El ganado humano challenge

Expresiones como el #GuaidoChallenge (por poner uno de tantos ejemplos de la estupidez humana) son sólo un reflejo de lo susceptible y banal que podemos llegar a demostrar como población. Nos distraemos con facilidad. No se trata de una decepción (que es la bandera que acostumbramos a ondear todos los días en este país), sino la justificación de las reglas de un juego cruel del cual todos somos participantes, así nos esforcemos por no hacerlo. El que no participa prácticamente no existe.

No podemos escapar del espectáculo del plástico y la pendejada digital, la pérdida consensuada de nuestro tiempo a cambio del entretenimiento, de que cualquiera de los usuarios (desde el senador de Florida, hasta mi amigo en Facebook acomodado en el extranjero hablando del lugar donde ya no está, celebridades acéfalas, vecinos y enemigos) pueden sentirse incluidos en la alcahuetería global, sentirse criaturas listas, protagonistas libres, que luchan en la medida que se burlan y corrompen el sistema desde sus prótesis digitales.

Me hice una pregunta durante la tendencia del challenge: ¿las personas que se encapucharon estaban conscientes de lo que hacían?, por supuesto que sí, no hay acción más lúcida que la de buscar llamar la atención, así se trate de hacer el ridículo y reproducir lo superficial en proporciones clonables y alegres: cuando muchos lo hacen la vergüenza es un sentir mínimo, en la era del Yo todo acto mediocre es permitido hasta que muere y nace otro, así trabajan las modas, las actualizaciones que se hacen sin nuestro consentimiento y nos van configurando sutilmente. Lo terrible es que nuestra miseria sigue intacta o es incluso cada vez mayor. Y parecemos un país que no termina nunca de madurar.

Cuando quieres ser parte de la fiesta de la información eres una persona consciente, pero sobre todo feliz, muy feliz, porque en tu acto sencillo eres un agente del cambio.

No podemos tampoco medir la inteligencia ni el libre albedrío de estas acciones, ¿qué absurdo se esconde en el fenómeno del selfie y la aprobación de las palabras, en el reino monstruoso de las imágenes?, ¿será que cuando participas en la tendencia pierdes todo criterio y sentido del gusto? ¿Pierdes tu esencia de pensar por tu cuenta? ¿Es una proeza política? Totalmente. Igual no pasa nada. Lo que puede pasar es que aquel que cuestione y tilde estas acciones de patéticas puede caer bastante mal. Solo los heridos se molestan. Pero es que así trabaja el fanático, carece de todo sentido de perspectiva, cualquier cosa que atente los perímetros de su ombligo es violencia a la fragilidad.

Aplaudes o ignoras. Decide, recuerda que después de todo lo que importa es divertirse. Sacarle provecho a las circunstancias. Ganar seguidores. Alimentar a la fanaticada. Hundirnos en la pesadilla de los héroes y todo este simulacro llamado país. Estamos siendo dirigidos por fanáticos. El mundo se lo devoran los fanáticos. La crisis es un compendio de tendencias impuestas por los fanáticos.

El empleo del Bolívar (que también participó en el challenge) como lubricante multiuso para meter cualquier idea en el sentir hueco de la gente sirve y seguirá sirviendo hasta el fin del mundo (por supuesto, por los fanáticos). Aquí lo trillado pasa como novedad porque lo que cambia es la forma, el personaje de turno. Es claro que hacemos una exposición breve de temas delicados, temas creados por fanáticos, nuestro centro, porque estas ideas sólo pueden provenir y ser reproducidas por multitudes enfermas, viciadas por sus líderes y los medios de comunicación. Para el fanático no hay tonos grises, solo buenos y malos. Y en ese criterio sustenta su vida y obliga a los demás a vivir como él.

