La hija de la colombiana

por Magdalena López

“Nací y crecí en un país que recibió a hombres y mujeres de otra tierra. Sastres, panaderos, albañiles, plomeros, comerciantes. Españoles portugueses, italianos y algunos alemanes que fueron a buscar al fin del mundo un sitio donde volver a inventar el hielo”

La hija de la española – Karina Sainz Borgo

¿Por qué no La hija de la colombiana o La hija de la ecuatoriana?, me pregunté cuando supe que el boom literario del año, según se anuncia en el propio libro, es una novela venezolana publicada en Europa que se llamaba La hija de la española. En ella se narra la historia de Adelaida Falcón, quien tras la muerte de su madre, queda absolutamente sola en una Caracas de violencia y horror. Poco después, la protagonista es desalojada de su propio apartamento por un grupo de mujeres de las milicias civiles del gobierno. Tras algunos avatares, logra suplantar la identidad de una vecina asesinada y huye del país hacia Madrid usando el pasaporte español de aquélla.

Inmigrantes en Venezuela

Al intentar expresar las dimensiones de la crisis, los venezolanos solemos enfatizar que la reciente estampida de cuatro millones de personas en apenas unos pocos años está ocurriendo en un país tradicionalmente receptor y no emisor de migrantes. El drama se acrecienta cuando intentamos encarar esta experiencia sin una cultura de emigración al modo de países como México, Perú y la República Dominicana. Estamos aprendiendo a emigrar prácticamente de cero y, para ello, parece que sólo nos queda echar mano de la memoria de nuestros propios inmigrantes en Venezuela. Pero, ¿de cuáles?

No pretendo aquí hacer crítica literaria, ni ofrecer una reseña de La hija de la española de Karina Sainz Borgo. En este texto me mueve más bien la necesidad de reconfigurar un sentido de comunidad post-catástrofe a partir de una lectura de la novela y la premisa de que la literatura es el arte de imaginar lo posible.

Hubo dos grandes oleadas de inmigrantes a lo largo del siglo XX venezolano; ambas provocadas por el “milagro” petrolero. La de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958), ligada a la políticas de atracción de migración europea que habían comenzado algunos años antes y, otra más espontánea, por así decir, durante la socialdemocracia (1958-1998). Sobre todo a partir de los años setenta, millones de latinoamericanos se instalaron en Venezuela, huyendo de crisis económicas, feroces dictaduras, y/o desplazados por conflictos armados. Buena parte de las generaciones que nacimos en esa década o después contábamos a los portugueses, italianos y españoles como piezas de nuestro paisaje urbano; para algunos, de hecho, fueron sus padres y abuelos.

Pero fueron los colombianos, haitianos, dominicanos, bolivianos, ecuatorianos y peruanos que apenas llegaban, los que nos revelaron, a los caraqueños, la ciudad precaria y subterránea de finales de siglo. Si a esto le sumamos los exiliados chilenos, uruguayos y argentinos y, otros inmigrantes menos numerosos como los chinos, trinitarios, sirios y libaneses nos topamos con una ciudad muy lejana a la de los megarelatos de modernidad. La nuestra fue una ciudad, por llamarla de alguna manera, tercermundista. Los jóvenes de a pie vivimos hasta los tuétanos esa otra Caracas. Y la vivimos con la consciencia de que asistíamos al derrumbe de algo que debía haber sido muy bueno, según lo rememoraban nuestros padres. En otras ciudades del país, como Mérida, Maracaibo, Maracay, Valencia, Cumaná y Carúpano por ejemplo, la situación no era distinta.

Desde la distancia temporal, es posible entrever hoy que Hugo Chávez  irrumpió en ese escenario del pasado para marcar una continuidad y una ruptura. Continuidad, al articular un megarelato nacional que nos montaría en la cresta de otra nueva ola. Ruptura, al colocar el foco en aquello que la nación perezjimenista y la del bipartidismo adeco-copeyano de los últimos veinte años eludían en la mayoría de sus imaginarios: los pobres venezolanos y los inmigrantes latinoamericanos. Esos que podían bajar de los cerros e invadir la ciudad; esos a los que, recordaban unos cuantos con nostalgia reinvindicativa, el general Pérez Jiménez nunca les dejó construir sus “ranchos” en El Ávila.

Sin embargo, entre tantas otras cosas que nos sucedieron a principios del siglo XXI, un día del 2004 el gobierno anunció que entre dos y cuatro millones de colombianos indocumentados podrían hacerse ciudadanos venezolanos con relativa rapidez. En barrios populares como el de Petare hubo celebración. En otros lugares no tanto. Con esta decisión Chávez se aseguraba más votos, sí, pero a diferencia de otros políticos, lo hacía otorgándole a los “caliches” o “colombiches” el mismo estatus legal de aquellos que a menudo los miraban por arriba del hombro.

En 2019, a la vuelta de dos décadas, es claro que la justicia social con la que el chavismo pretendió legitimarse es un cascarón vacío en el que lejos de sumar derechos fuimos perdiendo los que aún teníamos. Como lo señaló Paula Vásquez (2019), en la revolución bolivariana todos nos convertimos en sujetos sin ciudadanía. Frente a esa pérdida intentamos volver a imaginar la nación, pero lo que se nos ofrece con demasiada frecuencia es sólo el pasado.

Nostalgias

Vivimos tiempos de nostalgia. Enzo Traverso (2018) ha llamado la atención sobre la melancolía de nuestro tiempo. A diferencia de los proyectos de principios de siglo XX, los actuales no consiguen proyectarse hacia el futuro. Desde el Make America Great Again de Trump, pasando por la fantasía de restablecimiento de la Gran Rusia, la celebración de la dictadura brasileña de Bolsonaro y las identificaciones de López Obrador con Benito Juárez, cualquier alternativa de cambio se piensa como una recomposición del pasado. Paradójicamente, mientras más memorialísticos nos volvemos, añade Traverso, menos capaces somos de dotar al pasado de dinamismo en el presente.

