Ciborgs, sociedad y deporte

I El concepto del ciborg

El fin de este ensayo es hacer un acercamiento a la idea del ciborg y su relación en el área de los deportes. Partiendo de los conceptos de Donna Haraway, en complemento con las ideas filosóficas de Fernando Broncano, con el que nos sustentaremos para darle una amplitud al concepto de prótesis, cualidad indispensable en la totalidad del ciborg, cuya identidad resulta ser la suma de humano y tecnológico. “La dicotomía entre lo natural y los artificial es la que separa las dependencias entre lo atribuible a lo humano y lo externo”.[1]

El ciborg según la teoría de Donna Haraway es una forma de existencia que combina lo humano (o supuestamente humano) con lo tecnológico. Se compone de prótesis que incorpora de forma estricta al cuerpo para alterarlo. El ciborg se vale del poder de las máquinas y la técnica para superar las limitaciones propias del cuerpo humano. Bajo estas premisas vivimos en una sociedad repleta de ciborgs.

Las prótesis son una suerte de exilio: las patrias, las infancias y aquellos otros lugares del que los humanos son expulsados son construcciones donde las raíces crecen en un suelo de hábitos, un trasfondo efervescente de creaciones y cambios impulsados por las diversas prótesis que nos habitan o habitamos y que nos empujan fuera de los orígenes. Todos los exilios se viven como expulsión, como malestar y como nostalgia de lo ido sin que quepa la esperanza de recobrar el lugar perdido, como cuando volvemos al pueblo y tras los saludos y los parabienes notamos el cambio irreversible de un sitio que ya no es nuestro: el viejo cine cerrado, la gente que se ha vuelto rica y engreída, no reconocemos al amigo entrañable en esa cara devastada por el tiempo, ni a la antigua adolescente que amamos en esa opulenta madre. Las prótesis producen el mismo efecto. Al caminar desnudos y descalzos por un momento sentimos el placer inmenso de la vuelta a nuestro cuerpo, pero al poco sentimos que ya no es nuestro estado, que nos dañan las piedras, que nos invade el pudor y que esa visita a lo natural no puede extenderse más allá de ese instante. Las vueltas del exilio no son las vueltas del hijo pródigo (tampoco sabemos qué sintió el hijo pródigo, acaso un inmediato arrepentimiento por la vuelta). El ciborg nunca vuelve de su exilio: las posibilidades ganadas le han transformado hasta un punto que el mundo se ha convertido en otro mundo.[2]

Las prótesis son la cualidad distintiva del ciborg, cuya totalidad se compone de elementos  externos que no le pertenecen. Las prótesis surgen como una necesidad de crear una identidad. Las prótesis son elementos que una vez adquiridos nos permiten ampliar nuestras capacidades del mundo. Los avances en el área de la microelectrónica ha permitido el desarrollo de implantes capaces de controlar, ampliar, expandir y mejorar las funciones naturales del cuerpo humano.

Por ejemplo tenemos los marcapasos, prótesis que mediante señales eléctricas regula los estímulos del corazón y equilibra las frecuencias cardíacas; las retinas artificiales, para las mejoras visuales; implantes auditivos para mejorar la percepción del oído, o incluso el marcapasos cerebral cuya implementación de electrodos dentro de ciertas zonas del cerebro regulan los impulsos anormales, para tratar la epilepsia, la distonía o el parkinson.

Las prótesis que conforman el cuerpo ciborg no solamente restauran funciones orgánicas dañadas, como ocurre con las gafas, los audífonos, las extremidades ortopédicas, los marcapasos y las rótulas artificiales: son también a veces creadoras de funciones vitales. Así el vestido, el calzado, la vivienda, la cocina, los animales domésticos, los vegetales cultivados, el universo entero de herramientas e instrumentos con los que nos rodeamos, los lenguajes escritos, las instituciones sociales, los códigos y las normas, las religiones y los rituales, el arte. Son artefactos que inducen transformaciones en el espacio de posibilidades, que comienzan como intrusión de una prótesis pero que más tarde transforman las trayectorias de acciones y planes futuros de esos seres.[3]

El ciborg, en su entorno de artefactos, símbolos, huellas, ve el mundo como un haz de historias por realizar y de sendas no escritas aún por el discurrir de la realidad. Ve el mundo como el pionero que huye de una historia y un paisaje de daño y maleficio, y llega a una frontera indeterminada, donde las cosas aún están por hacer… El ciborg melancólico sabe que está hecho de complejidades y entrelazamientos, que no puede acogerse a identidades pasadas ni a obligaciones necesarias. Sabe que el mundo es su responsabilidad y que no puede sustraerse a ella. Su perplejidad y melancolía es así la fuente de su saberse en una realidad que está trenzada por redes de posibilidades.[4]

La identidad del ciborg es un conjunto de patrones que asumimos. También es la apropiación de una serie de saberes, la apropiación de un saber cultural, ligado a la sociedad de consumo y conocimiento.  La identidad es el proceso en el cual el individuo se va definiendo, y nos da la cualidad de objeto, en donde somos capaces de construir la narrativa de nosotros mismos, en gran medida, por no decir toda, desde la mirada de los otros, y que a su vez comprende un proceso de asimilación y comprensión de uno, y donde se van construyendo relaciones íntimas con los otros.

El ciborgismo ofrece un mundo de ensueño para…adoptar el colapso de las distinciones limpias entre organismo y máquina y otras distinciones similares que estructuran la identidad occidental. Haraway insiste que…de debemos concebirnos a nosotros mismos como proyectos abiertos antes que como entidades terminadas, y buscar activamente nuevas formas y nuevas maneras de ser a fin de subvertir las normas culturales de nuestro tiempo

Los ciborgs rechazan absolutamente estas normas poniendo en duda, por ejemplo, la presunción de que lograr una identidad unificada es nuestro principal objetivo en tanto individuos…Pero, como insiste Haraway, ese dualismo de identidad y alteridad es desafiado por la cultura de “alta tecnología”, en la cual no queda claro quién hace y quién es hecho en la relación entre humano y máquina. Haraway habla del “estado de trance” al que pueden llegar los usuarios de ordenadores, quienes llegan a preguntarse de manera provocativa: “¿Por qué nuestros cuerpos terminan en la piel?”[5]

Los otros son aquellos cuyas opiniones acerca de nosotros internalizamos, y cuyas expectativas se transforman en nuestras propias auto-expectativas. Por otra parte los otros son aquellos con respecto a los cuales queremos diferenciarnos. Aquello que no somos nosotros. En esa diferencia se establece el primer conflicto humano, que transciende a un conflicto mayor cuando se introduce el fenómeno del ciborg dentro de la ecuación.

Existen tres elementos componentes de toda identidad: las categorías colectivas, las posesiones y los otros. El lenguaje hace posible las interacciones y es a través de los símbolos en donde se hacen posibles los procesos mentales y espirituales, no se trata sólo de un lenguaje hablado o escrito, sino un lenguaje total del cuerpo, cuya alteración por medio de las prótesis nos da una identidad única y nos define dentro de la sociedad.

La lógica del capitalismo estaría alcanzando a la propia esencia de lo humano convirtiendo a los seres humanos en ciborgs, productos destinados a quedar obsoletos en las diversas olas de consumo. Las fuerzas del capital, en su progresiva reificación, habrían convertido a los seres humanos en otra forma abstracta, en un nodo virtual de una red de objetos de intercambio producto de una máquina autónoma que todo lo transforma, no importa ya para quién.[6]

“La tecnociencia, presionada por su mecenas el desarrollo, está asombrosamente preocupada por mejorar la eficiencia operativa de sistemas tecnológicos hasta el punto de que lo humano se vuelve irrelevante para el proceso”.[7] La tecnociencia es el resultado de una ecuación que combina tecnología, ciencia, más capitalismo avanzado y empresas multinacionales, productos derivados, sociedades de consumo.

Distinguiréis a los ciborgs, como a los adolescentes, por esa sutil forma de inadaptación que produce el tedio más que la necesidad. Seres excedentes de la sociedad de consumo, ya no saben vivir en otras condiciones, no imaginan un mundo diferente: los viejos paraísos están habitados y amueblados por la necesidad. Se dice del paraíso musulmán que allí corren cuatro ríos: uno de agua dulce, uno de leche, uno de vino y el cuarto de miel. Se dice del paraíso comunista que cada uno recibe según sus necesidades y trabaja según sus posibilidades. Se dice del paraíso cristiano que las almas, abandonadas las exigencias del cuerpo, entran en un estado de contemplación eterna. Ninguno de estos paraísos se encuentra en los mapas ciborg, cuya topografía imaginaria nace de las construcciones híbridas del espacio y el tiempo.[8]

II El deporte y los ciborgs

El estudio del deporte ligado a la tecnociencia tiene importancia porque este surge como un rango de fuerza que se compromete con la tarea de extender los dominios de la tecnología a expensas de la humanidad y sus valores, en función del deporte, toda su estructura y práctica cultural, como pasatiempo y negocio de masas. Dicha extensión se manifiesta como un imperativo derivado del desarrollo capitalista avanzado y las empresas multinacionales.

La tecnociencia tiene como único interés ejercer un dominio sobre el medio ambiente  y humano de una forma hostil, por medio de un incremento masivo de la eficiencia de los sistemas, y esto nos lleva a una modificación del deporte desde diferentes ámbitos. Desde la condición de los atletas que también es entendido como un producto que se puede perfeccionar por medio de diferentes técnicas, el arbitraje, la promoción, la propaganda, los reglamentos, las estructuras de los espacios deportivos, los medios de difusión masivos, las reglas y el big data como forma de pronosticar y evaluar las condiciones de todo un juego.

El deporte como actividad dentro de la sociedad global a raíz de los nuevos avances tecnológicos ha cambiado. Los avances recientes en donde se combinan máquinas y seres vivos han dado lugar a nuevos debates por su enorme potencialidad industrial y mercantil, así como las diferentes preocupaciones éticas y lúdicas en el destino del deporte como práctica social.

El deporte tanto como fenómeno de negocio y espectáculo, como referente para la innovación y perfección del ejercicio físico y mental, se vuelve uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, el entretenimiento como parte de un negocio redondo y la inclusión de variables tecnológicas para las mejoras del deporte, su alteración y forma de procesarlo y entenderlo.

