La Habana inmortal de Cabrera Infante

por Juan Goytisolo

Servicio especial de El País Exclusivo para El Nacional

Hay que someter las novelas, las novelas que una vez nos gustaron, a la prueba de la relectura. Dejarlas cumplir años y repasarlas para comprobar si han envejecido o conservan intactos los elementos y rasgos que en su tiempo nos cautivaron.

Del dicho al hecho: para Tres tristes tigres (Seix Barral, Barcelona, 1994; 475 páginas) no pasan días. La obra maestra de Guillermo Cabrera Infante pasa, muy al revés, de ellos y, más joven, sabrosa e insolente que nunca, avejenta de golpe a las que , presumen de modernas porque apenas acaban de nacer, esto es, de asomarse a los escaparates de las librerías. La reedición sin cortes de «Tres tristes tigres» («TTT») muestra en contraste la endeblez, colorete e hilaza de mucho de lo que se vende por nuevo. Leámosla mano a mano con cualquier novedad del momento y ésta sufrirá de una senectud galopante, como la pobre esposa del conde Drácula cuando él —marido ejemplar— no alcanzaba a procurarle a tiempo la sangre regeneradora, pero de efectos pasajeros, de una virgen raptada al pie del altar.

Hace más de 20 años, en uno de mis cursillos de la New York University consagrado a Lezama Lima, Cabrera Infante y Severo Sarduy, me esforcé en subrayar la originalidad y riqueza de «TTT»: fruto de mis clases fue el ensayo titulado Lectura cervantina de Tres Tristes Tigres, incluido más tarde en mi libro Disidencias.

Frente a quienes le acusaban de «no haber dominado bien el tema» mostré su fidelidad, tal vez inconsciente, a la prodigiosa lección del Quijote: los episodios y lances que Cabrera Infante presenta de manera fragmentaria y deshilvanada, pueden ser reconstruidos poco a poco, con paciencia, a condición de que sigamos, como detectives, las pistas que siembra. Nuestra lectura es así una lectura activa. Nos corresponde a nosotros, los lectores, juntar las piezas dispersas del rompecabezas. Cabrera Infante tiene la cortesía de permitirnos colaborar, con nuestra sensibilidad e ingenio, en la reconstrucción del libro.

LECTURA EN VOZ ALTA

En la nueva aproximación a «TTT» lo que más me ha seducido de nuevo es su «galería de voces»: ese texto multiforme en el que léxico, ritmo y entonación desempeñan un papel primordial. La advertencia liminar del autor de que su escritura «no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo como quien dice» debe ser tomada al pie de la letra. Ninguna lectura mejor de «TTT» que su lectura en voz alta.

En mis muy pocos académicos cursos de la New York University, invité a algunos estudiantes y estudiantas cubanas a que leyeran con acento y sin inhibición alguna diversos pasajes del prólogo de «Los Debutantes»: la parodia del presentador bilingüe —o plurilingüe— de Tropicana, la carta de Estelvina, el monólogo de Cuba Venegas, la «conversadera» de Livia y Mirtila sobre las cremas de belleza y perfumes franceses, etcétera.

El resultado de la experiencia fue transformar el aula del severo y vetusto edificio universitario contiguo a Washington Square en un teatro popular habanero durante un show o lectura protagonizados por émulos de Beny Moré o de La Lupe. Con un semblante de seriedad profesoral al comienzo —aguantando la risa como podía—, acabé arrastrado por la de mis estudiantes, presa de una hilaridad general que nos dejó al cabo exhaustos pero felices. Recuerdo que un compatriota de mente más estreñida que estrecha —miembro del claustro de profesores por más señas— asomó la cabeza al aula alarmado por el alboroto y la retiró a punto con un rictus esquinado de desaprobación.

Veinte años después, al repetir la experiencia a solas y sotto voce, me acometió también un pujo incontenible de risa al extremo de tener que cerrar el libro para recobrar el aliento, temeroso de que tal agitación me desbaratara el sueño.

EDÉN DE NOCTÁMBULOS

La fineza de oído de Cabrera Infante escenifica, según advierto ahora, las no menos agudas observaciones de otro cubano —o cubano español— apasionado como él del cine: Néstor Almendros. El desaparecido camarógrafo fue asimismo, aunque casi nadie lo sepa, un fonetista notable que, en un ensayo publicado en 1958 en el «Boletín de la Academia Cubana de la Lengua», toca el tema del español hablado en la isla con un rigor y nitidez ejemplares.

A Cabrera Infante y Néstor Almendros les conocí en La Habana a fines del 61: entonces yo formaba parte también de «este mundo de la gente que se sumergía en las noches y nadaba en cualquier hueco oscuro, aunque fuera artificial, en este mundo de los hombres rana de la noche», un mundo del que deserté, por razones de edad y cansancio, hace muchos años.

Pero La Habana nocturna de 1957 y 58 —ese edén de noctámbulos y noctivagos que es el protagonista real de la novela— estaba ya, cuando me asomé a ella, en vías de extinción. Pude ver y escuchar a Beny Moré interpretando «Santa Isabel de las Lajas» y platiqué en «gallego» con las Cuba Venegas del tiempo, pero Celia Cruz con su Sonora Matancera y el huracán de La Lupe acababan de emigrar al Norte.

Algunos de los nigth clubes citados o descritos por Cabrera Infante habían cerrado sus puertas. El mundo de bohemios, prostitutas y lumpen en el que penetraba con deslumbramiento era un mundo condenado a plazo fijo. «TTT» es así un canto de amor embebido de melancolía incurable al universo cubierto de lava y cenizas del fuego purificador de la revolución.

