Las Correcciones

Las Correcciones (2001), del escritor norteamericano Jonathan Franzen, es un lúcido retrato de las sociedades perdidas en el consumo de las apariencias. La historia generacional de los Lambert es un reflejo de las angustias comunes de las familias contemporáneas, y la presencia imperante de una enorme tristeza, un tipo de tristeza inherente en el capitalismo, de los sueldos mínimos, televisión por cable, paraísos crediticios,  melancolía de espacios, soledad de multitudes, ofertas y antidepresivos.

Alfred Lambert, ingeniero de ferrocarriles retirado, paulatinamente se hace más inservible a causa del parkinson; pasa sus días encerrado en el sótano de su casa, en el conjunto residencial y gerontocrático de St. Jude. Enid, la mujer maniática y controladora, que luego de casi cincuenta años de matrimonio, está obsesionada con los hábitos del marido y el mantenimiento de una enorme casa imposible de administrar.  El enemigo visible de Enid era Alfred, pero quien hacía de ella una guerrillera era la casa que a ambos ocupaba. El mobiliario era de los que no admiten que nada se acumule…A Enid, por desgracia, le faltaba el temperamento necesario para mantener semejante casa, mientras que a Alfred le faltaban los recursos neurológicos. El matrimonio es una convivencia hostil basada en la corrección de los actos, en las críticas a la intimidad del otro, en la falta de cariño, en las constantes discusiones sobre cómo se deben hacer las cosas, en los riesgos y negligencias financieras, la hostilidad de la costumbre y la vejez decrépita.

Siguen los tres hijos. Gary, el mayor, el yuppie vicepresidente bancario, padre ejemplar de tres hijos mimados, con una esposa insoportable, Caroline, manipuladora y agobiante,  muy parecida a la madre de Gary, en cuanto esas vigilancias enfermizas de sus estados de ánimo. Este, a pesar de los éxitos alcanzados sufre una severa depresión y se mantiene oculto en el consumo de alcohol. Sufre en la abundancia.

El término médico, ANHEDONIA, se le presentó en uno de los libros que Caroline tenía en la mesilla de noche, titulado ¡Para sentirse estupendamente! (Ashley Tralpis, Doctora en Medicina, Doctora en Filosofía). Cuando leyó la definición de anhedonia en el diccionario, fue como si lo hubiera sabido desde siempre, como una especie de confirmación malévola: sí, sí. «Condición psíquica caracterizada por la incapacidad para obtener placer de actos normalmente placenteros» . La ANHEDONIA era algo más que una Señal de Aviso, era un síntoma con todas las de la ley. Una podredumbre seca que se extendía de placer en placer, un hongo que menoscababa el deleite del lujo y la alegría del ocio, los dos factores en que durante tantos años se había sustentado la resistencia de Gary al pensamiento de pobre de sus padres (Franzen, p. 199).

En su orden familiar busca la corrección del estilo de vida de sus padres, asumiendo una postura de control sobre su administración, ya que los considera unos inútiles, pero que  por igual pueden ser corregidos, y eso le trae un consuelo dentro de su matrimonio asfixiante. Como su padre, que pasa su depresión en un sótano, Gary se encierra en un cuarto oscuro, su laboratorio fotográfico, concentrado en la creación de un video compilatorio de Los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert.

Gary regresó a Chestnut Hill con un notable empeoramiento de su ANHEDONIA. Como proyecto para el invierno, había estado destilando cientos de horas de vídeos caseros para recopilarlos en una cinta de dos horas, más manejable, una especie de Grandes Momentos de los Lambert de los que luego pudiera hacer buenas copias y tal vez enviarlos como tarjetas de Navidad. En la última fase de edición, según iba visionando una y otra vez sus escenas familiares preferidas y volviendo a sincronizar sus canciones preferidas (Wilde Horses, Time After Time, etc.), empezó a odiar las escenas y odiar las canciones. Y cuando, ya en el nuevo laboratorio fotográfico, puso la atención en los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert, descubrió que tampoco le producía ningún placer la contemplación de imágenes estáticas. Se había pasado años dándole vueltas a la idea de los Grandes Momentos, pensando siempre que sería una especie de fondo mutuo perfectamente equilibrado y revisando una y otra vez, con gran satisfacción, las imágenes que a su entender mejor encajaban en el proyecto. Ahora se preguntaba a quién pretendía impresionar con esas imágenes. ¿A quién pretendía convencer, además de a sí mismo, y de qué? Sintió el extraño impulso de quemar sus viejas fotos preferidas. Pero su vida entera estaba estructurada como corrección o enmienda de la vida de su padre, y Caroline y él hacía mucho tiempo que habían llegado a la conclusión de que Alfred estaba clínicamente deprimido, y, dado que la depresión clínica tiene bases genéticas y es, en lo sustancial, hereditaria, Gary no tenía más remedio que seguir plantando cara a la anhedonia, seguir apretando los dientes, seguir haciendo todo lo posible por divertirse (Franzen, pp. 218-219).

Chip, el segundo hijo, el profesor universitario fracasado, crítico de la sociedad del consumo, amante de las tragedias de Shakespeare, envuelto en un romance con una estudiante arruina su carrera, aparentemente, ascendente como titular en un prestigioso instituto. No logra contrastar sus observaciones intelectuales con la ruina de su vida, tampoco en sus relaciones personales, es un vago itinerante. También en su trabajo está la insistente corrección de textos de un periódico incipiente, así como la dedicación a la escritura de un guión: La Academia Púrpura. Chip es el intelectual deprimido que busca la corrección en sus producciones, que por mucho que le aplique, no llega a tener resultados de calidad.

…cuando el teléfono empezó a sonar, lo primero que pensó fue que una persona deprimida debía permanecer con los ojos fijos en la pantalla del televisor, haciendo caso omiso de la llamada; y encender un cigarrillo; y, sin dar la menor muestra de afecto sentimental, verse otro episodio de dibujos animados, mientras el contestador se hacía cargo del mensaje de quienquiera que fuese.
Que su impulso consistiera, sin embargo, en ponerse en pie de un brinco y contestar el teléfono —que pudiera traicionar tan a la ligera todo un día de arduo desperdiciar el tiempo— ponía muy en tela de juicio la autenticidad de sus padecimientos. Pensó que le faltaba capacidad para quedarse sin volición y perder por completo el contacto con la realidad, como hacían todos los deprimidos en los libros y en las películas. Pensó, mientras quitaba el sonido del televisor y acudía corriendo a la cocina, que estaba fracasando hasta en la mísera tarea de fracasar como es debido (Franzen,p.98).

