La isla, mi ciudad

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“La actualidad no tiene esperanza, y la actualidad no tiene futuro: el futuro será exactamente de nuevo una actualidad.

Estaba tan asustada que había permanecido todavía más quieta dentro de mí. Pues me parecía que finalmente iba a tener que sentir.”

Clarice Lispector

Estaba muy cansada del trabajo. Creo que una de las cosas que se me hace más difícil es mantener la compostura. Transmitir esa mirada tranquila frente a las personas que me quieren.

Quiero dar la impresión de que siempre conservo la calma y que soy fuerte, que puedo maniobrar en cualquier tipo de situación extrema. Aunque en realidad, son más las veces que me desmorono por dentro que las que puedo demostrar al exterior con franqueza.

Siempre sucede algo, como que al final de cierto punto, algún percance o situación trivial nos termina quebrando, y una se pone a llorar a cántaros en alguna soledad de vagón de metro, regresando de algún sitio agitado. En medio de los ruidos molestos y ese ambiente de asfixia general de roedores humanos, de personas agotadas como yo, con las mismas ganas de volver a sus casas. Tomar la ducha fría, si por suerte se tiene agua.

Vivir en Caracas me ha servido para refinar un tipo de silencio que me hace sentir distinta.

Me cuesta darme a entender. A veces para economizar palabras cambio algunas emociones por signos. Un ejercicio que cuando no es absurdo es indispensable para combatir el aburrimiento. Es como si se tratara de un juego personal, una especie de trama donde registro un lenguaje esotérico que me sirve para lidiar con mis rabias y tristezas, de sentirme siempre otra, de que me haya acostumbrado a sentirme cada vez más irreal.

Toda mi vida aprendí a verme con otros ojos. Y esto lo fui comprendiendo cuando empecé a sentir esos cambios toscos en mi cuerpo. Y ese ritual familiar donde cada miembro cercano empieza a decirte cómo tienes que asumir esas transformaciones. Esa obligación de tener que siempre ser linda, de llamar la atención a los hombres, como si en algún punto pasara de ser una niña a una valla publicitaria que pide una atención desenfrenada. Atención que a estas alturas de mi vida no me interesa.

Hay una especie dolor general que he sentido en mi generación. Es como si en la ciudad solo hubiese aprendido a tener miedo de todo lo que no soy

Me molesta a veces que muchos hombres, que corresponden a una muestra de interés, se disocien de la idea de que una mujer lea entre líneas. Quizá no he tenido la mejor de las suertes. Prácticamente he podido hacer una lista sobre las cualidades innatas de hombres que solo viven para ser modelos de lo que nunca se tiene que ser. La lectura no es un requisito, pero ayuda a descartar ciertas cosas y nos ahorra tiempo. Un amigo siempre me comenta que los hombres no sirven para nada. Ellos asumieron un compromiso para el cual ni siquiera fueron llamados.

Al comentar estas cosas siempre sale el comentario falaz de que soy feminista y que ese odio hacia los hombres no me hace una mujer accesible. Todos se van por los argumentos más fáciles de llevar. Sin escatimar esfuerzos en la inteligencia. Porque los hombres cuando piensan en estas cosas llevan todo pretexto a la potestad de mi vagina, y aparecen los contrastes de la cultura general, de las lecciones aprendidas en una pedagogía de guerra de los sexos y chistes de mal gusto, adjuntos de revistas y sopa de letras.

Están los extremos de que por mi condición pensante o soy rígida, o termino montada en un pedestal, porque mi aspiración más grande es tener a un hombre que me trate como una dama, algo que desde pequeños nos enseñaron, pero ¿acaso alguien simplemente no puede aprender a respetar al otro, sin conflictuarse por las distinciones? Esa idea me genera en primera instancia un imán de atracción.

Para desgracia de mi género, o de todas las grandes historias de las ideas que incluyen al género, los radicalismos establecen siempre las mejores definiciones en la masa ignorante. También con el tiempo me he dejado de mortificar por debatir con personas que sé que no tienen el mínimo interés por debatir, solo imponer su postura como si se tratara de una marca de refresco, postura política o creencia religiosa.

Muchas personas en su mayoría no están en la disposición de escuchar, sino que están concentradas en elaborar una respuesta mientras no escuchan. Responden en función de lo que le están diciendo, y de eso que apenas han retenido pero no comprendido, hacen de la comunicación un ejercicio que mortifica hasta las piedras.

Esas discusiones sobre mi condición femenina me tienen sin cuidado. Después de todo, una es la que tiene que ver cómo no permite que la sigan histerizando en esta ciudad, en este país, en este mundo, que gira en su propio eje y se apoya de un filoso falo, que por cuestiones alegóricas lo llaman en las mitologías como el Atlas. Otro hombre más.

Resulta todavía sorprendente para algunos hombres que una mujer lea, y que sobre todo escriba, con algunas deficiencias, todas las cosas que piensa. Este mundo de adultos y televisoras nos ha metido en la cabeza que las mujeres en primera instancia no piensan. Sobreviven gracias a su frivolidad y su insana batalla contra el tiempo, porque además tengo la obligación de mantenerme joven a los ojos de Dios y del resto de los hombres no tan dioses.

Pero es entendible. Estas prácticas son atribuidas a los hombres, porque nos han enseñado que nosotras no hacemos esas cosas, nuestras capacidades han sido direccionadas de otra manera. Como que sí. Al final esas mismas barreras de estereotipos nos dictaron lo que el mundo siempre ha sido.

Pasan los años y veo a las que por un tiempo fueron mis compañeras tan dependientes de sus parejas y sus oficios depresivos, sometidas en diversos grados a esa norma horrenda de tener que ser mujer, enfocadas en demostrar que son lindas y que aparte de eso son más felices que otras. Amigas que a pesar de tanta preparación no están satisfechas consigo mismas, no pueden concebir otra manera de mirar su cuerpo, ni mucho menos extender nuevos horizontes, porque pareciera que esa mirada masculina con la que se miden solo despierta rencillas entre ellas y nosotras, ante la broma que expresa un mundo donde tenemos que prostituirnos (de alguna manera) para que puedan tomarnos en serio.

Mientras se trata de vivir sin sosiegos, a nuestro alrededor pareciera que nunca dejamos de darle insinuaciones al mundo, plagado de malicia y lujurias.

Sobran los enfermos. Los hombres comunes e irrespetuosos, que parecen cortados de la misma tela embarrada en mierda, que pretenden que por cualquier cosa banal tenemos que abrirle las piernas, o tolerar con silencio e impotencia sus groserías al caminar por las calles.

¿Cuántas veces me he sentido violada por los relieves y las miradas de otros?

¿Cuántas veces sentí la traición de mis compañeras cuando en un consenso de vivencias una tiene que asumir la culpa de sus miserias? Aceptar que las cosas nos ocurren por ser tan putas.

Ante cualquier amenaza como mujer siempre tendré la culpa: porque estaba sola, porque nadie me mandó a estar en el lugar equivocado, todos juzgan de una forma tan severa las vidas que desconocen. Evidenciar cualquier error es una forma de ser tan vulnerable en estos tiempos de imágenes e hipocresía.

No quiero reducir estas molestias a la dificultad de ser mujer, pero si la de resaltar la idea de tener que existir en un mundo así y tener que ser mujer. No es lo mismo. Cada quien ha interpretado su reivindicación de la manera más viable posible. Muchos no entienden que el feminismo es uno de los tantos resultados lógicos de tantas luchas contra la diferencia que ha tenido la humanidad.

Todas las otredades han tenido que actuar de manera radical y desesperada porque el orden del mundo es tan sádico que no hubo ni hay otra manera de hacer las cosas. Esas reducciones de los esfuerzos por parte de las personas que adoran generalizar me indigna como ser humano. Críticas provenientes de seres insignificantes que no entienden el valor que tiene la palabra Lucha. No tengo que hacer de mi vagina una bandera cuando en toda mi esencia puedo establecer una completa batalla por mi gente. Mi dignidad, maldita sea.