Basta echar un vistazo al extraordinario libro El fin del homo sovieticus (2015) de Svletana Aleksiévich para constatar cómo la desintegración de la Unión Soviética produjo un imaginario de recuperación de la grandiosidad estalinista. Así, lo revolucionario resulta hoy conservador. La memoria viene a ser como una gran imagen sometida a photoshop en la que agregamos, alteramos y borramos todo aquello que contradiga la visión de un pasado pleno por oposición a un futuro vacío. Y en Venezuela, ese pasado al que se mira es el de un megarelato.

Lejos de una conciencia del fracaso que nos ofrezca cierta humildad para pensar el futuro, la nostalgia venezolana del “éramos felices y no lo sabíamos” entraña la elusión de la caída. Se memorializa un pasado puro y perfecto donde el chavismo y, por extensión, aquello que instrumentalizó para llegar al poder — la exclusión social y el deterioro de la socialdemocracia–, no existe.  Svetlana Boym (2001) propuso una diferenciación entre dos tipos de nostalgias: las restaurativas, que buscan proteger verdades absolutas, y las reflexivas, que las ponen en duda. Pero poner en duda el pasado prechavista implica un intento de comprensión histórica que resulta sospechoso para muchos.

Cada vez que se esgrime alguna continuidad respecto al rentismo petrolero, la violencia o la corrupción estatal se es culpable de justificar o legitimar el actual régimen. No se trata de un fenómeno anómalo. Guardando las distancias, una acusación similar sufrió Hannah Arendt (1963) cuando quiso comprender el nazismo y aproximarse a un personaje como Adolf Eichmann. La filósofa alemana no solo expuso un sistema, un contexto histórico, una modernidad burocrática, hizo algo peor: planteó que todos podemos llegar a ser Eichmann.

Desde la ficción, más de medio siglo antes, Joseph Conrad también había insinuado ese horror en El corazón de las tinieblas (1899): después de un viaje ominoso por río Congo, el capitán Marlowe descubría que el enloquecido y sanguinario líder Kurtz se asomaba en su propio rostro e incordiaba su memoria. Es precisamente este incordio, la sospecha de un Eichmann interior, lo que la nostalgia evita. Como la anestesia, la nostalgia nos coloca en un terreno de evasión, de clausura y aislamiento de aquello que nos produce dolor. Nos resguarda en la fantasía de un pasado incorruptible.

El relato chavista, ya se sabe, hizo lo propio. Eximiéndose de su pasado inmediato, incluida la propia participación militar en la represión del Caracazo de 1989, proveyó la versión de un pasado idealizado, presentándose como la actualización de las guerras de independencia y la lucha guerrillera. En una lógica antagónica, a la distorsión histórica oficial chavista se le contrapone a menudo la de una nación idílica en las últimas décadas del siglo XX, una nación totalmente desvinculada de la del siglo XXI.

He mencionado la nostalgia estalinista en la Rusia post-soviética como una muestra de la desvinculación de un pasado romantizado frente a un presente desesperanzador. En América Latina tenemos un ejemplo más cercano: el de la nostalgia batistiana impregnada de boleristas, Cadillacs y cabareteras que desencadenó el opresivo disciplinamiento de la Revolución Cubana.

No es infrecuente escuchar a los viejitos de la Calle Ocho de Miami (los que aún viven), rememorar La Habana de los años cincuenta, entre la puesta de una piedra y otra de dominó sobre la mesa. Pero, ¿qué cubano que tenga hoy cincuenta, cuarenta o treinta años podría sentir nostalgia por el universo batistiano? Un vistazo a la narrativa de las últimas generaciones cubanas revela que la experiencia de la diáspora e incluso del exilio poco tiene que ver con la idealización de un pasado que no vivieron. El desarraigo abordado por escritores como Anna Lidia Vega Serova, Enrique del Risco, Mylene Fernández Pintado y Carlos Manuel Álvarez es un asunto que, sin negar el referente histórico y político, asume una interioridad, le da voz al Eichmann, al Kurtz que no habita afuera sino adentro.

Universo perezjimenista

Vuelvo entonces a mi pregunta inicial que es también una pregunta generacional: ¿Por qué no La hija de la colombiana o La hija de la  ecuatoriana? ¿No fueron los inmigrantes de los años setenta, ochenta e incluso noventa los que marcaron los espacios más modestos y también los más descarnados de nuestra vida cotidiana de infancia y juventud en toda Venezuela? Aún tratándose de algún descendiente de inmigrantes europeos, ¿cómo es que un escritor venezolano de treinta, cuarenta y hasta cincuenta años se propone retratar una Caracas en ruinas abordando el tema de la inmigración en el país sin ni siquiera mencionar a los colombianos y a los ecuatorianos?

Ciertamente La hija de la española es el relato de una fuga. Pero lo es no sólo en el sentido literal de su argumento, sino también en su apuesta por el universo de la dictadura perezjimenista. Esto me resulta lo más curioso de la novela: la asunción desproblematizada de una memoria prestada. Toda memoria, como la ficción, está hecha, también, de préstamos, pero lo que rememoramos y ficcionalizamos los venezolanos dice mucho de los imaginarios con los que contamos para recomponer nuestra comunidad rota. Si la “salida” es aislar el presente del pasado, “cauterizarnos” contra el chavismo, ¿qué pasado elegimos? Para expresar nuestro desarraigo, ¿de qué inmigrantes echamos mano?

La hija de la española es la fuga hacia el programa político de Marcos Pérez Jiménez: el Nuevo Ideal Nacional. La “cauterización” contra el chavismo se expresa como el wannabe en el que dejamos atrás el subdesarrollo y nos blanqueamos, gracias a los inmigrantes españoles de los años cincuenta. En este escenario, los negros y los pobres sólo pueden existir de dos maneras: como huellas pintorescas, folklóricas, de un mundo rural extinguido, y como delincuentes, criminales chavistas.

