En el anochecer azul del mundo

por Bastián Desidel Escurra

El que puede cargar con su soledad
tiene todavía hombres en su interior

(Odysseas Elytis)

I o Al fin, el inicio de la calle

Ex fábrica Carozzi en Quilpué.

Para hablar de la poesía de Rubén Jacob, me resulta imposible no pensar en el café Lübeck, situado en una de las calles secundarias —no por eso menos concurridas— de Quilpué. En este tuve por primera vez noticia del Boston. Un amigo, y familiar considerable, traía como obsequio algunos libros entre los cuales se acomodaba la Poesía completa del autor. Admito que, al retornar a mi casa, me vi en la pugna entre el interés que suscita conocer la obra de un poeta que vivió en la misma ciudad en la cual yo había vivido casi la totalidad de mis años, y el tumulto de otros libros significativos que acompañaban este ejemplar. La extrañeza que sobrevino a la primera lectura —casi inmediata por lo demás— fue inevitable. No podía entrar, y si lo hacía por segundos me sentía expectante de un suceso el cual no terminaba de comprender. Pues hoy, al pensar en este suceso, casi como una premonición tardía, reparo en él y lo emparento aún más con la poética de Rubén Jacob; pienso cuánto desconozco los locales que esconde la Galería Colonial, totalmente ajenos a los que habitan en mi recuerdo; pienso en la disposición externa de la Iglesia de la ciudad, una reja negra que inhabilita el paso; pienso en el pequeño altar con vitrinas que se encontraba a su izquierda y que fue víctima de un secuestro fallido —sus ornamentos se encuentran presa de una “doble jaula de seguridad”— y en el hermetismo del cual padece el local colindante, sólo franqueable mediante el recuerdo de los primeros libros ilustrados de la Biblia, que mi madre me compraba para que aprendiera a leer. Pero, ¿qué relación guardan estas evocaciones de cariz personal con las lecturas que se pueden desprender de este poeta?

II o Divagaciones de lecturas sobre la angustia de un viejo caminante

La ciudad es uno de los factores comunes entre el poema de T.S. Eliot, “El “Boston Evening Transcript”” —matriz de las Variaciones—, y los poemas que componen el conjunto de Jacob. Al situarnos en la experiencia citadina de recorrer las calles y locales que ambientan nuestros entornos, podemos observar cómo se trasponen edificaciones, plazas, locales —algunos con más significados que otros. A través de los vestigios y las novedades es que se erige la “nueva ciudad” fruto devenido del desarrollo y el avance incontrolable del tiempo; más aún, si nos detenemos a reflexionar —caso del observador agudo— sobre la ausencia en sus calles y grietas, las pinturas en las murallas, aún se deja ver un rastro, un color, un guiño de algo perdido en los días. Retomando la experiencia literaria, pienso en la figura del Flâneur para aproximarse a la voz poética que se mueve en El Boston. Walter Benjamin, quien trató en diversos ensayos al flâneur en la poética de Baudelaire, nos recuerda que “en el mundo citadino se erige el hogar del flâneur”. No hay que ignorar la posición favorable y armonizante del flâneur con las conductas del observador, comenta Benjamin sobre Les Fleurs du mal, ya que, a pesar de verse dentro de la naturaleza de su espacio, siempre reconoce su diferencia con lo observado, su soledad dentro de la multitud, la identidad de una calle que le es imposible integrar.

Ecos me devuelven hacia la poesía de Jacob: notorio es el paseo por la ciudad, un ritmo reconocible en aquellas multitudes, símil al ritmo de la vida, que “Se remueven en el aire de los pinos”, “Ondean con el viento que llega desde el mar”, ya sea “Buscando los Sonetos Italianos/ O el Necronomicón” o a los que ”(…) divagan en los cafés nocturnos”. Los versos de estas Variaciones se nutren de este movimiento citadino, pues la ciudad se contiene a su vez en la estela de los pasos de sus habitantes, la vacuidad de los edificios clausurados. ¿Quién mejor que el flâneur para seguir huellas en la ciudad?

Parroquia Nuestra Señora del Rosario en Quilpué – Año 2022

Así pende entre las calles el hablante, identificando su lejanía eterna con toda figura que se yergue, reconociendo la imposibilidad de retener esa esencia que le permite integrar por momentos la unidad con los sucesos, ya que esta lo devuelve a sí mismo en su culminación. Situando un ejemplo, la voz poética que enuncia puede ser la sombra de un hombre que al salir de la proyección de una película, se devuelve a la sala de cine, alejándose de las multitudes que se dispersan por las calles, para volver a verse, una vez más, frente a la pantalla, que ahora yace apagada. Sin embargo, la figura del flâneur no permite asir en su totalidad al poeta que reflexiona y transita por los versos del Boston Evening Transcript, puesto que rápidamente la figura abandona el ejercicio de la caminata —al menos como eje central en la presentación de sus versos—, en tanto actividad placentera. La distancia particular del flâneur torna en violencia frente a la voz.