Ningún político toca el tema de la enfermedad del fanático, sería atentar contra su propia vida. ¿Porque cómo podemos exponer ante los grandes públicos nuestros defectos colectivos? ¿Cómo reaccionaría la masa ante un reproche de nuestras faltas, ante un político que no grite promesas sino que hable de forma lúcida y agresiva de la responsabilidad que tenemos cada uno? Que exprese de forma abierta su repudio a la fanaticada…

Vivimos en una era irritable de usuarios hiperinformados, o en el más horrendo de los casos (hiper)desinformados, porque el mundo entero entra por una pantalla y no da tiempo de procesar todos los sucesos. Es imposible. Esa velocidad sin duda tiene que idiotizar a más de uno. Quizá se trate de la misma huelga de los acontecimientos, la distorsión de la información que suma o resta importancia a los sucesos.

Las celebridades en su poder de difusión son conscientes (o tal vez no) del poder que su idiotez puede alcanzar a tener; los muertos, el dolor, la indignación y las tiranías pueden pasar por alto cuando las tendencias se imponen, y esto el chavismo desde su aparato comunicacional desquiciado lo ha trabajado durante años, y lo sabe usar demasiado bien, tan bien que le hace creer a las personas que están en contra del régimen que ellos también luchan por algo más real y sustancial: la democracia, la libertad, el pueblo, ellos y nosotros, recursos indispensables de la imaginación. Entelequias que mantienen salivando al ganado humano, mientras pierde su tiempo destruyéndose a sí mismo, en un círculo vicioso que se sustenta en la esperanza, una palabra muy bonita mientras tu vida no dependa de ella. Pero esto no es un tema de importancia. Aquí lo que importa es la lucha, la resistencia, recuperar… (Inserta el capricho que más se ajuste a tus creencias).

Recuperar el país. Claro, cada quién puede luchar a su manera, así sea guardando silencio. Ordenar de manera torpe nuestras palabras puede ser una forma de aparente resistencia ante una ola que al final nos traga. Guardar silencio ante las manifestaciones más soeces de nuestros semejantes es una forma de complicidad muy grave. Creo que parte de nuestra crisis como humanidad deriva de que somos muy condescendientes con la imbecilidad ajena. Andamos con ese temor de no ser tolerantes, hasta el punto que se trata de una excusa para no hacer ni decir nada. No está mal expresar tu intolerancia. Sólo un fanático se ofende ante cualquier nimiedad.

Pienso que ese ha sido el logro incuestionable de la Revolución, su orgullo supremo, en auspicio de la globalización: anular de todo sentido crítico a la población, polarizarla, embrutecerla hasta los niveles de la desesperación, donde el lujo de pensar es repudiable por cualquier parte. En constante distracción es difícil ponerse de acuerdo y pensar una realidad distinta.

Ese estado de confusión es vital para la llegada de nuevas celebridades y mesías,que se van construyendo en función de las necesidades de los fanáticos. Primero es crucial hacer reír y luego, si es posible, argumentar desde el desencanto. Atrapar al lector sin hacerle daño. La ventaja es que toda crítica puede quedar sepultada en la inmensidad de la información, entonces no debemos temer de que alguien desde la insignificancia nos haga reflexionar, o poner en duda nuestra forma ganadera de llevar nuestra existencia. Siempre habrá formas de distraerse y pretender ser feliz.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social

Registros de un huésped.

Mi cuento breve a Mishima (6 de abril)

De regreso a mi casa por la esquina Aguacate, antes de llegar al puente, en la acera me encontré una paca de billetes de 1000. Los agarré con extrañeza y volteé pensando que podían ser de la señora que ya estaba muy lejos como para preguntarle. En eso veo que hay más billetes en el suelo. También los tomé. Desesperado caminé con rapidez hacia el puente creyendo que alguien me estaba siguiendo. Era la culpa que me atormentaba y me hacía creer que ojos testigos me juzgaban. Estaba oscureciendo. A mitad del puente me sentí seguro atribuyendo los hechos de nuevo al azar. Un alivio me calmó la arritmia y todo pesar dejó de importar. Llegué a mi casa y conté el ruin botín: 11.500 bolívares. No me sentí mal pero tampoco me sentí bien. Mi suerte, la sentí insignificante. Era una cantidad ridícula y banal, que a la vez se trataba de un lujo incomprendido y lamentable en esta ciudad de seres patéticos y miserables.