De manera inusual, la melancolía aquí no es la del universo populista adeco; la modernidad anhelada no es para todos. La trasformación de la protagonista alegoriza la teleología selectiva desarrollista. Se convierte en española y se desplaza al “Primer Mundo”. Ejemplo de lo que Hommi Bhabha (1994) denominó “mímesis” para hablar de las apropiaciones identitarias de prestigio en contextos coloniales, la novela propone una asunción absoluta de la identidad europea.  La mímesis se revela no sólo en la trama y en el lenguaje, marcado por españolismos, sino también en un afán de imitar el habla popular con ecos de la novela regionalista que, a ratos, más que recordarme a Rómulo Gallegos, me hicieron pensar en un narrador como el Camilo José Cela en su novela La Catira, dada su distancia respecto al mundo representado.

Tanto la nostalgia por un pasado socialdemócrata como perezjimenista se traducen en la petrificación de un tiempo que no se hace cargo de las ruinas del presente. Lo ajeno se constituye precisamente por la separación, la “cauterización”, el no “embarrarse” con el presente de horror. Eichmann y Kurtz permanecen en universos ajenos, tan ajenos como las mujeres chavistas que invaden el apartamento de la protagonista de la novela de Sainz Borgo. Pero la fuga hacia el imaginario del Nuevo Ideal Nacional tiene implicaciones aún más delicadas que la posible fuga hacia el mundo de la socialdemocracia. En el intento por mostrar al chavismo como una suerte de entidad ontológica del mal amputada de toda historicidad, no sólo se esquiva cualquier responsabilidad del pasado sobre el presente, sino que también se prescinde del legado democrático venezolano que antecedió a la llamada revolución bolivariana.

Pareciera que como el chavismo monopolizó la potestad de representar a los marginados de nuestra sociedad, también a ellos hay que sacarlos de la escena. En la novela de Sainz Borgo o bien los inmigrantes de las últimas décadas no existen o bien, los pobres son criminalizados –una manera otra de invisibilizarlos–. Es por ello que los peruanos, dominicanos o haitianos no pueden existir en la cosmovisión perezjimenista que nos propone la autora. No importa cuántos venezolanos estén cruzando diariamente la frontera con Colombia hoy en día: la experiencia colombiana en Venezuela no constituye materia alguna para mirarnos en el espejo.

Marta en el espejo

En mayo de 2017 tuve que viajar de emergencia a Caracas. Mi abuela había enfermado gravemente. Salí de la apacible Lisboa y aterricé en una ciudad en llamas. Los hospitales ya sufrían cortes de agua y no se conseguían las medicinas. Caracas estaba llena de barricadas y de cierres de vía por soldados que hacían muy difícil desplazarse al hospital o buscar los remedios. En vista de todo aquello, mi abuela decidió irse a casa y dejarlo de ese tamaño. Dado su estado, mi familia contactó a la Cruz Roja para saber dónde conseguir algunas cosas (suero, antibióticos, morfina) y averiguar sobre alguien que pudiera ayudar a cuidar a mi abuela en su casa.

El día que llegué a verla la encontré dormida en su cama. Había pasado muy mala noche y a su lado se encontraba una mujer morena un poco más joven que yo. Se llamaba Marta. Marta vivía por los lados de Las Minas de Baruta y había estudiado para auxiliar de enfermería. Tenía dos hijos y un marido de Pereira. Iba tres veces a la semana durante las mañanas y se ocupaba de bañar, y suministrarle el suero y los remedios a mi abuela. Hicimos buenas migas. Supongo que como era de Cartagena las afinidades caribeñas emergieron enseguida.

Una mañana Marta me dijo que se volvería a Colombia con su familia a finales de junio. Su madre los mandaba a llamar porque aunque siempre habían sido muy pobres, allá a los niños nunca les había faltado la leche. Hacía días que Marta no sólo no conseguía leche, sino tampoco pollo, caraotas ni arroz. Con un poco de desasosiego, casi en tono de reclamo, le pregunté “¿Pero cómo te vas ir?”, “si la gente que le echa bolas a este país se va, ¿quién lo va levantar?” Recuerdo que ella me miró de arriba a abajo en silencio. Yo me regresaba a Lisboa en unos días y me preocupaba que mi abuela se quedara sin cuidado.

Pero, la verdad, entre mi abuela y el país parecía no haber distancia. Dos segundos después me cayó la teja: yo, la venezolana, la doctora en literatura, regresaba a Europa y le reclamaba a la colombiana, la auxiliar de enfermera, que se hiciera cargo del desmadre de mi país. Ese día, Marta estuvo de acuerdo en que yo le cambiara el pañal a mi abuela. Tuve que embarrarme, sí.

Mi tragedia familiar-nacional me devolvió la imagen de Marta en el espejo. O, quizás, con la mirada que ella me echó, entendí que inconscientemente levantamos distancias sociales que revelan su futilidad frente a la agonía de un cuerpo y que, finalmente, era yo quién debía ocuparme de la mierda propia. Pienso que la literatura debería ser como esa mirada especular de Marta: Negarnos la huida y obligarnos a encarar lo vergonzante. Pero, ¿qué pasado incorruptible permitiría tal tarea?

Mercado y violencia

Una parte de nuestra literatura reciente huye hacia el imaginario idealizado adeco. Me refiero a aquellas obras que van desde las solemnes y seriecísimas rememoraciones de juventud narradas con una conciencia adolescente; es decir, aquellas donde la petrificación del tiempo no tiene que ver con lo que se cuenta sino en cómo se cuenta, hasta las añoranzas de la larga fiesta en París –no confundir con Bogotá– de la que tantos disfrutaron gracias a los petrodólares de un estado generoso.  El giro perezjimenista de la novela de Sainz Borgo, sin embargo, asoma una melancolía distinta que probablemente será tendencia en las venideras ficciones por las implicaciones internacionales del mercado editorial.

Vicente Lecuna y Alberto Barrera (2019) han argumentado que, a pesar del daño que el chavismo infligió en el sector cultural, hubo una consecuencia positiva. Provocó un quiebre liberador de la dependencia histórica que sostenían los escritores con el Estado. Dicho quiebre condujo a una mayor diversidad en la escritura y a una preocupación por los lectores. Efectivamente, salir al ruedo del mercado editorial fuera del amparo garantizado por un conjunto de editoriales y redes de distribución estatales, y la escasez de materiales básicos como el papel y la tinta en Venezuela; condujo a una diversidad y a una amplitud que hace de este momento, uno de los más interesantes de nuestra literatura. Sin embargo, nuevos riesgos asoman en la medida en que el mercado en castellano sigue teniendo su centro en España.