El deporte se asocia con el juego, y este asume la forma de la competición. En la sociedad del entretenimiento y el espectáculo la competición se convierte en un derroche de energías físicas e intelectuales, con la finalidad de satisfacer el sentido lúdico del mismo deporte como espectáculo, dentro de un orden global que reduce a los individuos a objetos de consumo. Las prácticas deportivas como elementos de entretenimiento maduran hasta llegar a los niveles de degeneración de la competición, donde se generan estrategias para la cría de seres humanos consagrados a la competición.

El atleta como monstruo nace cuando el deporte se eleva al cuadrado: es decir, cuando el deporte, de juego que era jugado en primera persona, se convierte en una especie de discurso sobre el juego, el juego como espectáculo para otros y por tanto, el juego jugado por otros y visto por mí. El deporte al cuadrado es el espectáculo deportivo.

Pero este deporte al cuadrado (objeto hoy de especulaciones y mercados, bolsas y transacciones, ventas y consumos coaccionados) genera un deporte al cubo, que es el discurso sobre el deporte en tanto que deporte visto. En primera instancia, ese discurso es el de la prensa deportiva, pero genera a su vez el discurso sobre la prensa deportiva, y por consiguiente un deporte elevado a la potencia n. El discurso sobre la prensa deportiva es el discurso sobre un discurso acerca del deporte ajeno como discurso.[9]

Estos cuerpos esculturales, perfeccionados por la misma actividad deportiva, habitan un mundo inconsistente, dominado por la propaganda y sometido a unas redes de poder. El hábitat del ciborg es la selva de la cultura, el espectáculo global, el gran teatro del mundo. El ciborg deportista es el resultado de implantes médicos, relaciones estrictas entre el cerebro y máquina, contrataciones, términos y condiciones, circuitos, adaptaciones robóticas que amplían las fronteras entre los seres vivos creados por la tecnología.

Las publicaciones deportivas y la prensa de masas, las campañas publicitarias y los programas de tertulia…han convertido a los jugadores en ídolos deportivos y celebridades. La realidad se ve relegada a un segundo plano en la génesis mítica de un personaje bien construido y desarrollado única y exclusivamente para su consumo público…los equipos se han convertido en vallas publicitarias humanas para el lanzamiento de bienes de consumo.[10]

 La combinación de máquinas y organismos vivientes se puede presenciar ahora en diversas disciplinas deportivas, que no sólo involucran ampliaciones mecánicas, tejidos artificiales, dopajes, sino también rutinas alimenticias extremas: calculadas y cronometradas, mejoras a nivel cognitivo por ingesta de ciertos productos. Esta figura del ciborg en el deporte produce una imagen nueva del superhombre de masas, una remasterización del concepto dentro de las sociedades poshumanas, una idealización de lo que podemos aspirar a ser: el resultado de una fusión entre la biología y la tecnología, la realidad y la ficción.

Para ilustrar mejor la relación que hay entre las prótesis y la actividad deportiva podemos exponer una serie de casos que, a modo de ejemplos, puedan servir como referencia de cómo en cada caso las prótesis producen fenómenos particulares y redefinen la identidad de los deportistas dentro de diferentes disciplinas, desarrollando en cada caso un tipo de ampliación en el cuerpo, que bien lo puede llevar a la exacerbación de sus capacidades o en el caso contrario, el deterioro sistemático de sus posibilidades.

El primer caso está dentro de la disciplina del atletismo y el fenómeno de Oscar Pistorius. Una deformación en las piernas lo sometió a la amputación de sus dos piernas durante la infancia. Para el desarrollo de su actividad deportiva como corredor Pistorius se dotó de unas piernas artificiales, a base de fibra de carbono que funcionan como resortes que sometidos a presión le dan impulso para correr.

Pistorius, también conocido como Blade Runner, es un caso destacado de lo que denominamos un ciborg atlético. Las prótesis simulan una par de piernas, diseñadas para acción de la articulación anatómica de los pies y el tobillo, y le dan la condición de hombre-máquina y una identidad dentro del mundo deportivo, que se debate entre si tales prótesis son una ventaja o desventaja para el atleta.

Otro caso lo encontramos en el alemán Gerd Bonk (1951-2014), doble medallista olímpico de la antigua República Democrática de Alemania (RDA) en la disciplina de la halterofilia. Durante casi treinta años Gerd estuvo sometido a unos métodos de dopaje sistemático, donde se le suministraban esteroides, anabolizantes, y estimulantes para alterar su peso y mejorar su rendimiento.

El dopaje entra en la categoría de prótesis química, pues altera paulatinamente el organismo, modificando su musculatura mediante la adulteración de los procesos hormonales, que se exteriorizaba en la robustez de su cuerpo, su deformación fue el resultado de esas constantes modificaciones protésicas, que ampliaban sus posibilidades humanas y lo convertían en un ciborg levantador de pesas.

El dopaje es el uso de ventajas indebidas para ganar. Es la alteración de una capacidad que brinda al deportista un atributo extra sobre el resto de los competidores. El dopaje nació con el deporte porque este existe como actividad humana competitiva. Esta alteración del cuerpo mediante el dopaje se puede clasificar en diferentes tipos, viendo el deporte como un negocio de la sociedad del espectáculo.

Como consecuencia de los esteroides, Gerd Bonk padeció de diabetes, problemas renales e insuficiencias hepáticas que lo imposibilitaron de seguir caminando. «Fui quemado por la RDA y olvidado por la Alemania unida, la RDA arruinó mi vida y mi cuerpo”[11], llegó a decir Bonk en sus últimos días cuando ya todo era irreversible. Vemos un ejemplo trágico de transición protésica, en donde el levantador de pesas convivió durante años bajo un régimen de dopajes para elevar sus capacidades deportivas, para luego de sufrir una completa atrofia de su cuerpo ciborg, y depender de otra prótesis externa: la silla de ruedas, y finalmente, cayendo en un coma irreversible, de las máquinas de oxígeno.

Tenemos el caso del dopaje genético que se aplica de forma terapéutica para mejorar las capacidades deportivas, un perfeccionamiento del cuerpo mediante la alteración de las estructuras genéticas, la inserción de genes artificiales para modificar los procesos de producción de proteína para elevar el rendimiento, que incluso puede provocar una hipertrofia muscular y un incremento de las fuerzas; por otra parte tenemos el dopaje cognitivo que es la estimulación del cerebro mediante el consumo de ciertos químicos

El deporte es el hombre, el deporte es la sociedad. El deporte deshumaniza al hombre. Si deshumanizar consiste en la modificación de esa humanidad. Si partimos de la idea de que la prótesis consiste en una ampliación de las capacidades humanas, la alteración del cuerpo en el escenario del deporte para ofrecer ventajas a los competidores.

La identidad del ciborg se define por el uso de artefactos que le dan un sentido a su identidad. El dopaje tecnológico viene a ser ampliaciones que a modo de prótesis mejoran los rendimientos de los deportistas, también puede tratarse de algún accesorio cuya función establezca una ventaja considerable y provoque desigualdad en la competencia.

Los tejidos para los trajes de baño evolucionaron a partir de la lana, del algodón recubierto de goma a la lycra y a los materiales de tipo spandex. Todos se volvieron más firmes, más adecuados a la forma y más planos en las curvas del cuerpo. Todos los materiales eran permeables al agua y estaban tejidos. En un primer intento técnico, Speedo se asoció con ingenieros de la NASA después de los Juegos Olímpicos de 2004 y crearon un traje de baño que reduce considerablemente la fricción. Speedo añadió paneles de poliuretano que repelen el agua. La cualidad resbaladiza del agua, en el traje de baño, eliminó la fricción causada cuando el agua se reúne e interactúa con las fibras. Los trajes de alta tecnología ofrecieron el modelo «amalgamado ultrasónicamente» que dejaba de tener costuras, lo cual enaltecía su efecto aerodinámico.[12]

La vestimenta en las disciplinas deportivas no sólo cumple una función estética sino también funcional, cuyo diseño permite mejoras tecnológicas en el deportista. En la natación tenemos el caso de los trajes de baños que se diseñan de tal manera que simulen cada vez las escamas de un pez, un sistema hidrodinámico que reduce la fricción e incrementa la velocidad.

Alexander JM Urrieta Solano

Notas:

[1] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, p. 28

[2] Ibíd, pp. 23-24

[3] Ibíd, pp. 20-21

[4] Ibíd, pp. 277

[5] Sim, Stuart. Lyotard y lo inhumano. España, Gedisa; 2004, pp. 58-59

[6] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, pp. 33-34

[7] Sim, Stuart. Lyotard y lo inhumano. España, Gedisa; 2004, p. 41

[8] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, p. 46

[9] Eco, Umberto. La cháchara deportiva. En: La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012, pp. 236-237

[10] Trifonas, Peter Pericles. Umberto Eco y el futbol. España, Gedisa; 2004, pp. 46-47

[11] De Pedro, J.M. (2014, noviembre 15). «La RDA me arruinó la vida», la historia del medallista olímpico Gerd Bonk. https://www.libertaddigital.com/deportes/mas-deporte/2014-11-15/la-rda-me-arruino-la-vida-la-historia-del-medallista-olimpico-gerd-bonk-1276532920/ (Consulta: 21/04/2019)

[12] Sin autor. (2014, marzo 17). Nanotecnología en la natación. http://latecnonatacion.blogspot.com/2014/03/nanotecnologia-de-la-natacion.html (Consulta: 14/05/2019)

El ganado humano challenge

Expresiones como el #GuaidoChallenge (por poner uno de tantos ejemplos de la estupidez humana) son sólo un reflejo de lo susceptible y banal que podemos llegar a demostrar como población. Nos distraemos con facilidad. No se trata de una decepción (que es la bandera que acostumbramos a ondear todos los días en este país), sino la justificación de las reglas de un juego cruel del cual todos somos participantes, así nos esforcemos por no hacerlo. El que no participa prácticamente no existe.