La vida de Chip tiene un giro cuando comienza a trabajar con Gitanas, el exesposo de su exnovia Julia, que es casi su doble, aceptando la administración de un ordenador para estafar a inversionistas occidentales que mandan dinero para la construcción y desarrollo de un país en Europa del Este, Lituania. En ese trabajo se confronta con la verdadera naturaleza del mercado, sin importar mucho sus principios y convicciones, comprende que el dinero fácil y corrupto dota de sentido las economías del mundo. No ve diferencia entre el libre mercado norteamericano y la rancia economía (pos)soviética. Ambas envilecen y degradan las sociedades con sus ofertas y regulaciones.

La tercera hija, Denise, mujer dedicada a la cocina, con fuertes confusiones acerca de su sexualidad, mezcla la hostilidad de sus relaciones con su carrera profesional, haciéndola un personaje inestable, con un fingimiento terrible y corrección constante de su pasado. Consigue una distracción saturándose de trabajo y perfeccionando sus platos, donde encuentra un forma ambigua de felicidad.

Le encantaban las horas de agobio demencial, la intensidad del trabajo, la belleza del resultado. Le encantaba la profunda quietud que seguía al barullo. Un buen equipo era como una familia electiva donde todos los integrantes del mundo culinario, tan pequeño y tan caluroso, funcionaban en pie de igualdad, donde todos los cocineros tenían un pasado o un rasgo de carácter extraño que ocultar y donde, incluso en medio de la más sudada intimidad, cada miembro de la familia disfrutaba de su ámbito privado y de su autonomía. Le encantaba todo eso (Franzen, p.446).

La mayor parte de las depresiones están formadas por sentimientos de mercado, escribe Eduardo Lalo en su novela Simone. Ciertamente que el consumo implica un entramado de relaciones que involucran un gasto exacerbado de las emociones, que oculta entre tantas experiencias sensoriales el hastío y el aburrimiento; tal vez de ahí que nuestro interés por ciertas cosas carezca de alguna consistencia, porque ya no nos resulta, ante tantas ofertas sensoriales, mantenernos concentrados en una cosa, por lo que el gasto mental por la necesidad de estar en todas partes nos deja muy cansados. En lugar de vivir las cosas, elegimos vivir la experiencia ilusoria de ellas. Alguien incapaz de gastar a cambio de placer es condenado al ostracismo del mercado.

…la burocracia se ha arrogado el derecho de adjudicar el calificativo de «patológicos» a ciertos estados mentales. La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima. Medicación que, luego, destruye la libido o, en otras palabras, elimina el apetito del único placer gratuito que hay en este mundo, lo que significa que el afectado tiene que invertir aún más dinero en placeres compensatorios. La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo. Cuando inviertes en terapia, inviertes en el hecho de comprar. Y lo que estoy diciendo es que yo, personalmente, en este mismísimo momento, estoy perdiendo la batalla contra una modernidad comercializada, medicalizada y totalitaria (Franzen, p.44).

La realidad amarga de las economías terminan corrigiendo las expectativas de los mercados, aplastando las expectativas de sus habitantes, que al mismo tiempo son corregidos mediante el consumo de antidepresivos. Tratamientos concentrados en cápsulas de felicidad, como el caso de la famosa droga Mexican-A, también conocida como Aslan (citrato de radamantina al 88% y cloruro de 3-metil radamantina al 12%),  una poderosa droga de éxtasis, cuya venta está prohibida en los Estados Unidos, pero se ofrece como producto gratuito dentro de un paquete de servicios de un Crucero. El nombre de la droga coincide de manera intencional con el personaje más importante del escritor C.S Lewis, el León Aslan. Esta y otras drogas avanzadas para corregir estados de ánimo llevan a sus consumidores a realidades falseadas por las alteraciones químicas, donde viven prácticamente en Narnia.

Uno queda perturbado por la escena de la consulta médica en el crucero donde Enid, preocupada por el estado mental de su marido, acude  al doctor Hibbard, que luego de una perorata comercial, termina convenciendo a la conservadora católica una garantía de plenitud mediante el consumo del Aslan, que ofrece a los huéspedes del crucero como tratamiento de los pesares a bordo. Gracias al Aslan Enid goza, después de muchos meses, la experiencia plena de un sueño ininterrumpido.

Aslan optimiza en dieciséis dimensiones químicas —dijo Hibbard, haciendo gala de gran paciencia—. Pero adivine qué. Lo óptimo para una persona que está disfrutando de un crucero marítimo no es óptimo para quien está funcionando en su puesto de trabajo. Las diferencias químicas son muy sutiles, pero también puede ejercerse un control muy calibrado, de modo que ¿por qué no hacerlo? Además del Aslan «Básico», Farmacopea comercializa otras siete presentaciones. Aslan «Esquí», Aslan « Hacker» , Aslan «Ultra Rendimiento» , Aslan «Adolescentes» , Aslan « Club Méditerranée» , Aslan «Años Dorados» … Y me olvido uno. Ah, sí: Aslan «California» . Con mucho éxito en Europa. En el transcurso de los dos próximos años está previsto elevar a veinte el número de presentaciones. Aslan «Súper Estudiante» , Aslan «Cortejo» , Aslan «Noches en Blanco» , Aslan «Desafío al Lector» , Aslan «Selecto» , blablá blablá. La aprobación en Estados Unidos por parte de los organismos competentes aceleraría el proceso, pero habrá que esperar sentados. Si me pregunta usted, ¿qué distingue «Crucero» de los demás Aslan?, la respuesta es: que pone el interruptor de la ansiedad en No. Baja ese pequeño indicador hasta situarlo en cero. Algo que no hace Aslan «Básico», porque en el funcionamiento cotidiano es deseable un moderado nivel de ansiedad. Yo, por ejemplo, estoy ahora con el «Básico», porque me toca trabajar (Franzen, pp. 379-380).