En paraje extraño se transforma la ciudad, produciendo una sensación de desarraigo en torno a la disposición del hablante. El desarraigo produce el extrañamiento de la voz. Las calles que se sentían repletas de gente ahora se colman de ausencia: “Recuerdo entonces que anduve/ Junto a la multitud errante y dolorida/ agolpada en los semáforos” (Variación XVIII[1]); las figuras humanas desaparecen, solo podemos escuchar los pasos del hablante deambulando, intentando arraigarse al ensueño de una “ciudad interior”[2], visualizada a través de las grietas de la ciudad presente, descascarada como una muralla ante la humedad; como nos recuerda Kavafis —con halo premonitorio—: “La ciudad te seguirá”. En esta nostalgia se deja ver la pérdida de los significados y significantes, la constatación de la metamorfosis espacial que tiende a un desconocimiento de lo antes conocido; el peso del transcurrir temporal se vertirá sobre el poema, haciendo más impropios los lugares de la ciudad. Aquella distancia en la que se posiciona el hablante, que transcurre en lo corpóreo respecto a las multitudes, transmuta en la duda espacio-temporal. “Yo venía del tráfago de las ciudades/ Huyendo del carnaval amargo del ruido/ Y de los funestos desahogos agrios/ Como un fantasma perdido” se lee en la variación XIX, prosigue con los versos: “¿Es que provenimos del inicio de las edades/ Y nos movemos despaciosamente/ Hacia el fin de los siglos?/ ¿O retrocederemos al pasado/ Como en la máquina del tiempo?”. La aparición de las figuras atemporales evocadas mediante la palabra y la memoria —ya sean las conocidas referencias literarias, políticas o familiares— no son ni por asomo mera casualidad, mención facilista, recurso estilístico o acrobacia intelectual. La intencionalidad de las evocaciones se remite ante la posibilidad de poblar la desolación; una manera de traer esperanza a la melancolía de la calle; es la potencialidad del conjuro: una evocación que atiborre el ocaso —o que al menos retenga su caída por unas horas, la cristalización del recuerdo antes de ser recuerdo. Pero la posición de desarraigo conlleva a una visión melancólica que desemboca en la conciencia de muerte, la fugacidad vital, la imposibilidad de cristalizar el momento:

Tened cuidado
El pasado en las ciudades
Se confunde con el futuro
Ayer anteayer pasado mañana
Hace treinta años Hoy
Dentro de un mes la semana próxima
Horribles expresiones palabras inquietantes
Que presagian la temida muerte

(V.XIX)

Pues, la condición permanente de la muerte, como parte del estado natural de las cosas, permite la convergencia de escenarios tras la difuminación del espacio-tiempo y la angustia, ante la imposibilidad de resolución de la vida: “Yo ya debo irme pronto/ Quiero estar en casa/ Muchos días falté de allí/ Y deseo arreglar mi entierro/(…)/Hasta pronto entonces querida prima/ Nos veremos otra vez algún día” (V.XIX). Así el tiempo y su flujo toman formas latentes en el hablante; la evocación se desplegará mediante la “búsqueda de comunión” en constante enfrentamiento a la “carencia del otro” —en palabras de Octavio Paz—, pues en esta búsqueda de comunión, mediante las evocaciones, frente a la duda del espacio-tiempo se erige el intento —bello e inútil— de sacralizar la memoria; la atracción que ejerce el recuerdo y la evocación del hablante, permite a los tiempos (dígase pasado, presente y futuro) reposar en un solo espacio: la calle.

Pero la idea de la convergencia del tiempo no corresponde solamente a un tema de fondo. La ausencia de puntuaciones y comas son partes del proceso escritural intencionado que Rubén Jacob deja entrever en su producción literaria. La pausa versal, como diría Denise Levertov, nos revela aquel proceso de pensar/sentir —y viceversa— del poeta. En este caso, estas pausas nos demuestran el intento de capturar una simultaneidad palpitante en la ciudad y, a la vez, el ritmo del proceso de reflexión y evocación del hablante ante la evanescencia de las figuras que lo rodean. Si se atiende a Marcelo Pellegrini en uno de los ensayos contenidos en Confróntese con la sospecha, dicho “simultaneísmo” se da en aquel intento de capturar las múltiples existencias de elementos en la escritura (lineal). Aquella reflexión que sostiene el hablante en las Variaciones, no sería un “atropello” de la realidad, más bien, es el mismo torrente de pensamientos que mana en la persona, voz expuesta a los estímulos que nacen de la ciudad y que promueven la reflexión ante el tiempo.  No sería casual la coda a El Aleph de Jorge Luis Borges, ni la forma en que leía Rubén Jacob sus propios poemas[3].