No podemos escapar del espectáculo del plástico y la pendejada digital, la pérdida consensuada de nuestro tiempo a cambio del entretenimiento, de que cualquiera de los usuarios (desde el senador de Florida, hasta mi amigo en Facebook acomodado en el extranjero hablando del lugar donde ya no está, celebridades acéfalas, vecinos y enemigos) pueden sentirse incluidos en la alcahuetería global, sentirse criaturas listas, protagonistas libres, que luchan en la medida que se burlan y corrompen el sistema desde sus prótesis digitales.

Me hice una pregunta durante la tendencia del challenge: ¿las personas que se encapucharon estaban conscientes de lo que hacían?, por supuesto que sí, no hay acción más lúcida que la de buscar llamar la atención, así se trate de hacer el ridículo y reproducir lo superficial en proporciones clonables y alegres: cuando muchos lo hacen la vergüenza es un sentir mínimo, en la era del Yo todo acto mediocre es permitido hasta que muere y nace otro, así trabajan las modas, las actualizaciones que se hacen sin nuestro consentimiento y nos van configurando sutilmente. Lo terrible es que nuestra miseria sigue intacta o es incluso cada vez mayor. Y parecemos un país que no termina nunca de madurar.

Cuando quieres ser parte de la fiesta de la información eres una persona consciente, pero sobre todo feliz, muy feliz, porque en tu acto sencillo eres un agente del cambio.

No podemos tampoco medir la inteligencia ni el libre albedrío de estas acciones, ¿qué absurdo se esconde en el fenómeno del selfie y la aprobación de las palabras, en el reino monstruoso de las imágenes?, ¿será que cuando participas en la tendencia pierdes todo criterio y sentido del gusto? ¿Pierdes tu esencia de pensar por tu cuenta? ¿Es una proeza política? Totalmente. Igual no pasa nada. Lo que puede pasar es que aquel que cuestione y tilde estas acciones de patéticas puede caer bastante mal. Solo los heridos se molestan. Pero es que así trabaja el fanático, carece de todo sentido de perspectiva, cualquier cosa que atente los perímetros de su ombligo es violencia a la fragilidad.

Aplaudes o ignoras. Decide, recuerda que después de todo lo que importa es divertirse. Sacarle provecho a las circunstancias. Ganar seguidores. Alimentar a la fanaticada. Hundirnos en la pesadilla de los héroes y todo este simulacro llamado país. Estamos siendo dirigidos por fanáticos. El mundo se lo devoran los fanáticos. La crisis es un compendio de tendencias impuestas por los fanáticos.

El empleo del Bolívar (que también participó en el challenge) como lubricante multiuso para meter cualquier idea en el sentir hueco de la gente sirve y seguirá sirviendo hasta el fin del mundo (por supuesto, por los fanáticos). Aquí lo trillado pasa como novedad porque lo que cambia es la forma, el personaje de turno. Es claro que hacemos una exposición breve de temas delicados, temas creados por fanáticos, nuestro centro, porque estas ideas sólo pueden provenir y ser reproducidas por multitudes enfermas, viciadas por sus líderes y los medios de comunicación. Para el fanático no hay tonos grises, solo buenos y malos. Y en ese criterio sustenta su vida y obliga a los demás a vivir como él.

Ningún político toca el tema de la enfermedad del fanático, sería atentar contra su propia vida. ¿Porque cómo podemos exponer ante los grandes públicos nuestros defectos colectivos? ¿Cómo reaccionaría la masa ante un reproche de nuestras faltas, ante un político que no grite promesas sino que hable de forma lúcida y agresiva de la responsabilidad que tenemos cada uno? Que exprese de forma abierta su repudio a la fanaticada…

Vivimos en una era irritable de usuarios hiperinformados, o en el más horrendo de los casos (hiper)desinformados, porque el mundo entero entra por una pantalla y no da tiempo de procesar todos los sucesos. Es imposible. Esa velocidad sin duda tiene que idiotizar a más de uno. Quizá se trate de la misma huelga de los acontecimientos, la distorsión de la información que suma o resta importancia a los sucesos.

Las celebridades en su poder de difusión son conscientes (o tal vez no) del poder que su idiotez puede alcanzar a tener; los muertos, el dolor, la indignación y las tiranías pueden pasar por alto cuando las tendencias se imponen, y esto el chavismo desde su aparato comunicacional desquiciado lo ha trabajado durante años, y lo sabe usar demasiado bien, tan bien que le hace creer a las personas que están en contra del régimen que ellos también luchan por algo más real y sustancial: la democracia, la libertad, el pueblo, ellos y nosotros, recursos indispensables de la imaginación. Entelequias que mantienen salivando al ganado humano, mientras pierde su tiempo destruyéndose a sí mismo, en un círculo vicioso que se sustenta en la esperanza, una palabra muy bonita mientras tu vida no dependa de ella. Pero esto no es un tema de importancia. Aquí lo que importa es la lucha, la resistencia, recuperar… (Inserta el capricho que más se ajuste a tus creencias).

Recuperar el país. Claro, cada quién puede luchar a su manera, así sea guardando silencio. Ordenar de manera torpe nuestras palabras puede ser una forma de aparente resistencia ante una ola que al final nos traga. Guardar silencio ante las manifestaciones más soeces de nuestros semejantes es una forma de complicidad muy grave. Creo que parte de nuestra crisis como humanidad deriva de que somos muy condescendientes con la imbecilidad ajena. Andamos con ese temor de no ser tolerantes, hasta el punto que se trata de una excusa para no hacer ni decir nada. No está mal expresar tu intolerancia. Sólo un fanático se ofende ante cualquier nimiedad.

Pienso que ese ha sido el logro incuestionable de la Revolución, su orgullo supremo, en auspicio de la globalización: anular de todo sentido crítico a la población, polarizarla, embrutecerla hasta los niveles de la desesperación, donde el lujo de pensar es repudiable por cualquier parte. En constante distracción es difícil ponerse de acuerdo y pensar una realidad distinta.

Ese estado de confusión es vital para la llegada de nuevas celebridades y mesías,que se van construyendo en función de las necesidades de los fanáticos. Primero es crucial hacer reír y luego, si es posible, argumentar desde el desencanto. Atrapar al lector sin hacerle daño. La ventaja es que toda crítica puede quedar sepultada en la inmensidad de la información, entonces no debemos temer de que alguien desde la insignificancia nos haga reflexionar, o poner en duda nuestra forma ganadera de llevar nuestra existencia. Siempre habrá formas de distraerse y pretender ser feliz.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social

Registros de un huésped.

Mi cuento breve a Mishima (6 de abril)

De regreso a mi casa por la esquina Aguacate, antes de llegar al puente, en la acera me encontré una paca de billetes de 1000. Los agarré con extrañeza y volteé pensando que podían ser de la señora que ya estaba muy lejos como para preguntarle. En eso veo que hay más billetes en el suelo. También los tomé. Desesperado caminé con rapidez hacia el puente creyendo que alguien me estaba siguiendo. Era la culpa que me atormentaba y me hacía creer que ojos testigos me juzgaban. Estaba oscureciendo. A mitad del puente me sentí seguro atribuyendo los hechos de nuevo al azar. Un alivio me calmó la arritmia y todo pesar dejó de importar. Llegué a mi casa y conté el ruin botín: 11.500 bolívares. No me sentí mal pero tampoco me sentí bien. Mi suerte, la sentí insignificante. Era una cantidad ridícula y banal, que a la vez se trataba de un lujo incomprendido y lamentable en esta ciudad de seres patéticos y miserables.

Boceto para Thomas Pynchon (10 de junio)

Hoy sucedió algo muy triste en el metro. Estaba regresando a mi casa. En la estación El Silencio, mientras esperaba sentado en un vagón acalorado modo sauna, un hombre decidido a montarse en otro lado se movió apresurado. Era ese tipo de apuro que no tolera las indecisiones. Justo antes de salir se le cayó un jugo de naranja que de forma absurda se fue por la grieta oscura que hay entre el vagón y el andén. El señor no dio crédito a la pérdida ni a la vergüenza. Todo sucedió muy rápido. Dijo una palabra incomprensible y se fue. Dentro del vagón hubo un lamento general. Entonces todos nos miramos unos a otros en silencio, y cada uno expresó en su rostro un Verga que mala suerte. Nadie emitió, como en muchas otras oportunidades, ninguna opinión sobre la desgracia ajena. Había un cansancio común y tantas ganas de volver a alguna parte que parecía que tal evento no era otra cosa que una réplica de la costumbre. Comprendí que el silencio también es una muestra sencilla de empatía. A más de uno en la rutina le ha tocado extraviar cosas quizá de formas más insólitas que esta.

 

Un corto invisible para Alf y Rafita (26 de junio)

Una amiga muy querida pasó por mi escuela para despedirse de mí. Al día siguiente atravesaría la frontera de Brazil para llegar a un sitio lejano y distinto de aquí. El tiempo en su contra hizo que todo se diera de forma breve, pero fue suficiente para decir lo puntual en última instancia. Le confesé mi tristeza y la angustia que tenía al sentir que no iba a volverla a ver. Se me hizo un revoltillo en el estómago y se gatilló en un instante el recuerdo de todas las personas que tuve que despedir de distintas maneras, como agregando a mi protocolo otra forma nueva de decir adiós. Surgió la pregunta de cuándo me iba yo. La interrogante se me había formulado tantas veces en distintos adioses. Caí en cuenta que todas eran diferentes y que ninguna era del todo certera, siempre divagando una respuesta, y a la vez sintiendo un alivio divino por saber que por tantas cosas buenas sería recibido de la mejor manera en cualquier parte del mundo. Supongo que son las cosas que a larga uno se gana. En la vida todo consiste en aprender a dar. La gratitud y el detalle más grande estaban en saber despedirse. Un detalle que cada quien expresa a su manera, y que no siempre se tiene la oportunidad de experimentar. El compromiso recae entonces en uno, que en tiempos mejores irá a todos los rincones del globo para ponerse al día. Con este repertorio me desentendí de los ausentes porque la gente que quiere perderse se pierde; es una forma sana de descartar a los que ya no nos piensan y que sin embargo nos duelen porque no logramos establecer una tregua con nosotros mismos. Es preciso poner por encima a todos esos que están presentes siempre a pesar de las distancias.