Como tantos otros latinoamericanos, los venezolanos tendremos que ganarnos lectores en Europa. ¿Pero cuántos lectores en Barcelona, en Madrid, en Bilbao, en Valencia o incluso en Vigo estarían dispuestos a comprar una novela venezolana que se llame  La hija de la colombiana?

Los escritores cubanos, que en esto de resistir los embates del Estado llevan muchos más años que los venezolanos, confrontaron este problema durante el Período Especial. Cuando la única manera de publicar –y de obtener unos pocos dólares que permitieran llenar el estómago– era que algún “agente” español los “descubriera”, de pronto la narrativa cubana se llenó de jineteras, balseros y delincuentes negros y mulatos.

Lo que comenzó como una necesidad de expresar la realidad cubana censurada por los medios, se convirtió en pornomiseria para lectores ávidos del exotismo que no encontraban en sus países. Fue el momento de la “moda cubana”, en que se publicaron decenas de novelas y se otorgaron numerosos premios a jóvenes escritores de la isla. Hoy en día, buena parte de estos libros pasaron al olvido y las editoriales prefirieron refrescarse con otros países en crisis. Sin embargo, como es posible aprender de la experiencia ajena, lo sucedido con la literatura cubana de los noventa debería llamarnos la atención a los venezolanos:  ¿para quiénes estamos narrando? ¿Nuestra escritura es capaz de reconfigurar la tragedia, de manera que permita imaginar lo posible?

La situación es urgente y se ha ignorado demasiado tiempo. Pareciera que ningún esfuerzo es suficiente para llamar la atención sobre la magnitud de lo que ocurre en Venezuela. Es entendible, por tanto, que se desee ganar lectores empatizando con ellos, aproximando culturas, mimetizando identidades. Pero, por mucha desesperación que tengamos, debería haber cierta opacidad en la ficción que pueda resistirse a las explicaciones exactas y autosuficientes.

Si lo que se anhela es representar y darle difusión a una realidad desconocida todavía por muchos, ni los venezolanos somos europeos sin lazos afectivos, ni la realidad del país es simplemente un compendio comprimido de atrocidades en un solo día o dos. O, al menos, no somos/no es sólo eso. Creo que tampoco la escritura puede cifrar su hondura en el aislamiento aséptico de un presente y de una alteridad que no “contamine” nuestra melancólica integridad. La violencia no constituye sólo un asunto de consumo editorial, es también lo que nos embarra, lo que nos compromete. Es lo que viene a incordiarnos alimentando nuestro Kurtz, nuestro Eichmann.

Como Marta y como los millones de “caminantes” venezolanos que cruzan la frontera con Colombia, el otro somos (nos)otros. Y con ellos nos hemos ido fragmentando, desangrando, pero también con ellos vamos reconfigurando la nueva comunidad que aún intentamos armar y descifrar en medio de la debacle.

El régimen chavista nos condujo de regreso al siglo XIX, ¿Cuánto más atrás estamos dispuestos a ir para eludir esa catástrofe? ¿A cuántos más vamos a excluir?

Referencias

  • Aleksiévich, Svletana. El fin del Homo Sovieticus. Barcelona: Acantilado, 2015.
  • Bhabha, Homi K. The Location of Culture. London; New York: Routledge, 1994.
  • Boym, Svletana. The Future of Nostalgia. New York: Basic Books, 2001.
  • Lecuna, Vicente y Alberto Barrera. “Narrativa venezolana de entresiglos”. Revista Iberoamericana 266 (2019): 135-148.
  • Sainz Borgo, Karina. La hija de la española. Barcelona: Lumen, 2019.
  • Traverso, Enzo. Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2018.
  • Vásquez, Paula. “Cuando se consume el cuerpo del pueblo. La incertidumbre como política de supervivencia en Venezuela”. Revista Iberoamericana 266 (2019): 99-116.

*Texto original publicado en la página de Efecto Cocuyo, el 21 de julio, de año 2019.

*Agradecemos a la autora por la generosidad de permitir que este texto se pueda difundirse en este espacio.

Misceláneas

Concepto de poesía

Lorca hace llover en La Habana

Souvenirs

Leer y escribir en un país invisible

El intersticio primero

Después de Karl Kraus

Vivir con nuestros muertos

Leer y escribir en un país invisible

¿Cómo aprendemos a leer desde una mirada más atenta y respetuosa hacia lo desconocido? ¿Cómo recuperamos el sentido cohesionador que tiene la lectura, y que nos brinde la posibilidad de afrontar la realidad y luchar para poder cambiarla?

“Es difícil que una literatura importante se escriba y, aún más difícilmente se lea, en una sociedad sin madurez política, sin una práctica efectiva de su existencia. En ese tipo de sociedades, y la nuestra no es la única, es posible dejar pasar toda una vida sin conocer la pertinencia de la palabra propia. Al igual que con la comida y otros productos, la economía de importación resta posibilidades y acumulaciones, limita los números, los consumidores. Es esta otra pobreza: la de sólo estar en el mapa como un pedazo de tierra, como una dirección postal que despierta únicamente asociaciones geográficas. El restringido gran catálogo de la sociedad de consumo convierte casi todo en fiesta folklórica, en formas de desposesión. Tenemos cosas: los Burger King, los sistemas políticos, los ejércitos, las películas, los libros que desposeedores de la globalización hacen que estén en todas partes. La posmodernidad es un experimento en claustrofobia.