El hablante poetiza, por decirlo de alguna forma, de una manera pendular; los versos nos llevan a oscilar entre su memoria, la potencialidad de la evocación en las ausencias y la resquebrajada ciudad. Instantes álgidos se pueden leer en la Variación XXII: “Ah Días sin huellas/ ¿Es el amanecer o el anochecer? / Nunca más nunca más por fin / ¿Quién eres qué ocurre? / Me estás matando/ Te encuentro/ Me acuerdo de ti”. Otro ejemplo lo apreciamos en la Variación XX, donde se encuentran los siguientes versos de ambiente punzante, pues asir la figura y el espacio se dificulta aún más: “Comienza el Begin Perfidia Noche y día/ Corazón Loco Sibonei Vereda Tropical/ La Canción de Septiembre/ Abril en Portugal Frenesí/ La calle donde tú vives/ ¿Pero dónde estás tú?/ A los suscriptores del Boston Evening Transcript”.

Si atendemos al punto de inicio de las menciones, podemos identificar una cantidad de espacios públicos (estadios, plazas, sindicatos, teatros) y privados (la casa de los padres y la propia) que se encuentran íntimamente ligados con el reconocimiento de la soledad. La vacuidad de las calles y las casas ocurren como una silenciosa avalancha, y los significados que el hablante otorgaba a ellos sucumben ante el paso del tiempo. Quizás una de las mejores ilustraciones sobre esta reflexión poética, suceda en la afirmación eliotana: “Todo tiene su lugar y su tiempo/ Tal se dice en el enigma de las rocas colgantes/ El mundo nace y va creciendo/ Y va deshaciéndose/ No como una explosión sino como un gemido” (V.XVIII). Aquel tiempo y lugar ya no son los mismos, el significante ha quedado vaciado de significado, por lo que el hablante asiste a aquel deshacerse de la ciudad —a estas alturas por qué no él mismo—, disolviéndose en el gemido lento de los días. Distintos versos a lo largo del poemario nos dan señales del deterioro vital en las que el espacio está inmerso, si atendemos a la Variación II podemos leer: “Por si alguien apareciera/ Detrás de la mampara/ Tantos años que vengo haciéndolo/ Sin que nadie aparezca”. En la Variación XIV nos dice: “Por eso ya no iré más a la estación ferroviaria/ De San Francisco de Limache/ En esa inolvidable construcción antigua/ Las vigas de roble y las vías están podridas/ Ya no corren los trenes/ Trepidando en la creciente oscuridad”. E incluso si nos remontamos a la Variación XX, se nos constata: “Paredes desconchadas/ En la cercana finca de mis padres/ No hay rastros Nada se oye/(…) Se terminaron mis últimas andadas/ Una tras otra se apagan las farolas/ Nunca más rondaré por allí”. La degradación melancólica en que yacen estos lugares me lleva a pensar en el tiempo como un viento indiferente erosionando dunas, pero también murallas y plazoletas. Retornar siempre deja el sabor y la impresión de posicionarse en el lugar de inicio, lugar que ha cambiado sus inscripciones a un lenguaje ajeno.

Pues la degradación del espacio también implica la “carencia del otro”. Esta se visibiliza en la noción de ausencia de personas que, hace instantes, merodeaban por las calles: “No había voz alguna en la atardecida calle/ Así ha sido desde siempre/ Y lo seguirá siendo/ Por los siglos de los siglos” (V.XXII). Pero si la misma ciudad, la cual funcionaba como un nido, transmuta en terreno hostil, si las voces amigables trasvasijan en turbio tráfago y lo que creíamos conocer nos ha sabido tan extraño, si ya no quedan: “(…)vestigios/ Ni un rostro bello ni un rostro difuso”, si “Está todo oscuro oscuro oscuro“, ¿cómo el hablante ha de enfrentarse al tiempo que consume los espacios donde vio florecer la vida?