Boceto para Thomas Pynchon (10 de junio)

Hoy sucedió algo muy triste en el metro. Estaba regresando a mi casa. En la estación El Silencio, mientras esperaba sentado en un vagón acalorado modo sauna, un hombre decidido a montarse en otro lado se movió apresurado. Era ese tipo de apuro que no tolera las indecisiones. Justo antes de salir se le cayó un jugo de naranja que de forma absurda se fue por la grieta oscura que hay entre el vagón y el andén. El señor no dio crédito a la pérdida ni a la vergüenza. Todo sucedió muy rápido. Dijo una palabra incomprensible y se fue. Dentro del vagón hubo un lamento general. Entonces todos nos miramos unos a otros en silencio, y cada uno expresó en su rostro un Verga que mala suerte. Nadie emitió, como en muchas otras oportunidades, ninguna opinión sobre la desgracia ajena. Había un cansancio común y tantas ganas de volver a alguna parte que parecía que tal evento no era otra cosa que una réplica de la costumbre. Comprendí que el silencio también es una muestra sencilla de empatía. A más de uno en la rutina le ha tocado extraviar cosas quizá de formas más insólitas que esta.

 

Un corto invisible para Alf y Rafita (26 de junio)

Una amiga muy querida pasó por mi escuela para despedirse de mí. Al día siguiente atravesaría la frontera de Brazil para llegar a un sitio lejano y distinto de aquí. El tiempo en su contra hizo que todo se diera de forma breve, pero fue suficiente para decir lo puntual en última instancia. Le confesé mi tristeza y la angustia que tenía al sentir que no iba a volverla a ver. Se me hizo un revoltillo en el estómago y se gatilló en un instante el recuerdo de todas las personas que tuve que despedir de distintas maneras, como agregando a mi protocolo otra forma nueva de decir adiós. Surgió la pregunta de cuándo me iba yo. La interrogante se me había formulado tantas veces en distintos adioses. Caí en cuenta que todas eran diferentes y que ninguna era del todo certera, siempre divagando una respuesta, y a la vez sintiendo un alivio divino por saber que por tantas cosas buenas sería recibido de la mejor manera en cualquier parte del mundo. Supongo que son las cosas que a larga uno se gana. En la vida todo consiste en aprender a dar. La gratitud y el detalle más grande estaban en saber despedirse. Un detalle que cada quien expresa a su manera, y que no siempre se tiene la oportunidad de experimentar. El compromiso recae entonces en uno, que en tiempos mejores irá a todos los rincones del globo para ponerse al día. Con este repertorio me desentendí de los ausentes porque la gente que quiere perderse se pierde; es una forma sana de descartar a los que ya no nos piensan y que sin embargo nos duelen porque no logramos establecer una tregua con nosotros mismos. Es preciso poner por encima a todos esos que están presentes siempre a pesar de las distancias.

Regresando a mi casa en un vagón repleto de rostros y quejas lamentables me preguntaba: ¿Cuántos adioses se necesitan para lograr una tregua plena?¿Qué ansiolítico resulta eficaz para sobrellevar un guayabo y seguir adelante con nuestras vidas? Lo mejor es desear que el otro sea feliz, donde sea que esté.

Nota (in)oportuna sobre Abaddón el Exterminador (21 de agosto)

