo de «ruido y de furia», es edificante recordar su ejemplo de pacífico y desinteresado y austero culto aplicado a la invención primera de la inteligencia en función expresiva: la escritura, que dotó de memoria a la palabra hablada, dio refugio a la memoria del mundo y nos permite conocer qué cosa es la esperanza, puesto que ella solo puede ser el recuerdo de lo que se ha poseído alguna vez.

Es un camino largo que apenas ha comenzado. Lo que es en cierto modo alentador en medio del fragor de la destrucción que acaba apenas de finalizar —se supone—en tierras donde nació la escritura, y que anuncia un nuevo orden mundial que generará sin duda, como todos los precedentes, impredecibles desórdenes bajo el signo del monumentalismo fúnebre y del miedo paranoico que esconden los juegos de masacre cuanto más magnánimas aparentan ser sus banderas. No debemos olvidar que —como lo recordó Etiemble— aunque los hombres nacen y mueren desde hace un millón de años, solo escriben desde hace seis mil.

*Louis Hay. Ensayos de crítica genética. 1979

Publicado en:

Escritura, XV, 30, Caracas, julio-diciembre 1990.

Mísceláneas

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable

Ensayo sobre el lugar silencioso

La obra maestra desconocida

El secreto del éxito japonés

El intersticio primero

Después de Karl Krauss

El expediente H

El secreto del éxito japonés

por Alexander JM Urrieta Solano

En la casa se defienden de las estrellas. 

Lorca

I

Trabajé en una Fundación que dictaba cursos de oratoria y escritura en la biblioteca de un colegio.

Cuando acepté el cargo me dieron materiales para improvisar una oficina en el anexo de una casa en ruinas donde vivía alquilado.

Mis labores estaban repartidas en dos momentos que formaban una jornada completa. Por la tarde tenía que ir al colegio para abrir la biblioteca y quedarme hasta el cierre de los talleres. Con precaria expectativa acepté una forma de altruismo en mi vida. Llegaba con anticipación al colegio para armar el escenario de las clases, ordenar sillas y libros, montar el video-beam, barrer las sobras de los colores, despegar chicles y encender el aire. Por las mañanas tenía que estar en el anexo atendiendo llamadas por teléfono mientras llevaba el control de las inscripciones.

Era responsable de conservar los recuerdos acumulados de los que pasaron por ese cargo. Los objetos de la oficina venían en cajitas rojas etiquetadas con el eufemismo de juguetes anti-estrés para oficina. En un escritorio carcomido por las termitas ordené el inventario de la nostalgia: figuras metálicas balanceadas por imanes, péndulo de Newton, lámpara de lava, jardín zen en miniatura y una pelotica de gomaespuma impresa con la palabra Adelante.

Los sábados me reunía con mi jefe el señor Vunz. En los banquitos del patio nuestros diálogos se resumían a frases motivacionales para aplacar mi actitud negativa, cuando no era capaz de cubrir las inscripciones mínimas para el arranque de los cursos, así como trivializar la inconformidad de mi sueldo establecido, para defectos de la contadora, como honorario profesional. Las charlas aforísticas servían también para no hablar de la corrupción intestina del colegio, donde existía un ambiente de zozobra y desconfianza particular que reflejaba, en su lógica siniestra, la situación general del país. Lo único que importaba era llenar la biblioteca con cualquier tipo de público. Y ante mis preocupaciones, recibidas como lamentos bíblicos, el señor Vunz me respondía con su máxima resiliente favorita y siempre fuera de contexto:

El secreto del éxito japonés es hacer las cosas bien a la primera vez.

II

En el cargo pude aprender de escritores consagrados en un limitado trozo de país, uno donde por azar les había tocado existir: padecer una soledad específica.

Es necesario, decía la profesora Ribeyro, tener seguidores que orbiten en la obra que uno con esfuerzo ha creado, pero más importante son los detractores que destruyen la obra que ha caído en sus manos. Ellos son el caldo de cultivo para cualquier germen creativo. Esto es algo que no puedo decir en clases, más de uno dejaría de venir. Hay que mantener la ilusión de que todos pueden escribir, que no es lo mismo que lograr transmitir algo al escribir; son detalles. Los obstáculos forman la diminuta comparsa de las estrellas, desgracias con las que uno puede sostener su ego, uno que apueste a la vida, que dé la opción de la hoja antes que lanzarse por la ventana. Sin vanidad no puede existir el arte.

Soy parte de una pequeña constelación que abarca dos o tres municipios de la ciudad. Tal vez exagero, no te creas, decía con sus muecas agrieta-rostros el profesor Suárez, con su magister en narrativas hispánicas y mención honorífica en un concurso de cuentos que destacaba, en su papel de Sísifo, en el momento que se presentaba ante un público nuevo y entusiasmado cada mes. Al final no queda nada, decía tras una bocanada triste de fumador, no se puede evadir la infamia sistemática que forma olvidos tiranos, idiosincráticos, cuando se sabe que la voz no alcanza, cuando se sabe que uno no sirve más que a sus propios intereses. Hay que venderse como sea. Uno necesita el dinero. Se vive de transferencias, de la piedad del lector…

Y así el profesor Suárez terminaba el break de los cigarros, pisaba su colilla y me dejaba para irse con los participantes que lo envolvían en un cálido círculo de halagos y sonrisas de fuego.