Qué importante es aprender a reconocer los monstruos de las rutinas y la infancia. Eso es algo que Caracas me ha enseñado de la manera más hostil.

A veces cuesta aceptar que muchas de las experiencias giran en la mera idea causal de haber sido mujer. Y una tiene que aceptar esta tristeza de ser otra sin cuestionamiento porque en cualquier momento alguien te condecora con el título de loca, de que te falta sexo y aventuras, de que cada veintiocho días tengo que avergonzarme porque me sangra la raja.

Una no tiene que conformarse con las vacilaciones del mundo que solo te quiere meter el pene-paquete de que somos el País de las mujeres bellas. Como si solo bastara ese consuelo de reconocimiento tan superficial, de ser la Barbie idiota de mis círculos familiares y amigos, objeto de deseo y culto, pero propensa a que ante cualquier arranque de fobia pueda terminar flotando en el Guaire.

No puedo evitar pensar cuántos siglos de locura se evidencian en mi cuerpo, en mis palabras, en estas inquietudes amargas de sentirme sustancia y estar tan calmada ante tanto bochorno global, de esculturas célebres deportivas y descerebradas por la industria.

La ciudad es violenta de tantas maneras. Mi identidad es la de una máquina de asalto, una máquina de follar, hacer hijos y de propuestas carnales.

A pesar de los esfuerzos y esta sororidad que puedo compartir con todas mis amigas y extrañas, cada quien en su soledad asume una existencia vital como si se tratara de una isla. Somos un cúmulo de islas, de memorias comunes.

Estamos atrapados en esta ciudad invisible que pareciera estar gobernada por las apariencias y los crímenes. Aspiramos un aire más consistente para tener mejores ideas.

A falta de algo que ya no existe, Caracas siempre está surgiendo como banco de arena que exhibe sus ruinas, y que siempre permanece igual, indiferente a nuestros movimientos.

En ruinas como yo, que existe con orgullo visceral, en este cuerpo mío.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Se solicita redactor creativo

No me gusta mucho la idea de construir oraciones tan largas. Eso requiere de casi un dominio innato de las pausas y ritmos, ser capaz de llevar un buen hilo conductual.

Hay que ver todas las veces en que tenemos que someternos a situaciones ridículas para que tomen en serio nuestro trabajo.

Puedo decir que vivo de lo que hago, pero no necesariamente hago lo que realmente me gustaría para vivir.

Ese es el dilema de una persona que busca trabajar por su cuenta, sin sucumbir ante las decepciones diarias, ni al peso de las molestias de obligarse a superar cuanto antes esta etapa de la vida: trabajar para otros.

Sin muchas metas logradas solo puedo contar con propiedad mis temporadas en un chalet de fracasos, repleto de ornamentos y lagunas mentales. Eso también es un contenido que vende.

Siempre alguien está dispuesto a leer con paciencia nuestras penas.

Casos como la escritura pueden llevarse de forma secreta y mezquina. Solo se expone lo que se considera necesario, lo que pueda compartir con algún extraño, o mejor, lo que requiera o necesite el cliente, asumiendo el riesgo de no conseguir ninguna oferta laboral mejor que la que se tiene ahora.

Solo puedes rendir cuentas contigo mismo, y a veces nos llegamos a sorprender de cómo nos descuidamos en este proceso de (y que) superación personal. Para eso los gurús del mercado inventaron profesiones ontológicas, de certificados falsos y pedagogías piramidales, que han sido el último avance en las formulaciones deterministas de la vida.

El ser humano quiere estar cuando ya no quede nadie que pueda apagar la luz. Así de esa manera aspira el cliente que suceda con la basura contenido que uno puede producir para él: que se multiplique en la infinita red de información.

A una velocidad ultra banda ancha resulta una tarea ingrata percatarse de los detalles que nos ocurren todos los días.

Es difícil jugar a detenerse. Parece que estamos atados a un bomba que parece amenazar con estallar si dejamos de movernos en el terror cósmico del espacio.

Se vive para trabajar y exprimir lo poco que se tiene de ocio en alguna adicción suicida, ligando alguna tarea en bolsas de empleo, aceptando hacer cualquier cosa que consuma tu tiempo de una manera desconsiderada.

Adornar el paisaje corporativo para empresas fantasmas, motivadores y estafadores, aspirantes a la supremacía de las costumbres líquidas.

Tener ideas positivamente tóxicas, de esas en las que visualizas un futuro próximo, futuro que ves cada vez más lejano desde un presente asalariado, donde logras alcanzar tus sueños en estados particulares de ebriedad.

Es tanta la dicha que hasta consideras reproducirte a veces. Perpetuarte con apuesta cínica a un mañana plagado de expectativas apocalípticas.

Es un poco cínico hablar con tanta ligereza de la felicidad. Es menos riguroso hablar mal de la felicidad, por eso se trata de un hábito terrible que algunos tildan de pesimista, pero es todo lo contrarío, es una disección de las alegrías. Es como si esa obligación de ser feliz se tratara de un supositorio que tienes que usar en situaciones de quiebre emocional.

En caso de emergencia existencial rompa el vidrio. Use el rastrillo y juegue con la arena meada de su jardín zen, sin escatimar costos de producción, porque el tiempo es dinero y lo material se recupera.

La educación prácticamente es un lujo para perdedores inmersos en un mercado global que no le interesa lo que realmente eres capaz de hacer.

El cliente quiere que le escribas sobre consejos financieros para idiotas que no saben leer. Que introduzcas la palabra “linea blanca” y “la mejor compra posible” en un texto ameno de dos cuartillas. Que hable de una experiencia anónima con detergentes y lavadoras en alguna región que nunca llegaste a pensar que existía.

Que escribas sobre el desconocimiento del valor que tiene tu trabajo en el mundo real. Sin que esto suene a reclamo o frustración.

Que escribas sobre los beneficios de sonreír y descomer por las mañanas.

Traduce esto, The Human Abstract, unos versos de William Blake:

Pity would be no more

if we did not make someboy Poor; and

Mercy no more could be

if all were as happy as we.

Escribe un artículo científico sobre diagramas de fluyo. Economía de hidrocarburos, o una introducción a la maternidad subrogada.

Defiende en un texto el aborto sin levantar polémica. En otro texto puedes desvirtuar la homosexualidad y sugerir al lector que pagando una donación Dios podrá financiar la hambruna y el sufrimiento del mundo.

Es fácil y contraproducente a nuestra inteligencia, escribir para un público potencialmente idiotizado, sin ninguna contemplación insultarlo porque solo importa el contenido, que metas de forma eficaz esta palabra clave aquí y otra palabra clave por acá, para poder aparecer en los generadores de búsqueda.

Posicionar la página. Contenido de marketing sin fondo. Hazme para ya dos reseñas deshonestas de consumo de softwares que nunca en tu vida has usado. Da la idea que sabes de lo que hablas, como para dar una opinión constructiva al respecto y robarle algún segundo de tiempo a alguien sin asco. Esa es tu forma de vengarte.

Inmobiliarias. Mil quinientas palabras sobre las cosas a considerar cuando vayas a comprar una casa autosuficiente, que no le de créditos a tu inutilidad.

Cuatrocientas palabras sobre las virtudes del aceite de oliva y algunos consejos para dejar de fumar sin tener que considerar que igual te vas a morir.

Las futuras guerras mundiales serán detonadas por reclamos históricos del espacio.

Escribe sobre técnicas éticas de ahorro. Privacidad de datos del usuario, el único culpable de querer compartir cada tanto estados poco interesantes de su soledad con el mundo. Aerosoles que no dañan la capa de ozono, igual ya tiene muchos agujeros que parece un rayador que derrite los polos. Repuestos de carros, componentes para paneles solares, artículos para pescar, cosméticos para mujeres histerizadas que están decididas a nunca envejecer, a esa máscara infantil para ocultar las grietas bien merecidas en el rostro, esa lucha tan injusta impuesta hacia todas las mujeres, la educación sentimental de princesas que asimilaron la dura idea de que Salud es belleza.