El temblor me agarró en la panadería. La cola estaba muy larga. Una señora detrás de mí buscaba conversación sobre los mismos temas mediocres del país, sobre su proyección personal de la mediocridad que ella ignoraba cargaba encima: que ahora los panes son más pequeños y más caros, que esta mierda no sirve, que la reconversión es paja, que esto antes no era así (pero claro, nada en este inmundo Hotel era así, todo era nostálgicamente mejor, había de todo, éramos (estúpidos) felices y no lo sabíamos)… que Dios proveerá (¿qué coño proveerá, más creyentes como ella?). Con el tiempo he aprendido que a Dios hay que tenerlo al lado, y no en el medio como hacen muchos idiotas, porque resulta un estorbo que impide pensar con claridad, sólo prospera aquel que se lucra de él estafando a otros soñadores, el que lo toma en serio vive una miseria hermosa (pero esto no hay que decirlo en voz alta porque más de uno se ofende, pero qué me importa ya la gente que se ofende con estas boberías, más ofendido estoy yo; cosas más repugnantes ocurren todos los días y la gente ni un pelo se le engrincha, así funciona la hipocresía global). Uno tiene que soportar las habladurías cotidianas de ancianos y jóvenes descerebrados. Ya casi llegando a la caja el suelo se empezó a mover. La señora que con sus comentarios detestaba me agarró por el brazo. Me soltó. Las botellas de refresco se balanceaban con mayor brusquedad en las vitrinas. El pánico se apoderó del local. La gente escandalizada salía apurada por las puertas de vidrio. Yo me quedé inmóvil, no sé si por miedo o porque había asumido mi destino. Los administradores del local se atravesaron en la entrada impidiendo que la gente saliera porque no se podían ir sin pagar. Era claro que varios aprovecharon el caos para irse, como siempre lo que sobra en este país son los oportunistas, las ratas que más abundan en este barco. La señora me había vuelto apretar el brazo. Le pedí que no me tocara en un tono serio y lleno de nerviosismo, la estaba odiando hasta el alma. Todo había terminado. La cola se empezó a ordenar con los movimientos de un parásito en las tripas de alguien. Muchos hablaron de haberse sentido mareados; otros lloraban de desesperación; otros menos lúcidos hablaban de una señal para los venezolanos. Un par de Guardias Nacionales volvieron a la cola y uno de ellos dijo que había corrido porque arriba de nosotros estaba una placa, cada quien justificando su cobardía. Luego vino el comentario más deprimente del guardia, después de tantas explicaciones dijo que esto del temblor “y todo lo que está pasando ya está escrito, que esto fue predicho en las sagradas escrituras”…lo que faltaba, la clarividencia barata de un militar cristiano. El miedo y la ignorancia son fáciles de reconocer porque no sólo andan juntas, sino que se expresan en una lengua extraña que igual todos entendemos. Por fin llegué a la caja. Pagué por dos panes veintitrés miserables soberanos. La patria es grande, mi existencia también. Al salir todos los vecinos estaban en las afueras de sus tristes edificios. Me sentí rancio pensando en la brevedad del caos y la reconversión del miedo, no estamos listos para absolutamente nada. Desmontando la existencia de Dios lamenté que el temblor no hubiese durado más tiempo.

Idea de cierre (22 de octubre)

Llegué empapado a mi casa. La porquería que se nos devuelve es la queda impregnada en la ropa, en las costumbres tristes que llamamos virtudes. La gripe creciente sirve como antesala para evidenciar enfermedades mayores, de esas terminales auspiciadas por los demonios, los malestares rutinarios y la precaria alimentación. Este ritmo constante de precipitaciones, en conjunto con la complicidad de habitantes asquerosos, que piensan que viven en un hotel y que su basura (junto con su actitud ignorante) no generan estragos considerables, porque la miseria no es capaz de medirse a si misma, más la negligencia parasitaria del Estado revolucionario, que mantiene tercamente la política irreductible de subsidiarlo todo, a devaluarlo todo, soslayando las mejoras y el mantenimiento, porque poco importa si las cosas funcionan realmente, porque aceptar la falla es aceptar el fracaso. A este paso ya no tenemos idea del valor que pueden llegar a tener las cosas, la especulación es la medida con que trazamos nuestros tratos con el otro. No es la costumbre sino el reproche de esa derrota descarada, que se evidencia en el rostro de la gente esperando bajo un toldo a que se calme el agua que ordeña el cielo, con una paciencia insoportable que inspira lástima porque hablamos de tiempos irrecuperables. Sin cartas bajo la manga, sin planes de contingencia, sólo aceptar el colapso de todo, y que estamos sumergidos en el mismo juego, en esa trivialidad que volvimos algo normal, lo cual resulta patético. A este ritmo improvisado y nauseabundo, una vez desbordado el Guaire y tapada todas las cloacas y las cabezas de cada habitante de esta ciudad, subirá tanto el agua que por fin tendremos nuestra Pequeña Venecia que tanto esfuerzo ha costado recrear.