El Gunnar Myrlal, el crucero donde viajan la pareja de ancianos Lambert, de la Nordic Pleasurelines, es uno de los pasajes más interesantes del libro, con tributos a los autores europeos, donde las situaciones de los personajes a bordo orbitan en delicadas anécdotas y reflexiones sobre la angustia. Los huéspedes se reúnen a comer en el Salón común Søren Kierkegaard; está la Sala de Lectura Knut Hamsun, las salas Esfinge y Strindberg dedicadas a los juegos de azar, y el Bar Lagerkvist, donde Enid, junto con otra conocida, Sylvia, son atendidas por un enano con casco de cuernos y chaleco de cuero, quien logró convencerlas de que tomaran akvavit de frambuesa. Puras referencias literarias. Los tripulantes del Gunnar, casi todos mayores retirados, reflexionan sobre la tristeza, la soledad y la muerte:

El ex vicepresidente de Control de Calidad volvió a colocarse las gafas en su sitio de la nariz y miró a Alfred.
—Me gustaría saber si la razón de que estemos tan deprimidos está en la ausencia de fronteras. Ya no podemos seguir creyendo que hay a sitios donde nadie ha estado nunca. No sé si no estará creándose una especie de depresión colectiva, en el mundo entero (Franzen, p. 389).

…nuestra cultura otorga demasiada importancia a los sentimientos, […] que hemos perdido el control, que no son los ordenadores quienes están convirtiéndolo todo en virtual, que es la salud mental. Todos andamos empeñados en corregir nuestras ideas y en mejorar nuestros sentimientos y en trabajarnos las relaciones y la capacidad para educar a los hijos, en vez de hacer como se ha hecho toda la vida, es decir, casarnos y tener hijos y ya está […] Nos estamos dando con la cabeza en el último techo de la abstracción, porque nos sobran el tiempo y el dinero […] De modo que […] hemos dejado de estar de acuerdo en cuanto a qué es lo importante en esta vida. (Franzen, p.365)

¿Los hijos pueden corregir los errores de sus padres? ¿De qué manera ejercemos un laborioso trabajo de corrección sobre los hijos? Lo que se descubre sobre uno mismo cuando se educa a los hijos no es siempre agradable o atractivo. Pasamos mucho tiempo corrigiéndonos y corrigiendo a otros de manera a veces desconsiderada, para luego darnos cuentas que muchas cosas que dejamos por sentada las hicimos mal, todo lo que hemos hecho estuvo mal, y encima seguimos haciendo las cosas mal, y hacemos de la vida una versión falsa de lo que creímos haber corregido en otros y en nosotros. Queremos con insistencia corregir eso falso de nosotros, para evitar la espesura que convive a veces en nuestras rutinas de mentira, aplazando con cinismo la única y compleja corrección de nosotros: la corrección verdadera, la que nos hace seres auténticos dignos del error.

El tiempo pasa y tenemos que asumir después las consecuencias de tantos aplazamientos y demoras, padres e hijos, pensando ya muy tarde que se estuvo cerca, demasiado cerca de la corrección, sacando cuenta de los inventarios, de los sacrificios que llevó todo eso, pero que realmente nunca se hizo tal reparo. Honestamente, uno piensa que hay padres que no deberían existir, pero esas referencias son necesarias para asimilar lo complejo del asunto, y que el mundo afortunadamente no es como nos parece, sino que es como es, resultado de tantas empresas arduas de corrección, presente en nuestras economías patéticas, instituciones ortopédicas, rayados y semáforos, leyes domésticas, publicidades enervantes y manuales místicos, garantías posibles de felicidad, de soluciones provenientes de lineas de ensamblaje.

Conducimos nuestra vida en función de las correcciones, y el mundo se forja en la reducción de esos pequeños detalles, los regaños, las humillaciones, tantos silencios confusos de nuestras actitudes supuestamente neutrales ante una situación, de una manera de comunicarnos para hacer una observación de cualquier forma de corrección. Casi siempre la comunicación familiar es el resultado de un fracaso a la hora de comunicarse, basta solo un gesto y detalle impreso en alguna frase sencilla, en alguna cosa no dicha, para mandar abajo todo eso que pensamos se había corregido. Pero sucede que en los mejores momentos familiares, tal vez en los menos deprimentes, los que quedan en las anécdotas valiosas que pueden comentarse en voz alta, tratamos de comprender eso que anteriormente no supimos ver, y que luego de tanta divagación facturada en años, buscamos con suma discreción corregir una vez más.

Alexander JM Urrieta Solano

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La especie humana dominaba la tierra y aprovechaba este dominio para exterminar otras especies y calentar la atmósfera y, en general, estropearlo todo, modificándolo a semejanza del hombre; pero también pagaba su precio por tales privilegios: que el cuerpo animal de su especie, finito y concreto, contuviera un cerebro capaz de concebir lo infinito, y ansioso de serlo.

Llegó un momento, sin embargo, en que la muerte dejaba de ser quien imponía la finitud para trocarse en la última oportunidad de transformación radical, el único portal practicable que conducía al infinito.

Referencia:

Franzen, Jonathan. (2012). Las Correcciones. España: Salamandra

Paprika y la interpretación de los sueños

por Alexander JM Urrieta Solano

Anoche tuve un sueño. ¿O debiera decir una pesadilla? Una pesadilla es algo que se eleva del subconsciente al inconsciente, plagado de sobresaltos y desazón, para castigar o asustarnos. Pero lo que me sucedió anoche fue un presentimiento frenético de felicidad. Si pienso en ello como una pesadilla es porque, contrariamente a los sueños comunes, que se elevan y desaparecen en las sombras, este era profundo y claro, y permanece todavía conmigo en lugar de desvanecerse.

Nietzsche – Mi hermana y yo

Siguiendo el mapa de lecturas de la cuarentena terminé la novela de Paprika, del escritor japonés Yasutaka Tsutsui, publicada en 1993. Tanto Paprika como otras novelas de Tsutsui han sido adaptadas al manga. También hace ya unos años había visto la película animada de Paprika, estrenada en el 2006 y dirigida por Satoshi Kon, cuya adaptación del libro es muy fiel a la trama, aunque siempre hay que tomar en cuenta que no hay acciones totalmente fieles en las artes. Tanto el libro como la película son gratas experiencias por igual.