Hay que estar preparado para pensar creativamente sobre un contenido aleatorio que raras veces es de nuestro interés. Sacarle la vuelta, por muy absurdo que parezca todo lo que entre líneas no llegas a decir.

Pensar en lo que no puedes llegar a escribir es una trampa. Es caer en la monstruosa idea de que solo se avecinan dificultades más grandes. Eso es una bemol del oficio que no te enseñan en los cursos de emprendimiento y mercadeo digital. En parodias sobre leyes de atracción la verdad resulta ser abismal.

Odiar el trabajo también es uno de los tantos procesos espirituales que involucra el trabajo.

Hay que dejar espacios breves entre cada idea para no saturar al lector, para hacerlo sentir que está leyendo un contenido ligero, un contenido que no lo haga pensar mucho, un contenido que desvíe sus horizontes oculares, que vectorice su atención en el tema consumista que el texto quiere transmitir.

Todo esto es necesario para entender por qué lo sigues haciendo y que de alguna manera te funciona, tener la mente distraída en una actividad netamente esclavista intelectual. Es una mierda, pero cuando pasa la rabia y recibes el pago todo vuelve a ocurrir exactamente igual al principio. Es la mecánica de la irritación. La división social del trabajo llevada a sus consecuencias más mediocres.

Las asignaciones de los clientes son sencillas y pensadas como para que cualquier personas con ciertos dedos de frente pueda hacerlas.

Mientras más vacío sea el contenido del producto más satisfecho estará el cliente.

Hay tanta gente escribiendo lo mismo tan mal que llegas a entender que dentro de este trabajo, redactando contenidos, no se buscan aspiraciones de originalidad, sino la de llenar los espacios de la red con un constante bombardeo de básicamente lo mismo.

Para evitar los romanticismos incómodos (e innecesarios) del oficio, de manera ligera le llaman Redacción de Contenido a toda producción que no aspire a ser nada.

Eso de Redactor Creativo es un trabajo que no prescinde de nada bueno. Es repetitivo, pero como todo escrito no tiene que ser parecido a lo que vienes haciendo de manera rutinaria hasta el aburrimiento. De nuevo las oraciones largas.

La clave es generar un volumen irrisorio de información. Que sienta el lector que el contenido le brinda la información necesaria, la que ha visto escrita de mil quinientas formas diferentes en páginas corporativas que posiblemente sean del mismo dueño.

Sucede en el más irónico de los casos, que la competencia de la cual te tienes que diferenciar radicalmente, resulta ser tú mismo.

Alexander JM Urrieta Solano

Amor y control

Mamá pica perejil y cebolla con una destreza digamos, casi congénita.

Papá afila sus cuchillos con la paciencia de un samurái que entre sus escamas de dragón prepara todo lo necesario para prender los fogones.

Mi hermana explica la diferencia entre un café tipo gesha y un tipo moka, de los tipos de tostión y el equilibrio entre los aromas y la acidez de un café bien preparado.

Los invitados observan a mis padres en sus maniobras a cuatro manos. Ellos preguntan de manera cordial si pueden ser útiles en algo.

Mamá pide entonces que pelen ajos y separen las semillas de café y que luego las pongan en el molino de piedra.

Otro invitado se asigna a voluntad en preparar los tragos de cada uno. El voluntario prepara cada coctel con la astucia y gravedad de un brujo.

Otro barre el espacio, como alguien decidido a combatir el cambio climático.

Hay cerveza fría en la nevera. Saca y pica hielo hasta que queden al tope los vasos que hace calor y el cielo promete lluvia.

Papá bebe whisky con un poco de agua y el amigo de infancia ron seco, su mujer, bien selectiva, pide al voluntario mojitos porque desde el primero que probó supo que todo lo hacía bien.

La casa gira en función de la comida. La cocina es el epicentro de la amistad y la tertulia.

La cocina es la medida de todas nuestras costumbres. Los rituales más importantes ocurren entre ollas, cubiertos, risas, aromas y sofritos.

Mis padres amados desterrados de Indias dan a probar los resultados de una salsa buscando sugerencias.

Un poquito más de sal para esto, algo de romero y tomillo, pica más ajo para el camarón, ya verán que todo junto queda mejor.

La cocina es pura inspiración, decía mi abuelo Cabeza de Vaca, que dedicó toda su vida a la venta de carne y se ponía detrás de la oreja una rama de ruda para la buena suerte.

Hay personas, opina un extraño, que no tienen criterio ni para comer ni dar consejos.

Ven la cocina como una actividad tortuosa que tienen que ejercer todos los días al igual que las palabras.

Todo les sabe igual, y se conforman con lo precario de sus esfuerzos al crear un plato que al menos engañe al hambre.

Uno tiene que ser puntual con los amigos que escoge. Se llega a conocer a las personas mejor comiendo y bebiendo.

Los amigos son la familia que elegimos para nuestro viaje hacia la eternidad culinaria.

Tal vez, concluye el extraño, se trate de un punto de vista personal, porque en casa mi madre me enseñó siempre que uno aprende a querer desde el estómago antes que por el corazón.

Y la lengua, dijo una amiga de años, tan importante resulta ser a la hora de pedir algo. También probar afina nuestro criterio para tomar decisiones. Cada quien con su opinión. Igual es comprensible que comer sea un acto prescindible para muchos.

Nosotros hablamos desde un romance de paladar. Es difícil, pero comer es tan placentero. Incluso siento que paso cosas por encima de este placer. Sin embargo, no tengo afán de imponerle gustos a nadie.

Esta es la forma de felicidad que elegimos como tribu, nada más.

Alexander JM Urrieta Solano

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

En el Diplomado de Edición de la Cámara Venezolana del Libro escuché por primera vez sobre Los demasiados libros, del ensayista mexicano Gabriel Zaid. Más tarde encontré el libro completo en formato digital y tomé todas las citas posibles sobre el asunto a tratar.

Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De no frenarse la pasión de publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores.

Prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin resentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan  con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: “¿ya lo leíste? ¿Qué te pareció?” –lo cual demuestra lo mismo. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser: “Regale un libro. Es como regalar una obligación”.

Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas) para acabar con la ruinosa trasmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.

La humanidad publica un libro cada medio minuto.

Se mencionó primero en una clase dictada por la directora general de la editorial Planeta, que nos hizo una introducción sobre mercadeo y formatos digitales, y en otra ocasión, en una clase sobre diseño de colecciones para una línea editorial. En otra clase sobre las diferentes rutas del libro, llegamos a Zaid porque la profesora sacó a relucir las bemoles del negocio: la crisis de las sociedades posindustriales que tienen como síntoma evidente «la producción excesiva de plástico», lo que muchos llaman producción de basura, de «anti-literatura», ese mercado agresivo de la cultura del best-seller que abarca un stock infinito de autores-marca que cada año lanzan al mercado un libro masticable, dotado de una vida escandalosa pero igual precaria, cuya fórmula mantiene cautivo y cercano a un gran número de lectores-consumidores, dispuestos a comprar «cualquier mierda que esté de moda». Si podemos también llamar mierda hasta las producciones levantadas con un grado de esfuerzo irreconocible, obras que pasan desapercibidas dentro de un mercado dominado por los oligopolios de grandes transnacionales, que ofrecen todo tipo de géneros para mantener un debate sostenido sobre qué libros son buenos y qué otros no.

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4.000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4.000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4.000 veces más que su cultura.

Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.

¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

La humanidad escribe más de lo que puede leer.

Que todo el mundo participe en una sola conversación, no la enriquece: la reduce.

Los libros reproducen la cosecha, no el proceso creador. En cambio, los discursos sembrados en la conversación, germinan y producen nuevos discursos.

Hoy resulta más fácil adquirir tesoros que dedicarles el tiempo que se merecen.