«Rostros buenos, como formados para siempre» (1 de noviembre)

Ayer murió mi tía Julia. Su partida se me había anticipado en un sueño que tuve la noche anterior. Estaba ella en un gran salón, repleto de personas vivas y muertas que lo único que tenían en común era que ya no estaban conmigo. La vi sentada al lado de mi abuela, comiendo juntas un ligadito de mazamorra y arroz con leche; por razones desconocidas se me impedía acercarme a ellas. Saludaba a los ausentes de forma distante y alegre. Luego me vi obligado a salir de la fiesta apurado porque una voz desconocida me dijo al oído que yo no estaba invitado. Desperté sin darle mucha importancia a los sueños. Luego más tarde por un mensaje tardío de mi mamá fue que asimilé todas las piezas del día. Los muertos por parte de mamá siempre buscan la forma de manifestarse más extraña, todo un ritual de la despedida, señales para dejar a los vivos más confundidos que antes, sin derecho a ningún tipo de aclaratoria, porque es lo justo, vivir con esa inquietud hasta el día de nuestra partida. Uno logra comprender estas cosas demasiado tarde, cuando ya no se puede hacer nada salvo recordar todo los hermoso en un instante, invocar una vez más un poco de todo, antes de seguir con nuestras miserables vidas. Regresando a mi casa recordé fragmentos de la tía Julia. Recordé el pueblo de San Benito, aquel lugar sencillo de casas de barro, uvas y duendes, donde tantas veces fui feliz. La dicha de algunas familias, como la mía, está en sus comidas, en sus platos inolvidables; aprendí en el seno de poemas y cubiertos que ante todo se aprende a amar primero por el estómago y después por el corazón. Volver a los lugares de infancia nos obliga a aceptar con derrota que Dios se encuentra en los detalles. La última vez que vi a la tía Julia fue un día azaroso. Habíamos decidido pasar de visita casual antes de partir a Lima. Era el cumpleaños de un primo de mamá. Llegamos rezando a las ánimas, justo iban a servir el almuerzo. Habían preparado un pastel cuyos ingredientes seguirán siendo un misterio para mí. Luego el plato fuerte del día: sopa seca de camarones; es difícil explicar cómo se devora un plato con tanta parsimonia y placer; tuve una sensación de nostalgia porque supe al terminar que esto no se volvería a repetir. Hay cosas que no se pueden volver a comer. Luego la sobremesa, donde todos inflados oíamos la lucidez de noventa y cinco vueltas al sol. Mi tía a su edad tenía una memoria increíble, una memoria de árbol y estrellas. Nos habló de los días donde San Benito era zona de hacendados y la existencia de un río que ahora no es más que un canal de cloacas. La llegada de los militares y la Segunda Guerra Mundial. Que antes los camarones eran más grandes, que antes todo era mejor, que no hay más allá donde curarnos del aquí. Cuando empezó a hablar de la llegada del hombre a la luna me quedé dormido. Desperté de nuevo y tomé algunas fotos. Luego llegó la hora del postre. Mi hermana y yo estábamos felices por volver a comer el famoso pie de manzana. Mi hermana le pidió la receta de forma muy sutil. Todos estábamos ansiosos por saber el secreto del pie de manzana. La tía Julia mirando al vacío le dijo: «Todas las recetas las he olvidado, ya no sé cocinar, ya no me acuerdo de nada». Sus secretos se los llevará a la tumba, pensé. En la cocina había una vitrina con una puerta dañada que traté de mover con dificultad para meter unos platos. Vi que sólo había que ajustar un tornillo. «No te preocupes por esa puerta que no se puede arreglar», dijo la tía Julia. «Claro que sí», le repliqué, «mire…ya está arreglada, pruebe ahora, sólo había que ajustar acá y mover acá». – «Qué cosas hijo, y después de tantos años con esa puerta así. Ustedes los venezolanos son una especie de brujos» – «¿Por qué dice eso tía?» – «Porque arreglan las cosas que pensábamos ya no servían. Hacen magia con aquello que parece estar dañado». Esa fue nuestra última charla. Dejé el pueblo de mamá con extrañeza. Dejé el Sur. Me despedí de la tía Julia con la gratitud que sólo se puede demostrar cuando se tiene la sospecha de no volver a ver a alguien otra vez. Recuerdo que no supe responderle nada. Y todavía años después, en Caracas, recordándola en un vagón de regreso a casa todavía sigo sin encontrarle un sentido a sus palabras. ¿Qué habrá querido decirme con eso? ¿Por qué lo dijo de esa manera? Los venezolanos, ¿unos brujos? Reparar ¿Qué argumentos tenía mi tía para dar una declaración con tanta certeza? ¿Si teníamos esas cualidades por qué no éramos capaces de arreglarnos a nosotros? ¿Qué tipo de magia se necesita para reparar lo dañado y defectuoso que habita en nosotros? El fin era sólo el principio. Las palabras no hacen más que comprometernos a tareas de orden superior. Es una gimnasia de enfermedad y dolor. En la distancia brindé por la tía Julia y los ausentes del Sur. Siento que escribiendo sobre ella reparo con torpeza algún compromiso con la memoria. Nunca se logra escribir lo que se tiene en mente, y esto casi siempre es vergonzoso. Como brujo entusiasta, mi primer trabajo consistirá entonces en aprender a interpretar los sueños.