Regresando a mi casa en un vagón repleto de rostros y quejas lamentables me preguntaba: ¿Cuántos adioses se necesitan para lograr una tregua plena?¿Qué ansiolítico resulta eficaz para sobrellevar un guayabo y seguir adelante con nuestras vidas? Lo mejor es desear que el otro sea feliz, donde sea que esté.

Nota (in)oportuna sobre Abaddón el Exterminador (21 de agosto)

El temblor me agarró en la panadería. La cola estaba muy larga. Una señora detrás de mí buscaba conversación sobre los mismos temas mediocres del país, sobre su proyección personal de la mediocridad que ella ignoraba cargaba encima: que ahora los panes son más pequeños y más caros, que esta mierda no sirve, que la reconversión es paja, que esto antes no era así (pero claro, nada en este inmundo Hotel era así, todo era nostálgicamente mejor, había de todo, éramos (estúpidos) felices y no lo sabíamos)… que Dios proveerá (¿qué coño proveerá, más creyentes como ella?). Con el tiempo he aprendido que a Dios hay que tenerlo al lado, y no en el medio como hacen muchos idiotas, porque resulta un estorbo que impide pensar con claridad, sólo prospera aquel que se lucra de él estafando a otros soñadores, el que lo toma en serio vive una miseria hermosa (pero esto no hay que decirlo en voz alta porque más de uno se ofende, pero qué me importa ya la gente que se ofende con estas boberías, más ofendido estoy yo; cosas más repugnantes ocurren todos los días y la gente ni un pelo se le engrincha, así funciona la hipocresía global). Uno tiene que soportar las habladurías cotidianas de ancianos y jóvenes descerebrados. Ya casi llegando a la caja el suelo se empezó a mover. La señora que con sus comentarios detestaba me agarró por el brazo. Me soltó. Las botellas de refresco se balanceaban con mayor brusquedad en las vitrinas. El pánico se apoderó del local. La gente escandalizada salía apurada por las puertas de vidrio. Yo me quedé inmóvil, no sé si por miedo o porque había asumido mi destino. Los administradores del local se atravesaron en la entrada impidiendo que la gente saliera porque no se podían ir sin pagar. Era claro que varios aprovecharon el caos para irse, como siempre lo que sobra en este país son los oportunistas, las ratas que más abundan en este barco. La señora me había vuelto apretar el brazo. Le pedí que no me tocara en un tono serio y lleno de nerviosismo, la estaba odiando hasta el alma. Todo había terminado. La cola se empezó a ordenar con los movimientos de un parásito en las tripas de alguien. Muchos hablaron de haberse sentido mareados; otros lloraban de desesperación; otros menos lúcidos hablaban de una señal para los venezolanos. Un par de Guardias Nacionales volvieron a la cola y uno de ellos dijo que había corrido porque arriba de nosotros estaba una placa, cada quien justificando su cobardía. Luego vino el comentario más deprimente del guardia, después de tantas explicaciones dijo que esto del temblor “y todo lo que está pasando ya está escrito, que esto fue predicho en las sagradas escrituras”…lo que faltaba, la clarividencia barata de un militar cristiano. El miedo y la ignorancia son fáciles de reconocer porque no sólo andan juntas, sino que se expresan en una lengua extraña que igual todos entendemos. Por fin llegué a la caja. Pagué por dos panes veintitrés miserables soberanos. La patria es grande, mi existencia también. Al salir todos los vecinos estaban en las afueras de sus tristes edificios. Me sentí rancio pensando en la brevedad del caos y la reconversión del miedo, no estamos listos para absolutamente nada. Desmontando la existencia de Dios lamenté que el temblor no hubiese durado más tiempo.

Idea de cierre (22 de octubre)

Llegué empapado a mi casa. La porquería que se nos devuelve es la queda impregnada en la ropa, en las costumbres tristes que llamamos virtudes. La gripe creciente sirve como antesala para evidenciar enfermedades mayores, de esas terminales auspiciadas por los demonios, los malestares rutinarios y la precaria alimentación. Este ritmo constante de precipitaciones, en conjunto con la complicidad de habitantes asquerosos, que piensan que viven en un hotel y que su basura (junto con su actitud ignorante) no generan estragos considerables, porque la miseria no es capaz de medirse a si misma, más la negligencia parasitaria del Estado revolucionario, que mantiene tercamente la política irreductible de subsidiarlo todo, a devaluarlo todo, soslayando las mejoras y el mantenimiento, porque poco importa si las cosas funcionan realmente, porque aceptar la falla es aceptar el fracaso. A este paso ya no tenemos idea del valor que pueden llegar a tener las cosas, la especulación es la medida con que trazamos nuestros tratos con el otro. No es la costumbre sino el reproche de esa derrota descarada, que se evidencia en el rostro de la gente esperando bajo un toldo a que se calme el agua que ordeña el cielo, con una paciencia insoportable que inspira lástima porque hablamos de tiempos irrecuperables. Sin cartas bajo la manga, sin planes de contingencia, sólo aceptar el colapso de todo, y que estamos sumergidos en el mismo juego, en esa trivialidad que volvimos algo normal, lo cual resulta patético. A este ritmo improvisado y nauseabundo, una vez desbordado el Guaire y tapada todas las cloacas y las cabezas de cada habitante de esta ciudad, subirá tanto el agua que por fin tendremos nuestra Pequeña Venecia que tanto esfuerzo ha costado recrear.

«Rostros buenos, como formados para siempre» (1 de noviembre)

Ayer murió mi tía Julia. Su partida se me había anticipado en un sueño que tuve la noche anterior. Estaba ella en un gran salón, repleto de personas vivas y muertas que lo único que tenían en común era que ya no estaban conmigo. La vi sentada al lado de mi abuela, comiendo juntas un ligadito de mazamorra y arroz con leche; por razones desconocidas se me impedía acercarme a ellas. Saludaba a los ausentes de forma distante y alegre. Luego me vi obligado a salir de la fiesta apurado porque una voz desconocida me dijo al oído que yo no estaba invitado. Desperté sin darle mucha importancia a los sueños. Luego más tarde por un mensaje tardío de mi mamá fue que asimilé todas las piezas del día. Los muertos por parte de mamá siempre buscan la forma de manifestarse más extraña, todo un ritual de la despedida, señales para dejar a los vivos más confundidos que antes, sin derecho a ningún tipo de aclaratoria, porque es lo justo, vivir con esa inquietud hasta el día de nuestra partida. Uno logra comprender estas cosas demasiado tarde, cuando ya no se puede hacer nada salvo recordar todo los hermoso en un instante, invocar una vez más un poco de todo, antes de seguir con nuestras miserables vidas. Regresando a mi casa recordé fragmentos de la tía Julia. Recordé el pueblo de San Benito, aquel lugar sencillo de casas de barro, uvas y duendes, donde tantas veces fui feliz. La dicha de algunas familias, como la mía, está en sus comidas, en sus platos inolvidables; aprendí en el seno de poemas y cubiertos que ante todo se aprende a amar primero por el estómago y después por el corazón. Volver a los lugares de infancia nos obliga a aceptar con derrota que Dios se encuentra en los detalles. La última vez que vi a la tía Julia fue un día azaroso. Habíamos decidido pasar de visita casual antes de partir a Lima. Era el cumpleaños de un primo de mamá. Llegamos rezando a las ánimas, justo iban a servir el almuerzo. Habían preparado un pastel cuyos ingredientes seguirán siendo un misterio para mí. Luego el plato fuerte del día: sopa seca de camarones; es difícil explicar cómo se devora un plato con tanta parsimonia y placer; tuve una sensación de nostalgia porque supe al terminar que esto no se volvería a repetir. Hay cosas que no se pueden volver a comer. Luego la sobremesa, donde todos inflados oíamos la lucidez de noventa y cinco vueltas al sol. Mi tía a su edad tenía una memoria increíble, una memoria de árbol y estrellas. Nos habló de los días donde San Benito era zona de hacendados y la existencia de un río que ahora no es más que un canal de cloacas. La llegada de los militares y la Segunda Guerra Mundial. Que antes los camarones eran más grandes, que antes todo era mejor, que no hay más allá donde curarnos del aquí. Cuando empezó a hablar de la llegada del hombre a la luna me quedé dormido. Desperté de nuevo y tomé algunas fotos. Luego llegó la hora del postre. Mi hermana y yo estábamos felices por volver a comer el famoso pie de manzana. Mi hermana le pidió la receta de forma muy sutil. Todos estábamos ansiosos por saber el secreto del pie de manzana. La tía Julia mirando al vacío le dijo: «Todas las recetas las he olvidado, ya no sé cocinar, ya no me acuerdo de nada». Sus secretos se los llevará a la tumba, pensé. En la cocina había una vitrina con una puerta dañada que traté de mover con dificultad para meter unos platos. Vi que sólo había que ajustar un tornillo. «No te preocupes por esa puerta que no se puede arreglar», dijo la tía Julia. «Claro que sí», le repliqué, «mire…ya está arreglada, pruebe ahora, sólo había que ajustar acá y mover acá». – «Qué cosas hijo, y después de tantos años con esa puerta así. Ustedes los venezolanos son una especie de brujos» – «¿Por qué dice eso tía?» – «Porque arreglan las cosas que pensábamos ya no servían. Hacen magia con aquello que parece estar dañado». Esa fue nuestra última charla. Dejé el pueblo de mamá con extrañeza. Dejé el Sur. Me despedí de la tía Julia con la gratitud que sólo se puede demostrar cuando se tiene la sospecha de no volver a ver a alguien otra vez. Recuerdo que no supe responderle nada. Y todavía años después, en Caracas, recordándola en un vagón de regreso a casa todavía sigo sin encontrarle un sentido a sus palabras. ¿Qué habrá querido decirme con eso? ¿Por qué lo dijo de esa manera? Los venezolanos, ¿unos brujos? Reparar ¿Qué argumentos tenía mi tía para dar una declaración con tanta certeza? ¿Si teníamos esas cualidades por qué no éramos capaces de arreglarnos a nosotros? ¿Qué tipo de magia se necesita para reparar lo dañado y defectuoso que habita en nosotros? El fin era sólo el principio. Las palabras no hacen más que comprometernos a tareas de orden superior. Es una gimnasia de enfermedad y dolor. En la distancia brindé por la tía Julia y los ausentes del Sur. Siento que escribiendo sobre ella reparo con torpeza algún compromiso con la memoria. Nunca se logra escribir lo que se tiene en mente, y esto casi siempre es vergonzoso. Como brujo entusiasta, mi primer trabajo consistirá entonces en aprender a interpretar los sueños.