En el Instituto de Investigaciones Psiquiátricas de Tokio se desarrollan tecnologías para el tratamiento de pacientes mediante la interpretación de sus sueños. Los principales investigadores del instituto son la doctora Atsuko Chiba y el doctor Kosaku Tokita, ambos nominados al premio nobel de fisiología y medicina por sus aportes al estudio de la psique humana. Tokita ha creado un dispositivo para introducirse en los ciclos REM de los enfermos mentales, el mini-DC, con el que mediante la terapia puede modificar sus comportamientos y aliviar trastornos.

La trama se dispara cuando empieza a correrse el rumor de que la esquizofrenia es contagiosa. Se presume que durante los tratamientos los terapeutas pueden asimilar los sueños dementes de los pacientes más crónicos.

En realidad no era cuestión de formación, sino de…fuerza mental. Algunos tenían lo suficiente para ser terapeutas, pero no para adaptarse a los sueños de los enfermos o transferir emociones en su subconsciente. Si intentaban hacerlo, corrían el peligro de quedar atrapados en la psique del enfermo, incapaces de volver al mundo real. (Tsutsui, 2011, p. 21).

Se mezclan rivalidades científicas para tomar el control de los sueños. Durante la novela estos se confunden con la realidad y llevan a los personajes a la atrofia de sus capacidades como doctores, y de poder dormir con normalidad. Hay todo un conflicto de ética en donde se cuestiona el uso de la tecnología en detrimento de las formas tradicionales aplicadas a los pacientes, mediante la terapia clásica del psicoanálisis. Lo que despierta rabias intelectuales, rencillas típicas en ambientes académicos, donde el genio despierta la envidia de los fracasados. Hay una repulsión de los antagonistas de la novela hacia Tokita, el genio creador, que detrás de su excesiva gordura, esconde un malestar de deseos reprimidos.

Los diversos traumas que poseía ese monstruo de la naturaleza lo había sublimado en un talento científico sin precedentes en la historia. Pero era un talento en crudo, desprovisto de ética o de moralidad. Las frustradas pulsiones sociales y sexuales de ese hombretón estaban por completo dirigidas a la elaboración de invenciones inhumanas (Tsutsui, 2011, p. 135).

Paprika, alter ego de la doctora Chiba, es la detective de los sueños. Su figura despierta un interés enorme en las personas que trata. Hay un componente lúdico en la novela en el tratamiento del erotismo a través del morbo que expresan los personajes. Los deseos sexuales, la ansiedad y la desesperación levantan escenarios oníricos donde Paprika transita y registra los sueños en una grabadora que en la realidad reproduce como una película.

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El autor hace breves paradas para comentar temas sobre teorías del psicoanálisis, los conceptos de la depresión y la angustia, vistas como casos clínicos que pueden analizarse desde la interpretación de los sueños, como en el caso del paciente Tatsuo Nose, un empresario que quiere ubicar el origen de su neurosis de angustia.

La angustia forma parte del ser humano. Heidegger la consideraba un mal necesario. Cuando seas capaz de domesticar esa angustia y encuentres una forma de convivir con ella o, incluso, de utilizarla, ya no necesitarás tratamiento alguno. Entonces conocerás la causa de tu ansiedad (Tsutsui, 2011, p. 38).

Otro de los personajes es Toshimi Konakawa, un policía que sufre de una depresión severa. A pesar de los éxitos obtenidos en una carrera profesional, la tristeza siempre proviene de otra parte. Me dio la impresión como lector que el autor hace un análisis sobre la obsesión que provoca la búsqueda del éxito y la perfección en las personas, las rivalidades laborales que definen la división de los oficios, y que al no obtener ni cumplir algunas expectativas, sin darnos cuenta, sucumbimos ante la frustración.

Un perfeccionista. La típica personalidad propensa a la depresión. Los perfeccionistas se ponen expectativas muy altas sin motivo. Trabajan para alcanzar metas inalcanzables y asumen demasiada responsabilidad. También intentan hacer demasiadas tareas al mismo tiempo con un alto nivel de calidad y, cuando se les dice que se exigen demasiado a sí mismos, contestan que no pueden trabajar de otra manera. Y siguen convencidos de que deben sacar todas esas responsabilidades adelante (Tsutsui, 2011, p. 153).

Una característica de las personalidades con tendencia a la depresión es la obsesión por el orden, y eso denota cierta debilidad de espíritu. La depresión hace que quien la sufre tienda a batirse en retirada cuando hay una pelea o si aparece una colisión de personalidades. Paprika pensó que su paciente no podía realizar su trabajo en esas condiciones. Salvo que con los delincuentes fuera más agresivo (Tsutsui, 2011, p. 157).

La obra de Tsutsui es una exploración de los trastornos más comunes de las sociedades modernas. La detective de sueños despierta deseo y morbosidades en lo demás, tal vez por su gran atractivo, del mismo modo que impresiona exponiendo sus métodos y experiencias en el desempeño de su profesión terapéutica, evocando a los autores de la tradición psicoanalista: desde Sigmund Freud hasta Carl Gustav Jung. Entre sus explicaciones toma el concepto de Endon, propuesto por el psiquiatra Hubert Tellebanch en 1966, que habla de la región del individuo donde convergen lo psicológico con lo biológico.

Paprika ya había experimentado cierto éxito en el tratamiento de la depresión con los aparatos PT. Su método consistía en identificar mediante el psicoanálisis el estado en el que habían vivido los pacientes antes de que aparecieran los síntomas clínicos de la depresión. Luego calculaba el punto en el que el llamado «estado de orientación del endon» provocaba una fluctuación, es decir, el punto en que perdía su estabilidad y equilibrio. El endon existe en una dimensión mixta, que no es mental ni física, de ahí que sea tan frágil. Por eso la depresión se llama también «melancolía derivada de los endones» o de la «endocosmogenidad», porque esta región sutil de los individuos participa de la naturaleza en su sentido más amplio (Tsutsui, 2011, p. 156).

Hay en Paprika un juego de representaciones de la pesadilla y el tratamiento del mal. El terror está en los sueños y los miedos de otros, que se mezclan y saltan del espacio onírico al real, y lastiman a quien se atraviese en ellos. Salen de los sueños personajes de mitología griega, arquetipos diabólicos de tratados de demonología y folklore japonés. Ya una vez llevado todo al extremo ambigüedades de cualquier clase son permitidas en la metaficción.