Mediante la evocación que realiza la voz al momento de mirar la calle, y en esta ver el tiempo, y en el tiempo a las figuras —como queriendo traernos una palabra—, dichas presencias no solo nos comparten su calidez, su esperanza, también arrastran su espacio-tiempo hasta la calle que observa el hablante. Podría decirse que la calle se torna aquel “punto impropio” en donde se cortan dos líneas paralelas, en este caso dos “tiempos”, los cuales se avizoran desde espacios como la casa. Permítaseme traer la idea de Bachelard respecto al dinamismo de la Casa y el Universo. En este caso, la Casa tiende a ser el espacio en donde nacen las evocaciones relacionadas a la vida personal del hablante, búsqueda de respuesta en la pregunta eliotana, el rescate de aquella memoria : ¿Dónde está la vida que perdimos viviendo? Rubén Jacob pareciera buscar la respuesta “hacia dentro”; mientras que la Calle será espacio de la universalización, donde emergen distintos personajes de tiempos recónditos,  sitio en cual florece la posibilidad de la deriva, el intento imposible de compartir con Borges los versos de Ungaretti en una plazoleta (V.XIII) o pedir respuestas a Kant sobre los juicios sintéticos a priori, entre la casa y una estación ferroviaria (V.XIV). De esta manera, se abre la posibilidad de la vida no vivida, mediante la lectura; caminar la calle se perfila como caminar el tiempo perdido en la posibilidad (común será la simbolización de las evocaciones, espacios, como si fuese el tiempo), el intento de rescate, el traer a nosotros la figura de los desolados y engullidos por sus días, para decirles que no estamos solos dentro de nuestra soledad.

Avenida Los Carrera, Quilpué

La universalización actúa a manera de abismo, extremando la tensión en que se desenvuelve esta poesía, ya que la particularidad vivida en la Casa se ve también acechada ante el paso del tiempo, es la muerte el fin del tiempo propio, más no del paso de los días. La voz poética nos dirá: “Vendrá un tiempo no sé cuando/ Y no sabremos el nombre de lo que amamos” (V.XXII). Todo se sumerge en un olvido y un desconocimiento de lo que fue nuestra vida. La Casa también está expuesta ante la universalización amenazante, si imaginamos dicha tensión de unificar todo fenómeno en una unidad, la muerte, y la Casa como una estructura cerrada que soporta los embates de este abismo. En el Boston, el tiempo se ha colado por las ventanas, umbrales y cerraduras, ampliando lentamente el fracaso inevitable de vencer el fin. En la variación XIX, el hablante dice:

Me fuí un día
En mi corazón resonaba perdurando
El estridor de las cigarras
En mi casa deshabitada durante ese lapso
Únicamente alojó el silencio
Y el tiempo penetró por las ventanas
En mi ausencia ahí no residió nadie
Ni amigos ni parientes
Solamente el tiempo penetró por las ventanas

(V.XIX)

El único lugar de protección ante el tiempo, ese espacio de identidad y particularidad, ha filtrado la angustia. ”Pero a qué tantas especulaciones/ Si al fin de cuentas siempre estaremos/ Como apátridas solitarios/ En distantes planetas o en esta tierra baldía” (V.XX). La muerte acecha detrás de las reflexiones del hablante y le recuerda que las evocaciones no son inmortales. Sírvase la Variación XIV: “(…) Como si la multitud fuera el tiempo/ y el tiempo fuera el mar/ Y el mar fuere la noche Y la lluvia)/ Y la noche fuere el existir/ Y también el tiempo y la muerte”.¿Como hemos de rescatar a esas “Muchas personas amadas alguna vez/ Seres ya perdidos de mi mirada”? La memoria se diluye. A pesar del resguardo en estas figuras, la condición efímera de la evocación es sabida, pues el hablante no puede hacer eternos los sucesos, la posibilidad baja su telón. Cae la noche en la ciudad, como si los signos se despidieran de nosotros, al final de la calle, que es el tiempo. “Seguramente entristecido/ Con una tranquila decepción con cierto desencanto”, solo queda la aseveración “Sobre cuán bella fue la vida/ Y cuán inútil” (Coda sobre un texto de J.L.Borges), y la seguridad de que “No podemos hablar con los muertos/ Ni recobrar el tiempo la transitoria lluvia/ Es por lo mismo que tampoco yo pregunto/ Porque llegó la oportunidad/ En que hablar o callar da lo mismo” (V.XXI).

III o Al final de la calle el inicio

Creer en la gratuidad de la mención en las variaciones, sería caer en un piso falso. En la poesía de Rubén Jacob no terminan de desfilar los amigos y familiares, los poetas y novelistas ya olvidados, lo que más hace pensar en la existencia de un “disco” girando en contra del sentido horario por debajo de las baldosas, o una fuerza que moviliza una cantidad no menor de engranajes ocultos a la vista. No es menor cómo se empapa de una esencia revisitada, un ejemplo podría ser la traducción de Pound al poema anglosajón “El navegante”, o los versos de Eliot que dictan: «This is the hour for which we waited. / This is the ultimate hour / When life is justified. / (…)/  at such peace I am terrified. There is nothing else beside.”, inclusive versos de Le Cimetière marin de Paul Valery. Jacob sitúa al lector dentro de la angustia tan natural, e inevitable, del ser humano producida por la toma de conciencia de la finitud carnal.