Eduardo Lalo – Donde

—Mira Bubú, están anunciando la FILVEN…

—Pero si en Venezuela no hay una feria internacional del libro. Eso no existe. En tal caso el nombre del evento está mal. En vez de FILVEN eso tiene que llamarse la FILChVEn: Feria internacional del libro Chavista de Venezuela. Las cosas como son. Ese nombre es una exageración literaria. Internacional los gatos que asumen las posturas revolucionarias, los que vienen a este Hotel con todo pago y les hacen el tour por el mausoleo y el cuartel de la montaña, esos invitados son lo más internacional que podemos tener; aquí nunca vamos a ver novedades ni editoriales transnacionales, sabes, esa experiencia orgiástica del mundo real, de ese mercado grosero del libro, donde hay más chance que los autores lleguen a los lectores que se merecen, ya sea por exceso de plástico o puro azar mercadotécnico, donde no hay bloqueos ni sanciones, donde no hay necesidad de consignas necrófilas, ni de poner televisores empotrados en los puestos con el canal oficial del Estado transmitiendo propaganda en mute; aquí nos sale la pura resistencia miope, la edición gratuita y panfletaria, porque no hay presupuesto para cuestiones opíparas. Aquí lo que da la talla son los libros de segunda mano, siempre (nojoda).

—El negocio del libro es muy parecido al de las hortalizas. Un buen editor sabe que los productos se encuentran en los grandes mercados.

—Bueno Máximo, al final tenemos derecho a nuestra propia versión de lo Internacional. Tú sabes que la revolución es siempre alternativa, siempre haciendo un spin off de lo incipiente.

—Nos podemos pasar por el forro la literatura, igual las altas gamas están convencidas que en este país la gente no lee, no necesita hacerlo. Nunca lo han hecho, aparentemente. Total, aquí la gobernanza cultural es administrada por un gremio de cafishios, esos que otorgan presupuestos a las iniciativas culturales pertinentes, a las afinidades selectivas de ciertas posturas ideológicas.

—Aquí no lavan ni prestan la batea. Hablar de lo politizada que está la vida es casi una obviedad.

—Primero la política, luego lo otro, si es que sigue importando.

—Este país está enfermo. La polarización es una unidad métrica infalible, una vara para medir toda circunstancia. En ella se mide el precio diario del pan, el infravalor del bolívar, la factura de los servicios, la servidumbre voluntaria, la colas de ministerios y bancos, las condiciones de los espacios, los monopolios de la memoria y también, ¿por qué no?, nuestras inclinaciones a ciertos autores y eventos, a una fascinación por cierto tipo de creatividad, una atracción fatal a ciertas formas de inteligencia. Un caso concreto son las ferias del libro, por no hablar de las tantas aristas culturales del país, precarizadas por la negligencia bola de nieve.

—Un verdadero librero en este país le sale un oficio ambulante.

—El Gobierno tiene su feria, sus productos, sus eventos y sus intelectuales; la oposición también tiene sus adláteres y su reinvención de estéticas, bajo las mismas lógicas, pero juegan a la irreverencia; es lo más justo, que cada quien tenga su idea de lo que es democracia. Si no tienes chance en la FILVEN tal vez puedas tener sitio en la FLOC, si no te agrada La Feria del libro de Caracas te vas a la Feria del libro de Chacao, en algún lugar hay sitio para venderse.

—Usted es Team Cerlarg o Team FCU. Imagina un simposio organizado por ambas instituciones. Un híbrido fabular que quiera vendernos la esperanza de posibles cohesiones a través de una congregación de cerebros que al menos pretenda haber aprendido a dialogar con los distinto.

—Unos hacen poesía revolucionaria, otros de la resistencia. Unos hablan de una ley contra el odio, otros de la violación de los derechos humanos. Hacen antologías poco memorables de su versión del país. Ambos sin mucha contemplación han aprendido a censurarse entre ellos mismos. Pues así funcionan las élites, por no decir ciertas mafias, que creen que la cultura es una maniobra de control, y en parte lo es. Cada uno tiene su tolete para la comodidad de sus consumidores polares.

—Las fiestas de la cultura son privadas. Cuando estás adentro es muy difícil que entiendas lo que ocurre afuera. Sucede que ahora muchos artistas afanados en un ejercicio de vanidad le dan más importancia a su imagen, descuidando terriblemente su obra. Ahora los versos para que tengan fuerza necesitan la compañía de un selfie, una historia de 24 horas ¿Eso es necesario?

—El narcisismo pone en evidencia toda falta de originalidad. Afortunadamente olvidamos con facilidad todo. Cosa horrenda es un artista narcisista al servicio de un régimen, porque obviamente no vas a morder nunca la mano de aquel que publica tus menudencias. No sé si sea por la polarización lo que propugne que se publique poesía tan mala, y de ambos lados, tal vez porque lo político, la rencilla y el oportunismo, antecede a los versos.

—Tantos libros que se publican solo para existir, de esos que no necesitan ser leídos.

—Hay que contar con cierto cinismo para moverse en ciertos medios.

—Si quieres anular la estima que tienes por cierto escritor síguelo en Twitter, para que veas que es otro pendejo, un cómplice más de la circunstancia; contrasta su obra con la insistencia que tiene de opinar en toda clase de tendencias (incluso en lo temas donde no tiene la menor idea de nada), a ver si altera la cifra personal de seguidores con alguna frase-cita precoz. Y más si se relacionan a la política. Y mucho más si se trata de la cultura, que cuando conviene le duele a todos.

—Pasa también con los autores que se dedican a hablar mal de un autor, o destruir un libro. Imagina qué fuerza hay que tener para dedicarse a concatenar ideas que no sirven para nada. Pero más si ese autor tiene inclinaciones opuestas.  

—¿Lo dices por el premio Rómulo Gallegos? Ayer me entusiasmó mucho que  compartieran el veredicto y el libro del premio de este año. No lo he leído todavía, pero vi varios hilos despotricando la novela en redes. Pero creo que va más por las inconformidades políticas, porque es un premio sucio que otorga un dinero sucio a obras que hablan de temas sucios que van en concordancia con el discurso sucio de un gobierno sucio, que además tiene una fama bien consolidada de jugar siempre sucio. Igual creo que la novela tiene que defenderse sola. Que el premio sea otro espacio para el chavisteo y que digan que se perdieron los valores, otra vez, es algo ajeno, pero en contraste con los demás premios que hemos mencionado acá, la diferencia es desde dónde se anuncia el premio y su contexto, que es caótico igual, y lo vemos por las reacciones tan agresivas. Un resentimiento de años, muy nocivo para la salud y el desarrollo de talentos.