Algo estaba pasando. La gente sospechaba y quería saberlo pero, al mismo tiempo, tenía la vaga intuición de que querer saber era peligroso. Se estaban habituando a una presencia ominosa o a un estado mental concreto. No tenían medios para protegerse de la insidiosa propagación de la locura y, cuando perdían la cordura en la calle, era difícil saber si se debía a algún acontecimiento que acababan de vivir o a no haber podido resistir el constante goteo de pequeños sucesos absurdos. Muchos de estos sucesos solo se percibían de manera individual –como que aparecieran distorsionados los dígitos en un reloj de pulsera o que el rostro de una madre se cambiara, por un instante, por el de una foca– y podían ser suficientes para activar la locura en la gente. Las dolencias que se desencadenaban iban desde un complejo de inferioridad a otro de Edipo, pasando por todo un abanico de perversiones sexuales; los fantasmas de dichos trastornos se aparecían en las pesadillas de quienes los sufrían, irradiándose a su vez al exterior y generando nuevos enfermos. Así se estaba creando una cadena de montaje de la locura (Tsutsui, 2011, pp. 336-337).

La novela se lee con mucha facilidad. Me pareció que el autor japonés hace los saltos de una cosa a otra con bastante maestría, de la manera que narra una historia fantasiosa, en el fondo de la trama va dejando que el lector reflexione sobre temas como la intimidad, el erotismo, los deseos frustrados y la locura. La memoria como materia prima de los sueños, que nos permite concebir la posibilidad de existir en ellos estando ausentes en la realidad.

Los sueños suelen ofrecer pistas para resolver crímenes. Las pesadillas son caras de los mismos sueños, en versiones más desesperadas de nuestro interior, orquestadas con el miedo que nos define mejor. Los sueños son sucesiones de imágenes que parecen reclamos del inconsciente, y el esfuerzo por indagar más en ellos permite recordarlos. Es preciso hacer un seguimiento de sus significados, indagar en la memoria, en esa burla diabólica y vergonzosa, que atraviesa nuestras vidas y que empieza desde la infancia.

No se trata de que los sueños nos digan lo que ocurre afuera con exactitud, o que nos  den alguna noción clara de lo que sucederá; se trata de ver si esos sueños pueden servir para averiguar un poco más acerca de lo que acontece en nosotros, dentro de esa compleja máquina que es el cerebro, que hace de lo inverosímil posible mientras estemos dormidos.

Uno podría ponerse a pensar qué sería del mundo si se lograra por medio de prótesis controlar los sueños y dirigirlos. Si acaso ya estamos siendo discretamente manipulados dentro de un sueño profundo, del que todavía somos incapaces de despertar.

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Referencia:

-Tsutsui, Y. (2011). Paprika. España: Atalanta.

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

En un remate de libros que nadie quería encontré por un precio absurdo «El cuaderno de Blas Coll», del caraqueño Eugenio Montejo.

Siempre en los encargos que me ha tocado hacer para otros este autor es muy difícil de conseguir. Pasé mucho tiempo buscando sus poemas para un cliente, y nunca me imaginé encontrarme con este libro que para mayor asombro estaba firmado por el autor: «A Irama y Carlos Tortilero, con el viejo afecto y la amistad de Eugenio Montejo, Caracas, 30.III.1981». Hay una extrañeza dentro de esos libros que el azar nos pone en nuestra ruta y que están dedicados a otras personas. Uno lleva en sus manos un artículo que parece venir de un relevo fantasmal, de un inmenso descuido, o simplemente un olvido. El libro vive un proceso de transmigración de alma, el azar lo conduce a su siguiente lector potencial.

La voz heterónima de Blas Coll adentra al lector en las reflexiones de un tipógrafo rural, que durante se estadía en Puerto Malo, se encaminó en la empresa del diseño de un nuevo lenguaje, una nueva forma de nombrar las cosas. En una parte hace mención del día que inventó la vocal @, «cuya pronunciación exacta nos es por desgracia desconocida». El cuaderno es un ejercicio de transcripción fallido que deja en el lector un tremendo enigma sobre nuestro idioma, cada más esotérico, difícil, e incompresible.

El cuaderno comprende una serie de inquietudes sobre nuestra forma de comunicarnos, y el lenguaje como el paisaje en donde nacen y se dan las cosas. Blas Coll, deja en hojas de plátano y márgenes su mensaje fragmentario y algebraico.

Antes de entregar el Libro, con mucho dolor, al cliente que solicitó mis servicios, hice unas notas apresuradas de lo que más me gustó en mi cuaderno de espiral. El libro puede leerse en un viaje caluroso de metro. Tal vez no lo vuelva a ver:

La palabra del hombre tiende en secreto a una extensión máxima de dos sílabas, aunque su ideal expresivo sea siempre la unidad monosilábica. Una sola sílaba traduce cabalmente el esfuerzo de un paso sobre la tierra. Se corresponde con la distancia imaginaria a que nos situamos de todo objeto, hecho o acción. Pero debemos conceder que se juzgue más natural servirse no sólo de un pie, sino de ambos, es decir, que se procure emplear el mayor movimiento posible sin repetición: sístole y diástole del corazón humano. Al nombrar una cosa con tres sílabas ya estamos añadiendo un paso de más que fatiga la imaginación.

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Me río de los políticos que quieren ordenar las cosas de los hombres sin tocar su lenguaje. Tratan de ignorar adrede que las falacias de sus leyes es de índole lingüística más que jurídica.

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Una conversación -reza otro de sus fragmentos- plantea un movimiento verbal parecido al de una partida de ajedrez, de modo que es fácil señalar, al primer movimiento de los labios, si se está en presencia de un gran maestro o de un mero aficionado.

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No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: Un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino sueño. Así también: un miro (por una mirada), un sufro (por un sufrimiento), etc.

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Cada lengua concibe una idea diferente de Dios. La forma de su representación, por abstracta que sea, no se desliga nunca de las letras con que la palabra Dios se escribe en esa lengua. Quien niega esta verdad, niega el poder mágico de las letras, y la forma en que estas operan sobre la imaginación de los hombres.

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Muchos se proclaman ateos ahora que Dios ha dejado de ser una moda. Nadie teme, a estas alturas del mundo, ser acusado de hereje, a no ser que se trate de las nuevas religiones políticas, sobre las cuales nada diremos por ahora. Y sin embargo, si lo miro bien, creo que el único hereje verdadero de estos tiempos soy yo. Al anunciar una lengua nueva, anuncio también, y todos lo saben, dioses inéditos.