Grandes obras se han escrito bajo este halo dentro de la misma región. Un ejemplo es la de su amigo Hugo Zambelli, con su libro: De la mano del tiempo. La existencia de esta tradición y el despliegue de estas nos invita a posicionar a Rubén Jacob como uno de los grandes poetas de la Quinta Región. Mucho le queda por ofrecer a The Boston Evening Transcript, sin aún mencionar Llave de sol y Granjerías infames, pues muchos más espero que sean lectores de sus poemas.

Tras volver a la lectura de este poemario, herido por el afán de conocer a esos escritores que uno admira secretamente, solo me queda pensar en cuántas veces pudo Jacob caminar las mismas calles en las que me detuve golpeado por un halo de nada, cuántas filas, cuántas plazas, cuántas noches; queda agradecer a los bellos amigos, que en un café vacío nos acercan El Boston, con la cariñosa indicación de quien presenta una novedad entre las hojas. Pues hay noticias que no dejan de transcurrir en su destiempo y hay sombras que no cesan sus pasos, su eco habita el final de la calle recomenzando, preguntándose: ¿Dónde está aquella vida que perdimos viviendo?

Calle Andrés Bello, Quilpué

[1] De aquí en adelante, se referenciará los poemas mediante la abreviatura V.”número de la variación”, según lo requiera.

[2] Debo este término a Sergio Holas y su artículo Plegados del cuidado. La ciudadanía y la ciudad en Las cosas nuevas de Ennio Moltedo

[3] A causa del desfase temporal ante el fallecimiento y la edad de jóvenes lectores, esto puede ser apreciable mediante las grabaciones existentes en Internet.

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Después de Karl Kraus

por Benjamín Carrasco

Sólo soy uno de esos epígonos
que viven en la vieja casa de la lengua.
K.K.

Es común que en los permanentes descubrimientos por los que nos lleva la literatura, demos con una piedra de toque que nos causa un inconsolable asombro, una que abate con creces nuestro fulgor anímico. Esto suele ocurrir en aquella edad romántica por excelencia, la juventud, en la cual las angustias creativas se palpan con mayor agudeza. Todo aquel que comienza su recorrido, bien sea como escritor o lector comentarista, prontamente colisiona con la trágica conciencia de su medio. Y no me refiero, necesariamente, a aquella profunda lucha (o agón) del novicio contra la originalidad que se le impele, que según Harold Bloom significaría “el gran cansancio de llegar tarde”. Esa sería, sin duda, una edad prematura que apuesta por la iconoclasia, contrastada con el aprendizaje consciente de sus predecesores que constituye un período de juicio sazonado. Mientras que en una etapa se batalla por vencer a la muerte, en la otra se esmera por si quiera nacer. Y probablemente sólo en esta posición de nacimiento perpetuo halle el escritor en su juventud algo de sensatez, una que no aparte de sí el aprendizaje riguroso, y a veces lacerante, que ponga en la balanza pertinencia e inteligente discreción. En fin, que aspire a mirar con recelo, pero también con gracia, sus propias palabras. Piedra de toque, decíamos, en forma de libros, escritores, personalidades, que nos devuelve acaso a un estado pueril, desprovisto de la soberbia verbal con que pretendiéramos ocultar nuestra patente falta de ideas. Edad primaria y desconcertante, aleccionadora en tanto el peligro de ese turbio manantial de descontento no nos dé alcance y pueble nuestros esmeros de fatuidad y falta de decisión, pues también husmea el peligro de la esterilidad, que no sabemos si es sólo un peligro o ya un hecho consumado.

He vuelto a leer a Karl Kraus, y no ha sido diferente la sensación de abatimiento de las primeras lecturas. Llegué a él, tal vez como muchos, a través de Elías Canetti, y me engañaría al decir que no le debo mi preocupante predisposición, aun si consideramos que de Kraus somos conocedores de tercera o cuarta mano, y que nos queda de su personalidad no más que el testimonio escrito de quienes padecieron y gozaron de su presencia por igual. Desde Canetti, ya me parecía una figura conflictiva a quien le buscaba un igual en nuestro tiempo, sin resultados favorables, limitado a permanecer como lector a contracorriente. Y no me atrevería a escribir de él luego de Roberto Calasso, Walter Muschg, Riccardo Morello o Adan Kovacsics —a este último le debemos en gran medida la posibilidad hispánica—, quienes le han dedicado sendos ensayos, si no fuera desde mi propia experiencia de lectura.