Cuando visité por última vez La Habana en julio de 1967, todo había sido barrido (la Taberna San Román, el Two Brothers, los barecitos de Jesús María). Al leer después el libro, comprendí que, bajo la máscara del humor y la risa, Cabrera Infante había escrito una novela infinitamente triste. «TTT» o la ciudad alegre y confiada en vísperas del apocalipsis: sus últimas noches pompeyanas.

Más que la proeza de ingeniería literaria de la novela y su polifonía espléndida, es ese dolor soterrado, tanto más acuciante cuanto nunca expuesto, el que vertebra y da su grandeza al libro.

Celebremos La Habana difunta, La Habana inmortal resucitada por Cabrera Infante con humor, cariño, ternura e impregnadora nostalgia, creación a la vez literaria y humana que nos arranca el muermo de tanta prosa inerte y nos devuelve a través de los cinco sentidos al nódulo y simiente de la vida: ¡la palabra!

El Nacional, Lunes, 9 de enero de 1995

Souvenirs

por Alexander JM Urrieta Solano

Una pequeña escultura del David de Miguel Ángel reposa en la tapa de una poceta. La réplica no está hecha del soberbio mármol de su original en Florencia sino de un compuesto químico llamado polietileno, el mismo que sirve para hacer botellas de Coca-Cola, que luego termina en el mar formando inmensas islas de plástico o, en su caso más colateral y catastrófico, en pequeñas partículas que transitan ahora por nuestro organismo. Ese David en pequeña escala es uno de los tantos souvenirs que compró mi abuela en un arrebato de ansiedad por atrapar el espíritu vital de su viaje, motivado quizá, y eso es lo más seguro, por un consumismo inusitado en las ofertas del duty-free del aeropuerto de Roma, sumado a la necesidad de llevar un fragmento de memoria tanto a sus hijos como a sus nietos: la constancia de su viaje al país en forma de bota.

El souvenir concentra un intento fallido de inventariar la memoria mediante la materialización. Lo que adquirió mi abuela al comprar el David fue también el cumplimiento de un deseo, una necesidad inconsciente de capturar una vivencia mediante el objeto de consumo. Este solo puede dar constancia de una memoria atrofiada. Los souvenirs son objetos que “esconden una poderosa carga simbólica tras su aparente banalidad. Estos artefactos que pululan en todos los paisajes y escenarios turísticos, de muy distinta naturaleza en materiales y una enorme variedad de contenidos y estilos” (González, 2007). Walter Benjamin ha definido el souvenir como una “reliquia secularizada”, un anexo o complemento de la vivencia; al final el objeto es un testimonio de la experiencia, pero también la experiencia misma convertida en una mercancía, un efecto residual del turismo de masas y el desarrollo, cada vez más especializado y sofisticado, de la reproductibilidad técnica.

Benjamin nos dice que en la cultura de masas la obra de arte pierde su valor cultual y es reemplazado por un valor expositivo, una cualidad que permite el acceso a la reproducción de la obra por múltiples medios. La capacidad que tiene la obra de exhibirse ha incrementado de manera cuantitativa. Con el desarrollo de nuevas tecnologías es posible reproducir una obra en distintas escalas y dimensiones. Para Benjamin, con la invención de la fotografía, el valor de exhibición sustituye el valor ritual. Es a partir de esta expansión de las imágenes repetidas que la obra se multiplica y destruye lo que denomina su aura: aquello de lo que está envestida la obra, lo que la dota de una sensación de lejanía con el espectador, así como la cualidad que dota de sentido cuasi-religioso a la obra, pues también dicha cualidad define su Autenticidad: “la quintaescencia de todo lo que en ella, a partir de su origen, se puede transmitir como tradición, desde su permanencia material hasta su carácter de testimonio histórico” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). En la medida que la pieza se multiplica, el aura se diluye. La existencia única de la obra se sustituye por una pluralidad de copias: “los diferentes procedimientos del arte fuera del seno ritual, aumentan para sus productos las oportunidades de ser exhibido (Benjamin, 2018, p. 36). La reproductibilidad técnica cambió la relación del arte con las masas. El souvenir es la demostración por excelencia de la eficacia de la reproductibilidad: es la articulación entre turismo y consumo de masas por el que se

construye un sistema de objetos y de relaciones sociales que reproducen la narrativa dominante de la modernidad, expresada en la idea de que el precio del progreso es la pérdida de autenticidad –de los objetos, de la experiencia y de las percepciones de objetos y experiencias– bajo las condiciones generalizadas de alta movilidad y de progresiva mercantilización de todas las cosas (González, 2008, p. 39).

No hay una experiencia estética profunda en el souvenir. Las piezas se replican dentro de un complejo aparataje de tecnologías que permiten el acceso inmediato a los espectadores. La obra (convertida en recuerdo) puede aparecer en formatos variados donde su único valor es la referencia lejana que evoca. No es lo mismo la pintura original de la Mona Lisa que la impresión de ella en una toalla de playa, o en una taza de porcelana; tampoco la reducción del David a un elemento decorativo del baño, o una lámpara de cerámica en forma de la Torre de Pisa en una mesa de noche. Los objetos solo cobran sentido a través del origen de una experiencia personal. Las réplicas y miniaturas de lugares y cosas emblemáticas tienen la capacidad de conjurar imágenes de los lugares donde fueron comprados(González, 2008). La proporción de sentidos otorga al souvenir “un fuerte potencial fetichístico; los souvenirs comienzan a ocupar el lugar de acontecimientos o situaciones con los que estuvieron asociados por casualidad, o a los que se suponía representaban, ganando con ello una vida propia” (Olalquiaga, 2007, p. 60). La mercancía referencial está despojada de su historia de fábrica; nace, por así decirlo, muerta. El souvenir abre lugar a una dialéctica del kitsch: se balancea en la noción de un pasado irrecuperable y un presente fragmentario. El kitsch no es más que una mercancía fallida que evoca todo lo que llegó a ser una vez. En otras palabras, lo kitsch es la decrepitud inherente en todas las cosas.