III

Conocí a Zurama en el taller de Introducción a la escritura Creativa. Se inscribió también en el curso de oratoria que daban los jueves por la tarde, así que empecé a verla dos veces por semana. Tenía un pelo negro que le llegaba hasta la cintura. Era delgada y atractiva, de una piel tostada, como recién llegada de una playa. Usaba faldas muy cortas por lo que me resultaba inevitable mirarle cada tanto las piernas que mantenía cruzadas; digno de bajos instintos, esperaba la revelación de lo obvio en el momento que una de las piernas se cansara de soportar el peso de la otra.

Me empecé a hacer una idea de que podía gustarle.

Ella era cantante. Me mandó unos videos y audios mostrándome su talento. Ahora que lo recuerdo, su voz era estridente y subida de tono, algo que caracteriza en gran parte a las personas que no tienen realmente una voz para cantar, pero que tal vez, con disciplina y orientación pueden llegar a serlo; o en el mejor de los casos dedicarse a otra cosa. En un video Zurama se grabó con la cámara frontal caminando por un pasillo. Con una blusa roja, falda y botas de cuero interpretaba una canción de Christina Aguilera: Solamente tú…

IV

Mientras esperaba en el patio aprovechaba en leer novelas y textos de la universidad. Otras veces conversaba con el vigilante de turno que tenía un escritorio cerca de la entrada principal donde, si no estaba dando vueltas por el colegio, se sentaba a dormir inclinando la silla. Los lunes, miércoles y viernes estaba el señor Néstor, de buena conversa y muchas historias alteradas por una mitología personal. Creía en el recurso supremo de la fábula. Me hablaba de la amplia rotación de mi cargo. Nadie aguanta la rutina, decía, hasta los momentos eres uno de los que más tiempo ha durado.

Néstor cargaba un cuaderno que tenía en su portada un oso frontino durmiendo en un tronco. Durante su guardia nocturna se dedicaba a llenarlo.

—Hago cuentos para mi hija. Se los leo cuando la veo. Estoy divorciado. A veces no puedo verla tanto como quisiera. No me dejan. Uno es el malo. El trabajo quita tiempo para dedicarte a los tuyos. Escribir es una excusa para estar cerca de ella.

Le preguntaba sobre qué iban los cuentos y él me decía que había diversos temas, casi siempre de algo que veo camino al trabajo o de lo que escucho aquí de los profesores, lo que comentan las personas que vienen acá. Es un tema de tener oído. Hay que retener lo que dicen otros y luego anotarlo con rapidez porque después se olvida, decía Néstor, el oso.

—Una vez vi en el andén de la estación La Rinconada un rabipelado con suéter. Caminaba de un lado a otro. Estaba preocupado. Se me acercó a preguntarme la hora. Ya eran más de las tres y el bicho animal puso una expresión de horror. Me dijo que se le hacía tarde. Yo por respeto no quise meterme en sus asuntos, pero como se trataba de un rabipelado no pude evitar preguntarle el motivo de su angustia. Declaré mal unas facturas, me dijo. Yo me sentí mal porque no sabía nada de facturas ni declaraciones. Le respondí algo como: qué broma rabi te pelaste. La expresión en su rostro todavía no sé cómo describirla, era de horror, pero al mismo tiempo más allá del horror, algo que roza el espanto, pero muy en el fondo da risa porque la desgracia ajena es chistosa y uno quiere ocultar la carcajada. Algo así, no puedo ubicarlo. Tal vez sólo podía ser eso, un chiste cruel. Había gestos donde el animal me mostraba sus dientes chuecos y me provocaba risa, pero una risa buena, no burlona, de condescendencia, si así puedo llamar a una forma instantánea de gracia. No sé si lo que dije se lo tomó bien, porque justo llegando el tren el animal se lanzó a los rieles. El impacto sonó como cuando aplastas una bolsa llena de tomates, así lo puse en el cuento. La gente se asustó, pero como se trataba de un animal muy pequeño el tren siguió como si nada. Después la gente volvió a lo suyo.

» Entré al vagón tranquilo, sin tropiezo ni apuro. Me fui sentado. En el trayecto iba pensando en el aspecto aplastado del rabipelado dentro de la imagen fugaz de los tomates. También, por alguna razón, pensé en la Ignorancia, así, con la primera letra en mayúscula, no supe el motivo, o quise convencerme que no sabía, esa palabra en situaciones extrañas se afinca con fuerza en uno, sobre todo cuando sabes que no fuiste capaz de ayudar al otro. Un gesto es vital para tomar una decisión o insuficiente para evitar una tragedia. ¿Has leído a Esquilo? A veces es mejor quedarse callado. El control del silencio es un don. Quise escribir sobre eso, tratando de unir reflexión y vida, pero luego sentí que no había sitio para tratar el tema y me puse a pensar en otra cosa, en mi hija, en la impresión que puedo causar en ella con mis historias, en su rostro que cambia con violencia durante la ausencia, el paso de los años, en el pretexto fantástico que justifica el cuento, del tiempo que me queda y pierdo haciendo de vigilante… Lo más difícil es terminar algo sin desviarte de los motivos del principio. Disculpa…Así, más o menos, son los cuentos que pongo en este cuaderno.