Ante la disyuntiva de tener tiempo o cosas, hemos optado por tener cosas. Hoy, es un lujo leer a Sócrates, no por el costo de los libros, sino del tiempo escaso. Hoy, la conversación inteligente, el ocio contemplativo, cuesta infinitamente más que acumular tesoros culturales. Hemos llegado a tener más libros de los que podemos leer.

Las credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber.

La letra muerta no es un mal de la letra sino de la vida.

Queremos que los libros se democraticen, que puedan ser leídos por todos, que estén a la mano en todas partes, pero que sigan siendo sagrados.

Hay formas discretas de perder el tiempo, y una de esas consiste en fajarse por querer leer lo que ha leído todo el mundo. Cuando la verdadera libertad radica en que podemos leer todo lo que nos venga en gana. Leer es un hábito de placer y libertad. Tan íntimo y personal como la masturbación. Hace ya un tiempo, en un artículo que hice sobre lectores y escritores flojos, rescaté una reflexión de Harold Bloom: nuestra selección de lecturas, a fin de cuentas, no es problema de nadie. Por otra parte, Bloom en el prefacio de su libro «Cómo leer y Por qué», dice: leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos según mi experiencia, es el más saludable desde el punto de vista espiritualLa invención literaria es alteridad, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de compresión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional.

Abundan los buenos libros que no tienen nada que decirle al gran público. En el otro extremo, hay libros lamentables que tienen públicos masivos sin que por eso sean menos lamentables. Naturalmente, hay también libros excelentes para el gran público y libros lamentables para públicos selectos.

Lo deseable no es que todos los libros tengan millones de lectores, sino todos los lectores a los cuales tienen algo que decirles.

Habría que distinguir y medir separadamente un cúmulo de fenómenos distintos en la llamada influencia del libro. Una cosa es la importancia de ciertos libros y autores, otra su renombre, otra la venta efectiva de ejemplares, otra la lectura de los mismos, otra la asimilación y difusión del contenido, otra los nexos causales entre los fenómenos anteriores (importancia, renombre, venta, lectura, asimilación, difusión) y los hechos observables en el comportamiento social.

La gran barrera a la difusión del libro no es el precio (menos aún si hay buenas bibliotecas públicas), sino los intereses y limitaciones del autor y el lector. Aun suponiendo que a todo el mundo le interese la metalurgia o el surrealismo, hay libros surrealistas y de metalurgia que no todo el mundo puede seguir sin cierta preparación. Esto reduce enormemente el público de un libro, por barato que sea.

El mundo no está esperando a ver qué maravilla escribe uno para ir inmediatamente a comprarla y leerla, aunque se trate de metalurgia, surrealismo y otros temas centrales para el género humano. Pero si no fuera por esa ilusión, más o menos narcisista, de sentirse en el centro de una totalidad que nos llama, ¿cómo iba nadie a escribir, contra todas las evidencias estadísticas?

Al autor su libro le parece central, porque lo ve situado en una totalidad que a él le permite centrarse. ¿Pero cómo puede el lector recuperar esa totalidad desde tantos centros de atención que lo solicitan? Es difícil, sin compartir en buena parte preparación e intereses.

Dentro de estos grandes éxitos comerciales están los famosos libros de autoayuda, palabra categórica que como concepto aislado carece de sentido, pero que tampoco puede desviar los objetivos principales de las editoriales: el negocio.

Muchos compañeros de clase, al escuchar la palabra Auto-ayuda, cambiaron sus miradas para encontrar un reconocimiento común en el desprecio de aquellos libros que nos dan herramientas para ser felices, o para mejorar en algunos aspectos emocionales o financieros. Como si tal desprecio a ciertos títulos pusiera también en evidencia una petulancia lectora, porque hay libros cultos y otros no, y es claro que yo leo los mejores libros, por supuesto. Una trivialidad si hablamos de preferencias en la vida común, pero que resultan ser un grave error si aquel que desprecia pretende hacer vida dentro de la industria de los libros. Por otra parte, basta con hacer un pequeño ejercicio de reflexión sincera para saber si uno se puede considerar un lector, de la misma manera que puede considerarse un buen ladrón, un buen hijo o un buen actor.

Eso me llevó a pensar en las diferentes problemáticas que podemos tener como individuos, metidos en una gran bola de carne llamada sociedad. De manera inevitable pensé en el estado en que la Universidad gradúa todos los años profesionales que en su mayoría resultan ser recursos humanos capacitados para producir dinero, pero con claras deficiencias que pasan desapercibidas porque tampoco son tan importantes, como la de padecer analfabetismo funcional. El profesional sabe leer y escribir, pero no asimila ni procesa nada de lo que adquiere.

Esta crisis que tenemos, además de ser un dilema de irritación de los sentidos, puede también abarcarse desde la premisa de que somos una sociedad que sabe leer pero que muy pocas veces logra comprender e interiorizar lo que lee. Eso explica, de una manera muy somera, la poca amplitud reflexiva que podemos llegar a tener sobre lo que puede acontecer en nuestra rutina diaria, porque divagamos en lo obligatorio de los pensamientos positivos, o la misma exigencia de la realidad donde se tiene que lidiar con el costo de la vida. Nos mantenemos ocupados en tantas cosas que raras veces podemos tener un espacio ideal para dedicarnos a nosotros.

Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población no son grandes lectores. ¿Y si las masas universitarias compran pocos libros, para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo y precio excesivos?

El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer.

Pasan los años, y la experiencia profesional y de la vida pueden hacer madurar a la persona, hasta en relación con el lenguaje, y se tiene gente universitaria que se desenvuelve con eficacia razonable en el orden profesional, que es capaz de sostener una conversación de cierto vuelo, pero que coge un libro y no sabe más que ir a ras de tierra, arrastrándose tortuosamente entre el follaje inabarcable de un golpe, desde su visión de reptil. ¿Y a quién le gusta sentirse un reptil, sobre todo si tiene la experiencia del vuelo inteligente en el orden oral?

Ese disgusto natural acentúa la diferencia entre el lado oral desarrollado y el lado escrito subdesarrollado; condena la lectura de libros al círculo vicioso del estancamiento. La persona no lee libros porque nunca aprendió a leerlos, porque nunca “les dio el golpe”, porque nunca les encontró el gusto, por lo cual nunca le gustarán. Y como, además, para tener éxito profesional y ser aceptado socialmente y ganar bien no es necesario leer libros…

La gran barrera a la difusión del libro está en las masas de privilegiados que fueron a la universidad y no aprendieron a leer un libro.

Los graduados universitarios tienen más interés en publicar libros que en leerlos.

Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad.

Una premisa común que no se dice en voz alta. La exposición altanera de los capitales culturales, que igual no beneficia ni empobrece a nadie. A veces es patético cuando te das cuenta que hay tanta información circulando, y andas tú todo contento conforme con lo poco que tienes, que no sabes, no te das cuenta que como lector (supuestamente tan bueno como te crees que eres) pudiste haber pasado tu vida sin haber aprovechado el tiempo, leyendo quizá otras cosas no tan productivas pero que igual te gustaban, lo suficientemente buenas para expandir tu mundo hacia otros mundos, o lo terriblemente malas como para mantener el perfil de un consumidor por inercia, puliendo algún prejuicio estúpido de que eres un lector de lomito fino, de algo bueno (pero que no es así), porque caes en la falsa idea de que aquello que eliges lo sustentas con un criterio frágil y susceptible a cualquier opinión proveniente de cualquier parte.

El costo de leer se reduciría muchísimo si los autores y los editores respetaran más el tiempo del lector.

Llega a suceder que un libro de poemas venda millones de ejemplares.

Pero lo más común es que un libro de poemas venda menos de mil ejemplares.

A medida que aumenta la población universitaria, no aumenta el número de los que leen, sino de los que quieren ser leídos.

El narcisismo compartido del “si me lees, te leo” degeneró en un narcisismo que ni siquiera es recíproco: no me pidas atención: dámela. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas de leer lo que púbicas; quiero tu tiempo, tu dinero, tus ganas de leer. No me aburras con tus cosas, dedícate a las mías.