Con la reproducción en masa el aura sobrevivió como algo fragmentario y disperso que ya no se encontraba unido exclusivamente a un objeto esencial y auténtico. Este “aura trizada” se aproxima al sentimiento de singularidad, haciendo posible la experiencia histórica de la pérdida de dicho objeto. En consecuencia, los productos de la cultura de masas no son percibidos como innumerables o siquiera repetitivos, sino como los restos de un fenómeno más amplio que no sólo los precede, sino que los habita. Este carácter aureático residual resulta fundamental para comprender el cambio ocurrido con la industrialización y también sus limitaciones, así como la razón por la cual los productos en masa, en su paradójica resistencia y glorificación de una noción total de autenticidad, son despreciados críticamente como su versión degradada, es decir, kitsch (Olalquiaga, 2007, p18).

Para Benjamin la reproducción masiva favorece la de reproducción de las masas: esparce escombros de aura, dotando de una metáfora poderosa a las ruinas de la modernidad, en la que el efecto residual es el kitsch: “memoria suspendida cuya fugacidad se intensifica por su extrema iconicidad” (Olalquiaga, 2007, 23). Todas las grandes concentraciones tienen una estrecha conexión con el desarrollo de la técnica de grabación y repetición. El negocio de los recuerdos es un derivado de la industria del turismo de masas. El souvenir es un objeto que obtiene su autenticidad gracias a la experiencia turística; fuera de ese contexto no tiene ningún valor. Su principio radica precisamente en una repetición de lo mismo, por lo que no hay ningún rasgo de originalidad en su existencia. Sin embargo, puede albergar un recuerdo, una testificación histórica. Hace tangible la experiencia intangible del viaje, o lo que queda retenido en el objeto de dicha experiencia, la vivencia: las remembranzas que se comportan en

diversos modos de recepción, los cuales las convierten en fetiches cuyo amplio abanico de significados se conjuga de acuerdo con las necesidades del consumidor –y del mercado–. Sobresale entre estos modos la noción de que un objeto es capaz de trascender los límites de su propio significado para representar, completa o parcialmente, la totalidad del hecho que lo creó. Los souvenirs, por ejemplo, condensan los elementos en que supuestamente se fundó la situación particular: un determinado paisaje o panorama, una persona famosa, el objeto “típico” de una artesanía o una región, un momento importante (Olalquiaga, 2007, p. 59).

El único documento histórico que tiene el souvenir es el de la línea de ensamblaje (el grabado de su procedencia Made in china). Su particularidad, tal vez, podría estar en sus posibles defectos de fabricación. En la cultura de masas las particularidades de los objetos producidos en serie radican en sus imperfecciones con relación a su original, ya distante, inaccesible. “El aquí y ahora del original compone el concepto de su autenticidad; sobre ella descansa a su vez la idea de una tradición que habría conducido a ese objeto como idéntico a sí mismo hasta el día de hoy” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). La copia no tiene historia propia, solo puede valerse de la referencia ajena, de la evocación a la pieza original. En la copia hay dos procesos relacionados: la reproducción y la serialidad.

La conversión de la primera en la segunda distingue a la copia moderna de todas las anteriores, pues solo con la industrialización llega la reproducción serial a convertirse en una fuerza cultural de importancia. Representación de una representación, la copia carece de todo derecho significativo. Desde un punto de vista simbólico, no significa nada o, más exactamente, indica el vacío referencial. De este modo las copias son excluidas de la jerarquía significativa y abandonadas a hacer lo que mejor pueden: replicarse. Sin embargo, el reproducirse infinitamente, las copias crean una acumulación inaudita que ocasiona el efecto contrario del vacío: la saturación (Olalquiaga, 2007, p. 194).

La variedad también es un síntoma de hastío. Consecuencia de abundancia de copias. No obstante, dentro de las diversidades iguales, el souvenir es la mercancía que niega su propia condición de mercancía. “Es un objeto que proclama su carácter único y exclusivo –incluso si es producido en masa– a través de las narrativas de su producción auténtica y de las historias personales de su adquisición” (González, 2008, p. 46). El souvenir se vincula con una experiencia subjetiva transcendental, en este caso, la del viajero que compra a las afueras de un parador turístico las baratijas donde se concentra la constancia material del viaje, y a su vez una garantía del retorno. La fuerza del souvenir por igual es restringida, pues siempre estará sometido a la espera de formar parte de un universo personal (Olalquiaga,2007). Sin el ensueño del consumidor el producto no tiene razón para existir.

Un ejemplo está en las bolas de cristal que encierran las ruinas de un sitio histórico. La contemplación revive la nostalgia. Para ser efectiva necesita ser diminuta. La bola de cristal encierra el recuerdo de una ficción personal. “Los souvenirs transcienden la imagen del deseo prefabricada de los bienes de consumo a través de la implicación personal de sus consumidores” (Olalquiaga,2007, p.61). Al mirar la diminuta escala del Coliseo romano en la bola de cristal se experimenta una remembranza. En la bola “se eterniza un ambiente, cerrándolo a la posibilidad de la experiencia vivida. En su ingenua presencia niegan el momento de la muerte imponiendo la estasis de una muerte eterna” (González, 2007). Todos los acontecimientos se reducen a experiencias de consumo. Se trivializan cuando hay una necesidad patológica por demostrar que estuvimos en un sitio.