Me dejaba pensando. Le pregunté cómo lo tomaba su hija y él me dijo que bien, de ese cuento me dijo que era una lástima que el rabipelado haya declarado mal, pero lo bueno es que su muerte no generó mayores retrasos. Es bueno que los personajes sean asertivos para la trama, el lector luego pensará lo que quiera. En este caso la ignorancia es una virtud inevitable, una condición natural para el avance de las cosas. Vea cómo es mi hija. Hay que contar historias honestas, decía Néstor, el oso.

—¿En un cuento son más importantes las acciones o las explicaciones?

—Depende ¿Dónde está la fuerza del giro?

—A veces en el gesto está la fuerza del giro ¿Usted qué piensa?

—No sé. Tal vez en el giro esté la expresión del gesto.

V

Después de la presentación el profesor animará a los participantes a compartir sus motivos y expectativas del curso/taller. (La coordinación tomará nota de las sugerencias y/o comentarios).

—Para escribir hay que tener valor. Pero se requiere de otra suerte de tripas para escribir sobre lo que en verdad nos interesa. Ahora, querer escribir y tener valor no garantiza que se escriba bien; tampoco garantiza que se logre escribir a cabalidad sobre lo que nos interesa. Y encima hacerlo bien. No es por desmotivar, pero eso es algo que deberían dejar claro en los talleres literarios. Muchas personas nos inscribimos sin tener idea de lo que podemos ser capaces o no de decir.

—Encuentro muchas semejanzas entre el proceso de escribir y cagar. Empezando porque ambos son medios de expresión y, a fin de cuentas, producciones humanas. Dependiendo de la gravedad de las oraciones, el estilo, las intenciones, la forma en que se presenta el texto, donde esté, sea dentro o afuera, tendrá un valor particular para quien interprete dichas expresiones.

—A mí me interesa en general todas las implicaciones que tiene la fragilidad de la vida en función de una cagada. Nada elaborado si nos quedamos en que aguantar las ganas de cagar es igual de contraproducente que aguantar la respiración. No sé si pasará lo mismo con el acto de escribir. Si aguantar las ganas de escribir son desesperantes como aguantar las ganas de cagar, entonces: ¿Tenemos las condiciones mínimas para volvernos, como quien dice, escritores?

—Un taller literario, básicamente, es un lugar donde el escritor aprovecha en robarse, si es que logró reunir al grupo adecuado (cosa que no puede determinar ni controlar pero que si lo consigue es una verdadera bendición de la providencia), las ideas de las personas que en principio pagan por escuchar de parte de ese escritor unos supuestos secretos del oficio.

—Hace años hice un taller de escritura donde sólo se enfocaban en técnicas narrativas. Un verdadero trauma. Sales con un saber que te ayuda capaz a leer mejor, pero no a escribir. Luego de culminar ese taller y haber presentado un cuento irrelevante en términos técnicos, como me dijeron aquella vez, decidí no escribir más. Un temor me invadía cuando sabía la gravedad de vida o muerte que implicada poner bien una coma. Es muy difícil. Un compañero que tuve en ese entonces decía que aprender a poner comas era lo más parecido al oficio del que aprende a desactivar bombas, o en tal caso, armarlas. Yo nunca entendí la analogía bélica, pensaba que un comista es aquel que tiene el ritmo interno de un baterista, alguien que domina las ciencias ocultas de la percusión, sus secretos los lleva dentro del cuerpo; no obstante, no todo percusionista es músico, así como no todo comista es un escritor de verdad, quiero decir, que lleve el ritmo a la letra. Ha pasado tanto desde ese taller, pero todavía me encuentro tratando de olvidar las técnicas. Rehaciéndome con todo tipo de materiales terminé trabajando en una ferretería. Irónico: terminé vendiendo herramientas. La soledad laboral es demasiado ruidosa. Me fascina la paleta de colores de la sección de pinturas. La mezcla de todo el espectro cromático suma la desidia de una jornada, esa repetición voluntaria donde mi fuerza de trabajo es procesada como sobrante de la industria cárnica. Pruebo las camas donde está prohibido dormir y soñar. Me repugnan los horribles diseños de productos que se ofrecen en liquidaciones a parejas jóvenes con pésimos gustos y cortas de dinero, cualidades de la humanidad sin alternativa, sin porvenir. Ignoro la indignación cuando veo a una madre que cachetea a su criatura en mitad del pasillo de las lámparas, mientras sacude la mano se reprocha el haber tenido hijos, y mientras maldice aprieta con furia la barra con que empuja su carrito luminoso hacía la esquina de los pesticidas. ¿Esa imagen, acaso, podría ser el presagio de nuestra extinción inminente? Ojalá. Estas escenas patéticas cotidianas son la fibra óptica de la escritura, ese tipo de cosas que, como digo, nada tienen que ver con técnicas narrativas, mucho menos con secretos, es simplemente mi vida: una que lamentablemente todavía soy incapaz de retratar.

—El escritor nunca admitirá ante su público que tales secretos del oficio no existen. No sirve comentarlo a otros porque sus métodos no pueden ser copiados ni asimilados por los demás. Se pueden plagiar las palabras, mas no la experiencia, ni el esfuerzo ni el dolor. Los escritores tienen que descubrir sus propios procesos de trabajo y por ende averiguar qué métodos van acorde a sus inquietudes espirituales.