¿Qué hace que un hombre, que sienta en su escritorio a su época, como ante un tribunal, juzgando con énfasis y mordacidad exuberante, aflija el alma de escritores noveles de la nuestra? Probablemente, por la naturaleza de su persuasión, o más bien, de su “fuerza persuasiva” (Überzeugungskraft), contenida en esas “frases-fortaleza”, como las denomina Canetti. Fácil sería desprenderse de libros, de lecturas, de influencias solapadas, de llamativos impulsos juveniles, pero difícilmente se puedan esquivar los dardos de Kraus del quehacer literario si es que se ha tenido el afán de leerlo sin mayores resquemores. Aquellas frases casi axiomáticas de integridad moral, alto reaccionarismo y archiconservadurismo no son una imposición ideológica, ni mucho menos; ni tampoco comparables a los pecados de juventud que significan Cioran o una mala lectura de Nietzsche. Esto comprueba que quien desee ser seducido es capaz de encontrar en los males de su época los despojos consecutivos de las anteriores sin hipotecar a cambio la propia conciencia histórica. Lo es porque desde los últimos días de la casa habsbúrgica hasta el auge del nacionalsocialismo que presenció y denunció Kraus, muchos de los mecanismos de la palabra, como los medios de comunicación y la cínica intelectualidad, que por cierto vieron el nacimiento de un nuevo tipo de propaganda, no han dejado de reelaborar sus tretas hasta nuestros días. Allende la actualidad en pugna —la Viena del cambio de siglo, a la que llegó a llamar “el laboratorio del fin del mundo”— su incitación es imperecedera por cuanto el sentido apocalíptico que imprimió en sus críticas periodísticas, poemas o en su irrepresentable drama Los últimos días de la humanidad, no termina por consumirse y se transforma en una alerta que se place en apabullar la corruptibilidad de un lenguaje que ya comenzaba a anegarse en las trincheras de Europa.

Para Kraus, la reacción natural consistió en practicar el lenguaje con especial celo y devoción, como último eslabón de un dominio sagrado frente a la decadencia de Occidente que ya sentenciara Spengler, con una escritura en que aún cabía lo intrincado, con sus jugarretas alusivas y metafóricas, dado a la ironía y al ataque sanguinario, refugio de la parodia y de la paideia, como si una comedia —de la vanidad— se tratase. Que haya sido a través de la palabra no sólo volvía una tarea desazonada el mostrar la degradación a la que se sometía con un avance desenfrenado una civilización completa, también corría el riesgo de una peligrosa complicidad. Para ello debió revestirla de los más maliciosos artilugios y levantar lo que algunos llamaron “el tribunal de la lengua”, tal como se presenta en el filo expresionista de sus aforismos que en su espejo refleja el vértigo mismo de la locura.

El iniciado escritor o comentarista de libros se preguntará al caso si es que su propia lengua no está en un estado semejante, enervada y maltraída; si es que no es parte él mismo de las fabulaciones de los críticos literarios y poetastros, sociólogos y aun profesores, o de la vacuidad de habla de la politiquería, complacida en tanto remilgo y rodeo, también las del lumpen. En una posición así, no deberá advertir sino el pie en falso ante cualquier palabra y de paso difuminar el contorno de las máscaras de escritura para encontrar allí un espantoso conformismo. De ahí que la necesidad de soportar ese destino político y ético que plantea Kraus en torno a la escritura consista en una ampliación de la propia conciencia, a razón de un juicio crítico, fruto de una deslenguada provocación, en oportunidades efectista y en otras de condenado ingenio. Sin motivos para ponerle tapujos a su retórica, la intransigencia en la relación entre forma y pensamiento ya delatará cuán desvergonzadamente podemos ofertar el razonamiento a la perorata de turno, y que una degradación verbal puede conducir a la justificación de mal gustos, crímenes y vilezas, resultado de elucubraciones y artificios expresivos y de una jerga engolosinada consigo misma.

A la postre, descubrir allí los vicios de un credo que empieza a pisarse la cola y cuyo regusto por sazonarse en sus propios jugos es más que curioso; desconfiar de aquella palabra que se ha enseñoreado en sus ardides y de un mundo que se ufana en su seno. Conciliar la severidad con la creación, pues ante el aliento intempestivo de Kraus, ¿qué más podemos hacer? ¿Cómo escapar de sus frases-fortaleza si a medida que nos adentramos en ellas cada vez más nos damos por advertidos, si no aludidos? Después de leer a Karl Kraus, cualquiera tendría miedo de tomar un lápiz.