Una solución de welfare state sería crear un servicio nacional de geishas literarias, con maestría en letras y psicología autoral, que trabajaran a tiempo completo en leer, escuchar, elogiar y consolar a todos los autores no leídos.

La mayor parte de los libros nunca se comentan, nunca se traducen, nunca se reeditan. Se venden (si se venden) como novedad, pero después de la escasa venta de salida no hay venta de reposición. Quedan (si quedan) en las bibliotecas de los amigos, en algunas librerías de saldos, en algún registro bibliográfico, no en la Historia Universal.

Pero tú sigues escribiendo libros.

¿Qué paternidad es más irresponsable? ¿La del que quiere perpetuar su nombre en hijos o en libros?

Tu libro es una brizna de papel que se arremolina en las calles, que contamina las ciudades, que se acumula en los basureros del planeta. Es celulosa, y en celulosa se convertirá.

Hay más libros que estrellas en una noche en alta mar.

¿Cómo puede un libro, entre millones, encontrar sus lectores?

Tú te puedes hacer la idea que más cómodo te haga sentir contigo, después de todo, pensar demasiado es una molestia que puede evadirse de infinitas y gratas maneras. Total el cliente/lector siempre tiene la razón, claro, y con esa fuerza de consumidor nos podemos considerar superiores o poco lectores, porque podemos irnos a los extremos: sobreestimar o subestimar nuestras lecturas, y bajo esas pequeñas escalas personales, que bastan para cosas triviales pero que por igual no sirven para todo, juzgo a los demás, juzgo a todo lo que sea ajeno a mi parcela de ideas, juzgo al mundo de plástico cuando apenas sé leer y escribir.

Tú te puedes hacer la idea de que esto consiste en un negocio redondo, que no se ajusta de ninguna forma al criterio individual. Se trata de un riesgo, igual sometido a toda clase de pérdidas. Si no se es lo suficientemente abierto y activo a toda clase de propuestas, es mejor dedicarse a labores menos infames, donde no se juegue el destino del bolsillo ni el tiempo de la gente. En eso consiste este negocio, y para ser un buen editor, corrector, librero, o escritor, ante todo hay que ser un lector insaciable. Leer todo lo que caiga en nuestras manos, ya sea por azar o sugerencias. Ambas entradas son valiosas. Antes que divulgar nuestros gustos, resulta más nutritivo averiguar qué es lo que le gusta a los demás. Conocer los hábitos y posibles indicaciones de otros, para así también hacernos una idea de lo que posiblemente esté buscando la gente. Esa es la virtud más grande que puede tener un lector. O es lo que en mi opinión define a los grandes lectores: el espíritu inquieto…sense of inquisitiveness.

La amistad con un libro puede surgir por un accidente afortunado y extenderse a otros libros mencionados por el autor. O por el testimonio de amigos o personas con autoridad intelectual que contagian su entusiasmo por un libro, o apoyan el entusiasmo del joven lector: Si te gustó ese libro, estos otros pueden interesarte.

A los lectores (ya no se diga a los autores) nos molesta no encontrar los libros que quisiéramos ver: precisamente ahí, en el momento.

No es fácil adivinar en dónde sí o en dónde no va a producirse el encuentro feliz para el lector, para el librero y para el editor.

El librero imagina las constelaciones de libros ideales para sus clientes y va creando un perfil que atrae a clientes con expectativas afines.

Las probabilidades mejoran por la claridad del perfil, por la diligencia y puntería del librero, por el tamaño del conjunto.

Cada lector es un mundo: no hay dos bibliotecas idénticas. El número de libros es prácticamente infinito, pero los recursos del librero son finitos. Las probabilidades de asignar recursos a un conjunto de libros que nadie va a pedir son muy grandes. Por eso, las librerías son negocios difíciles.

Paradójicamente, los ejemplares sin movimiento del editor y la librería se contabilizan como activos en el balance financiero. Los árboles convertidos en basura se contabilizan como crecimiento económico. Los libros mediocres, innecesarios o francamente malos cuentan como créditos académicos para el capital curricular de los autores y las instituciones.

La experiencia editorial demuestra ampliamente qué fácil es equivocarse al juzgar un libro, tanto en sus méritos literarios como en su potencial vendedor.

Independientemente de las circunstancias tecnológicas y económicas, los lectores en acción (los mediadores) que intervienen para que se produzcan los encuentros felices seguirán haciendo la diferencia entre el caos que inhibe y la diversidad que dialoga. La cultura es conversación, y el papel de los mediadores es organizar la conversación, hacer que la vida del lector tenga más sentido, por el simple hecho de encontrar el libro que necesitaba leer.

Cuando la edición de libros se mira como un negocio podemos ver las cosas de una manera más rentable. Antes que despreciar todos esos libros que parecen rayar en un género de tontologías, debemos pensar primero que son buenos porque se venden mucho y muy bien. Son libros que cumplen su función porque no le piden exigencias mayores al lector. Logran su cometido de la manera más eficaz posible. Que se pueda pensar que esos libros no lleven a otra parte porque el plástico solo lleva a plástico es otra cosa, no es asunto que le interese a las editoriales. Considerando, además, que gracias a la venta exagerada de todo ese plástico se garantiza la quincena de los trabajadores. Un punto válido. Sumamente importante.  Hay que tomar en cuenta que es gracias a ese plástico quizá que las casas editoras puedan costear títulos que para algunos lectores exigentes son de lujo y difíciles de realizar.

El libro ha sido precursor de prácticas industriales y comerciales que se extendieron por el mundo de los negocios. La imprenta anticipó la producción repetitiva. Los libros estuvieron en la vanguardia de las ventas por suscripción, de las ventas por correo y de las ventas en línea.

Los buenos escritores, traductores, críticos, maestros, editores, correctores, tipógrafos, libreros y bibliotecarios suelen empezar como buenos lectores. Su afición los lleva a los oficios del libro, donde se ponen al servicio de la comunidad lectora según sus gustos y oportunidades. No hay un centro que coordine la división del trabajo comunitario, sino una especie de anarquía creadora, movida por iniciativas diversas y dispersas.

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Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. España, Anagrama; 2002

-Zaid, Gabriel. Los demasiados libros. México, Random House Mondadori; 2011

«La verdad es precisa, como la circunferencia de cristal que mide el tiempo de las estrellas. Una leve distorsión y todo se ha perdido. Mentir ya no es una alteración ética, sino una falla en una especie de máquina de vapor del tamaño de esta uña. Quiero decir…la verdad es un artefacto microscópico que sirve para medir con precisión milimétrica el orden del mundo.»

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Ricardo Piglia – La Ciudad Ausente 

Zerópolis

Hay que escribir sobre un libro que nos guste. Quiero convertir esta activad en un hábito de mayor seriedad. Siempre al terminar un libro se puede llegar a tener una sensación de alivio, una alegría muy personal, de plenitud porque tal recorrido lo vamos a conservar siempre. Eso depende si el libro resultó ser de nuestro agrado. Creo que he tenido la suerte de haber disfrutado todos los libros que han llegado a mis manos, salvo contadas excepciones, pero eso no es algo que tenga que escribir. Más que una reseña lo que uno puede hacer es hablar de su experiencia con el libro. No pretendo hacer una crítica literaria. Solo compartir mi vivencia personal como lector.

Después de casi tres años de búsqueda pude disfrutar de la lectura de un ensayo de Bruce Bégout: Zerópolis (Anagrama, 2007). Quizá uno de los mejores libros que leí este año. Creo que cumple con un tipo de libro que puede ser recomendado para todos: es corto y se lee muy rápido, pues se trata de un libro que dentro de la sencillez de su prosa expone grandes complejidades desde un enfoque poético, muy al estilo de una referencia literaria cercana: Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. El autor parte de un enfoque fenomenológico, una filosofía de la experiencia para exponer una visión de la ciudad de Las Vegas: «superpotencia del consumismo frenético, emblema del entretenimiento pueril, templo de la tiranía ludócrata…un simulacro urbano inmenso y hueco».