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Los hombres son fatalmente conservadores, no hay más que verlos cómo reaccionan ante el lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo, para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua muestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecúan a la indolencia de antiguas formas. «Pueden meterse con todo, pero no toquen lenguaje», decía el terrible Voltaire.

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En un enunciado de cualquier lengua debe leerse la posibilidad expresiva más adecuada entre pensamiento y palabra, por lo que toda frase es una tentativa siempre perfectible. Es lo que tengo por expresión abierta, probada por la corrección y conveniencia del uso diario. Si algo puede ser dicho de un modo más conciso y eufónico, esta segunda fórmula se impone más naturalmente sobre toda otra menos perfecta, y ha de preferirse hasta que no se halle equivalente más eficaz. Se comprende así por qué los poetas, y no los académicos, son los mineros del idioma.

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Toda frase debe reproducir en su construcción, tanto como sea posible, la forma de gravitación de los astros que conocemos. El sujeto debe rotar como el sol.

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Un pensamiento es tanto más verdadero si lo que expresa puede ser representado sin palabras en nuestra conciencia. El hábito verbal le agrega un peso tal a toda idea, que casi nos es imposible salir de las palabras para pensar. Y, sin embargo, el ajedrecista puede concebir una variada serie de movimientos de formulaciones no verbales, del mismo modo que el músico concibe una estructura puramente tonal. Se me da así clara la diferencia entre prosa y poesía, siempre confusamente planteada. Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad

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El cambio más importante en nuestra vida, del cual dependen casi todos los otros, será posible cuando dispongamos de una lengua que estimule el conocimiento no sólo por medio de ella, sino especialmente liberándonos de sus formas. Que el lenguaje sea el pensamiento, pero que nuestro pensamiento no desdeñe otras vías no implicadas en los hábitos lingüísticos y por ello más allá de este, tal como suele darse en algunos sistemas especializados: matemáticas, lógica simbólica, etc. Siendo que estos sistemas se hallan hoy suficientemente difundidos, sorprende que su influencia en los hábitos del pensamiento cotidiano aparezca tan reducida.

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El infierno debería ser esdrújulo.

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Los refranes y decires anónimos, hermosos y sintéticos, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo.

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La estructura de la oración debería de variar con el transcurso del día, para señalarnos del modo más preciso el registro del tiempo. No conviene hablar por la mañana del mismo modo que lo hacemos por la noche.

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Zerópolis

Hay que escribir sobre un libro que nos guste. Quiero convertir esta activad en un hábito de mayor seriedad. Siempre al terminar un libro se puede llegar a tener una sensación de alivio, una alegría muy personal, de plenitud porque tal recorrido lo vamos a conservar siempre. Eso depende si el libro resultó ser de nuestro agrado. Creo que he tenido la suerte de haber disfrutado todos los libros que han llegado a mis manos, salvo contadas excepciones, pero eso no es algo que tenga que escribir. Más que una reseña lo que uno puede hacer es hablar de su experiencia con el libro. No pretendo hacer una crítica literaria. Solo compartir mi vivencia personal como lector.

Después de casi tres años de búsqueda pude disfrutar de la lectura de un ensayo de Bruce Bégout: Zerópolis (Anagrama, 2007). Quizá uno de los mejores libros que leí este año. Creo que cumple con un tipo de libro que puede ser recomendado para todos: es corto y se lee muy rápido, pues se trata de un libro que dentro de la sencillez de su prosa expone grandes complejidades desde un enfoque poético, muy al estilo de una referencia literaria cercana: Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. El autor parte de un enfoque fenomenológico, una filosofía de la experiencia para exponer una visión de la ciudad de Las Vegas: «superpotencia del consumismo frenético, emblema del entretenimiento pueril, templo de la tiranía ludócrata…un simulacro urbano inmenso y hueco».

El estudio fenomenológico de la ciudad de las Vegas es un punto de apoyo para reseñar cualquier ciudad contemporánea. Las Vegas se alza como referencia máxima y final de todas nuestras ciudades modernas en su posible último estado, que raya en el paroxismo de las experiencias sensitivas y simbólicas, la exaltación exagerada de una parodia urbana. Las Vegas se presenta como una ciudad en medio de la nada, construida en medio del desierto expresa el sentido megalómano de los hombres por levantar cosas desde la nada. Ozymandias.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), coctéles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Pág.15)

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder. Y es más curioso que durante un tiempo miles espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Ciudad de régimen ludocrático. Destinada única y exclusivamente al consumo de diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. «Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque». Ella habita cómoda en nuestras mentes, y se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades aspiran ser como Las Vegas.

No estoy seguro de que si me quedara aquí durante meses, recorriendo la ciudad hasta sus más minúsculos intersticios, participando en todos sus eventos festivos y oficiales y nutriéndome sin moderación de sus baratijas irrealistas, llegaría a aprender algo más de lo que me han revelado mis primeras impresiones. Sofocadas las sensaciones violentas de las primeras horas, la ciudad se agota rápidamente. Además de los casinos y de los hoteles temáticos, pocas cosas hay para ver y menos aún por hacer. Todos los espectáculos se parecen en el fondo: variaciones alrededor de un parque de atracciones. Desde luego, no faltan las solicitaciones de toda clase. En cada recodo de la calle, los ganchos al servicio de los inmensos complejos de diversión que colindan con los casinos que proponen excursiones en barco al alba, fugas en diligencias de la época del Oeste perseguidas por una horda auténtica de apaches pintarrajeados, abigarrados y gritando como debe ser, o el descubrimiento aéreo del Gran Cañón en helicóptero, incluido desayuno con champán al borde de la sima, pero finalmente todo conduce a impresionar sin descanso en todos los sentidos hasta provocar una sensación de absoluta estupefacción (Pág. 59)

Es la irritación del instante. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones  que le impiden tener una noción clara de dónde está caminando. «Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer» (Pág. 81). El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías infinitas, donde todo gira en función de una actividad ancestral: el juego.