B.C.B.
Viña del Mar, VII-020

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Pathei mathos

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El intersticio primero

por Bastián Desidel Escurra

Metáfora de la nervadura en La surtidora de María Sol Pastorino

La poesía no resuelve. Tensiona. Bien se sabe al leer los versos de la poeta María Sol Pastorino, quien publicó su primer libro hace algunos años. La surtidora es muestra y producto de la elaboración consciente de una escritora que se sabe en condición y que despliega su lenguaje sin temor al nudo y al callejón sin salida. Doblemente válido es para La surtidora, poemario que ha sobrevivido a los retazos de los años, a la búsqueda de su decir poético y a la complejidad del mundo editorial en tanto publicación como distribución.

Cosas varias podrían decirse de este libro donde la sutileza no es un acierto inconsciente. La surtidora comienza sus páginas con el siguiente poema: 

Empeño en escribir, 
tarea que la surtidora realiza sin el menor esfuerzo. 
Si ella se esforzara, dejaría de juntar hojas de otoño, 
dejaría de creer en el ardor de los nervios. 
La página en blanco la enciende ella misma. 
Funda una metafísica propia 
la de arder en una nervadura. 

En el desglose del poema, sin abandonar la totalidad a la cual se debe, reconocemos el imaginario expuesto al servicio de un arte poética. El protagonismo de La surtidora, quien escribe y es escrita, a la manera de la heteronomía, nos presenta las siguientes preguntas: ¿El poema es escuchado por la poeta quien transmite el dictum de lo que llamamos inspiración? ¿O será que el poema es construido a la manera de una cuidada artesanía del alma? La dualidad gestacional del “poema” es la obertura de este libro. El “empeño” demuestra rápidamente la irónica sutileza de una escritura experimentada, y que busca desbaratar en el siguiente verso la complejidad e intencionalidad que denota la acción de escribir. La escritura no es la poesía. La surtidora intuye: responde más al hábito de quien mantiene un vínculo extraño y personal con los objetos, personas, estaciones de su vida cotidiana. Significante será la presencia silenciosa de los cuartos, las bolsas, las manecillas, los otoños y los lápices, en ellas se gesta la primera sílaba que remueve a la poeta. Esta poética denota una idea de la escritura antes de la escritura y el sacrificio implícito que conlleva la poesía y que llamará más adelante “la dificultad afectuosa del poema”. ¿Es capaz la escritura de esbozar este contacto tan personal de la “metafísica propia”? Vitalidad, en esencia: el hechizo poético y la particularidad del poema reside en su cierre. Retorno al último verso: “la de arder en la nervadura”; resulta llamativa la utilización de la palabra nervadura, en un doble vínculo con “las hojas de otoño” y “los nervios”, lo que permite el ingreso del lector al bagaje botánico que potencia esta metáfora. 

La condición de la nervadura es básica para la totalidad de la estructura biológica de una hoja. Su símil humano, el nervio

Si escarbamos en algunos tomos sobre la composición de las plantas, como el Diccionario de botánica redactado por Pío Font Quer, publicado el año 1953, podemos asociar la nervadura como el conjunto y disposición de nervios que componen la hoja en forma de redes —similar a las venas humanas. A través de esta se puede lograr una clasificación dependiendo de su estructura, lo que variaría la complejidad de su función, no obstante, su presencia se liga a ciertas funciones básicas: la óptima distribución del agua, la estabilización de la estructura, promover la robustez enfocada en reducción de daños, entre otras tantas bifurcaciones existentes en el tema; es reconocible que sus funciones se ligan a otras como los de la fotosíntesis. La condición de la nervadura es básica para la totalidad de la estructura biológica de una hoja. Su símil humano, el nervio, remite de igual manera al contacto entre el sujeto y su entorno, en este caso a la acción pre-cognitiva con la cual responde el sujeto ante su ambiente. La utilización metafórica de la nervadura posibilita el ingreso a la sensibilidad poética: apertura ante la recepción de la intemperie y contención de la luz, como también su apreciación de estructura casi irreducible. Para indagar como lo hacen estos poemas con su cotidianidad, hay que entrar en esa región primaria de la cual la nervadura es signo. Así, “arder en la nervadura” será un mandato primario.