Fragmentos de apocalipsis (19 de noviembre)

Sucede que cuando llega el agua se va el internet. Está bien. Cuando pasa al revés la diferencia no es mucha tampoco. Se adquiere un control pleno del cuerpo a la hora de usar el baño y se tiene que recordar que a ciertas horas no hay que bajar la palanca porque el tanque no puede quedar vacío, siempre y cuando se trate de un caso extremo de podredumbre total, donde todo resulte insoportable y se acaben los suministros del tobo. No hay que ceder ante la molestia de sentirse sucio o medio limpio, es normal que a veces surja esa necesidad de destruir la poceta a batazos, pero ella no tiene la culpa, aparte que después cómo te puedes costear una nueva, y luego el predicamento del porvenir: ¿Dónde cagaré después? Hay que tener algo de honor. Dios mio. Caracas es el reino de las cucarachas y los zancudos. Apenas se distinguen personas, que con el paso de los días se acercan a las costumbres de las ratas y los monstruos de la basura. Uno se vuelve una persona metódica, medianamente útil en el soporte del hogar, paranoica, inmune a las arrecheras, pero cuando se pierde el equilibrio hay que saber drenar las molestias en alguna parte. Siempre está la opción de inmolarse en el metro, pero si se piensa fríamente no vale la pena, los venezolanos seguiremos existiendo por montones como clones y conejos. La vida tiene que seguir, así se cuente con internet y agua en momentos intermitentes del día a día.

 

Cierre de Tala (4 de diciembre)

Regresando a mi casa tuve una experiencia religiosa. Me bajé en la estación de Capuchinos. Por la esquina Albañales la gente estaba en la calle celebrando el día de Santa Bárbara, tomaban curda y fumaban tabacos, un señor con un micrófono cantaba baladas a un público ebrio que rendía ofrendas de fruta sobre un altar con unas Bárbaras de túnica azul y otra de rojo. Como andaba de paso me persigné tres veces. Le pedí a la santa que me cuidara a mi y a la gente que yo quería. La marcha siguió tranquila hasta llegar al puente Ayacucho para cruzar a El Paraíso. Iba pensando en el día que me dieron el muletazo y la maldad de la gente, la enfermedad y sus metáforas, Caracas y su frío decembrino. En mitad del puente una moto me viene de frente y se orilla, el tipo que va con el motorizado me golpea el vientre mientras cierra el puño como tratando de quitarme algo. En mi mano sólo llevaba un libro de Susan Sontag. «Mamahuevo», me dijo el motorizado mientras se perdía en la bajada del puente con lentitud. Otro que cruzaba el puente que estaba más adelante se devolvió y me preguntó si me habían hecho algo, «me golpearon», le dije, «pero no me quitaron nada». Una corriente de rabia me impedía mantenerme recto, era el miedo llegando tarde, demasiado tarde. Pensé en Santa Bárbara, en la eficacia de mis plegarias. Después de todo sentí un alivio ameno pero igual miserable. Basta este tipo de experiencias cotidianas para asimilar que sin importar nuestra suerte o destino, de que vuelan vuelan.