La experiencia lúdica y social propuesta en Las Vegas, con sus atracciones y sus espectáculos, sus casinos y sus cabarets, apenas cuentan en una vida. Una excitación pasajera de los sentidos, un frenesí de consumo de olvido que desemboca muy pronto en una náusea tenaz. Pero resulta significativo que, a pesar de su capacidad de hastío vertiginoso, la ciudad que nunca duerme logra siempre seducir de nuevo a los humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas. Después de todo, parece satisfacerse con ese estatus de ciudad superficial y hueca. Aunque es preciso añadir que ha construido todo un imperio sobre ese vacío. (Pág. 36)

Podemos pensar que la ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde el consumo desmedido es la práctica religiosa que logra saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Donde las instituciones y tradiciones particulares o colectivas pueden ser llevadas a niveles de fetichismo y degradación. «Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto» (Pág.15). La cultura del cinismo que vivimos actualmente la podemos explicar en esta ciudad. Ella se extrapola a todas las ciudades que pretenden también superar sus propias distopías. Parte de la vida en la ciudad consiste en la idea de que uno se mueve con cierta libertad, cuando realmente la lógica de la ciudad es que está diseñada para conducirnos de forma totalitaria. El libre albedrío no existe.

La ilusión devora la realidad, el engaño jovial y colectivo se convierte en solidez y materia, pues, no hay duda, las atracciones existen. Ésa es precisamente una de las fuentes de placer de la fantasy en sí misma: pasa por verdadera. La ciudad juega tanto con sus propios espejismos que lo mantiene a distancia con una suerte de ironía trágica…la ilusión vampiriza la realidad o bien la realidad, nacida de la ilusión, desprecia todo artificio que no esté a la altura de su propia irrealidad. Expresado de otro modo, podría decirse que la verdadera quimera contenida en Las Vegas es la propia ciudad en sí misma y no los múltiples artificios que la componen. (Pág. 25)

La particularidad que tiene la Torre Eiffel es que puede verse desde cualquier parte del mundo. Así como París se convierte en un emblema de la modernidad, Las Vegas se convierte en un emblema de la banalidad. Y sin embargo esto no quita que la ciudad con sus propuestas nos resulte fascinante y nos idiotice con todas sus opciones estrafalarias. Parada obligatoria dentro de nuestro itinerario de viajero, de turista de imágenes, que contempla todo desde una sensación de benevolencia inducida por la misma idea artificial que sugiere el espacio.

Visitaremos Las Vegas como visitamos el Louvre o la National Gallery, con el mismo respeto exagerado por el genio de nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que Las Vegas será su propio museo a cielo abierto. Nos inclinaremos hacia las vitrinas que reunirán las reliquias centelleantes que la sociedad del espectáculo de finales del segundo milenio dejó tras de sí…Todos los museos del mundo querrán desarrollar su propia colección de tubos de neón y letreros luminosos, poseer su sección con el sello Las Vegas, prolífica en máquinas tragaperras, en surtidores de estuco rosa caramelo, en puertas cocheras gigantes, como otros poseen su sección copta o fenicia…Al atravesar a paso las inmensas salas subterráneas de los casinos, al seguir hasta el final los múltiples espectáculos de luz y sonido, el echar un vistazo por doquier y sin tregua, a veces se tiene la impresión de que, tras la agitación incontrolable de Las Vegas, la momificación museística ha comenzado ya. (Pág. 75)

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación americana quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. O como habrá dicho Umberto Eco en su Estrategia de la Ilusión, con relación a los museos: «donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y donde la mentira se goza en una situación de “pleno”, de horror vacui» (Pág. 20). Eco hace una mención en relación en un apartado del libro que habla de la Ciudad de los autómatas. Las Vegas

posee una arquitectura totalmente artificial, que ha sido objeto de estudio por parte de Roberto Venturi, como un hecho urbanístico enteramente nuevo, una ciudad «mensaje», hecha toda de signos, no una ciudad como las demás, que comunican para poder funcionar, sino una ciudad que funciona para comunicar. (Pág. 61)

Las Vegas como gran espacio museístico del entretenimiento nos da la oportunidad de conectarnos con un pasado mágico sin tener que dejar de estar aquí. Es en principio la experiencia que brinda el museo. La repetición de la ciudad nos da la sensación de vivir atrapados en un loop eterno. Es llevar la rutina mecanizada hasta sus últimas consecuencias. No one does it better, cita el epígrafe de uno de los capítulos de Bégout, titulado Urbanidad Psicotrópica:

El terreno de juego de América. Antiguo lugar de la famiglia, Las Vegas se ha convertido en algunos años en el espacio favorito de las familias americanas. Vienen esencialmente al desierto de Nevada para divertirse un buen rato, para recibir, ellas también, algo de «polvo de neón» que produce el brillo de la vida y constituye, al final, hermosos recuerdos. La ciudad misma no es más que un gigantesco y continuo espectáculo. La tarjeta postal ha acabado absorbiendo toda la realidad y la ha expelido poco tiempo después como una papilla de iconos psicodélicos para la clase media: sensaciones extremas pero obtenidas por medios legales, seguros e inofensivos. Un trip en el Strip pero dentro de los límites de lo lícito. La aventura extrema sin peligro, la excitación total sin la angustia y el escalofrío absoluto sin el miedo; he aquí, en definitiva, la última discriminación social que ha producido América. (Pág. 64).

Libro de desencanto. Disección urbana. Zerópolis le ofrece al lector una visión perturbadora de aquella ciudad que por sus luces amontonadas puede verse desde el espacio. Es un libro que siempre su relectura parece decirnos algo distinto. El estado final de nuestras fantasías está en los contrastes oscuros de nuestras ciudades parque, todas buscan parecerse a otras, y en esa búsqueda de identidad los habitantes también encuentran el refugio en la diversión y en los enigmas que aguarda cada lugar. Libro altamente recomendado. Espero que esta reseña sirva como incentivo. Comparto con ustedes este cierre del libro titulado Vegas Vickie:

Con la regularidad de un metrónomo, la mujer de acero y de neones, la cowgirl ceñida en su sostén fosforescente, levanta la pierna eléctrica cada treinta segundos. Con sus ojos envueltos en oropel provoca a los transeúntes, que miran de reojo bajo sus faldas para ver si oculta algunas monedas que les permita recuperarse. Alta como un edificio parisino de cinco pisos, coloso femenino erótico-robótico, lanza guiños a la ciudad entera; puta celeste y mecánica que, al llegar la noche, se engalana con halos multicolores y calienta el propio desierto con sus maneras de chica fácil.