Fragmentos de apocalipsis (19 de noviembre)

Sucede que cuando llega el agua se va el internet. Está bien. Cuando pasa al revés la diferencia no es mucha tampoco. Se adquiere un control pleno del cuerpo a la hora de usar el baño y se tiene que recordar que a ciertas horas no hay que bajar la palanca porque el tanque no puede quedar vacío, siempre y cuando se trate de un caso extremo de podredumbre total, donde todo resulte insoportable y se acaben los suministros del tobo. No hay que ceder ante la molestia de sentirse sucio o medio limpio, es normal que a veces surja esa necesidad de destruir la poceta a batazos, pero ella no tiene la culpa, aparte que después cómo te puedes costear una nueva, y luego el predicamento del porvenir: ¿Dónde cagaré después? Hay que tener algo de honor. Dios mio. Caracas es el reino de las cucarachas y los zancudos. Apenas se distinguen personas, que con el paso de los días se acercan a las costumbres de las ratas y los monstruos de la basura. Uno se vuelve una persona metódica, medianamente útil en el soporte del hogar, paranoica, inmune a las arrecheras, pero cuando se pierde el equilibrio hay que saber drenar las molestias en alguna parte. Siempre está la opción de inmolarse en el metro, pero si se piensa fríamente no vale la pena, los venezolanos seguiremos existiendo por montones como clones y conejos. La vida tiene que seguir, así se cuente con internet y agua en momentos intermitentes del día a día.

 

Cierre de Tala (4 de diciembre)

Regresando a mi casa tuve una experiencia religiosa. Me bajé en la estación de Capuchinos. Por la esquina Albañales la gente estaba en la calle celebrando el día de Santa Bárbara, tomaban curda y fumaban tabacos, un señor con un micrófono cantaba baladas a un público ebrio que rendía ofrendas de fruta sobre un altar con unas Bárbaras de túnica azul y otra de rojo. Como andaba de paso me persigné tres veces. Le pedí a la santa que me cuidara a mi y a la gente que yo quería. La marcha siguió tranquila hasta llegar al puente Ayacucho para cruzar a El Paraíso. Iba pensando en el día que me dieron el muletazo y la maldad de la gente, la enfermedad y sus metáforas, Caracas y su frío decembrino. En mitad del puente una moto me viene de frente y se orilla, el tipo que va con el motorizado me golpea el vientre mientras cierra el puño como tratando de quitarme algo. En mi mano sólo llevaba un libro de Susan Sontag. «Mamahuevo», me dijo el motorizado mientras se perdía en la bajada del puente con lentitud. Otro que cruzaba el puente que estaba más adelante se devolvió y me preguntó si me habían hecho algo, «me golpearon», le dije, «pero no me quitaron nada». Una corriente de rabia me impedía mantenerme recto, era el miedo llegando tarde, demasiado tarde. Pensé en Santa Bárbara, en la eficacia de mis plegarias. Después de todo sentí un alivio ameno pero igual miserable. Basta este tipo de experiencias cotidianas para asimilar que sin importar nuestra suerte o destino, de que vuelan vuelan.

El Reloj de Arena: Fin de año en un hotel (31 de diciembre)

Logré reparar el reloj de la cocina que ya tenía meses marcando una hora que no era.  Atribuí el reparo a una buena señal del mañana. Salí a la calle un poco más tranquilo porque después de tanto pude sincronizar alguno de mis tiempos. Desprovisto de mi fascinación interior todo afuera seguía igual. Todo por igual muy caro, y comentar eso es algo irrelevante, siento que hemos llegado a un punto donde eso ya no importa. Si nos proyectamos siempre concluimos que todo gasto para ya mismo es mejor porque igual mañana no se sabe. Aquí concluimos que nuestro mayor pesar es el tiempo como idea que hay que evitar, y por otra parte nuestra poca noción de él. En el Hotel se tiene que vivir bajo esa condición de no saber lo que vendrá después. Año nuevo no es una excepción a las reglas: es un todo lo que puedas, mientras puedas. Ante la subida excesiva de la uva se reemplazan fácilmente por mandarinas, que para esta fecha están en temporada y resultan ser más baratas. Las uvas del tiempo son cambiadas por las mandarinas del tiempo, cuya efectividad para los deseos del año no presentan una variación, tal vez de forma y color. Siempre está permitido comerse más de una fruta por cada mes. Doce uvas para cada mes del año, cada propósito por cumplir. Doce mandarinas para no descartar el típico ritual y pasar por alto las adversidades. El acelerador de partículas cumple su función en la continuidad del año dos mil, entre mis deseos de uvas y mandarinas está la tranquilidad que no da la velocidad, la cual cada vez se convierte en un lujo inaccesible. Solo pienso en la rumba que acontece en mi tripas por mis descuidos alimenticios, mi decisión deliberada de beber hasta partirme el rostro mientras armo el guarapo de los ojos y me pongo a llorar por todas las personas que no se encuentran conmigo. Caracas recibe el año entre pirotécnicos y disparos. Ya con el tiempo conoces la diferencia descarada entre un sonido y el otro, el que detona y bota luces, al de los tiros repetidos que rebotan caos y muerte. Los vecinos del edificio del frente salen a la calle con sus maletas y mochilas, con la esperanza de poder estar más pronto que tarde en alguna otra parte, con la ventaja, tal vez, de volver siempre por donde han venido. En la fiesta todos los ruidos se toleran formando uno solo, un ruido sostenido sin fondo que evoca las pesadillas y aviva el tortuoso proceso de recordar. El defecto de volver atrás. Recordar la casa de antes tan alegre y llena de gente ante una casa ahora vacía y en silencio. Una mesa de adornos minimalista porque no sé cuenta con el sentido estético de una madre o de una hermana. Los detalles no han sido nunca mi fortaleza. Una tristeza es recordar, sentirme distante de aquello que sentía tan mío. Cada miembro de una inmensa familia buscando acercarse desde el otro extremo del mundo, dependiente de prótesis inteligentes. Y esa alegría de no estar aquí y de necesitarlos al mismo tiempo. En la ausencia se valora con mayor fuerza. Los detalles importantes de una mesa y la risa tras el sonido alegre de un brindis, la música que nos recuerda de donde somos, gatillos de instantes increíbles, efecto que no se logra asemejar a ninguna otra cosas creada. Basta solo un canción para desmoronarnos, para eyectarnos a las miles de formas que son la habitación de la vida. Basta sólo una canción para dar las gracias por tantas cosas buenas. Comprender es poder ver en el presente el pasado, asimilarlo como algo nuestro de la cual deriva todo pequeño traste de existencia.  El tiempo pasa y nos arrolla con sus enormes cascos sin ningún tipo de concesión,  y uno aquí todo borracho y contento como si no pasara nada.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Sobre lectores y escritores flojos

Cuando regreso a la hoja lo hago con la insistencia que exige la misma disciplina. En repetidas ocasiones he hablado del blog como un ejercicio de taller, de carácter lúdico y hasta incluso vanidoso. Se escribe con la finalidad de enganchar lectores y las ideas se comparten para desprendernos de ellas, y que alcancen tal vez velocidades altas mientras transitan de forma improbable por el hiperespacio. La publicación esporádica la veo como una actividad ingrata pero necesaria para mis experimentos, donde me someto a las más duras evaluaciones, como el escarnio de la indiferencia que impone la misma velocidad; las pruebas de voz son duras porque son gratuitas, motivadas por el impulso y esas ganas de decir algo, de gritar cada cierto tiempo, lo cual cada vez me resulta más difícil.

Me toma cada vez más tiempo desarrollar una idea, dudoso de que suene igual que la vez anterior.  Sé que se trata de una exageración, pues nunca se vuelve a decir lo mismo, al menos con las mismas palabras no. Siempre uno vive con sus inseguridades, con esa traba de no saber qué oración poner después de la otra y que a su vez no genere ningún tipo de confusión. Doy vueltas en las mismas obsesiones. Tengo esa inquietud por la tonalidad y dirección que van tomando los textos. El problema es siempre la forma, la exposición del asunto.

Tengo un colega que le mando mis escritos cuyas opiniones nunca recibo, pero él siempre me exige una respuesta inmediata cuando me manda los suyos, de una forma sutil, casi infantil porque quiere dar la idea de que escribir para él no tiene la mayor importancia, pero espera una observación puntual de mi parte. Yo también espero algo de él, pero su silencio es una respuesta suficiente, que admito me produce conflictos momentáneos. Yo no le reprocho nada, porque cada texto que recibo de cualquier parte lo reviso como si se tratara de un gran esfuerzo ajeno, que tengo que revisar con pinza y paciencia, porque por igual pide que se le señalen las costuras, (es la primera vez que asumo la lectura como un trabajo); yo también espero lo mismo, pero he aprendido con el tiempo que no puedes obligar a los demás a leer tus menudencias y que luego te den una opinión sensata. No se le puede pedir eso a nadie, y mucho menos a los amigos, que a veces no son los mejores lectores.

La amistad compromete de cierta forma y se puede perder la claridad de lo que se tiene que hallar al leer. Hay que ser un gran amigo para tener el valor de decirle al otro que sus textos son una mierda, de lo contrario, si se trata de alguien bueno, motivarlo de manera tal que no sienta que está por las nubes, que tiene algo, pero que todavía no es nada, que puede ir mejorando poco a poco, incitarlo a que se concentre más en las palabras, en la investigación sistemática para el perfeccionamiento de ellas, de su posicionamiento a la hora de ordenar las ideas, y ser capaz de expresarse con mayor claridad. Es un tema de equilibrio. Pero igual no podemos encomendar todos los criterios a las amistades.

