La calle de los hoteles

“Most of life is so dull that there is nothing to be said about it, and the books and talk that would describe it as interesting are obliged to exaggerate, in the hope of justifying their own existence. Inside its cocoon of work or social obligation, the human spirit slumbers for the most part, registering the distinction between pleasure and pain, but not nearly as alert as we pretend. There are periods in the most thrilling day during which nothing happens, and though we continue to exclaim ‘I do enjoy myself’ or ‘I am horrified’ we are insincere. ‘As far as I feel anything, it is enjoyment, horror’ – it’s no more than that really, and a perfectly adjusted organism would be silent.”

E.M. Forster – A Passage to India

Hace un par de días estuve en el bar “La Barquita”, un anexo ubicado en un hotel asqueroso por Plaza Venezuela. Había quedado encontrarme con un tal señor Mendoza para entregarle un pedido cuyo encuentro se había postergado por tres meses a causa de la pandemia: Historia Natural, de Plinio el Viejo, dos tomos, biblioteca básica Gredos, tapa dura azul oscuro, dos mil uno. Aburrido pedí una Zulia. Agradecí que estuviera en una temperatura adecuada, una temperatura ideal para tomarse una birra decente en un espacio desolador como ese bar, que tenía el descaro de tener un letrero en la entrada que decía Lujoso Ambiente Familiar en letras de caligrafía palmer. Horrible, una estética condensada de un país que afortunadamente ya no existe.

La tipografía freudiana me trasladó a rincones oscuros de mi infancia, cuando intentaron en más de una ocasión obligarme a escribir con la mano derecha porque no era cosa digna de dios ni de dioses hacerlo con la izquierda. Contra todo pronóstico, gracias a la gestión de un papa alemán pederasta, se derogó aquel presupuesto medievaloso y se concluyó que a fin de cuentas los zurdos no tienen inclinaciones malignas. Quizá genocidas y megalómanas, pero nada de rastros infernales designados por un prejuicio divino. Al fin y al cabo todos somos malos, por lo tanto no podemos prescindir de las máscaras, del selfie, los estados, las apariencias líquidas, del azúcar y los amantes.

“Digamos la verdad: la tierra nos proporciona el remedio de los males, nosotros lo convertimos en el veneno de la vida” (Plinio el viejo).

La vida personal no tiene mucho para mostrar. Exageramos sobre aquello que consideramos de cierto interés solo para hacer alarde de una vanidad temporal: volver interesante algo que en definitiva no lo es: nuestras rutinas, los precarios logros, el pésimo sentido del gusto, nuestro ensombrecido ego cargado de filtros y fondos musicales, patético; pero eso no es lo importante, cada quien hace lo que quiera, no obstante ahí está el meollo del asunto, la costra deliciosa de la vida. Me interesa más eso que se oculta en las falsas maniobras, en la interacción excesiva, la realidad omnipresente: la del ser humano sufriente. Aquel “incapaz de vivir con plenitud, incapaz de lanzar por la borda los problemas autocreados, incapaz de ponerle fin al dolor; el ser humano víctima de su propia psique, de sus opiniones, sus ideas, sus prejuicios; el ser humano ahogado por su miedo –el telón de fondo real de su vida–; el ser humano crucificado por su existencia mecánica, vivida como repetición, llena de rigideces; el ser humano, que “proyecta” su angustia en todo lo que hace, creando división, sufrimiento, agonía; el ser humano atenazado por sus propios productos: odio, afán de notoriedad, deseo de poder, todo para no verse y para sentirse y para compensar su poca importancia en el cuadro de las cosas; el ser humano consciente del desastre que ha creado y sigue creando, pero como imposibilitado para detenerse”(Cadenas).

Así esperaba a Mendoza, retomando con tal grado de obsesión los temas triviales de una práctica pasajera. Era muy claro que el ambiente del antro me había alterado los estados de ánimo. Se había ido el año, pensaba, y ha sido todo un tanto espantoso pero muy grato. Las mejores anécdotas se resumen a encierros y lecturas, a una forma de trabajo esclavista, de tipo yo elijo mi horario pero apenas soy dueño de mi circunstancia. La universidad me enseñó unas cosas puntuales que en el mundo real no me sirven de mucho. “En la facultad nos enteramos de que estamos hechos de defensas, escudos y armaduras, de que somos ciudades cuya arquitectura se limita a murallas, torres y fortificaciones: un país de búnkeres” (Tokarczuk). No podemos aplicar nuestras lecciones de anatomía sin caer mal a los que conducen su destino con mediocridad. No se vive de las palabras ni mucho menos de las ilusiones que provienen de ellas.

Abrí al azar una página de Historia Natural porque no podía conformarme solo con pensar acerca de lo triste que es confundir la zurdera con un estado fijo del alma, una tendencia de la época que arrasó con la fiesta del pensamiento. “Advertimos por las tempestades que ha pasado una constelación, y no solo por las lluvias y las tempestades sino por otros muchos síntomas en los cuerpos y en el campo. Hay personas que resultan afectadas por el efluvio de la constelación, otras sufren en determinados momentos perturbaciones del intestino, músculos, cabeza y mente…Desde luego ya personas muy perspicaces averiguaron que por la influencia de la luna aumentaba y luego disminuía el tamaño de las ostras, de los moluscos y de las conchas en general, incluso los lóbulos del hígado de los ratones de campo respondían al ciclo de la luna y hasta un bicho minúsculo como es la hormiga notaba los influjos del astro”(Plinio el viejo).