Con constancia, la Esfinge de Fremont Street vigila la entrada del downtown. Pero no debemos engañarnos: su aspecto seductor oculta una crueldad sin límites. Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio. (Pág. 136)

zeropolis

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bégout, Bruce. Zerópolis. España, Anagrama; 2007

-Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012.

-Horrocks, Christopher. Baudrillard y el milenio. España, Gedisa; 2004

El brujo del cuervo

Mi primer encuentro con El brujo del cuervo fue en Lima. La contratapa del libro me había llamado la atención pero terminé comprando otro libro cuya prioridad en ese momento era vital. Entre las cosas que me llamaron la atención de aquel libro de bolsillo fue el nombre del autor que no supe pronunciar al principio: Ngũgĩ wa Thiong’o. Después de casi un año ya en Caracas el libro se me volvió a presentar. Por un impulso propiciado por las festividades decembrinas terminé comprándolo. El libro no dejaba de llamarme y me comprometí a leerlo durante el mes de enero.

Cada vez estoy más convencido que los libros a veces nos buscan. Ciertas obras se presentan en nuestra vida para dar sentido a nuestro presente, tal vez con el propósito de hacernos creer que nada se lee por casualidad. No puedo decir que esto sea un absoluto, la experiencia lectora de cada uno es única y diversa, de ahí lo rico y divertido de todo el asunto que envuelve el acto de leer. Para mí los libros han fluido de esa manera. Incluso me ha pasado que sueño con libros que estoy leyendo que ni siquiera he empezado a leer.

La compañía del brujo del cuervo fue hasta cierto punto esclarecedora. No sólo porque su lectura resulta amena desde principio a fin, sino que me resultaba imposible no contrastar la ficción del libro con la realidad triste de mi país. La imaginaria República Libre de Aburiria no dista mucho de la República Bananera de Venezuela. Las similitudes eran un reflejo de las atrocidades que se viven en gobiernos militares y totalitarios, donde la ignorancia se conjuga con el miedo y somete a los habitantes a vivir como poseídos, embrutecidos por la necesidad, la pobreza, la violencia del Estado, la tiranía del pensamiento que de forma injusta suprime a todo aquel que piense distinto.

Thiong’o escribe sobre un país regido bajo de figura asfixiante del Soberano, considerado  por antonomasia como la medida de todas las cosas. Dictador inamovible, que ejerce el poder a capricho y sobre las riendas de todo un pueblo. Tuve ciertos sentimientos encontrados con el libro de Thiong’o. En reseñas que busqué sobre el libro mencionan varias veces que se trata de una obra donde predomina el realismo mágico africano, pero más allá de los elementos fantasiosos que van hilando la obra, junto a una serie de personajes con voces que desde sus perspectivas van construyendo una trama, se trata de una obra que, como el autor lo menciona en voz de su personaje principal, abarca el tema pos-colonial.

El brujo del cuervo expone de forma lúcida y satírica las consecuencias de todo el proceso de colonización en África. A pesar de haber sido un proceso muy distinto a la colonización en América, se pueden encontrar que lo que tienen en común son los hechos históricos que envuelven la destrucción de la memoria: la domesticación del ser. Para dominar al otro lo primero que hay que quitarle es la lengua, la palabra, hacerlo olvidar por completo de dónde viene para manipularlo.

Thiong’o expone a la República de Aburiria como un país enfermo. La estructura del libro se compone de seis partes donde se expone cada síntoma de aquel lugar controlado por fuerzas demoníacas que alteran la aparente normalidad del país. Uno de los que más me desconcertó fue el segundo libro: Demonios de las colas. Por razones extrañas la gente empieza a hacer colas infinitas por toda Aburiria. No era difícil para mi imaginarme la cruda realidad en la que estamos actualmente, el cómo la desidia a modo de embrujo se había apoderado del control de todo.

Durante un tiempo fue como si todo el mundo en Eldares estuviera poseído. Si una persona se paraba a mirar un escaparate, se encontraba de pronto con que se había formado una cola detrás de él. La gente ni siquiera se molestaba en preguntar para qué era la fila; simplemente suponían que tenía que haber una razón para hacerla, y querían su parte de lo que fuera que se distribuyera…De vez en cuando una persona daba origen a una cola sin tener conciencia de haberlo hecho, se marchaba a su casa y al día siguiente se incorporaba a la misma cola, siempre sin saber que él había sido su inocente causa. Sencillamente, las filas tenían vida propia. (Thiong’o; p. 173)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cada sociedad cuenta con sus reyezuelos y seguidores parasitarios, respaldados por la indiferencia del mundo y la carga del hombre blanco, que el autor desarrolla con la enfermedad de la blanquitis que padecen algunos personajes: la dificultad de las palabras, el rechazo hacía uno mismo, la ignorancia que suprime todo movimiento hacia adelante. Es una lectura recomendaba. Me agrada que esta novela haya sido mi introducción a la literatura africana donde, así como muchos otros textos escritos desde la periferia, ponen en tela de juicio la corrupción de las sociedades occidentales. La mirada del otro.

El brujo del cuervo me acompañó y seguirá estando conmigo en mis viajes por Caracas, una de las tantas Eldares con su realidad insignificante, donde el caos resulta ser la norma reguladora de todos los días, y a veces es tan aterradora que no hay que pensar dos veces en recurrir a los recursos que promete la magia. En la medida que me iba metiendo en las tramas desarrolladas en más de setecientas páginas, me terminó quedando esa inquietud de desde el inicio plantea el autor sobre el malestar de su pueblo. Fue una ironía sentir que Thiong’o con su realidad africana se había acercado de forma pertinente a la mía.

Invito al lector que se le presente la oportunidad a considerar la historia del Brujo del cuervo. Es un libro que vale la pena revisar así como el resto de la obra de este prolífico autor de Kenia: Ngũgĩ wa Thiong’o.

Esperando que mi casi reseña les haya servido de incentivo para sumergirse en el universo que promete la literatura africana… Hakuna Matata.

Era demasiado tarde para cambiar su historia. Tendría que seguir adelante con la mentira, fueran cuales fueran las consecuencias. A partir de ese momento se atendría a lo que mejor sabía hacer: deformar la verdad, en lugar de decir mentiras rotundas. (Ibíd; p. 561)

Alexander JM Urrieta Solano