El Reloj de Arena: Fin de año en un hotel (31 de diciembre)

Logré reparar el reloj de la cocina que ya tenía meses marcando una hora que no era.  Atribuí el reparo a una buena señal del mañana. Salí a la calle un poco más tranquilo porque después de tanto pude sincronizar alguno de mis tiempos. Desprovisto de mi fascinación interior todo afuera seguía igual. Todo por igual muy caro, y comentar eso es algo irrelevante, siento que hemos llegado a un punto donde eso ya no importa. Si nos proyectamos siempre concluimos que todo gasto para ya mismo es mejor porque igual mañana no se sabe. Aquí concluimos que nuestro mayor pesar es el tiempo como idea que hay que evitar, y por otra parte nuestra poca noción de él. En el Hotel se tiene que vivir bajo esa condición de no saber lo que vendrá después. Año nuevo no es una excepción a las reglas: es un todo lo que puedas, mientras puedas. Ante la subida excesiva de la uva se reemplazan fácilmente por mandarinas, que para esta fecha están en temporada y resultan ser más baratas. Las uvas del tiempo son cambiadas por las mandarinas del tiempo, cuya efectividad para los deseos del año no presentan una variación, tal vez de forma y color. Siempre está permitido comerse más de una fruta por cada mes. Doce uvas para cada mes del año, cada propósito por cumplir. Doce mandarinas para no descartar el típico ritual y pasar por alto las adversidades. El acelerador de partículas cumple su función en la continuidad del año dos mil, entre mis deseos de uvas y mandarinas está la tranquilidad que no da la velocidad, la cual cada vez se convierte en un lujo inaccesible. Solo pienso en la rumba que acontece en mi tripas por mis descuidos alimenticios, mi decisión deliberada de beber hasta partirme el rostro mientras armo el guarapo de los ojos y me pongo a llorar por todas las personas que no se encuentran conmigo. Caracas recibe el año entre pirotécnicos y disparos. Ya con el tiempo conoces la diferencia descarada entre un sonido y el otro, el que detona y bota luces, al de los tiros repetidos que rebotan caos y muerte. Los vecinos del edificio del frente salen a la calle con sus maletas y mochilas, con la esperanza de poder estar más pronto que tarde en alguna otra parte, con la ventaja, tal vez, de volver siempre por donde han venido. En la fiesta todos los ruidos se toleran formando uno solo, un ruido sostenido sin fondo que evoca las pesadillas y aviva el tortuoso proceso de recordar. El defecto de volver atrás. Recordar la casa de antes tan alegre y llena de gente ante una casa ahora vacía y en silencio. Una mesa de adornos minimalista porque no sé cuenta con el sentido estético de una madre o de una hermana. Los detalles no han sido nunca mi fortaleza. Una tristeza es recordar, sentirme distante de aquello que sentía tan mío. Cada miembro de una inmensa familia buscando acercarse desde el otro extremo del mundo, dependiente de prótesis inteligentes. Y esa alegría de no estar aquí y de necesitarlos al mismo tiempo. En la ausencia se valora con mayor fuerza. Los detalles importantes de una mesa y la risa tras el sonido alegre de un brindis, la música que nos recuerda de donde somos, gatillos de instantes increíbles, efecto que no se logra asemejar a ninguna otra cosas creada. Basta solo un canción para desmoronarnos, para eyectarnos a las miles de formas que son la habitación de la vida. Basta sólo una canción para dar las gracias por tantas cosas buenas. Comprender es poder ver en el presente el pasado, asimilarlo como algo nuestro de la cual deriva todo pequeño traste de existencia.  El tiempo pasa y nos arrolla con sus enormes cascos sin ningún tipo de concesión,  y uno aquí todo borracho y contento como si no pasara nada.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Sobre lectores y escritores flojos