Esta nervadura, pura metafísica poética, es la que sostiene a la poeta en la hoja de papel. Más que respuesta reflejo, es el espacio límpido de trampas cognitivas, espacio del misterio. En este punto se podría considerar la posibilidad de desovillar una esencia común respecto a este espacio poético con la del poema “En el coto de la mente” del poeta peruano Carlos Germán Belli, la cual cobra relevancia en sus últimos versos “aquel que los arneses despojóse,/ para con premeditación nadar,/ entre sedosas aguas, pero ajenas,/ sin pez siquiera ser, ni pastor menos.” Pero apuntalar un posible significado no basta para esclarecer los pliegues de un poemario como el presente. Posiblemente este resquicio biológico permite acoger la tensión entre el Poeta que intenciona la escritura (como un oficio a partir de la práctica) y el Poeta que recepciona la palabra poética y vuelca la inspiración en un ejercicio activo (nacimiento desde ese espacio primario) y sostener una dialéctica que no llega a contraponerse jamás, pues ambas formas se contienen en una mayor. Así el roce de estas dos formas hace pensar en la experiencia humana abierta a la sensibilidad de los estímulos cotidianos y su comunicación privada. Imagen que en cualquiera de los casos le es fiel a la autora. 

Imagen de portadilla. La surtidora. Ruinas Circulares, 2019.

La plena confianza en la metáfora y, con esto, confianza también en la palabra como medio de contacto con una Realidad que, ligera, se asoma en los objetos más cotidianos, es otro atributo de la poeta María Sol Pastorino. Si bien La surtidora, máscara sujeta a otra metáfora, alude constantemente que el verbo “escribir” es un puente incompleto o un objeto defectuoso si se erige con base en una razón ciega, la “dificultad afectuosa del poema”, principal constitutivo del poema como triunfo del lenguaje en su expresión últimaserá “realizable” desde el posicionamiento en la “nervadura”. Ante la escritura de La surtidora se evidencia la necesidad que el lenguaje toque, ingrese, remueva ese nervio, que se sepa estar dentro, vivir la metáfora, pues los textos aquí reunidos son constatación de la palpitación poética, el habitar desde la sensibilidad de ese intersticio primero y su constante contacto privado con la simbología cotidiana en que la experiencia humana se mueve. Es por eso que la necesidad de la “metafísica propia” se presente como un imperativo para quien se bate ante la página en blanco. La vitalidad mística que destella y estalla en el verbo poético. La poesía de la surtidora se siente y se descubre, es hallazgo, sólo se nos hace poeta al encontrarnos con la poesía, el ejercicio lógico en sí mismo imposibilita esta vitalidad basada en el sentir. Se nos dice: 

XI 

Las llaves buscan el giro dice la surtidora.
Las cerraduras no comprenden en el círculo, 
las bendiciones que nadie ve. 
Los mandalas de nuestros verbos 
se abren y cierran en la geometría 
del esfuerzo y la utilidad que sobregira. 
Las llaves se desgastan en la comprensión. 

El poema es la labor del poeta. El conocimiento del trabajo y la nervadura es la esencia que provee a La surtidora misma en la posibilidad de la escritura poética: la Poesía en el intento de escribir poesía, el intento de retornar a esa región única que provee. El ejercicio escritural, carente de finalidad como se nos demostrará en el poema que cierra el conjunto, sobrevive al por qué, se escribe porque se arde en la nervadura, sin más. En esta batalla de la comprensión y el sentir, lo posible y lo concreto diluyen su dialéctica. La surtidora descree de la respuesta objetiva. María Sol posee tinta escéptica, lo cual no nos aleja de esa región nerviosa a la cual nos llama a arder, la creación de la metafísica propia conlleva al distanciamiento del lenguaje común. Desde el escepticismo y la cotidianeidad la surtidora enseña a retornar a uno mismo luego del contacto con el otro. Me perdonará la autora por citar a Roberto Juarroz, poeta que no es de su predilección. El poeta argentino refiere a su interlocutor Guillermo Boido, en el libro Poesía y creación: “La única manera de recibir una creación es crearla de nuevo. Tal vez, crearse con ella”. Pienso que esa metafísica propia nos lleva a fundir los polos en el sacrificio único de la creación, la surtidora nace en la dificultad afectuosa del poema, luego de horas de intento aprendiendo el fallo, habitando la palabra dictada a la mano por una voz más profunda, —nacida en la nervadura y su crepitar— y que quizás no nos pertenece en su totalidad. 

XI

Los caminos de la tensión y la insistencia dice la surtidora, 
en el corazón de la nervadura. 
En la dificultad 
el color de la página en blanco.

Como la insistencia de la vida, hay que insistir dice la surtidora.
Llevar la colección de nervios y corazones más allá de lo tibio. 
Llevar la acción, 
sus tensiones y nacimientos, 
junto a la memoria 
y sus fundiciones en la muerte.

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