—El moderador puede compartir sus experiencias con el grupo como parte de un acuerdo económico, dar testimonio residual de una experiencia que no puede replicarse bajo ninguna pedagogía (fuera de la existencia misma de exigirse, a punta de coñazos y frustraciones, escribir).

—Es evidente que un taller literario es un fenómeno del mercado. Se paga por la experiencia de poder escribir, aunque fuera de esa dinámica no lo hagas nunca.

—El escritor puede rentabilizar su farsa a partir de la expectativa de quien paga por él. Muchos creen que por pagar un curso y ganar un premio local se encaminan en la profesión de las letras. Esa es la ilusión de los mediocres, la base de una estafa: poseer mediante una transacción el bien de la palabra. Alguien diría que uno paga para que le enseñen, pero la escritura creativa no puede enseñarse. No es un saber, es un hacer.

—Es casi una cortesía invertir para que el artista hable de su hambre, de sus limitaciones, las bemoles y en parte los sufrimientos del arte, el fracaso, la insistencia que viene de la resaca diaria. Esa experiencia perdedora es para mí el contenido más gratificante de un taller al que yo estaría dispuesto a pagar. Un taller donde al terminar los participantes sean capaces de sincerarse con ellos mismos y aceptar si sirven (y están dispuestos) a tales entregas enfermizas de construcción. Mejor dedicarse a tareas menos infames, donde la palabra cueste menos, donde la imagen no refleje tanto nuestra debilidad. Aspiro un taller que revele lo que no somos, uno que nos dé como antesala, a modo de presupuesto, lo que tenemos que sacrificar.

VI

En el grupo de escritura creativa de los miércoles conocí a Graciela Drumont. Dentro de la planilla de inscripción, en la columna de profesión, se puso como trotamundos. Quería escribir porque consideraba que le habían pasado cosas muy locas en la vida. Tenía treinta y nueve años, piel blanca, tetas inmensas, espalda ancha y brazos bien tonificados. Me dijo que entre sus oficios practicaba el pole dance. Daba clases de zumba. Subía los fines de semana al Ávila. Fanática de la leche de almendras. Hacía yoga para mantener elástico su cuerpo. Me recomendó grupos apoyo en Caracas para dejar de comer carne, tema que no me interesaba.

Estaba también una pareja de contadores que profesaba el sexo tántrico; sostenían que dicha práctica salvaba relaciones podridas por la costumbre. Fueron ellos mismos los que, tras escuchar la experiencia de ayahuasca de Graciela la trotamundos, se pagaron un viaje alucinógeno en la clandestinidad de Galipán, experiencia que contaron con mucha alegría la siguiente clase.

Su viaje consistió en un recorrido extrasensorial a los rincones místicos del cerebro.

El contador estuvo atrapado en la jungla del inconsciente, vio a su Yo interior representado en la figura totémica de un gorila lomo plateado que se golpeaba el pecho y sonaba como los tambores de una orquesta.

La mujer tuvo un viaje más allá de las espirales del alma, viéndose en la casa de su infancia y caminando por un pasillo donde iba viendo escenas de toda su vida hasta llegar al final del rollo, la parte donde canta la gorda. Creo haber visto cómo voy a morir, dijo, pero en el viaje una voz me decía que debía conservar la escena como un secreto. Ella decía esto con una calidez incorrupta, casi orgásmica. Se puso a llorar. El esposo la miraba melancólico. Parecía entender, mientras su mujer compartía su delirio con el grupo que escuchaba con la boca abierta, que era mejor reservarse ciertos aprendizajes de un viaje, y más cuando se trata de uno realizado a las entrañas.

Anoté fascinado esas imágenes porque las consideraba más poéticas que etnográficas.

Un coaching ontológico, que tomó la decisión de ayudar al mundo luego de casi ser asesinado en un pub en la isla del Barbados, le contó al grupo cómo un destino errante lo había llevado allí, a esa isla extraña cuyo lenguaje no podía recordar porque la memoria es como una tiza. Él dijo aquellas palabras increíbles sin caer en cuenta que eran increíbles. Palabras que en su boca eran desperdiciadas por un afán de querer contar otra cosa. En su relato habló de la blancura de la playa y su reticencia a comer camarones con coco. Describió de manera confusa la semblanza de su asesino. El coaching ontológico habló con énfasis de una sombra. Cuando se está al borde de la muerte, decía, uno se prepara para encontrar la luz, ella se hace grande, te devora o te quema. Así debe sentirse la muerte. Pero sí no hay luz, decía, había que estar preparado para la oscuridad total, asumir el viaje al fin de la noche.

Maravilloso.

El profesor le decía que ahí estaba la base de un cuento, uno muy bueno. El resto del grupo secundaba la opinión. Ese es el cuento…Por ahí va la cosa…

Pero al coaching le daba igual. Insistía en un cuento de hombrecitos verdes mutantes invadiendo planetas desolados.

Leyó en voz alta después de una explicación innecesaria. El cuento: aburridísimo. Era de esos textos irrespetuosos que dejan la dura lección de que hay que evitar escribir así, como eso. El coaching abusó de anglicismos. Se jactó de mostrarnos un texto inédito en el género de la ciencia ficción. Alguien del grupo le preguntó si conocía a Robert Sheckley, este tomó la pregunta como una ofensa, a lo que respondió que no estaba interesado en hablar de nada que no tuviera que ver con su lectura. La ignorancia como es osada, recordando las reflexiones de Néstor, el oso, actúa sin vergüenza.