El estudio fenomenológico de la ciudad de las Vegas es un punto de apoyo para reseñar cualquier ciudad contemporánea. Las Vegas se alza como referencia máxima y final de todas nuestras ciudades modernas en su posible último estado, que raya en el paroxismo de las experiencias sensitivas y simbólicas, la exaltación exagerada de una parodia urbana. Las Vegas se presenta como una ciudad en medio de la nada, construida en medio del desierto expresa el sentido megalómano de los hombres por levantar cosas desde la nada. Ozymandias.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), coctéles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Pág.15)

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder. Y es más curioso que durante un tiempo miles espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Ciudad de régimen ludocrático. Destinada única y exclusivamente al consumo de diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. «Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque». Ella habita cómoda en nuestras mentes, y se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades aspiran ser como Las Vegas.

No estoy seguro de que si me quedara aquí durante meses, recorriendo la ciudad hasta sus más minúsculos intersticios, participando en todos sus eventos festivos y oficiales y nutriéndome sin moderación de sus baratijas irrealistas, llegaría a aprender algo más de lo que me han revelado mis primeras impresiones. Sofocadas las sensaciones violentas de las primeras horas, la ciudad se agota rápidamente. Además de los casinos y de los hoteles temáticos, pocas cosas hay para ver y menos aún por hacer. Todos los espectáculos se parecen en el fondo: variaciones alrededor de un parque de atracciones. Desde luego, no faltan las solicitaciones de toda clase. En cada recodo de la calle, los ganchos al servicio de los inmensos complejos de diversión que colindan con los casinos que proponen excursiones en barco al alba, fugas en diligencias de la época del Oeste perseguidas por una horda auténtica de apaches pintarrajeados, abigarrados y gritando como debe ser, o el descubrimiento aéreo del Gran Cañón en helicóptero, incluido desayuno con champán al borde de la sima, pero finalmente todo conduce a impresionar sin descanso en todos los sentidos hasta provocar una sensación de absoluta estupefacción (Pág. 59)

Es la irritación del instante. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones  que le impiden tener una noción clara de dónde está caminando. «Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer» (Pág. 81). El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías infinitas, donde todo gira en función de una actividad ancestral: el juego.

La experiencia lúdica y social propuesta en Las Vegas, con sus atracciones y sus espectáculos, sus casinos y sus cabarets, apenas cuentan en una vida. Una excitación pasajera de los sentidos, un frenesí de consumo de olvido que desemboca muy pronto en una náusea tenaz. Pero resulta significativo que, a pesar de su capacidad de hastío vertiginoso, la ciudad que nunca duerme logra siempre seducir de nuevo a los humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas. Después de todo, parece satisfacerse con ese estatus de ciudad superficial y hueca. Aunque es preciso añadir que ha construido todo un imperio sobre ese vacío. (Pág. 36)

Podemos pensar que la ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde el consumo desmedido es la práctica religiosa que logra saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Donde las instituciones y tradiciones particulares o colectivas pueden ser llevadas a niveles de fetichismo y degradación. «Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto» (Pág.15). La cultura del cinismo que vivimos actualmente la podemos explicar en esta ciudad. Ella se extrapola a todas las ciudades que pretenden también superar sus propias distopías. Parte de la vida en la ciudad consiste en la idea de que uno se mueve con cierta libertad, cuando realmente la lógica de la ciudad es que está diseñada para conducirnos de forma totalitaria. El libre albedrío no existe.

La ilusión devora la realidad, el engaño jovial y colectivo se convierte en solidez y materia, pues, no hay duda, las atracciones existen. Ésa es precisamente una de las fuentes de placer de la fantasy en sí misma: pasa por verdadera. La ciudad juega tanto con sus propios espejismos que lo mantiene a distancia con una suerte de ironía trágica…la ilusión vampiriza la realidad o bien la realidad, nacida de la ilusión, desprecia todo artificio que no esté a la altura de su propia irrealidad. Expresado de otro modo, podría decirse que la verdadera quimera contenida en Las Vegas es la propia ciudad en sí misma y no los múltiples artificios que la componen. (Pág. 25)

La particularidad que tiene la Torre Eiffel es que puede verse desde cualquier parte del mundo. Así como París se convierte en un emblema de la modernidad, Las Vegas se convierte en un emblema de la banalidad. Y sin embargo esto no quita que la ciudad con sus propuestas nos resulte fascinante y nos idiotice con todas sus opciones estrafalarias. Parada obligatoria dentro de nuestro itinerario de viajero, de turista de imágenes, que contempla todo desde una sensación de benevolencia inducida por la misma idea artificial que sugiere el espacio.

Visitaremos Las Vegas como visitamos el Louvre o la National Gallery, con el mismo respeto exagerado por el genio de nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que Las Vegas será su propio museo a cielo abierto. Nos inclinaremos hacia las vitrinas que reunirán las reliquias centelleantes que la sociedad del espectáculo de finales del segundo milenio dejó tras de sí…Todos los museos del mundo querrán desarrollar su propia colección de tubos de neón y letreros luminosos, poseer su sección con el sello Las Vegas, prolífica en máquinas tragaperras, en surtidores de estuco rosa caramelo, en puertas cocheras gigantes, como otros poseen su sección copta o fenicia…Al atravesar a paso las inmensas salas subterráneas de los casinos, al seguir hasta el final los múltiples espectáculos de luz y sonido, el echar un vistazo por doquier y sin tregua, a veces se tiene la impresión de que, tras la agitación incontrolable de Las Vegas, la momificación museística ha comenzado ya. (Pág. 75)

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación americana quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. O como habrá dicho Umberto Eco en su Estrategia de la Ilusión, con relación a los museos: «donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y donde la mentira se goza en una situación de “pleno”, de horror vacui» (Pág. 20). Eco hace una mención en relación en un apartado del libro que habla de la Ciudad de los autómatas. Las Vegas

posee una arquitectura totalmente artificial, que ha sido objeto de estudio por parte de Roberto Venturi, como un hecho urbanístico enteramente nuevo, una ciudad «mensaje», hecha toda de signos, no una ciudad como las demás, que comunican para poder funcionar, sino una ciudad que funciona para comunicar. (Pág. 61)

Las Vegas como gran espacio museístico del entretenimiento nos da la oportunidad de conectarnos con un pasado mágico sin tener que dejar de estar aquí. Es en principio la experiencia que brinda el museo. La repetición de la ciudad nos da la sensación de vivir atrapados en un loop eterno. Es llevar la rutina mecanizada hasta sus últimas consecuencias. No one does it better, cita el epígrafe de uno de los capítulos de Bégout, titulado Urbanidad Psicotrópica:

El terreno de juego de América. Antiguo lugar de la famiglia, Las Vegas se ha convertido en algunos años en el espacio favorito de las familias americanas. Vienen esencialmente al desierto de Nevada para divertirse un buen rato, para recibir, ellas también, algo de «polvo de neón» que produce el brillo de la vida y constituye, al final, hermosos recuerdos. La ciudad misma no es más que un gigantesco y continuo espectáculo. La tarjeta postal ha acabado absorbiendo toda la realidad y la ha expelido poco tiempo después como una papilla de iconos psicodélicos para la clase media: sensaciones extremas pero obtenidas por medios legales, seguros e inofensivos. Un trip en el Strip pero dentro de los límites de lo lícito. La aventura extrema sin peligro, la excitación total sin la angustia y el escalofrío absoluto sin el miedo; he aquí, en definitiva, la última discriminación social que ha producido América. (Pág. 64).