En el nuevo mercado del turismo de masas las personas realizan los viajes a la espera de encontrarse con su propia expectativa. El deseo es encontrarse con la ficción con la que siempre soñó. Para el viajero contemporáneo resulta más importante la prueba material que el viaje en sí. Lo define también aquello que acumula en su rincón de universo. Una casa repleta de objetos empolvados pueden ser los restos vitales de un naufragio. Al mirar con detalle el pequeño David de polietileno en la tapa de la poceta, ya cubierta por el polvo cósmico del olvido, se establece la analogía fantasmática del mundo extinto de las cosas. Y concluimos, como Walter Benjamin, que la capa gris de polvo que cubre las cosas se ha convertido en su mejor parte.

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2018). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En W. Benjamin, Estética de la imagen (págs. 25-82). La Marca Editora.

González, F. E. (17 de Agosto de 2007). ‘Souvenirs’ y turistas. Obtenido de El País: https://elpais.com/diario/2007/08/18/babelia/1187391967_850215.html

González, F. E. (2008). Narrativas de seducción, apropiación y muerte o el souvenir en la época de la reproductibilidad turistica. Acto. Revista de Pensamiento Artístico Contemporáneo, 34-49.

Olalquiaga, C. (2007). El reino artificial. Sobre la experiencia kitsch. Gustavo Gili.

Misceláneas:

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Ensayo sobre el Lugar Silencioso

La calle de los hoteles

La esquina de barro

Tanizaki en Las Vegas

Tanizaki en Las Vegas (reprise)

Había terminado de leer El elogio de la sombra, del escritor japonés Junichiro Tanizaki. El ensayo hablaba sobre las virtudes de la oscuridad como rasgo idiosincrático de la cultura japonesa. Al mismo tiempo, la sombra como complemento esencial dentro de las estéticas de los espacios y la belleza, que se presentan en los hallazgos expresivos de las artes y la vida cotidiana. El elogio es una crítica a la obsesión que tenemos los occidentales por la luz, por el deslumbramiento, sinónimo del progreso civilizatorio justificado en la razón, mito heredado del Siglo de las Luces.

Pensé entonces que las ciudades con exceso de luz tienen la desventaja de poner en evidencia con mayor claridad sus defectos. No dan cabida al ocultamiento, tan solo se hacen más evidentes y grotescos los lugares y detalles que no resultan gratos a la mirada. A raíz de todo esto pensé en una ciudad occidental referencial, una ciudad que dentro de sus dinámicas diera el ejemplo totalizador de lo que tanto criticaba Tanizaki: Las Vegas, una ciudad en medio del desierto que nos sugiere con su arquitectura artificial, con sus luces y espectáculos insaciables, el resultado de un hecho urbanístico novedoso. Un fenómeno espacial que le resultaría vulgar al escritor japonés.

Las Vegas, además de presentarse como una ciudad mensaje, diseñada completamente de signos, funciona para comunicar nostalgias, consumo, derroche y fantasía. Ella logra engañar con su espejismo lúdico, construido a partir de pruebas atómicas, neones y máquinas tragamonedas. Viéndolo de esta forma, la luz de Las Vegas, o nuestras ciudades, proponen una estrategia de la ilusión. La sombra, o la idea precisa de ella, es un elemento para pensar las ciudades, que llega a presentarse como una crítica incómoda.

Vivimos atados a rutinas dentro de tantos espacios lumínicos, que evitamos hasta el hastío cualquier clase de reflexión. Digamos, el apreciar en tanta aceleración el placer de las pausas, el placer que puede brindar la penumbra de tanta mecánica de soledades, trabajos aburridos, rutinas asesinas, rostros cansados por la costumbre que conduce al suicidio, rostros con necesidad de algún grado de templanza para ocultar el agotamiento propiciado por los espacios, que no dan consenso a la contemplación de nuestra propia oscuridad.

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación occidental quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. Al fin y al cabo, nos vemos en la urgencia enfermiza de creer que creemos. ¿Cuántas veces nos hemos dejado seducir por esa búsqueda plástica y superficial de iluminación?

Elaborar nuestra propia poética del espacio, contrastando los lugares tanto luminosos como oscuros de nuestro día a día, también es una terapia válida para la afinación de la mirada, tan irritada por las imágenes brillantes. De aquí tal vez la virtud de aprender a mirar la ciudad con un grado de cautela mayor, como Tanizaki en Las Vegas.

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Alexander JM Urrieta Solano

 

Tanizaki en Las Vegas

Últimamente he tenido inclinaciones por las reflexiones que pueden hacerse sobre el espacio. La lectura de dos ensayos me adentró en una discusión sobre la forma en que podemos percibir los lugares que habitamos, o que llegamos incluso a contemplar con fascinación en la velocidad que nos sugieren las imágenes, que percibimos con cierta irritación todos los días en nuestras pantallas solitarias, en rutinas que a veces no tienen mucho sentido como para prestarles atención.