¿Cuántas constelaciones de estrellas se han extinguido sin saberlo a razón de tantas destrucciones? Tal vez en la academia nos enseñan a desarrollar retóricas sobre esta serie de gestas, pero apenas nos dan tips para evadir o acometer con inteligencia los problemas más simples de lo recurrente: el peso variable de la existencia, el valor de nuestro conocimiento. Deberían proponer materias optativas donde enseñen a la gente a vivir estoicamente. La experiencia universitaria terminó siendo para mí una decepción. Debe ser por eso que muchos terminamos haciendo algo muy distinto a eso que durante mucho tiempo nos estuvimos preparando para ejercer. Vendo libros ahora de manera aficionada. No sé hacer otra cosa.

Hay una amargura mercantil en el hecho de terminar vendiendo tus libros. Esto claro, lo estuve pensando mientras esperaba al tal Mendoza, tomando mi Zulia a una temperatura adecuada, evadiendo que el haber estado allí en ese bar fue más por una búsqueda de emprendimiento que por un gusto sostenible: de que estoy desempleado, así que soy mi propio jefe. La única forma de sobrellevar la miseria diaria de izquierda es vender libros. Ser librero es un oficio ambidiestro y camaleónico, errante si no tienes local fijo del cual jactarte, al menos uno que te pertenezca de manera legal, sin la necesidad de ir buscando clientes fijos por WhatsApp o vías clandestinas, de boca en boca, como si lo que ofrecieras se tratara de potentes ácidos, como el libro de Plinio el Viejo, Historia Natural.

Había terminado la cerveza cuando se acercó a la barra un tipo que no era ni joven ni viejo. Asumí que era Mendoza. Dijo mi nombre y asentí. Nos presentamos formalmente, en el gesto tácito que no permite mayor extensión acerca de lo que en realidad somos. No me gusta quedar en hacer una cosa en dos lugares distintos el mismo día, dijo Mendoza, prefiero unir los asuntos en un mismo sitio por un tema de circunstancias. Usted comprenderá, el hotel es la razón principal de que usted esté aquí. Lamento haberlo hecho esperar tanto. No se preocupe, le dije mientras me daba cuarenta dólares en cuatro billetes de diez y se llevaba los libros. Afuera del bar dos mujeres escotadas y gruesas esperaban fumando.

¿Tienes más libros de Gredos a la venta?

Creo que sí, las Elegías de Propercio y otro de Lírica griega Arcaica ¿Le interesa alguno?

Ambos. El de lírica griega es interesante, en particular cuando hablan de Estesícoro, el poeta que contaba historias en las fiestas, fundador de la lírica coral internacional, puente que une los relatos épicos de Homero y Hesíodo, fue un poeta prolífico. Pero por los momentos me inclino más por las Elegías de Propercio. Es un libro raro y hermoso, difícil de encontrar: “¿Qué hombre cumple las promesas hechas en medio de la tempestad, cuando a menudo en el puerto flota un barco destrozado?” Sabes, el barco es el amor, todo lo que naufraga termina, incluso antes de haber empezado, no sale del puerto ni siquiera antes de emprender una tormentosa travesía, por eso a veces ciertos hombres sufren tormentos de amor en tierra y se vuelven locos. “¡Maldito el primero que equipó una nave con velas y se abrió camino contra la voluntad del mar!”. Me sé de memoria algunos versos. Sobre la primera maldición y la invención, protos heuretés, hay una larga tradición literaria sobre la navegación. Tienes a Sófocles con su Antígoga, las Odas de Horacio, la Medea de Séneca, las Silvas de Estacio…En fin, disculpa, ya no quiero quitarte más tiempo. Me están esperando. Quedamos pendiente con Propercio.

No supe qué responderle a Mendoza, lo único que pude decirle fue que por las Elegías podía ofrecerle un descuento, pero que el próximo encuentro no fuese en el bar de un hotel. Se negó ante esta condición. Dijo que solo en lugares así estos negocios tenían sentido. Se iba alejando a la puerta y las mujeres se palpaban sus robustos cabellos con ansiedad de rutina. Entienda mi preferencia a estos lugares desiertos y silenciosos para el lamento, decía. “Aquí se puede dar rienda suelta sin castigo a las penas calladas, con tal que solo las rocas puedan guardar el secreto”, le dejo esa última de Propercio. Feliz año.

Al salir se llevó a las dos mujeres en cada brazo extendido, en la entrada del hotel vi cómo le frotaba las nalgas a la que estaba a su derecha mientras ellas se meneaba con una lentitud que me dio hasta envidia. Tenía hambre. Pagué la cerveza y salí de la Barquita. Afuera la calle de los hoteles estaba como siempre, indiferente y cómplice. El cielo anunciaba un tiempo de lluvia.

El penúltimo día del año. Había olvidado ponerme el tapabocas. Me dio igual. En el camino estuve pateando una lata de soda. Llegué a la conclusión de que no tenía una vida interesante, con mayor razón debía volver a la calle de los hoteles, y que además si quería saber más sobre temas de navegación tenía que leer con más cautela a los griegos y latinos. Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir. Desde las alturas siempre hay alguien observando. Hay que seguir construyendo.

«El hombre que imagina que a la deidad sus obras se le ocultan, cierto se engaña» (Píndaro).

Caracas, 30 de diciembre de 2020

Alexander JM Urrieta Solano

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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