Libro de desencanto. Disección urbana. Zerópolis le ofrece al lector una visión perturbadora de aquella ciudad que por sus luces amontonadas puede verse desde el espacio. Es un libro que siempre su relectura parece decirnos algo distinto. El estado final de nuestras fantasías está en los contrastes oscuros de nuestras ciudades parque, todas buscan parecerse a otras, y en esa búsqueda de identidad los habitantes también encuentran el refugio en la diversión y en los enigmas que aguarda cada lugar. Libro altamente recomendado. Espero que esta reseña sirva como incentivo. Comparto con ustedes este cierre del libro titulado Vegas Vickie:

Con la regularidad de un metrónomo, la mujer de acero y de neones, la cowgirl ceñida en su sostén fosforescente, levanta la pierna eléctrica cada treinta segundos. Con sus ojos envueltos en oropel provoca a los transeúntes, que miran de reojo bajo sus faldas para ver si oculta algunas monedas que les permita recuperarse. Alta como un edificio parisino de cinco pisos, coloso femenino erótico-robótico, lanza guiños a la ciudad entera; puta celeste y mecánica que, al llegar la noche, se engalana con halos multicolores y calienta el propio desierto con sus maneras de chica fácil.

Con constancia, la Esfinge de Fremont Street vigila la entrada del downtown. Pero no debemos engañarnos: su aspecto seductor oculta una crueldad sin límites. Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio. (Pág. 136)

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Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bégout, Bruce. Zerópolis. España, Anagrama; 2007

-Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012.

-Horrocks, Christopher. Baudrillard y el milenio. España, Gedisa; 2004

Aires de familia: cómo nos acostumbramos a los billetes de monopolio

La guerra económica la perdimos cuando los borrachos de plaza empezaron a pagar sus vicios con billetes arrugados de cinco dólares. Cuando las parejas de enamorados, por un tema de apariencias, empezaron a pagar sus merengadas de oreo con billetes sueltos de un dólar y la diferencia la pasaban por el punto. Es la ironía más grande de la economía socialista. Y esto lo digo sin ánimos de molestar, aunque igual la realidad no debería molestar a nadie. Hay que asumirla como un caso clínico.

El mercado de los corotos es un lugar de nostalgia y reflexión con aires de familia. En el mercado abunda el abuso de gente que quiere salir de sus cosas de una manera desesperada. No puede ser que uno se encuentre con precios exagerados y estar consciente de eso, a pesar de no estar del todo actualizado de los precios convencionales de cosas que quieren pasar por nuevas, pero que no pueden ocultar que son de segunda, tercera y hasta cuarta mano, hay todo un manoseo especulativo de objetos indispensables para la vida diaria.

La experiencia Venezuela nos lleva a entender dos cosas: 1) todas las sanciones son económicas, pero parece que esta primicia no es del todo comprendida por los que están convencidos del advenimiento de Cristo, o en su defecto, por los que aspiran o temen la llegada de un ejército mercenario transnacional, cuya imagen está concentrada en las expectativas que nos venden los estereotipos del cine norteamericano; y 2) la soberanía es una fachada para no aceptar que la batalla por la domesticación de la barbarie la perdimos hace tiempo. No tenemos una noción del concepto de perder. Nosotros reinventamos el concepto a la sana elocuencia del empate y el sabotaje. Aquí siempre hay alguien pendiente de jodernos.

Tales resistencias, al menos las propuestas ideológicas, forman parte de la retórica revolucionaria. Lo que impresiona es que todavía hay gente convencida de esta vaina. Todas las grandes revoluciones son un bastión de grandes relatos, habladeras de paja que al final solo encuentran consuelo en las grandes reuniones de intelectuales y estudiantes soñadores. Pienso en la estafa de lo decolonial y la supuesta liberación del pensamiento (esto me deprime mucho, a veces). Muy bonito todo, todo en los libros es maravilloso, son ideas pertinentes cuando necesitas distraerte, mientras llenas tu balde de agua con un cuentagotas miserable, ves tus aparatos electrónicos morir por algún pico inesperado de corriente, o velas porque te llegue una rayita de internet para tener la impresión de que sigues en sintonía con el mundo. Y no hablemos de la vida precaria de las pocetas y la pésima programación que ofrecen las televisoras nacionales, que nos educan para hacer de nosotros seres excepcionales.

Todo ideólogo sabe que las grandes empresas nacen de pequeños relatos. Relatos que provienen de revelaciones cósmicas y solipsistas de algún sujeto sin importancia, que sumergido en la masa se vuelve el eslogan de un pueblo. Normal. Tengo toda mi vida lidiando con un malestar histórico. Ya no me hago mala vida por el fanatismo político o religioso (también productos pasteurizados de la economía). Son enfermedades históricas que como el sida y el cáncer se pueden tratar pero no erradicar. Por eso no me extraña el funcionamiento del cerebro de algunos venezolanos actualmente. Hay muchos que quieren economizar en la medida que se devalúan.

Entiendo la decepción de los adultos por nuestra generación de poco esfuerzo cerebral y mucha selfie. Con sinceridad no deberían esperar nada de nosotros, nadie les exigió nada a ellos. Pero coño, no podemos darle la razón a todos. No tiene tampoco que haber un esfuerzo por tratar de convencer a alguien. Son momentos tan líquidos y voraces que lo que podamos decir hoy puede perder todo su sentido mañana. Tampoco pueden estar creyendo que la idea de reconstrucción y futuro motivan alguna maniobra extraordinaria por parte de la juventud. Ya nada debería asombrarnos.

Volviendo al mercado de los corotos. Tampoco nada de lo que podía encontrar allí me sorprendía. No es de extrañar que alguien me quiera vender un libro de la saga de Crepúsculo en 10$ porque «está en buen estado y es un libro muy bueno, un best seller». Siempre hay una primera vez. «Yo me leí todos los libros de García Márquez, qué maravilloso ese hombre». No me interesa. «Por acá tengo otra joya de la literatura: El Principito, en 5$», «las 7 leyes espirituales sobre el éxito de Chopra, Los hombres son de marte y las mujeres de Venus…este libro te puede servir para que nos entiendas a nosotras, las mujeres (me guiña un arrugado ojo derecho, qué pésima vendedora)…te lo dejo barato: 4$». Ok. Tengo que admitir que por un momento sentí que estas vendedoras me estaban viendo la cara de estúpido.

Por otra parte me quisieron vender una serie de enciclopedias Espasa (incompleta), a un precio tan trivial y lamentable que puse en consideración la compra de un par de medias, que viéndolo objetivamente resultaba una mejor inversión para mi futuro incierto, exento de dólares y billetes de monopolio. Internet acabó con el negocio de las enciclopedias. Ahora vivimos en un mundo de ignorantes que creen estar informados porque cuentan con una sesión abierta en alguna parte. Las enciclopedias ahora son pilas que forman parte de reliquias innecesarias en hogares fragmentados por las deudas y el milenio. Ante toda la situación de oferta en el fondo escucho una conversación de los mismos vendedores del mercado. Hablan de que hay personas que abusan (o tal vez no saben) sobre las conversiones de bolívares a dólares en los productos que ofrecen en sábanas extendidas: «la viveza criolla nos hace tanto daño». Oye, no lo sabemos, quizá se trate de lo mejor que nos ha pasado en la historia de las ideas. Eso y la idea del mestizaje, porque eso justifica que en este país no haya racismo, y eso es un verdadero alivio ¿Verdad?

En la panadería que está a una cuadra de mi casa venden muchas cosas ricas pero un pan asqueroso. Para que el pan sea rendidor le ponen más levadura a la masa y el sabor es dulzón y molesto, aparte que si no te lo comes rápido a los dos días el pan se convierte en un arma tiesa medieval. Como todos los locales prolíficos de la ciudad esta panadería cuenta con una caja que recibe dólares. El mostrador ofrece ofertas de Nutella y Pringles al mismo precio que estaba el libro de la saga de Crepúsculo en el mercado de los corotos: un frasco por 10$, tres Pringles por 15$, Nerds en 5$, y así. Los clientes típicos de la panadería me parecen una deformación grotesca del país. No se tratan de modelos absolutos, pero si sospechosamente endémicos. Las mujeres son una aleación entre plástico y cosméticos; los hombres son Hércules andantes de publicidad deportiva y exceso de gimnasio.