Nuestras prácticas cotidianas están ritualizadas y esconden, en mayor o menor grado, ciertas actitudes neuróticas. Raras veces hacemos uso de la conciencia para nuestros movimientos generados por defecto en los lugares que habitamos: como cepillarnos los dientes, ponernos las medias, amarrarnos las trenzas y ponernos desodorante; son cosas que hacemos sin mucha contemplación ni demora. Tampoco nos detenemos en las acciones que acontecen en la rapidez de nuestros quehaceres: preparar el desayuno, ordenar la vianda, enlistar las prioridades. Ya fuera de casa es donde ocurre todo. A mitad del trance de tu viaje recuerdas haber olvidado algo. Ese algo provoca una falla en el sistema cognitivo. Son contadas las veces que has olvidado salir de tu casa sin ponerte desodorante. Se trata de un salto misterioso en el algoritmo de nuestros cuidados primitivos, una conspiración contra nosotros mismos. Da rabia. Pasa. Se asume la falla y se sigue adelante.

A veces solemos dirigirnos a un sitio cualquiera, pero lo hemos hecho tantas veces que importa poco si leemos los avisos o las señales del tren, si asimilamos las expresiones de la gente enturbiada que como tú acelera el paso porque va por igual tarde al trabajo. Tampoco nos preocupa detallar los rostros sombríos de la gente que apretada en los vagones participa de mala gana en un festival de máscaras. Las sugerencias de los espacios que creemos conocer por costumbre tampoco parecen decirnos algo, ni las inconsistencias del camino, de ese tránsito por tantos lugares cambiantes que mayormente no sabemos mirar. La escena parece la misma de todos los días. Y crees sabértela de memoria.

Con el hábito de la lectura sucede algo distinto que cambia toda la formulación de nuestro andar y de mirar los espacios. Ella te permite estar más consciente de los detalles de la rutina. Ciertas lecturas esconden un misterio que no sabemos explicar. Leer sin duda es pensar, ejercita el músculo de la lengua, el más fuerte del cuerpo. No es tampoco eso que leemos para pensar, sino que a veces leemos y encontramos algo que en algún momento llegamos a pensar, tal vez por mucho o quizá un instante de tiempo, pero lo hicimos y eso es lo que inquieta y emociona. El asombro está en ese hallazgo, en haber visto escrito eso que llegamos a pensar alguna vez, quizá de otra manera, pero lo vemos luego todo más claro, más sencillo y contundente; sin duda, algo que de no haber descubierto en esa lectura seguiríamos creyendo que es algo imposible retratar de tal forma. Son situaciones azarosas, accidentales, que dotan de un sentido especial al día entero. Luz. Cumplida la jornada regresamos turbios y contentos a casa, a nuestro rincón de universo. Hacemos cuenta en el cuaderno de nuestro nuevo descubrimiento. Mañana entonces, repetiremos los mismos procedimientos. Y así.

Me sucedió primero con la lectura de El elogio de la sombra, un lúcido ensayo del escritor Junichiro Tanizaki publicado en 1933, donde de manera magistral elabora unas reflexiones sobre las virtudes que definen la cultura japonesa en relación a un rasgo elemental: la oscuridad, la sombra. Vista desde los grandes relatos occidentales, la sombra es un concepto relacionado casi siempre a connotaciones negativas, antagónica a la luz, a lo que resulte luminoso; la luz es una alegoría de clarividencia, divinidad, ideas y ocurrencias.

Sin embargo, Tanizaki destaca las sombras no solo como un rasgo que brinda estéticas superiores a los espacios y las formas de conducir la vida, sino que exalta las particularidades de la idiosincrasia japonesa en función de ella; presenta lo japonés como una cultura que se vale de la oscuridad para destacar sus tradiciones y preservarlas dentro de sus prácticas cotidianas. Desde la arquitectura, para  la construcción de una casa hasta el empleo del papel y la tinta para escribir; del teatro, donde la falta de luz destaca la belleza de los personajes en la puesta en escena de una obra Bunraku (teatro de títeres),  hasta en la gastronomía, en la elaboración de diferentes platos usando instrumentos elaborados con materiales y técnicas propias de Japón.

En general, sin importar de dónde provengan, los cocineros se preocupan por los colores de la comida, combinándolos con los platos y las paredes del comedor, pero en el caso particular de la comida japonesa las vajillas blancas nos quitan el apetito. Tomando como ejemplo la sopa de miso con que desayunamos todos los días, su color nos confirma el hecho de que los platos típicos de nuestra comida han evolucionado para ajustarse al ambiente de penumbra de los hogares antiguos (Tanizaki, 2016, p. 33).

El autor hace una crítica contundente a la obsesión que los occidentales tienen por el exceso de luz. Ese afán está presente en los detalles cotidianos, nuestra obsesión por el deslumbramiento de las cosas, reflejado en la blancura de nuestras pocetas, por ejemplo, que para el autor resultan ser de mal gusto, porque en el uso diario se evidencian paulatinamente manchas sobre lo blanco, exaltando el deterioro y lo repugnante. Para Tanizaki el baño es un lugar de intimidad donde hacemos las más elaboradas reflexiones, por lo que su diseño tiene que ser meticuloso y casi sagrado.

No hay lugar más placentero para pensar que un baño japonés, donde todo está hecho con madera y en la medida que se usa se ennegrece, haciendo del lugar algo más apacible para realizar nuestras necesidades esenciales. Para Tanizaki en esa quietud tenebrosa contenida en la penumbra está el sentido misterioso y estético de los espacios. La oscuridad meditada resalta y embellece las cosas.

El malestar de Tanizaki está en el derroche de las energías lumínicas en detrimento del descuido de las tradiciones, su negativa al proceso de modernización radical; la  transformación obscena de su país con la llegada de las compañías eléctricas y las propuestas imperantes pautadas por los préstamos occidentales.