Los motivos están en los grandes públicos. Lo ideal es lanzar nuestras entradas al oscuro lago de los cocodrilos y renacuajos, donde los extraños descuartizan sin asco o aplauden exageradamente. En cualquiera de los casos, siempre habrá formas civilizadas para decirle a un escritor que siga entreteniendo con sus invenciones, o que se calle la boca, que es lo que sucede mayormente. De cualquiera de las dos formas se puede evidenciar un talento construido con esfuerzo de algunos, o a veces la suerte de ciertos oportunistas. Ambas válidas, pero una prevalece sobre la otra. Eso lo decidirán los lectores. La actividad discursiva es un terreno de competencias deportivas. Se trata de un medio repleto de envidias silenciosas, de atletas fracasados y criaturas solitarias, pero sobre todo de buenos y malos lectores. Es un tema azaroso, y de aniquilación sistemática del ego, porque caemos en cuenta, en esta arena de vanidades, que somos cualquier vaina.

De mi colega siempre he pensado que escribe bien, pero carece de estilo, desprecia las críticas, entregándose a la frivolidad de una musa espontánea, que no es más que la excusa de la flojera. Y lo que es más lamentable, se siente satisfecho con lo que escribe. Tal vez por eso lo envidio, o lo que realmente siento es decepción, porque está convencido de su mínima proeza. Si encuentra plenitud en lo que hace entonces qué sugerencias puedo darle. Por otra parte también he pensado que mis sugerencias tampoco tienen por qué ser importantes. Es muy fácil escribir mal. Un texto deficiente en principio es un texto de pocas lecturas. Lo digo desde mi breve experiencia, que se evidencia en cada texto que voy dejando atrás, en las torpes maneras que busco darme a entender.

Puede que el pequeño conflicto con mi colega no sé trate de la falta de fuerza que percibo en lo que hace, sino en la insatisfacción que encuentro siempre en cada cosa que hago por mi parte. La otra cosa tal vez sea que yo no sea el mejor crítico. Tampoco el mejor lector. Tras varios experimentos caí en cuenta que en realidad yo no sabía leer. Que tenía años pretendiendo hacer algo por inercia. Sucede cuando vuelves a releer un texto que las palabras tienen otro significado. La primera pasada a veces es rápida y muy violenta. Con esa actitud devoradora nos tragamos libros de la misma manera, pero hay que preguntarse qué logramos retener de esos libros, si al final logramos interiorizar algo. La relectura entonces se trata de un proceso digestivo más lento, donde se comprueba que evidentemente la primera vez no entendimos nada. Entonces se digiere el texto y absorbes de otra manera las propiedades vitales y proteicas de otros. La mayoría de las críticas son malas porque se hacen desde una primera lectura apresurada, obviando los detalles vitales que le dan sentido a la creación que pasan desapercibidos. Por eso el trabajo de un corrector es sumamente difícil.

Muchas de nuestras críticas están sustentadas en primeras lecturas, y quizá por eso somos mediocres a la hora de argumentar. Claro que estamos hablando exclusivamente del acto de la lectura. No pretendo dar la impresión de extrapolar este acto a cosas de otra índole, como algo que trasciende y atraviesa nuestra cotidianidad (aunque bien podría hacerlo). Nada de eso. Si asumimos que hemos leído mal ¿entonces dónde radica el problema? ¿En el autor que no sabe transmitir lo que piensa? ¿En el lector ingenuo? ¿Una falla mutua derivada de la misma tramoya y la imposibilidad de comunicarnos con plenitud? ¿Podemos mantener el principio de que malos lectores producen malos escritores, y que este mismo principio puede darse a la inversa? Me parece un tema muy delicado. Encasillar es una forma sencilla de justificar todo, pero se trata de algo mucho más complejo.

Poniendo de lado la actividad de la escritura, uno se podría hacer una pregunta de manera personal: ¿seré acaso un buen lector? La verdad no hay forma de determinar esta pregunta, no sabemos si realmente podamos darle una respuesta. Podríamos jactarnos de las cosas que hemos tenido la oportunidad de leer, lo cual puede estar desprovisto del hecho de haber realizado lecturas buenas o malas, cuando lo que cuenta al final es el disfrute de la lectura. Queda siempre algo en el fondo, leer es una actividad íntima. Queda sólo seleccionar eso que nos atraiga, y velar que sea siempre lo mejor. En ese sentido opino que no hay que perder el tiempo en cosas que no nos interesan.

La lectura está ligada a los gustos personales, y estos gustos no están sujetos a ningún tipo de reglas. Harold Bloom en un texto titulado el Canon Occidental, en la parte final anexa una lista de autores mayores con títulos de libros separados por distintas eras y en función de su procedencia y la magnitud y relevancia de cada obra. Sobre la lectura y las sugerencias que plantea dice: “Es improbable que el lector corriente tenga tiempo de leerlos a todos. No hay una relación constante entre la comprensión, la velocidad y el placer de leer. A medida que la historia se prolonga el canon se expande. Cuesta entonces determinar qué es lo que realmente tenemos que leer, aunque es realidad eso no es problema de nadie”.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Canino caraqueño

“En la oscuridad, no podía distinguir a los amigos de los enemigos.”

Ralph Ellison

Soy un hombre invisible. Puede tomar un tiempo asimilar esta condición fantasmal, de cero a la izquierda, un sujeto sin importancia colectiva. Un animal cualquiera. En principio con lo único que se cuenta es con la voz. Una voz que puede ser distinta de acuerdo a las circunstancias. Mentir y sembrar rumores se vuelve una tarea sencilla porque nadie es capaz de verte. Si permanecemos en silencio podemos pasar desapercibidos.

Uno juega en la arena y otros pueden creer que se trata de una fuerza ejercida por el viento. Nuestra presencia no es más que aire sobre aire. Sospecha irrelevante. Así se tiene que vivir en esta ciudad de puercos y trasgos, volviéndose invisible. Lanzas una oración y la gente responde a ella, guiados por una rabia encuentran sentido en nuestra voz porque está presente en la de ellos. Voces parecidas que nadie sabe de dónde vienen. Ecos revoltosos de un mundo absurdo que nunca va a cambiar. Voces de arcilla, antiguas como el juego las ruedas. Voces presentes… ¿Qué tanto se acercan a lo que otros pueden sentir? Nos creemos astutos intermitentes porque nadie nos puede ver. De resto la vida es infame.

Mi jefe me pide semanalmente un escrito falaz sobre la ciudad. Yo acepto el compromiso como si se tratara de una tarea sencilla. La dificultad no está en la improvisación agitada de las palabras sino en la puntualidad de un tema específico. Tomar un tópico por el cuello para que hagamos un desastre que al final no sabemos si dará satisfacción al lector. Lo importante es sembrar una inquietud. Molestar porque no tenemos otro compromiso que exija cierta gimnasia de nuestra parte. Luchar contra la mediocridad de la hoja en blanco, evitar escabullirnos por las ramas, pues hay que respetar el tiempo valioso de quien nos lee, y más cuando se le introduce desde un principio una idea que concluida tal vez no lo deje tranquilo por un tiempo. Con un instante basta.

Caracas reclama velocidad. Cuesta todos los días llevar un ritmo impulsado por la taurina y la inflación meteórica. Cuesta concentrarse en un clima asfixiante que no garantiza que lo que hagamos ahora tenga sentido. El reto en esta ciudad se resume en un desafío diario a la derrota.

He escrito desde hace años en redacciones escandalosas que no llegan a ningún sitio, acosado por la obligación de una reseña cotidiana, de un fragmento íntimo y personal de lo que es vivir en una ciudad nefasta como Caracas. Aprendí con el tiempo que cuando se tiene algo que decir se puede escribir en cualquier parte. La indignación es más efectiva cuando se intenta describir con detalles cada molestia sin temor a las repeticiones. Las rabias se puedan evidenciar en las oraciones, pero eso ya no tiene porqué importarnos. Hay cosas más terribles que decir la verdad.

¿Qué les puedo decir? Vivimos en una ciudad enferma de costumbres deprimentes que nos hacen sentir un orgullo asqueroso, donde la gente escupe en cualquier parte y niega reconocerse en la mirada del otro. A la expectativa de un cambio drástico-celestial dejamos la empresa de la transformación a los mismos que de forma irresponsable nos gobiernan. Acusamos al universo por nuestra incapacidad de admitir el fracaso y seguir adelante. Muchos confunden esto con algo llamado resiliencia, cuando en realidad hablamos de un cinismo en estado puro. Aquí se condecora al payaso que nos haga reír más duro. Se suele ser hostil con aquel que nos conjugue ideas amargas con otras ideas más amargas. Si no hay chiste en el discurso no vale la pena tomarnos en serio nuestra miseria. Hay que darle prioridad a esos engendros de circo que nos recuerdan lo idiota y dóciles que podemos llegar a ser.

Esto es demasiado. Cuando se es invisible la voz de uno se confunde con la de otros. La invisibilidad permite que la voz alcance un tono abstracto de multitud. Hay una cualidad que compartimos y negamos con vergüenza: somos los reyes de la negligencia, no somos capaces de darle una continuidad a las cosas que empezamos. Es fácil deprenderse de los compromisos en un lugar donde nos han convencido que la felicidad duraría para siempre. Cuando no hay sentido del porvenir la esperanza es un analgésico desagradable, provoca piedras en los riñones, envilece a cualquier desgraciado.

La revolución me ha enseñado muchas cosas, entre ellas la pragmática y la virtud de ser ignorante. El valor de la disciplina y el estudio. La mediocridad cercana al poder de las masas se vuelve la medida de todas las cosas. Por otra parte, y esto creo que viene a ser lo más terrible, luego de acostumbrarte a la violencia de todos los días puedes soportar tiranías de orden superior, como la apatía o el silencio. Estas cualidades repugnantes se pueden concentrar en un grupo patético de hombres y mujeres que, con visiones cortas del porvenir, viven la inmediatez de una manera tan absurda y egoísta, que pueden prescindir tanto de su peso gravitacional como su propósito en la tierra. Son criaturas despreocupadas, concentradas en sí mismas. Estos seres logran generar un malestar tan grande que al ser tan repetitivo se hace común, y por una permisividad alcahueta se vuelven una ley, una aleación idiosincrática de fácil aprendizaje, porque la imbecilidad es contagiosa y es moda en todas las épocas. Aquí se aplaude al idiota y al payaso, ambos tienen méritos por igual. Al que piense distinto se le paga con ingratitud y desprecio.