Creo que hay muchas familias que se están formando bajo el espectro de Htv, (insisto que esto no se trata de un prejuicio). Toda esta carnicería estética tiene como forma de pago el dólar, que humilla las pilas de bolívares, porque al final la lógica de la economía consiste en un amplio programa de juegos. Para poder gastar los bolívares en cualquier capricho debemos hacer como si no tuvieran ningún valor, eso incluye a las personas, lo que consumimos, lo que desechamos, incluso nosotros mismos ya convertidos en cachorros imperiales.

Una vez devaluado el billete solo queda el juego de los signos y las políticas públicas, fichas reducidas a elementos para facilitar nuestro andar por las casillas de monopolio en una ciudad donde los habitantes no tienen idea de lo que son. Es importante que bajo ningún concepto nos pongamos a pensar en el precio de las cosas. De esta manera resulta más sencillo ajustar los valores en función de la Necesidad, la única moneda de valor inalcanzable, medida de todas las circunstancias y las cosas. En este universo paralelo, inexplicable para aquellos que no viven aquí, el consumidor promedio se hace la idea de que vive en los límites de un cuerno de la abundancia ficticio, donde el contraste de la gente comiendo de la basura, y las bandas de mendigos que no llegan a los quince años, y las vitrinas repletas de cereales Trix y Captain Crunch dan la impresión de que todo es generosamente ofrecido. En el juego está permitido ver pero no poseer. Y sin embargo, a pesar de todas estas incongruencias seguimos estando mal.

Alexander JM Urrieta Solano

Crónica polar para una imagen

Una amiga me invitó a un foro sobre violencia y libertad de expresión. Un espacio repleto de diplomáticos blancos y mujeres emperifolladas al borde de la menopausia y el colapso de los antidepresivos, que hablaban en círculos sobre sus hijos fuera del país, de sus viajes esporádicos a Europa y Estados Unidos, de lo fascinante que es la cultura Disney, y de sus esperanzas a que todo en el país cambiara, de que nuestros héroes esparcidos por el mundo regresaran para arreglar todo lo que la dictadura había destruido. Gente sencilla. Habían criaturas de diversas organizaciones y en particular miembros del partido Vente. Luego de la charla trillada por expertos de los tiempos de oscuridad y precariedad nos llevaron a una gran terraza para disfrutar de un agasajo: vino y pasapalos.

Empecé a tomar sin moderación porque ese era el fin del foro sobre violencia y libertad de expresión. De un momento a otro mi amiga me había plantado en un círculo de adultos mayores y una contemporánea del partido Vente, que se jactaba de su carrera de estudios liberales. Mi amiga me presentó como sociólogo, cosa de la que no estuve de acuerdo.

Mientras tragábamos tequeños estas personas hablaron de la «falta de cultura del venezolano», «el tercemundismo, hay un libro buenísimo de Carlos Rangel: «Del buen salvaje al buen revolucionario», si todos pudieran leerlo», «no somos ni la sombra de lo que éramos antes», «este país tiene con qué», «la ignorancia de los pobres, esa gente sin oportunidades, de carencias», de que «los chavistas son una cuerda de borregos acomodados», «de que se habían perdido los valores, ¿dónde estaban los valores?», la pregunta estúpida que hacen muchos adultos siempre viene seguida de otra pregunta más estúpida: «¿Cuándo te vas del país?, aquí nada sirve». «Los jóvenes son verdaderos héroes». «Dios está de nuestro lado».

En medio de toda esa charla comenté que la polarización había cerrado toda forma de accionar, porque tenemos cierto asco por el otro. Que no tenía sentido el juego de nuestros políticos, que parece que conspiran juntos para desquiciarnos. ¿Por qué no se habló de eso en el foro? No querer pensar mucho también es una forma de violencia. Pensar igual no nos hace mejores.

La chica Vente me pregunta si soy de la Central. Le respondo que sí. Ella me mira con lástima y me dice que a ella le dijeron que ahí nunca ven clase, que siempre hay paros. Que ahí poco se estudia. «¿Sociología?», pregunta, «muchos de los que están en el gobierno estudiaron ahí. En esa carrera ven puro Marx e ideología, cosas obsoletas». Repetí en mi mente Marx e ideología. Pensé en mis amigos, en mis futuros colegas, me preguntaba cómo podía tolerar esta clase de comentarios. Los demás se rieron con sorna. Ella siguió: «¿Y como humanista, qué piensas de esto?». Humanista…bueno:

«Después de casi veinte años viviendo en un bucle, tengo la certeza de que el chavismo ha sido tan bueno (arrechísimo), que hizo creer a la población que apoyaba algo, y que a su vez ese algo tenía una oposición. Lo mejor que ha hecho el chavismo ha sido gestionar su propia oposición. Financió a sus propios enemigos, y los configuró en función de sus caprichos megalómanos. Creó personajes de acuerdo a las circunstancias que iban viniendo, una temporada aquí y luego otra por acá. Temporadas de clímax. Generó en el venezolano la idea de que por momentos breves de la historia era el ombligo del mundo, un esfuerzo colectivo, considerando que ya nuestro ombliguismo forma parte de una cualidad idiosincrática, porque somos, por supuesto, el mejor país del mundo, cuando nos conviene decirlo, en grandes tarimas, para profesar la buena conciencia de los que se hacen pasar por altruistas. Somos demasiado hipócritas. El producto mayor del chavismo fue la MUD, y su último lanzamiento fue el personaje Hasbro de Juan Guaidó, un heterosexual católico, ingeniero, con una familia nuclear que incluye un perro, que para la lucha nunca se desprende del traje formal, porque lo formal es sinónimo de esperanza, de sueño perenne, si se me permite la expresión. Parece que todo ha consistido en un guerrilla de marcas, de rebranding y turismo de disturbio. Todo con el respaldo de la opinión pública, siempre enferma y cínica, idiota porque no puede ser otra cosa. Usted por ejemplo, es una valla andante de una entidad política que tiene entrevistas con la revista Hola y habla de capitalismo popular, mientras se ensucia las manos con la tierra de su jardín. Te puedo asegurar que sus seguidores no tienen idea de lo que es eso. No me mires así, te desconcierta que no sea un fanático. El problema es que aquí ustedes creen que son los buenos, y lo que no les parezca es lo malo, lo despreciable. Pensar distinto siempre es algo despreciable».

Mi comentario le cambió el rostro a los que estaban conmigo. Mi amiga tenía una cara de Picasso. La chica Vente, disgustada, me dijo que el problema era que yo no entendía el proceso, que no estaba considerando muchas cosas. Era cierto, pero realmente no me importaba. No me interesaba lo que pudieran pensar, ya los había escuchado demasiado tiempo.

No estaba ahí para convencer a nadie, pues se supone que era un foro sobre violencia y libertad de expresión. Entre mis idas y vueltas para buscar vino, escuché que una señora le comentaba a la chica del partido que era obvio que en mi escuela me habían adoctrinado, que en esa carrera lo que salen son servidores del régimen. Comunistas. No entendí eso.

Tomé un par de tequeños y me despedí de la manera más respetuosa que me permitió la curda. Di las gracias por todo. Les dije que estos espacios eran necesarios para recordarnos las razones por las que «no volverán ni van a llegar tampoco». Comentario desagradable, de poca educación sentimental y tacto. Queda claro que a estas cosas no me van a volver a invitar jamás.

Alexander JM Urrieta Solano

«Vivimos simultáneamente varios relatos ¿qué duda cabe? Sabemos bien que en cada uno de ellos desempeñamos un papel distinto y que no siempre tenemos el mejor papel. Sabemos además que algunos de estos papeles son más íntimos que otros, que nos resultan más personales. No siempre nos resistimos al deseo de reinterpretarlos, remodelarlos, para adaptarlos a la situación actual.» 

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Marc Augé – Las formas del olvido