Me pregunto ahora por qué los orientales insistimos en la búsqueda de la belleza entre las sombras. Según mi modesto conocimiento del mundo, los occidentales no saben apreciar la sombra a pesar de que han atravesado, ciertamente, largos periodos sin electricidad, gas o petróleo. Desde la remota antigüedad los fantasmas japoneses carecen de piernas, mientras que los occidentales aparecen con sus cuerpos transparentes haciendo visibles sus extremidades. Este detalle tan trivial revela la tendencia fantasiosa de los japoneses hacia las sombrías tinieblas, en contraste con el gusto de los occidentales por la deslumbrante claridad. En cuanto a los utensilios cotidianos, los japoneses preferimos los colores asociados con los diversos grados de oscuridad, al tiempo que los occidentales se inclinan hacia la luminosidad solar. La herrumbre que apreciamos en los objetos metálicos, ya sea de bronce o de plata, les resulta repugnante por sucia y antihigiénica a los occidentales, que los pulen al máximo. Ellos blanquean las paredes y el cielo raso con el propósito de eliminar las manchas oscuras de los rincones. Siembran césped en los jardines, mientras nosotros sembramos árboles frondosos. ¿De dónde proviene esta diferencia de gustos? (Tanizaki, 2016, p. 61).

Más que preguntarnos como lectores en dónde están las diferencias, es mejor preguntarnos qué tanta importancia le damos a las sombras en nuestras vidas, y cómo ellas sugieren nuevas perspectivas de sensibilidad.

La segunda lectura fue el ensayo de Zerópolis, del filósofo francés Bruce Bégout, que habla sobre la ciudad de Las Vegas. Ciudad mensaje, de régimen ludocrático y economía del despilfarro. Destinada única y exclusivamente al consumo y la diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque. Ella habita cómoda en nuestras mentes, se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades anhelan ser como Las Vegas: deslumbrantes.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), cócteles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Bégout, 2007, p.19).

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el Sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder (Horrocks, 2004). Y es más curioso que durante un tiempo miles de espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Las Vegas por su exceso de luces puede verse desde los satélites que orbitan el espacio. Es la ciudad del desierto y de la nada. Simulacro urbano que atrae con sus edificios resplandecientes, y presagia el porvenir de todas las ciudades contemporáneas. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones que le impiden tener una noción clara de dónde está.

Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer […] Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto (Bégout, 2007, p.15).

El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías que se repiten diariamente hasta el cansancio, donde lo cotidiano gira en función de una actividad ancestral: el juego.

Uno se imagina qué impresión tendría el escritor japonés, tan arraigado a la belleza espectral de antaño, si visitara la ciudad de Las Vegas. ¿Reforzaría sus creencias concluyendo que Occidente desconoce la virtud que puede encontrarse en la contemplación de las tinieblas? Creo que estaría profundamente asqueado ante tanta exageración luminosa.

Contrastar los excesos con lo precario nos hace pensar en qué tipo de equilibrio podemos encontrar en los espacios que habitamos, hablando en términos de claridad.

Me quise hacer la imagen de Tanizaki caminando atónito por el Strip de Las Vegas, agitado por la multitud que no mira por dónde camina, hipnotizada por los anuncios de neón que indican a los viajeros cómo tienen que moverse. Me quise hacer la imagen de Tanizaki entrando al Caesar’s Palace, recorriendo los pasillos llenos de huéspedes moviéndose como autómatas frente a las máquinas tragamonedas, en medio de un espectáculo electrónico repetitivo donde se pierde la noción del tiempo. Me quise imaginar a Tanizaki dirigiéndose al personal del bar del hotel buscando sake, viendo que el exceso de luz y aire acondicionado han dotado de cualidades criogénicas al personal, que parece estar muerto en vida, cerrando sus ideas con una sonrisa artificial y un have a nice day. Me quise hacer la imagen de Tanizaki contemplando fijamente la Esfinge de Fremont Street, que con su aspecto monstruoso de parodia egipcia, vigila la entrada del downtown. Ella no logra seducirlo pues él sabe que tal inmensidad solo oculta una crueldad sin límites.

Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio (Bégout, 2002, p 136).

Estas formas de mirar nos pueden servir para pensar nuestra ciudad que funciona a media máquina, en una cartografía urbana de dominios confusos y claroscuros.

La ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático, que asocia y recrea eventos de lugares que no le pertenecen. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde la velocidad y el consumo son los ritos que pretenden saciar todas las necesidades materiales y espirituales humanas. Bajo esta forma tan rudimentaria y superficial es difícil mirar la ciudad de otra manera. Es fácil perderse en la luminosidad de las apariencias o el terror de la oscuridad.

El ejercicio más complejo es pensar nuestra ciudad sopesando los extremos entre la oscuridad y la luz. La carencia y el despilfarro sin duda son parte de una ecuación para explicar la incógnita de lo que ha sido y son nuestras tradiciones, y la forma con que la ciudad se nos presenta en sus edificios deformes, callejones sin salida, grietas y comas. Una mezcla siniestra de incomprensión.

Con su avasallante estética las vallas publicitarias, postes titilantes y semáforos miopes, iluminan, si es que pueden, algún trozo de calle o autopista. Los espacios lumínicos fragmentan y restringen nuestros movimientos, entre los lugares posibles para estar y los que por la falta de luz nos advierten de posibles peligros. Nuestra ciudad con sus rutinas particulares no está exenta de los cambios drásticos propiciados por la aceleración de las cosas, ni el reemplazo de nuestra cultura de memoria urbana por una de consumo instantáneo, que no sabe de virtudes ni gradaciones.