En revolución aprendí que el fracaso está en los detalles. El pasado que impide comprender el presente. Todos los problemas que se puedan presentar en la sociedad se militarizan. Es muy sencillo. Caracas es una referencia de la derrota. Un proyecto inconcluso. Una ciudad que siempre está naciendo y que no aprende a caminar por su cuenta. Está viva y muerta a la vez. Es como un aborto, nadie le pidió que existiera, se hizo a punta de accidentes y violaciones. De campamento se hizo un Hotel. La sucursal de las prostitutas y los hombres embrutecidos por los electrodomésticos y el oro negro. Nuestra ciudad de plástico en eterna construcción. Un levantamiento que nunca termina de concretarse. Piensa en las alturas descuidando las bases.

Caracas parece ser la ciudad de las últimas cosas. Un día vemos que empiezan algo que promete ser útil para todos; mañana no es más que bloques y escombros, las cosas se pierden, se las roban, nadie reclama nada, todos enmudecen cuando la hipocresía se agranda, cuando sabemos que la culpa es nuestra y sólo nuestra. La ruina provisional se vuelve otro trofeo más en la estética de la ciudad. Los lugares se toman por un tiempo, luego se olvidan y se pierden, son tomados por el vandalismo y la oscuridad. El aire que se respira es una fusión de mierda con sangre, pilares indispensables para la creación del Hombre Nuevo. Observen con mayor atención, una vez que una puerta se cierra no se vuelve a abrir nunca más. Una vez que algo se daña no hay manera de repararlo. El parque temático es un sertón de chatarra de atracciones clausuradas en aparente recuperación. Todo hecho a la medida de una improvisación.

El secreto para vivir Caracas es imaginarse las cosas como si hubiesen funcionado alguna vez. Sólo la nostalgia le da sentido lúdico a nuestro caos, miseria en espiral. Aparentemente somos la generación de relevo que tiene que soportar esta tensión entre la fantasía y la impotencia de un recuerdo. Entre lo desconocido y lo que hubiese podido ser, lo que ya no es y que por mucho reproche que abunde no volverá a ser jamás. Nuestro dolor está en saber que no seremos suficientes para cambiar el presente, sin embargo está el compromiso titánico de evitar que este parque se nos derrumbe encima.

Hay que tratar de dejar las cosas mejor que como las encontramos. En esa primicia está la fuerza invisible de lo que somos ahora.

Si no, ¿qué más podemos hacer?

Pues de todo.

Alexander JM Urrieta Solano

4321

Las casualidades no existen. El recuerdo tiene la función de un gatillo explosivo. Las personas que nos piensan siempre quedan en un reflejo. Se accionan cuando uno menos lo piensa, se accionan en una imagen cualquiera. Las noticias del otro llegan a velocidades insensatas. La distancia puede obviar el pesar del pensamiento. Una persona que pesa fuerte en el cuerpo se queda, es lo único que puedo decir con propiedad. Se acomoda el recuerdo de alguien en nosotros, como una costra en la piel. Toma el espacio a nuestro consentimiento, total uno permite lo que desea. Por eso ciertas enfermedades son sanas, porque alivian el cuerpo.

Un maestro inmenso me dijo que lo ideal era escribir sobre nuestras obsesiones. Lo mío era lo irremediable, lo que ya no estaba. Revisaba en mis gavetas como un enfermo con esa expectativa de hallar algo que me llenara, algo que ya no tenía conmigo. Comprendí que las personas que ya no se pueden tocar las puedes tener en objetos-recuerdo; cosa tonta pero eficaz, cuando no cuentas con paliativos todo se vale, así sea el detalle de eso que nos hizo llorar y reír al mismo tiempo. Es importante admitir que la enfermedad es innata, única para uno mismo. Nada de reproches, esto es un asunto personal. Alguien entra en el cuerpo de uno y se queda, la ausencia es lo de menos, lo que duele es el olvido, sentir que no servimos para el otro. Cierro una idea repetida tantas veces hasta el cansancio.

Todas estas pequeñas cosas valen cada segundo. Me arrepiento un instante por seguir adelante. Es un remedio lamentable. Practico como puedo. La lectura también es una enfermedad. Escribir es algo peor, es un ejercicio que puede prescindir de los méritos, uno ya no sabe para quién escribe. Total, ¿quién rayos nos lee?, tal vez no lleguemos a la persona que queremos, a ese objetivo cronometrado, al que detona estas palabras que de forma desesperada tratan de dejar algo, al menos un mensaje de Te extraño profundamente en el alma, quizás. Dirán muchas veces que ya no tengo remedio, que no tenemos remedio, pero somos un grupo de gente que se hunde en las mismas arenas movedizas. Pero sin embargo es una bendición estar enfermo. Un ser rebelde es aquel que se encuentra informado. No sé, ignorar es una garantía de ser feliz.

Se escribe a una musa de manera ingrata, sin fines de lucro. A ella tal vez ya no le importen mis palabras. Es algo comprensible, tal vez nunca he tenido la fuerza suficiente para redactar urgencias, debo estar tan decepcionado como para publicar mi desnudez. No me jacto de ser grande, pero admito que cada vez que escribo para ella me inflo de valor absurdo, pues no soy más que una mancha en la hoja, un punto y aparte. La historia sigue adelante. Ella en su vida y yo en la mía. Nadie puede entender una historia ajena. Eso tan íntimo viene a ser la reliquia personal de la felicidad.

He mejorado en cada cosa que escribo (creo yo). Es claro que siempre te he escrito. Aprendí que dejarse llevar es una forma de ser libre, pero cuando uno recuerda los posibles porvenires uno se llena de ansiedad y tristeza, pero no queda más que anhelar en silencio, pues nadie entiende esto salvo nosotros, salvo yo solo, porque admito que recuerdo de forma constante como si ya me hubiesen olvidado. Escribo mejor, o es lo que me dice el paso del tiempo. La práctica, la soledad, sirven como garantía al fin de estas ideas, es un ejercicio muscular, de oficio elástico de atleta condenado al fracaso. Igual no puedo acostumbrarme a las ausencias, me cuesta muchísimo, pero no tengo de otra. No sólo por ti, sino por todos lo que se van sin avisar, de un día para otro. Vivo en una ciudad de despedidas. Redacto como un loco un diagnóstico de país. Estar enamorado de algo fijo carece de importancia, ya nadie está interesado en seres pasionales, vale verga la nostalgia. Todos queremos cambios pero nadie quiere cambiar. Entonces, de manera rotunda y apocalíptica, concluyo que nos merecemos lo que tenemos.

Feliz fin de país, donde sea que te encuentres.

Alexander JM Urrieta Solano

Addenda para fin de país

Querido lector:
Un gran escritor es el amigo y benefactor de sus lectores.

Macaulay

La conjura de los necios – John Kennedy Toole.

 

Lo ideal es compartir el texto y dejarlo morir ante lo incierto del público. En la inmensidad de la información siempre estará seguro para bien o para mal. Soy promotor de la idea de que todos los conocidos que escriben algo deben ser leídos por todos. Sus ideas son urgentes, así me parezcan dispares o poco elocuentes, ameritan siempre su debida atención. Apoyar a tus semejantes es una forma de sembrar entusiasmo. Creo en las virtudes de la difusión, porque siento que es una forma de alentar a mis amistades a seguir trabajando en un oficio tan difícil como el de escribir.

No todos nacemos para esto. Pero eso no implica que se deba dejar de lado tal ejercicio del cuerpo. Admito que no puedo soslayar mis dudas ni tampoco mis inseguridades, por estas mismas razones lo sigo intentando, de una manera casi forzosa e incluso hasta ingrata. Total, a mi nadie me dijo que yo era bueno para esto. Por otra parte, he aprendido con el tiempo que no se puede esperar opiniones sinceras de otros escritores. Siempre está una envidia, una lástima, un desprecio de por medio, ya sea porque uno no lo hace bien o lo hace extremadamente bien; en este caso existe una admiración clandestina, que se resguarda en el balbuceo y las críticas plásticas, que al final nunca son del todo reales porque son más reservadas que puntuales. Uno lo siente, y lo sabe porque en más de una ocasión lo ha hecho. De cualquier forma, las dos son lamentables.

Es triste sentir que se escribe mediocremente, y que de igual forma amistades te compartan como parte de un protocolo liberador. Pero es mucho más triste, sentir que se logra decir algo por un instante, compartirlo con alguien a la espera de una opinión y no recibir nada. Entonces no se sabe si lo escrito está bueno o no sirve. El silencio es una forma versátil de juzgar. Me ha sorprendido que las opiniones que he recibido de mis escritos han venido de los lugares menos esperados, cosa distinta a los lugares donde mi obviedad termina en una especie de sala de espera, que tiene la peculiaridad de no poder ser reprochable, porque nadie está obligado a leer nuestras petulancias, ni tampoco a emitir opiniones acerca de ellas; esto igual no quita la necesidad de buscar sugerencias.

Comprendí luego de tantos textos que pasan sin pena ni gloria que escribir es un oficio donde no existen los amigos. Es una actividad solitaria, profundamente íntima y personal. En el caso más estricto, disciplinaria y enervante. La prioridad mayor aquí es el lector, y ese lector puede ser de cualquier parte. Me gusta pensar que la gente que más me detesta es la que más me lee. Anónimos enemigos que desprecian en secreto. Conocidos silenciosos, de esos que te saludan pero nunca comentan nada de lo que haces. Esas personas detestables tienen que ser la prioridad junto con aquellos lectores pacientes y potenciales, aquellos que uno con desespero trata de atraer como un imán a nuestra mirada.

Para saber quiénes son buenos escritores hay que tener precisado a todos esos que consideramos pésimos, pues hay que tener referentes de lo que debemos evitar ser; del otro lado tener presente a los grandes maestros, que debemos plagiar hasta el cansancio con la mayor rigurosidad posible. Esto que digo no es ninguna novedad, está escrito en la Biblia, unos de los libros más importantes de la Western Culture Inc.

En el Evangelio de San Lucas, capítulo VI, versículo 40, este dice: El discípulo no es sobre su maestro, mas cualquiera que fuera como el maestro será perfecto. Esto es palabra de Dios. Te alabamos escritor.