—Los premios ya no importan. Ese en particular valió verga, se chavisteó. Los premios no hacen que un libro sea mejor. Aquí parece que les duele otra cosa, les duele el dinero, les duele en el fondo saber que no pueden ganar tal rubro simbólico porque no están las condiciones dadas para ganarlo. Sin embargo, «los grandes premios -digámoslo ya- están siempre dados, pero en jugar contra «dados marcados» consiste la pericia de un verdadero maestro». Y en este país desgraciadamente, aunque no se diga duro, no hay todavía ese tipo de maestro. Un maestro que logre captar lectores por encima de las preferencias religiosas y la ofensa. Un maestro total para buenos lectores, con tal destreza en su voz que sea capaz de cohesionar. Un maestro que se dedique tanto a su obra que los lectores se fulminen en ella. Un maestro apto para todo público, uno que logre ganarse el desprecio de los mediocrezuelos de ambos lados, caras de la misma moneda. O es que no entiendes Bubú, que somos un país marginal, varado creativamente, mientras en el mundo real circulan con arrogancia las historias a base de polietileno. Actualmente no hay algo que pueda decirse con propiedad literatura venezolana, hay literaturas pero de segundas divisiones, de riñas de gallo, que pasan muy desapercibidas. Es un tema poroso, me refiero que como tal no hay a una literatura mayúscula, comprometida consigo misma, que le brote la espuma entre las páginas, que despierte admiración y envidias a base del talento, no de la suerte ni la situación política. Hay de sobra, eso sí, obras ensimismadas, autores vanidosos, que a conciencia han reducido la industria creativa local a una disputica de junta de condominio. Y todo igual se mueve. Hay que estar atentos a los ninguneados. Ellos están por ahí, acumulando una rabia de años, un vómito verbal para desquitarse en el momento menos pensado. O tal vez no. No hay que armarse expectativas acerca de la obra que tampoco somos capaces de escribir.

—Se tiene que sopesar reconocimiento con calidad.  Llevar un seguimiento minucioso.

—Esto me recordó el lamentable caso del Bot Poeta venezolano galardonado. Eso fue un chiste cruel, tristecruel, porque de repente a todo el mundo le interesaba la poesía y la opinión pública en su taradez hablaba de los valores inmersos en ella, pero el interés por algo se confunde con la tendencia del momento, importa porque se habla de eso al momento. Al día siguiente había muerto todo. Es más, el 12 de octubre se hizo la entrega del dinero y la publicación del libro y no pasó nada. Luego salió una entrevista, que no sabemos si fue real, donde el Bot-Poet decía que había recibido bullying en Venezuela por parte de los poetas venezolanos… ¿Qué poetas?

—A nadie le importa la poesía, lo que indigna es la plata, esa forma infame de ganarse la vida escribiendo, duelen los 20 mil euros porque no son para uno. A la semana siguiente vino la redención. La España imperial compensaba esa amarga ironía otorgando el García Lorca a Yolanda Pantin, 20 mil euros igual. Si hacemos esa comparación resulta hasta más lamentable todavía. Todo el asunto de los premios. Desde allá se otorgan títulos sagrados para toda clase de textos. Así se calman a las masas virtuales de humillados y ofendidos. Cómo la sutileza de un premio le calla la boca a todos. El mercado ha cambiado las formas de leer. Con relación a los premios, he tenido que hacer el seguimiento comunicacional del premio Planeta 2020. Y no hay mucha diferencia, Planeta va siempre por lo seguro. Luego te basta con leer o escuchar las entrevistas tanto de la ganadora como de la finalista para perder todo interés en las obras. En este segmento literario no se habla de la obra como tal (eso en realidad no tiene ni la más mínima importancia), se habla es de cifras, de superventas, de followers y que las mujeres también pueden escribir, de estrellas televisivas que en su tiempo libre y en secreto hacen novelas de supuestos temas tabúes que nadie habla, de obras que igual no sabemos si son buenas, pero si que venden mucho. Aquí no hay censura pero si formas de edulcorar la realidad, solo tienes las referencias métricas, una numerología y algoritmos que te dan una idea del termómetro lector de España (y hasta del mundo hispanohablante en general).

—España es el Silicon Valley de la literatura, las reseñas de los libros parecen claramente payolas, si es como la música, todas dicen lo mismo, cifras, reseñas de contratapa, pero ahí medianamente ves las reseñas de los pequeños blogs, de los lectores que destruyen las obras porque no tienen nada que perder, pero que igual quedan sepultados por toda esta maquinaria de mercadeo. Desde España, y digamos desde sus grandes oficinas transatlánticas corporativas, se “crean” –hablando como un lector de Bourdieu– escritores y escrituras para el denso mercado de la lectura; en ese stock está aquel servicio apartado: los  “latinoamericanos”, una marca registrada aparte.

—Nuestra región es vulnerable a la dependencia, a cualquier estornudo geopolítico, a la asignación de prestigio literario. Nos quitan y ponen. Las literaturas latinoamericanas son organizadas y jerarquizadas de acuerdo con estándares estomacales que responden a las necesidades de una aceptación internacional, pero en base al filtro arbitrario de la industria cultural española, a sus dinámicas de consumo básicamente. Nosotros no estamos invitados a ese circo editorial. No hay promociones, no hay inversión porque el país tomó el libro para perpetuar su propaganda, haciendo que la producción de otros productos se cercene, se deprima, por eso deliramos cuando alguien fija la lupa en nuestro territorio. Da igual si es un artista creado por los algoritmos o un artista que ha dedicado toda su vida al cuidado de las palabras.