—Mis amigos —dijo el coaching interrumpiendo su lectura entre un párrafo y otro— han dicho que este texto es una monstruosidad. Estalactita literaria. No me quiero exceder. Modestia. Estoy aquí mostrándoselos, pero no debería, porque pienso publicarlo en una antología en el extranjero…pero voy a seguir…y las catapultas lunares de la estación Quaker-Kraft…

Ich kann es nicht verstehen.

¡No puedo comprenderlo!

Yo no entendía:

¿Por qué a ese hombre no lo mataron en Barbados?

¿¡Por qué!?

¿Qué hacía en la biblioteca, lastimándonos de esa manera?

Terminó de leer, pero siguió hablando de que su texto no era un cuento sino el primer capítulo de una novela, una trilogía, una saga, parecía no decidirse. Explicó los detalles del proyecto de una historia todavía no escrita, extasiado con el aire que entraba a sus pulmones, disfrutando su momento cumbre en la biblioteca, con todos allí escuchando y botando babas por la boca, volteando los ojos y teniendo erecciones, muriendo lenta y…

Afortunadamente hay formas de mandar a callar sin levantar la sospecha de que nadie está interesado en las cosas que andan diciendo.

Es un tema, dijo el profesor Suárez, incómodo y sin saber en qué palo ahorcarse. Una participante, bien astuta y que voy a recordar con alegría, dijo en relación al texto, entre dientes, pero bastante fuerte:

Dios le da barba a quien no tiene quijada.

Nos partimos de risa, a excepción del coaching ontológico. Después de esa sesión que nos leyó su dystopic teaser no regresó más al taller. Nadie lo extrañó. Algunos llegaron a decir que este había decidido volver a Barbados. Quise por un instante creer. Sin buscarlo aprendimos demasiadas cosas con aquel mentor de la vida.

VII

Regresaba con la trotamundos en el metro. Ella me hablaba de su experiencia en la Rue Crémieux de París. Trabajaba de mesonera en las mañanas y por las noches era bailarina de pole dance. No podía evitar mirarle las tetas. Qué fácil era decirle lo mucho que me gustaba a la trotamundos, pulsear en el trance de la parada de cada estación una invitación a su apartamento en Bellas Artes, tan fácil como ella diciéndome Aquí me bajo, si no se te hace tarde me puedes acompañar, te muestro dónde vivo y te doy un poco de café que traje de Estambul. Decido seguirla. Salimos al exterior. Atravesamos tomados de la mano las calles oscuras iluminadas por los puestos de perros. Me impregno del olor de margarina untada en las cachapas puestas en una plancha cerca de pilas de queso. El corazón se acelera. Casi todas las entradas de los edificios son sucias y tristes, pero esta vez son la antesala de una gloria, de un deseo que estalla en cada paso por aquel pasillo, en cada baldosa una escena erótica desfigurada. Sin mucho preámbulo hacemos el amor en el sofá. Uno. Dos. Tres. Cuatro veces. Como eremita descanso entre las tetas de la trotamundos. Desde una ventana enrejada con formas arabescas, como cosa rara en una ciudad tan contaminada, por primera vez puedo ver las estrellas desde un ángulo distinto. En mitad de semana, sin nada en los bolsillos, veía la realización de un sueño, los mundos posibles marcados en la punta de los pezones de Graciela la trotamundos, como la cúpula de esa mezquita que me describía, a la par de las puertas defectuosas del vagón por donde sale la gente sin esperanza, mientras yo en un par de implantes recuperaba las ganas de estar vivo. Bueno hasta aquí llego, decía, y salía de la estación mezclándose con la gente, desapareciendo como un destello por las escaleras. Preso de mis fantasías volvía al anexo solo, indispuesto a masturbarme con furia para después describir con precisión, una vez más, la ridiculez de mi existencia.

VIII

El señor Rafián me tomó desprevenido mientras pasaba la asistencia en la biblioteca. Me dijo que era escritor y sacó de su bolso con cierre mágico tres libros de su autoría. Me dijo que podía llevármelos para leerlos con calma y luego devolvérselos. Varios amigos me han dicho que dos títulos podían ser novelas totales, que podían ser difíciles de entender si no tenías el nivel necesario, pero no lo digo por ti, se ve que tú no tienes problema para leer, llévatelos. Y así seguía el señor Rafián.

No entendía la intención de la palabra problema en esa última oración. Era claro que el señor Rafián quería demostrar en términos materiales que era, en efecto, un escritor. Ese comportamiento narcistoide era un gaje del oficio. Algunos artistas no distinguen entre una persona y un mueble. Para el señor Rafián yo era una especie de perchero, una geisha complaciente a su servicio capaz de escucharlo, sonreír y ponerle en caso de ser necesario mi mano en su hombro, la señal sutil y consumada de aprobación a sus encantos. Debía estimarlo y tratarlo bajo los términos en que exigía ser tratado: como un artista.

