Creo que no tengo la costumbre de escribir mis comentarios de las cosas que leo. Uno se ve más inclinado a las cosas que observa. Se supone que uno escribe sobre las cosas que lo cautivan constantemente. Es como un impulso nervioso, como esa necesidad que surge cuando quieres fumarte un cigarro. Digamos que uno anda criseado buscando calmarse con cualquier cosa. Supongo que por eso prefiero estar escondido en mis libros, en mis fantasías literarias: en mi libertad reducida a meras letras y tinta. Uno lee para aprehender, en un acto de placer incomprendido para aquellos que desconocen la soledad apacible. La locura se macera de forma extraña en nosotros. En lo particular, los cuentos vienen a ser dosis para la dislocación de los sentidos. Pequeños relatos que se leen de un tiro, la poesía también tiene sus virtudes. Sin intermedios uno disfruta un descargue violento de sanaciones y emociones internas.
Uno de los libros que más he disfrutado en lo que llevo de vida quizá sea la mirífica obra “Du Domaine”, del poeta francés Eugène Guillevic. En la versión traducida por Monte Ávila Editores, se presenta bajo el título “Del Reino”. Un poemario imprescindible que de forma inusitada llego a mis manos. Un libro de carácter esotérico, mágico por la complejidad de su sencillez. Poemas entrelazados a su suerte para promover la decapitación del lector.
Hay quienes duermen
Todas sus dimensiones.
Cierto encuentro cercano de orden mayor le da una estructura sólida al poemario. Uno se pierde en el trance de los vaivenes, orbitando en un espacio imaginario delimitado por el paso de las palabras breves, que juntas forma versos alucinantes y precipitados.
Mirarnos
Como nos miran
Las avispas
Cada palabra parece tener un sentido sagrado y cósmico. El misterio envuelve los versos de Guillevic. Las cosas concretas, aquellas que poseen carga de vida, quedan como ejemplo claro de que, en lo sencillo sin duda podemos encontrar lo divino. Es un libro que me ha enseñado bastante. Y por ello me encuentro agradecido.
Ella te preguntará
Si conoces su hora.
*
No tendrán que lanzarse
Desde lo alto de la torre.
*
Si desconfías de ella,
Teme
Por tu pasado en el reino
*
Ella no te desea otro mal
Sino confiarte el suyo.
Alexander Urrieta Solano