—Aquí la región la tiene ruda. Hay una industria fragmentada en un duelo a muerte por la circulación. Están las editoriales independientes que se mueven en una lógica de emprendimiento duro, frente a esas grandes maquinarias editoriales que apuestan por la circulación transnacional del libro, inyectando ejemplares al mayor en franquicias y redes. Se rinde cuenta a los horizontes externos. Pasa que para ser leído en tu país tienes que hacer tu nombre en otro lado, volverte una marca de importación, junto a las aceitunas y el cacao para hacer chocolates ferrero. Entonces las pequeñas casas tienen que hacerse una peña entre ellos, hacerse notar ante las grandes agencias que imponen sus cánones, una hegemonía de la lectura.

—Pero hablar de Venezuela es un caso aparte, un paréntesis. Aquí no hay industria, ni franquicia, y los autores parece que se han desentendido de los lectores. Cuesta llegar a ellos, ¿pero acaso ellos logran acercarse? Se depende del Estado, que lleva sin asco un autoritarismo de la cultura que vuelve mierda todo lo que toca. Aliarse al Estado es condenarse al olvido, a que solo te lean los amigos; eso no es mercado, es solidaridad, y la revolución abusa mucho de esa palabra.

—Entonces piensan que lo gratuito a pérdida hace lectores. Entonces piensan que un eslogan como #LeerDesbloquea es una buena idea publicitaria. Entonces el género totalitario es una tendencia de las circunstancias. Entonces la literatura de diáspora es un género de moda superficial porque parece que no se puede vender otra cosa. Este último junto con la poesía motivacional de café y lluvia son géneros aburridos y de mal gusto.

—Para ser una verdadera molestia tendrías que ganar tanto el Gallegos como el Transgenérico. Tiene que ser una promesa, una criatura sumamente enferma y concentrada en la construcción.

—Pero eso ahorita lo veo muy difícil. Primero hay que sobresalir. Entregarse a una gimnasia de la ingratitud. Esos son los escenarios disponibles dentro de un totalitarismo corporativo: un país embrutecido por la política.

—Mucha atención estanca y atrofia la creación.

—Hay que recibir al fracaso con los brazos abiertos.

—Habría que reflexionar con mayor tacto acerca de nuestros problemas de manera introspectiva y crítica, sin caer en fanatismos, tan comunes en esta era de tribalismos, donde nos sentimos muy cómodos opinando en espacios donde se piensa igual y las ideas se vuelven más radicales y homogéneas, ignorando las virtudes del diálogo (que solo es posible con el otro) en medio de tantas incertidumbres y crisis. En Venezuela planificamos un porvenir que con dificultad apenas logramos descifrar: salir del subdesarrollo, estabilizar nuestras economías, superar las corrupciones institucionales y construir democracias más sólidas; todas parecen decantar en quimeras que alimentan una nostalgia que obstruye otras formas de contemplar horizontes más lúcidos. ¿Desde cuántas lecturas intercaladas podríamos sacar soluciones más acordes a nuestros contextos y problemas nacionales? ¿Cómo aprendemos a leer desde una mirada más atenta y respetuosa hacia lo desconocido? ¿Cómo recuperamos el sentido cohesionador que tiene la lectura, y que nos brinde la posibilidad de afrontar la realidad y luchar para poder cambiarla?

—Me parece que como la política implica que todos te quieran entonces se puede prescindir del compromiso. Se escribe para llamar la atención, para que te quieran, que reaccionen pero que se limiten a comentar la entradas, por eso hay autores tan irresponsables, por eso abunda la producción de contenidos incesante que no llegan a ninguna parte. Hay una nueva literatura que está saliendo de aquellos que están ladillados del secuestro del país, esa por supuesto es una expresión ninguneada, raya en la mofa del espectáculo, y ese tipo de expresión es tal vez por lo que vale la pena apostar. No sé.

— ¿Apostar por otras formas de lucro?

—Claro. Escribir es un ejercicio de prostitución. Es una actividad voluntaria y muy mal vista, si te pones a escribir sobre lo que piensas realmente. Cuando se hace al margen, o al otro lado como tú mencionas, es una maniobra de libertad. Pero si lo quieres hacer desde la institución literaria es una impostura, tus palabras rebotan como en un juego de squash. Alguien se ofende. Caes mal porque tienes el alcance para hacerlo, sabiendo que en tus palabras puedes plomear tanto a ladrones como gente inocente. Pero si te pones a pensar en lo colateral de las palabras, es mejor no escribir nada y hacer memes. Es más rentable a nivel simbólico, porque no hay esfuerzo mayor que comprometa las partes. Aquello que no implique mayor esfuerzo no molesta a nadie. Por algo escribir sobre el desarraigo y la crisis del país resulta hasta un ejercicio cómodo, porque se produce en función de lo que la gente quiere leer, quieren sentirse representados en la miseria del texto. Una literatura complaciente solo tiene un destino a largo plazo: el olvido.

—El mejor superpoder que tiene un escritor periférico es su invisibilidad, su insignificancia. Y este País Hotel, así nos parezca irrisorio, es una mina de coltán.

—Hay que tener paciencia: enferma disciplina.

—Hay que entregarse a la limpieza dedicada de la baldosita. Piezas únicas. Like Zima Blue.

***

Alexander JM Urrieta Solano

El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia es una novela del escritor español Pío Baroja publicada en 1911. La he disfrutado mucho. Durante los días que abordé su lectura me hizo pensar en muchos temas relacionados con la incertidumbre y el estado de concentración que puede lograrse luego de tanto tiempo encerrado, evitando no pensar mucho sobre la misma incertidumbre, los oficios mal pagados y la repetición.

La vida de Andrés Hurtado, el personaje principal, me conmovió de tal manera que me llevó a sostener la idea de que las grandes novelas son esas que nunca terminan de decir lo que pretenden decir. Quedan a merced de lecturas perennes. Quedan abiertas para el deleite de lo infinito, para abrir debates en defensa o destrucción de la obra misma.

Con certeza Baroja al momento de publicar su novela llegó a comentar que su Árbol era el libro más acabado de todos. Los grandes libros se nos presentan como un manual de instrucciones que hay que leer con mucha cautela, porque cada oración, diálogo, detalle de un salto a otro son lecciones de un dominio pleno del estilo. Una enseñanza literaria.