De cualquier manera, tal vez un ejercicio de alto grado, sea aprender a mirar y movernos por nuestra ciudad con cierta reflexión y cautela, como Tanizaki en Las Vegas.

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

Bégout, B. (2007). Zerópolis. Barcelona: Anagrama.

Horrocks, C. (2004). Baudrillard y el milenio. Barcelona: Gedisa.

Tanizaki, J. (2016). El Elogio de la sombra. Caracas: Bid & Co. editor.

 

Zerópolis

Hay que escribir sobre un libro que nos guste. Quiero convertir esta activad en un hábito de mayor seriedad. Siempre al terminar un libro se puede llegar a tener una sensación de alivio, una alegría muy personal, de plenitud porque tal recorrido lo vamos a conservar siempre. Eso depende si el libro resultó ser de nuestro agrado. Creo que he tenido la suerte de haber disfrutado todos los libros que han llegado a mis manos, salvo contadas excepciones, pero eso no es algo que tenga que escribir. Más que una reseña lo que uno puede hacer es hablar de su experiencia con el libro. No pretendo hacer una crítica literaria. Solo compartir mi vivencia personal como lector.

Después de casi tres años de búsqueda pude disfrutar de la lectura de un ensayo de Bruce Bégout: Zerópolis (Anagrama, 2007). Quizá uno de los mejores libros que leí este año. Creo que cumple con un tipo de libro que puede ser recomendado para todos: es corto y se lee muy rápido, pues se trata de un libro que dentro de la sencillez de su prosa expone grandes complejidades desde un enfoque poético, muy al estilo de una referencia literaria cercana: Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. El autor parte de un enfoque fenomenológico, una filosofía de la experiencia para exponer una visión de la ciudad de Las Vegas: «superpotencia del consumismo frenético, emblema del entretenimiento pueril, templo de la tiranía ludócrata…un simulacro urbano inmenso y hueco».

El estudio fenomenológico de la ciudad de las Vegas es un punto de apoyo para reseñar cualquier ciudad contemporánea. Las Vegas se alza como referencia máxima y final de todas nuestras ciudades modernas en su posible último estado, que raya en el paroxismo de las experiencias sensitivas y simbólicas, la exaltación exagerada de una parodia urbana. Las Vegas se presenta como una ciudad en medio de la nada, construida en medio del desierto expresa el sentido megalómano de los hombres por levantar cosas desde la nada. Ozymandias.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), coctéles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Pág.15)

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder. Y es más curioso que durante un tiempo miles espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Ciudad de régimen ludocrático. Destinada única y exclusivamente al consumo de diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. «Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque». Ella habita cómoda en nuestras mentes, y se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades aspiran ser como Las Vegas.

No estoy seguro de que si me quedara aquí durante meses, recorriendo la ciudad hasta sus más minúsculos intersticios, participando en todos sus eventos festivos y oficiales y nutriéndome sin moderación de sus baratijas irrealistas, llegaría a aprender algo más de lo que me han revelado mis primeras impresiones. Sofocadas las sensaciones violentas de las primeras horas, la ciudad se agota rápidamente. Además de los casinos y de los hoteles temáticos, pocas cosas hay para ver y menos aún por hacer. Todos los espectáculos se parecen en el fondo: variaciones alrededor de un parque de atracciones. Desde luego, no faltan las solicitaciones de toda clase. En cada recodo de la calle, los ganchos al servicio de los inmensos complejos de diversión que colindan con los casinos que proponen excursiones en barco al alba, fugas en diligencias de la época del Oeste perseguidas por una horda auténtica de apaches pintarrajeados, abigarrados y gritando como debe ser, o el descubrimiento aéreo del Gran Cañón en helicóptero, incluido desayuno con champán al borde de la sima, pero finalmente todo conduce a impresionar sin descanso en todos los sentidos hasta provocar una sensación de absoluta estupefacción (Pág. 59)

Es la irritación del instante. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones  que le impiden tener una noción clara de dónde está caminando. «Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer» (Pág. 81). El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías infinitas, donde todo gira en función de una actividad ancestral: el juego.

La experiencia lúdica y social propuesta en Las Vegas, con sus atracciones y sus espectáculos, sus casinos y sus cabarets, apenas cuentan en una vida. Una excitación pasajera de los sentidos, un frenesí de consumo de olvido que desemboca muy pronto en una náusea tenaz. Pero resulta significativo que, a pesar de su capacidad de hastío vertiginoso, la ciudad que nunca duerme logra siempre seducir de nuevo a los humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas. Después de todo, parece satisfacerse con ese estatus de ciudad superficial y hueca. Aunque es preciso añadir que ha construido todo un imperio sobre ese vacío. (Pág. 36)

Podemos pensar que la ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde el consumo desmedido es la práctica religiosa que logra saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Donde las instituciones y tradiciones particulares o colectivas pueden ser llevadas a niveles de fetichismo y degradación. «Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto» (Pág.15). La cultura del cinismo que vivimos actualmente la podemos explicar en esta ciudad. Ella se extrapola a todas las ciudades que pretenden también superar sus propias distopías. Parte de la vida en la ciudad consiste en la idea de que uno se mueve con cierta libertad, cuando realmente la lógica de la ciudad es que está diseñada para conducirnos de forma totalitaria. El libre albedrío no existe.