Es sabroso hablar mal de los demás. Para mi un mal escritor es aquel que no logra darse a entender. Digo esto no por otros, sino más que todo por mí; admito que me cuesta mucho darme a entender, a veces ni yo mismo sé lo que estoy diciendo. Pero nunca está de más intentarlo. Puedo aceptar que para algunos lectores exigentes yo forme parte de esa calaña de escribidores rancios. Es muy probable que lo sea; prefiero no discutir eso con nadie, tengo todas las de perder. El lector siempre tendrá la razón, así no la tenga; es lo justo, todos cometemos errores alguna vez y a cada rato. Mis palabras no pueden saciar todas las lenguas. La verdad, es muy difícil saber si las palabras de uno logran satisfacer los apetitos de algún lector.

¡Qué cosa tan delicada es el lector! Un mal escritor no piensa en estas cosas porque está tan enfocado en sí mismo, que sólo escribe para su propia vanidad y es evidente cuando se expone a los demás, carece de voz propia y sentido del estilo. Son de esas estirpes que le dan más peso a la bajada de una musa que al esfuerzo cotidiano. Son terribles lectores, eso queda más que claro. Conozco muchos contemporáneos que se empluman porque han publicado libros, los invitan a foros, son licenciados y compartidos en prestigiosos medios, pero hay un detalle mínimo, muy puntual e insignificante: no saben todavía cómo llegarle a la gente. Publicar no garantiza ser leído, y mucho menos ser entendido.

Existen tantas ventajas para pasar desapercibido. Mientras un texto no sea leído no presentará ningún problema. En estos niveles desconcertantes de fluyo de información es mejor ir por lo seguro, descartar todas las propuestas posibles, inclinarse a las recomendaciones de viejos amigos y entidades sagradas. Todavía necesitamos del respaldo de los ancianos, las celebridades que todavía les cuesta mucho usar las redes sociales, desconocidos por los nuevos lectores adictos a las pantallas.

Me he encontrado con gente que me pregunta por qué insisto en escribir y compartir ideas ante públicos grandes donde son pocos los que se toman la molestia de leer. Para mí es lo mismo que tomarme fotos desnudo, compartir cualquier registro escandaloso de mi vida; el detalle está que esta desnudez, a diferencia de un selfie instantáneo, es que no pretendo retratar una felicidad, me resulta imposible, sería hipócrita de mi parte. Me repugna esa gente que trata de aparentar una vida que no tiene, o al contrario, quizá sea esa la vida que desea: una vida estática, frívola y banal, de esas que tanto patentan los falsos sueños de la televisión basura. No veo la diferencia entre mis escritos y un video itinerante de perros. Mis publicaciones también son un reflejo falso, tan falso y semejante al de cualquiera. Lo curioso es que tal vez al creer que todo entra en el mismo saco no provoque cierta empatía. Pero esta es la virtud de la revolución horizontal. Aquí todos somos iguales.

Consumimos lo que nos conviene. A mí particularmente me gustan los cuerpos, la figura humana siempre (y más después de la pubertad) me ha provocado intrigas y constantes disputas internas. Lo que no pertenece a uno resulta siempre un plato tentador. Digo estas cosas con la propiedad de un antropófago.

La velocidad virtual abre paso a la imposibilidad y la frustración. Deseos de tragarse el mundo desde un encierro. No tenemos de otra, ante tanta calamidad lo mejor es morbosear en silencio. Devorarse a los otros calladamente. Leer a una distancia prudencial. Toda publicación es una exaltación al ego. Un corpúsculo para el alivio de nuestra atención sin importancia. Nada más. Una búsqueda desesperada de un atento lector, que luego de haber sido amable y haber dado tantas vueltas en un mismo sitio no termine, en un ajuste de cuentas repentino, decepcionado con nosotros.

Alexander JM Urrieta Solano.

 

 

Figuraciones de la memoria

Escribe que algo queda. En nombrar las cosas nunca hubo un primero. Todo se repite. Lo que varía por supuesto son los errores. La memoria de uno es la memoria de todos, por lo tanto los fracasos siempre son colectivos y la gloria sin duda la virtud de uno solo. Majestuoso. La vida es un juego de ruedas sobre ruedas. Incesante vínculo desastroso. Ruinas circulares. Hay algo en parte azaroso en nuestra forma de decir las cosas, pero más en las miles de formas de callarlas; tenerlas ocultas como si en el secreto se pudiese cotizar algo increíble. Escribe que algo queda. Una palabra que necesita de otra para ser explicada. Un ladrillo sobre otro para levantar un muro de contención con grietas que evidencian todo un compendio de culpas. Silencio. Todo eso que antecede al movimiento, a esa palpitación cardíaca proveniente de los tambores. Percusión de horrores que acusa en un escándalo sostenido al asesino.

Escribir. ¿Tiene esto alguna utilidad? Resulta pertinente encerrarse en los límites confusos de estas palabras, distantes de todo fin, propensas al encierro que proponen los descuidos y las gavetas. Cada texto es un pequeño fragmento de nosotros. Una confesión no está exenta de la burla ni la vergüenza. Intimidad meticulosamente aprobada para exponer al público, o tal vez un disparate accidental que en un principio creímos inconcebible compartir. Una de tantas pistas que dejamos colando en un universo infinito de partículas. Un tributo sutil a la in(existencia).

Se puede hablar de lo mismo siempre pero no de la misma forma. Esto para mí ha sido la inquietud más grande. La forma. La voz. El hilo discursivo con que vamos empatando las cosas, las ideas que no terminan de pensarse por completo. Entonces el argumento es jactarse de poder decir algo a medias, sabiendo en el fondo que nunca lograremos terminar de explicar nada.

Elena. La primera palabra. Tengo que aclarar desde un principio que lo que voy a contarles se trata de una novela inconclusa. Nunca hubo intensiones de terminar nada. La verdad esto bien se puede tratar de una lectura de comienzos, dedicada a lectores de principios, honestos, que saben muy bien que cuando la trama no funciona se puede tomar la opción de abandono sin remordimiento. Para dejar morir un texto lo que sobra son las excusas. Lo que a veces es reprochable tal vez es la tristeza con la que se deja para siempre ciertas cosas.

Ojalá la vida fuese así de sencilla. Donde pudiese marcar mis propias pausas sin llevar a rastra las molestias de aquellas cosas que dejé incompletas. De tener el recurso del abandono siempre presente como un comodín-botiquín de primeros auxilios. ¿Cuántas veces se me hubiese permitido utilizarlo a cuesta de infames y retorcidos pretextos, que ya por pertenecer al pasado ya no vienen al caso? Saco la cuenta. Cuentas, porque nuestro bagaje así no nos guste es plural, retorcido, lleno de lagunas y celuloides en llamas.

Hubiese tenido el privilegio de haber dejado tantas cosas a la mitad, haberme librado de la pesada carga de dar por terminado algo. Insisto que para mí terminar siempre me ha parecido difícil. Cosa distinta a los comienzos, a las sangrías, a ese abismo entre el suspiro y la hoja, ese inhalar profundo que me recuerda que a veces se puede ser bueno reteniendo hasta el polvo nuclear del aire.

Elena. Te había preguntado una vez qué era la memoria. Quería elaborar mis propias definiciones de ella. Pero de forma inconsciente resumía lo que había escuchado y leído en otras partes.

La memoria es un salpicado de islas. La memoria es volver al índice de referencias.

La memoria es un almacén de escombros. La memoria es una pila de cartas ya jugadas.

San Agustín en sus Confesiones define la memoria como el estómago del alma. ¡Qué bicho! ¿¡Cómo llegó a esas conclusiones!?

La memoria es el depósito de los recuerdos, la capacidad de recordar lo que hemos creído haber olvidado. Esa chispa del instante, explosión fugaz. Eso Elena, eso también tiene que ser la memoria: aquel polvo siniestro que deriva de nuestros actos incongruentes.

Olvidar también es una necesidad. El olvido es la memoria descartada. Eso que se escurre por las grietas del cerebro. Olvido. Hay una estricta relación entre una palabra y la otra. Entre eso que ha sido y lo que vendrá, de ese imposible nosotros cuesta arriba. Cada día que pasa con tu ausencia se desvanece un mundo paralelo en donde hubiésemos podido ser felices, ridículamente felices. La virtud de olvidar ciertas palabras es lo que nos permite crear otras nuevas. Conjugar el olvido es parte de la anatomía de la memoria, de sus procesos oscuros de fluidos alquímicos. Hay tantas formas de pensarnos apoyándonos en aquello que pudimos haber sido.

Resumen. Llegaste un mes de junio. Te fuiste en agosto. No podemos medir con exactitud todos los detalles de nuestras alegrías. Basta con dejar un inventario de las frustraciones. Sé que es enfermizo pero admito que me produce cierto tipo de placer.

Yo trabajaba en la librería vasca. Tú en un taller de artes visuales. Nos encontrábamos en la cola para pedir café. Te gustaba el expreso y a mí el marrón claro. Quizá les parezca tonto pero son a partir de los detalles que se entiende la complejidad de las personas. De amigos íntimos a romance índigo. Luego ese lugar común que todos resumen como amor. Luego los desencantos, la antesala de todas las rabias que justifica cualquier crimen.

Ya no tengo palabras para elaborar una historia concisa de aquello que creí tan mío, sólo hablar de las consecuencias.

Cerca del delito ella pudo elegir si quedarse o irse a Barcelona. ¿Cómo se puede anticipar una declaración de fuga a partir de un margen de error? Los accidentes ocurren todo el tiempo. Elena. Cuesta saber hacia dónde van nuestros inventos. De ahí la incertidumbre de no saber hasta dónde llegan nuestras palabras, nuestras ficciones sin finales felices.

Diez días custodié tu cadáver. Hay que ver que se necesita una tolerancia casi visceral para los olores que emana la muerte. Pero si eran los tuyos, ¿por qué habrían de perturbarme? Cuesta lidiar con la putrefacción y el desgaste injusto de los cuerpos. Lo cierto es que no soporté demasiado…

No puedo continuar escribiendo porque ya no soporto tu silencio.

He tratado el reelaborar esta historia tantas veces. Insatisfecho, dejando de lado cada detalle que exponga la infamia, y que a su vez logre por su propia cuenta sugerir un giro fabuloso.

Imposible. Mejor es claudicar, huir si se puede.

Alexander JM Urrieta Solano