Tres libros, muy amable que me quiera compartir sus libros. El compromiso es grande. Mi honestidad no fue suficiente para negarme a leer cosas que no me interesan. Bastó para no irritar la vanidad del señor Rafián. Le dije que me llevaría por cuestiones de tiempo el libro que yo escogiera. Al revisarlos vi que habían sido publicados y editados por él mismo durante los años noventa. Me decidí por un título sugestivo, pero lamentable: El sonido de la ausencia. Novela.

La parte inferior de la portada tenía una aclaratoria en una familia tipográfica distinta:

¿Quién coño pone esas cosas en un libro?

El señor Rafián me miró con ojos desorbitados esperando que dijera algo, una clase muy específica de comentario, un comentario al que tal vez en muchas ocasiones estaba, por culpa de relaciones poco sinceras, acostumbrado, su lenguaje corporal delataba a alguien demasiado seguro de sí mismo, alguien que busca recibir cumplidos para verse reflejado en el otro, incluso sin importar si ese otro se da cuenta, como era en este caso mi posición al estar sosteniendo de manera incómoda aquel libro entre mis manos, luego de cometer el error de leer en voz alta una aclaratoria, y estar tan cerca de aquel sujeto que por bastantes razones me daba asco, me vi en la obligación, en la terrible necesidad, de decirle algo.

—Mil novecientos noventa y nueve, qué buen año para las letras. Venezuela le dio un premio bien merecido a un grande.

—¿Sí? No me acuerdo quién ganó ese año. Son tantos que se pierden—dijo el Rufián.

—¿Cómo no se acuerda? Ese año premiaron a una de las mejores novelas escritas en estos últimos años… bueno, esa es mi opinión.

—A ver, recuérdame cuál novela es esa…

—El premio se lo dieron a Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño ¿Ya se acuerda?

—Sí…claro, ya sé cuál es esa novela. No es tan buena.

—¿¡No es tan buena!? Depende. El tiempo ha dicho lo contrario. Pero entiendo que es cuestión de gustos. —Y quise enterrar el dedo en la llaga de Cristo, rasgarle las vestiduras a Caifás—. Fíjese también en los finalistas de ese año… una barbaridad: Las nubes de Juan José Saer, La tierra del fuego de Sylvia Iparraguirre, dos piezas argentinas; Caracol Beach de Eliseo Alberto, Dime algo sobre Cuba de Jesús Díaz, Mariel de José Prats Sariol, trípode cubano; Plenilunio de Antonio Muñoz Molina, español; Inventar Ciudades de María Luisa Puga, México; Margarita está linda la mar de Sergio Ramírez, Nicaragua; y una finalista venezolana: Victoria de Stefano con Historias de la marcha a pie…Pura mermelada, si me permite la opinión gastronómica, en cada novela se puede ver el queso fundido a la tostada, eso no hay que negarlo, menos dudarlo…Usted me entiende señor Rafián…Para escribir bien hay que leer a los hombres y mujeres que escriben de una sola manera: vitalmente, muy distinto a escribir correcto, porque hay gente que se expresa correctamente y no dice absolutamente nada, hacen textos mojigatos, sin alma, complacientes y prescindibles, yo le hablo de esos maestros que escriben de una manera maldita rigurosa y envidiable, y al mismo tiempo enseñan desde una desesperanza tácita que las palabras son estériles pero juntas siempre deben generar un efecto en nosotros, es una forma de aprender a leer, que en sí es muy difícil para luego ponerse a escribir, que eso tampoco es sencillo, luego en el proceder dejar algo que, no sé, provoque leerse, que sea vistoso, que las oraciones tengas pellejo, carne y sangre, que el lector necesite regresar, rayar las hojas, marcar frases que luego se puedan plagiar sin agradecer ni rendirle cuentas a nadie, es el masoquismo de la dificultad, una gimnasia de la crueldad…Todo desaparece….Pero no comento más, capaz estoy equivocado…

La semblanza del señor Rafián cambió por completo. Se puso a la par de una realidad insignificante hablando conmigo sobre su novela total. Me dio muchísima pena, pero la literatura es cruel por naturaleza, permite que toda situación pueda verse como un chiste, un recurso de la memoria donde nadie resulta en el fondo herido. Total, nadie va a leer esto que escribo. Marqué con una equis su nombre en el recuadro correspondiente al día. Di las gracias por el préstamo y seguí pasando la asistencia. La siguiente clase regresé la novela. No pasé de las diez páginas.

IX

Zurama vivía en un pent-house de las Residencias Rosal Plaza, en la Avenida Pichincha. Había quedado con ella en visitarla a su casa para discutir temas relacionados a las cosas que había dado el profesor en el taller.

Quería discutir a fondo el decálogo del cuento de Horacio Quiroga.

Ella llevaba una falda azul. Tenía un llavero de bola peluda rosada del tamaño de una pelota de tenis. Me dio un beso de media luna y me miró de abajo hacia arriba.

—Disculpa la tardanza, el ascensor no llegaba.

En el apartamento se me impregnó un olor a mueble nuevo, palosanto y sándalo. Había una pared con relieves lunares rosados que me recordaron cuando tuve lechina. Me asomé en la ventana de la sala para ver la ciudad. De un pasillo oscuro apareció una señora. Me la presentó como su mamá. No se parecían en nada. Era silenciosa y se movía despacio por la cocina.