Baroja es uno de los escritores más representativos de la generación del 98, conformada por personajes que al igual que él veían con angustia el panorama de su España decadente. Su texto muestra críticas contundentes, su dolor por España, que por muy contradictorio que fuera, era el lugar que amaba pero que al mismo tiempo no le gustaba.

Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.

La brevedad de los capítulos, que a su vez conforman el conjunto total de la novela, son un recorrido de diversos personajes que el narrador va presentando en todos sus defectos, raras veces destaca la virtud de alguno. Las descripciones de los lugares de España junto a las situaciones forman un interesante y jocoso acercamiento al siglo XX. El Árbol es una disección filosófica de la época.

Hay una dureza en Hurtado en la forma como se expresa de su gente. El doctor es un extranjero en una tierra que no entiende. Es severo con las diferencias que hay entre los ricos y pobres, injusticias donde los desamparados, los niños, las mujeres y los analfabetas son las alteridades despreciadas por el progreso; los personajes en su petulancia ibérica esconden sus miserias; la ignorancia que deriva de amnesias voluntarias de un país que poco interés tiene por su historia, donde la tradición cristiana ha conjugado todas las formas de hacer la vida, un rutina plagada de egoísmos sembrados en largas estirpes.

Las reflexiones se desarrollan de una manera lúcida en la temporada que Hurtado está en el pueblo de Alcolea, pueblo que termina despreciando. Alcolea es la representación de su España enferma, una población que fácilmente puede ser cualquier lugar del mundo. El diagnóstico médico de lo particular a lo general.

Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.

El pueblo no tenía ningún sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo,  el pueblo se había arruinado.

Algo que me dejó también desconcertado era afán de la nostalgia, ese cuando antes éramos ricos lo sentí en la novela como un reproche a mi realidad. Ese orgullo que llena de tanto asco al médico Hurtado, en sus reflexiones sobre la decadencia de un país embobado por los prejuicios, la moral religiosa, la corrupciones de los políticos. Los españoles no eran muy distintos de los venezolanos. Madrid fácilmente podía ser Caracas.

El tema central del libro: el árbol de la ciencia, que tiene como contra parte el árbol de la vida, ambos referentes de los pasajes bíblicos que conforma una de las primeras narrativas de la Cultura Occidental. Los pasajes donde Hurtado mantiene discusiones filosóficas con su tío Iturrioz, tocan temas relacionados a desorientaciones existenciales, el sentido de la vida, el amor, las caducidad de los cuerpos y el porvenir de las cosas. Son las partes que junto a los pequeños relatos dotan de una fuerza única a la novela. Las lecturas de Kant y Schopenhauer son los puntos de referencia de las inquietudes filosóficas de Hurtado.

…Kant ha sido el gran destructor de la mentira grecosemítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la Ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia

La novela es una composición de pequeñas anécdotas que sumadas hacen la vida de Andrés Hurtado, médico melancólico, enfermo, confundido y aterrado por el alma de su tiempo, que confunde su vocación práctica de salvar o preservar la vida, a la par que desprecia el porvenir de la humanidad. En la novela quedé con la impresión que la amistad también es un terreno de camaradería repleto de vivencias, que también abre de manera inevitable los espacios para las rencillas y las envidias, porque es sabido que los amigos están para hablar mal siempre de uno, al menos los que tienen o comparten las mismas pasiones o disgustos, por muy distintos que sean. Los amigos se encuentran y se unen por esas mismas diferencias; entre esas posturas, hablar mal del otro, solo manifiesta un afán de proyección, de aprender a sentir placer en los fracasos de otros para evitar pensar en los propios.

Esta manera de retratar la amistad entre Hurtado, Montaner y Aracil me pareció muy honesta, porque toca un tema que muchos han sentido pero son incapaces de retratar. Esas pasiones oscuras que mueven los hilos entre los amigos, que no parecen cambiar con el paso de los años. Pero ellos también son movidos por esa lucha de convertirse en alguien, sentar cabeza, cumplir con las aspiraciones mínimas que dan acceso a lo mundano y material.

Ciertos personajes no tienen alternativa que la de soportar el peso que implica el desencanto del mundo. No tienen otra ley que la de sufrir eso que no entienden. Todo va mal porque el personaje no tiene otro destino. Lo llega a asumir de tal manera que termina optando por el suicidio escalonado, aquel en donde se tiene que seguir viviendo después de fracasar. Las grandes historias sobre la existencia parece que nos sugieren las mismas posturas, como si se concluyera, al igual que en el Proceso de Kafka, que es el miedo y la mentira los elementos que dan forma al mundo, y nosotros no tenemos otra opción que la de morir ¡como un perro!

Los hombres son egoístas por naturaleza y necesitan de paraísos artificiales de los cuales aferrarse, para moverse en conjunto porque la soledad sin contemplación puede llegar a ser insoportable. Esta forma de derrota junto con la intrascendencia son elementos universales que definen a los mejores (anti)héroes de la novela moderna.

Disociación

 —No sé, no sé, murmuró Iturrioz. Creo que vuestro intelectualismo no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista, un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo van de baja.

 — ¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a renacer! contestó Andrés.

 — ¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y vengativa?

 —No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis a todo, es ir disociando las ideas tradicionales, para ver qué nuevos aspectos toman, qué componentes tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las células granos que consideran como unidades orgánicas elementales y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en este momento los Roentgen y los Becquerel y en biología los Haeckel y los Hertwig no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.

 —Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.

 —Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra de saneamiento, una desinfección de la vida.

 —Una desinfección que puede matar al enfermo.

 —No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será biológica.

 — ¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un mundo nuevo mejor que el actual?

 —Sí, yo creo que sí.

 —Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida. ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros, civilizados, hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza, como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la humanidad. ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?

 —No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

 —Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: Si nos unimos, quizá vivamos de una manera soportable. No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso; esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas, que no son más que unos neocristianos; es decir, neosemitas; ponen su paraíso en la vida y en la tierra En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.

—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.

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Alexander JM Urrieta Solano