La ilusión devora la realidad, el engaño jovial y colectivo se convierte en solidez y materia, pues, no hay duda, las atracciones existen. Ésa es precisamente una de las fuentes de placer de la fantasy en sí misma: pasa por verdadera. La ciudad juega tanto con sus propios espejismos que lo mantiene a distancia con una suerte de ironía trágica…la ilusión vampiriza la realidad o bien la realidad, nacida de la ilusión, desprecia todo artificio que no esté a la altura de su propia irrealidad. Expresado de otro modo, podría decirse que la verdadera quimera contenida en Las Vegas es la propia ciudad en sí misma y no los múltiples artificios que la componen. (Pág. 25)

La particularidad que tiene la Torre Eiffel es que puede verse desde cualquier parte del mundo. Así como París se convierte en un emblema de la modernidad, Las Vegas se convierte en un emblema de la banalidad. Y sin embargo esto no quita que la ciudad con sus propuestas nos resulte fascinante y nos idiotice con todas sus opciones estrafalarias. Parada obligatoria dentro de nuestro itinerario de viajero, de turista de imágenes, que contempla todo desde una sensación de benevolencia inducida por la misma idea artificial que sugiere el espacio.

Visitaremos Las Vegas como visitamos el Louvre o la National Gallery, con el mismo respeto exagerado por el genio de nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que Las Vegas será su propio museo a cielo abierto. Nos inclinaremos hacia las vitrinas que reunirán las reliquias centelleantes que la sociedad del espectáculo de finales del segundo milenio dejó tras de sí…Todos los museos del mundo querrán desarrollar su propia colección de tubos de neón y letreros luminosos, poseer su sección con el sello Las Vegas, prolífica en máquinas tragaperras, en surtidores de estuco rosa caramelo, en puertas cocheras gigantes, como otros poseen su sección copta o fenicia…Al atravesar a paso las inmensas salas subterráneas de los casinos, al seguir hasta el final los múltiples espectáculos de luz y sonido, el echar un vistazo por doquier y sin tregua, a veces se tiene la impresión de que, tras la agitación incontrolable de Las Vegas, la momificación museística ha comenzado ya. (Pág. 75)

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación americana quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. O como habrá dicho Umberto Eco en su Estrategia de la Ilusión, con relación a los museos: «donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y donde la mentira se goza en una situación de “pleno”, de horror vacui» (Pág. 20). Eco hace una mención en relación en un apartado del libro que habla de la Ciudad de los autómatas. Las Vegas

posee una arquitectura totalmente artificial, que ha sido objeto de estudio por parte de Roberto Venturi, como un hecho urbanístico enteramente nuevo, una ciudad «mensaje», hecha toda de signos, no una ciudad como las demás, que comunican para poder funcionar, sino una ciudad que funciona para comunicar. (Pág. 61)

Las Vegas como gran espacio museístico del entretenimiento nos da la oportunidad de conectarnos con un pasado mágico sin tener que dejar de estar aquí. Es en principio la experiencia que brinda el museo. La repetición de la ciudad nos da la sensación de vivir atrapados en un loop eterno. Es llevar la rutina mecanizada hasta sus últimas consecuencias. No one does it better, cita el epígrafe de uno de los capítulos de Bégout, titulado Urbanidad Psicotrópica:

El terreno de juego de América. Antiguo lugar de la famiglia, Las Vegas se ha convertido en algunos años en el espacio favorito de las familias americanas. Vienen esencialmente al desierto de Nevada para divertirse un buen rato, para recibir, ellas también, algo de «polvo de neón» que produce el brillo de la vida y constituye, al final, hermosos recuerdos. La ciudad misma no es más que un gigantesco y continuo espectáculo. La tarjeta postal ha acabado absorbiendo toda la realidad y la ha expelido poco tiempo después como una papilla de iconos psicodélicos para la clase media: sensaciones extremas pero obtenidas por medios legales, seguros e inofensivos. Un trip en el Strip pero dentro de los límites de lo lícito. La aventura extrema sin peligro, la excitación total sin la angustia y el escalofrío absoluto sin el miedo; he aquí, en definitiva, la última discriminación social que ha producido América. (Pág. 64).

Libro de desencanto. Disección urbana. Zerópolis le ofrece al lector una visión perturbadora de aquella ciudad que por sus luces amontonadas puede verse desde el espacio. Es un libro que siempre su relectura parece decirnos algo distinto. El estado final de nuestras fantasías está en los contrastes oscuros de nuestras ciudades parque, todas buscan parecerse a otras, y en esa búsqueda de identidad los habitantes también encuentran el refugio en la diversión y en los enigmas que aguarda cada lugar. Libro altamente recomendado. Espero que esta reseña sirva como incentivo. Comparto con ustedes este cierre del libro titulado Vegas Vickie:

Con la regularidad de un metrónomo, la mujer de acero y de neones, la cowgirl ceñida en su sostén fosforescente, levanta la pierna eléctrica cada treinta segundos. Con sus ojos envueltos en oropel provoca a los transeúntes, que miran de reojo bajo sus faldas para ver si oculta algunas monedas que les permita recuperarse. Alta como un edificio parisino de cinco pisos, coloso femenino erótico-robótico, lanza guiños a la ciudad entera; puta celeste y mecánica que, al llegar la noche, se engalana con halos multicolores y calienta el propio desierto con sus maneras de chica fácil.

Con constancia, la Esfinge de Fremont Street vigila la entrada del downtown. Pero no debemos engañarnos: su aspecto seductor oculta una crueldad sin límites. Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio. (Pág. 136)

zeropolis

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bégout, Bruce. Zerópolis. España, Anagrama; 2007

-Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012.

-Horrocks, Christopher. Baudrillard y el milenio. España, Gedisa; 2004