Zurama me invitó a que nos acostáramos en una alfombra, también peluda y rosada. Saqué mi cuaderno y la copia del decálogo. Ella se sentía frustrada porque no sabía sobre qué escribir, no entendía lo que el profesor decía en clase. Yo tampoco tenía idea de cómo escribir un cuento. Hablamos sobre autores, citas y escenas inolvidables…Sus piernas rozaban las mías…La señora nos llamó para comer. Nos sirvieron pasta y jugo de guayaba y yo bien si-señora-gracias porque estaba tan ansioso por ver a Zurama desnuda que olvidé desayunar.

—¿Por qué tu mamá no se sienta con nosotras?

—Ella no es mi mamá, es como una…Historia complicada. Ella me ayuda, me cuida.

Terminamos de comer y volvimos a la alfombra peluda. Seguimos con algunos comentarios sobre cómo hacer un cuento. Ella decía que nunca terminaría uno. Yo tampoco había escrito ninguno. Entonces pensé que nunca sería escritor ni tampoco me cogería a Zurama. Cuando nos gusta alguien somos condescendientes por temor a estropear el momento que tenemos a la espera de que suceda eso que deseamos con intensidad. Tenía que actuar, hacer algo. Quiroga tenía la pauta para el giro de la historia. La clave estaba en los labios de Zurama. Me acerqué para besarla. Ella se hizo a un lado, pero seguía suspendida. Podía sentir su aliento a salsa de tomate y guayaba. Detallé las grietas de su rostro, de su cansancio tras haber intentado algo demasiadas veces y no haber logrado nada.

Me preguntó si yo era casado. Inesperado. Le dije que no. Volvió a preguntar. No salía de su asombro y ante mi segunda respuesta negativa hizo un gesto de decepción. Me preguntó cuántos años tenía, le dije que tenía veintiuno y ella se tapó la boca, ahora como apenada…qué carajos…qué hice mal…

—Pensé que serías alguien mucho mayor. Aparte no estás casado. Lo siento, no estoy como acostumbrada a esto…Jijijijiji…

Y así estaba, riéndose como la propia estúpida.

En realidad, en el fondo, el estúpido de esta historia, claramente era yo.

—Estoy haciendo los arreglos para irme. En este país no puedo ser cantante ni escritora. Afuera quizá pueda ser una de las dos cosas, pero aquí no ¿Tú tienes pensado irte?

—Creo todos nos tendremos que ir eventualmente. Te dejo la copia del decálogo. No dejes para última hora la entrega, trata de hacer por lo menos el cuento para la clase final.

—Tranquilo. Tengo casi completo el cuento en mi cabeza. Lo haré, pero debo descansar primero. Irse a cualquier sitio es muy complicado. Me siento estancada. Te abro, en un rato también me tengo que ir.

—Para despedirme de tu mamá…

—Olvídala se fue hace rato. Sabe que libra mañana. Desgraciada. Al menos dejó limpia la cocina. Te digo algo, creo que ella cuando puede, me roba. Yo me hago la que no sabe.

Nos despedimos. Me besó en la boca, con la promesa de un próximo encuentro.

Cuando llegó el día Zurama no se presentó a la clase final, tampoco presentó su cuento. Sin ninguna explicación desapareció. Nunca más la volví a ver.

***

Iba por la avenida Casanova, pendiente de los huecos y el paso desquiciado de los carros, fumando un cigarro y arrastrando las piernas. Fue entre el rayado y el cambio de luz del semáforo que nació la idea de renunciar a la coordinación. Escapar. Concluí en medio de aquel desplazamiento decepcionante, por mi modo de andar hacia ninguna parte, regresando de nuevo al principio, que podía hacer de mi cuerpo un testimonio del rechazo.

De regreso al anexo me tiré en la cama a mirar las filtraciones del techo.

Un conjunto de puntos formaba una constelación de estrellas negras.

Quise defenderme de ellas mirando a otro sitio.

Quise irme bien lejos sin dejar de estar allí,

pero el terror del espacio estaba en todas partes.

En lo que escribimos, independiente de los fines y mecanismos internos, prevalece una función terapéutica. Escribo para olvidarme. Quiero contar algo, el enigma está en el cómo… (Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia). Como parte de un rito iniciático encontré una noción, casi auténtica y eficaz, de fracasar con estilo.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

Caracas – Puerto Ordaz (2022-2023)


Misceláneas:

Ensayo sobre el lugar silencioso

La esquina de barro

Lo que nos queda

La calle de los hoteles

Cómo estafar creyendo que salvas el planeta

Alto Prado

El poeta en el mundo

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

En un remate de libros que nadie quería encontré por un precio absurdo «El cuaderno de Blas Coll», del caraqueño Eugenio Montejo.

Siempre en los encargos que me ha tocado hacer para otros este autor es muy difícil de conseguir. Pasé mucho tiempo buscando sus poemas para un cliente, y nunca me imaginé encontrarme con este libro que para mayor asombro estaba firmado por el autor: «A Irama y Carlos Tortilero, con el viejo afecto y la amistad de Eugenio Montejo, Caracas, 30.III.1981». Hay una extrañeza dentro de esos libros que el azar nos pone en nuestra ruta y que están dedicados a otras personas. Uno lleva en sus manos un artículo que parece venir de un relevo fantasmal, de un inmenso descuido, o simplemente un olvido. El libro vive un proceso de transmigración de alma, el azar lo conduce a su siguiente lector potencial.

La voz heterónima de Blas Coll adentra al lector en las reflexiones de un tipógrafo rural, que durante se estadía en Puerto Malo, se encaminó en la empresa del diseño de un nuevo lenguaje, una nueva forma de nombrar las cosas. En una parte hace mención del día que inventó la vocal @, «cuya pronunciación exacta nos es por desgracia desconocida». El cuaderno es un ejercicio de transcripción fallido que deja en el lector un tremendo enigma sobre nuestro idioma, cada más esotérico, difícil, e incompresible.

El cuaderno comprende una serie de inquietudes sobre nuestra forma de comunicarnos, y el lenguaje como el paisaje en donde nacen y se dan las cosas. Blas Coll, deja en hojas de plátano y márgenes su mensaje fragmentario y algebraico.

Antes de entregar el Libro, con mucho dolor, al cliente que solicitó mis servicios, hice unas notas apresuradas de lo que más me gustó en mi cuaderno de espiral. El libro puede leerse en un viaje caluroso de metro. Tal vez no lo vuelva a ver:

La palabra del hombre tiende en secreto a una extensión máxima de dos sílabas, aunque su ideal expresivo sea siempre la unidad monosilábica. Una sola sílaba traduce cabalmente el esfuerzo de un paso sobre la tierra. Se corresponde con la distancia imaginaria a que nos situamos de todo objeto, hecho o acción. Pero debemos conceder que se juzgue más natural servirse no sólo de un pie, sino de ambos, es decir, que se procure emplear el mayor movimiento posible sin repetición: sístole y diástole del corazón humano. Al nombrar una cosa con tres sílabas ya estamos añadiendo un paso de más que fatiga la imaginación.

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Me río de los políticos que quieren ordenar las cosas de los hombres sin tocar su lenguaje. Tratan de ignorar adrede que las falacias de sus leyes es de índole lingüística más que jurídica.

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Una conversación -reza otro de sus fragmentos- plantea un movimiento verbal parecido al de una partida de ajedrez, de modo que es fácil señalar, al primer movimiento de los labios, si se está en presencia de un gran maestro o de un mero aficionado.

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No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: Un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino sueño. Así también: un miro (por una mirada), un sufro (por un sufrimiento), etc.

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Cada lengua concibe una idea diferente de Dios. La forma de su representación, por abstracta que sea, no se desliga nunca de las letras con que la palabra Dios se escribe en esa lengua. Quien niega esta verdad, niega el poder mágico de las letras, y la forma en que estas operan sobre la imaginación de los hombres.

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Muchos se proclaman ateos ahora que Dios ha dejado de ser una moda. Nadie teme, a estas alturas del mundo, ser acusado de hereje, a no ser que se trate de las nuevas religiones políticas, sobre las cuales nada diremos por ahora. Y sin embargo, si lo miro bien, creo que el único hereje verdadero de estos tiempos soy yo. Al anunciar una lengua nueva, anuncio también, y todos lo saben, dioses inéditos.

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Los hombres son fatalmente conservadores, no hay más que verlos cómo reaccionan ante el lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo, para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua muestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecúan a la indolencia de antiguas formas. «Pueden meterse con todo, pero no toquen lenguaje», decía el terrible Voltaire.

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En un enunciado de cualquier lengua debe leerse la posibilidad expresiva más adecuada entre pensamiento y palabra, por lo que toda frase es una tentativa siempre perfectible. Es lo que tengo por expresión abierta, probada por la corrección y conveniencia del uso diario. Si algo puede ser dicho de un modo más conciso y eufónico, esta segunda fórmula se impone más naturalmente sobre toda otra menos perfecta, y ha de preferirse hasta que no se halle equivalente más eficaz. Se comprende así por qué los poetas, y no los académicos, son los mineros del idioma.

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Toda frase debe reproducir en su construcción, tanto como sea posible, la forma de gravitación de los astros que conocemos. El sujeto debe rotar como el sol.

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Un pensamiento es tanto más verdadero si lo que expresa puede ser representado sin palabras en nuestra conciencia. El hábito verbal le agrega un peso tal a toda idea, que casi nos es imposible salir de las palabras para pensar. Y, sin embargo, el ajedrecista puede concebir una variada serie de movimientos de formulaciones no verbales, del mismo modo que el músico concibe una estructura puramente tonal. Se me da así clara la diferencia entre prosa y poesía, siempre confusamente planteada. Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad

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El cambio más importante en nuestra vida, del cual dependen casi todos los otros, será posible cuando dispongamos de una lengua que estimule el conocimiento no sólo por medio de ella, sino especialmente liberándonos de sus formas. Que el lenguaje sea el pensamiento, pero que nuestro pensamiento no desdeñe otras vías no implicadas en los hábitos lingüísticos y por ello más allá de este, tal como suele darse en algunos sistemas especializados: matemáticas, lógica simbólica, etc. Siendo que estos sistemas se hallan hoy suficientemente difundidos, sorprende que su influencia en los hábitos del pensamiento cotidiano aparezca tan reducida.

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El infierno debería ser esdrújulo.

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Los refranes y decires anónimos, hermosos y sintéticos, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo.

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La estructura de la oración debería de variar con el transcurso del día, para señalarnos del modo más preciso el registro del tiempo. No conviene hablar por la mañana del mismo modo que lo hacemos por la noche.

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