Cuando regreso a la hoja lo hago con la insistencia que exige la misma disciplina. En repetidas ocasiones he hablado del blog como un ejercicio de taller, de carácter lúdico y hasta incluso vanidoso. Se escribe con la finalidad de enganchar lectores y las ideas se comparten para desprendernos de ellas, y que alcancen tal vez velocidades altas mientras transitan de forma improbable por el hiperespacio. La publicación esporádica la veo como una actividad ingrata pero necesaria para mis experimentos, donde me someto a las más duras evaluaciones, como el escarnio de la indiferencia que impone la misma velocidad; las pruebas de voz son duras porque son gratuitas, motivadas por el impulso y esas ganas de decir algo, de gritar cada cierto tiempo, lo cual cada vez me resulta más difícil.

Me toma cada vez más tiempo desarrollar una idea, dudoso de que suene igual que la vez anterior.  Sé que se trata de una exageración, pues nunca se vuelve a decir lo mismo, al menos con las mismas palabras no. Siempre uno vive con sus inseguridades, con esa traba de no saber qué oración poner después de la otra y que a su vez no genere ningún tipo de confusión. Doy vueltas en las mismas obsesiones. Tengo esa inquietud por la tonalidad y dirección que van tomando los textos. El problema es siempre la forma, la exposición del asunto.

Tengo un colega que le mando mis escritos cuyas opiniones nunca recibo, pero él siempre me exige una respuesta inmediata cuando me manda los suyos, de una forma sutil, casi infantil porque quiere dar la idea de que escribir para él no tiene la mayor importancia, pero espera una observación puntual de mi parte. Yo también espero algo de él, pero su silencio es una respuesta suficiente, que admito me produce conflictos momentáneos. Yo no le reprocho nada, porque cada texto que recibo de cualquier parte lo reviso como si se tratara de un gran esfuerzo ajeno, que tengo que revisar con pinza y paciencia, porque por igual pide que se le señalen las costuras, (es la primera vez que asumo la lectura como un trabajo); yo también espero lo mismo, pero he aprendido con el tiempo que no puedes obligar a los demás a leer tus menudencias y que luego te den una opinión sensata. No se le puede pedir eso a nadie, y mucho menos a los amigos, que a veces no son los mejores lectores.

La amistad compromete de cierta forma y se puede perder la claridad de lo que se tiene que hallar al leer. Hay que ser un gran amigo para tener el valor de decirle al otro que sus textos son una mierda, de lo contrario, si se trata de alguien bueno, motivarlo de manera tal que no sienta que está por las nubes, que tiene algo, pero que todavía no es nada, que puede ir mejorando poco a poco, incitarlo a que se concentre más en las palabras, en la investigación sistemática para el perfeccionamiento de ellas, de su posicionamiento a la hora de ordenar las ideas, y ser capaz de expresarse con mayor claridad. Es un tema de equilibrio. Pero igual no podemos encomendar todos los criterios a las amistades.

Los motivos están en los grandes públicos. Lo ideal es lanzar nuestras entradas al oscuro lago de los cocodrilos y renacuajos, donde los extraños descuartizan sin asco o aplauden exageradamente. En cualquiera de los casos, siempre habrá formas civilizadas para decirle a un escritor que siga entreteniendo con sus invenciones, o que se calle la boca, que es lo que sucede mayormente. De cualquiera de las dos formas se puede evidenciar un talento construido con esfuerzo de algunos, o a veces la suerte de ciertos oportunistas. Ambas válidas, pero una prevalece sobre la otra. Eso lo decidirán los lectores. La actividad discursiva es un terreno de competencias deportivas. Se trata de un medio repleto de envidias silenciosas, de atletas fracasados y criaturas solitarias, pero sobre todo de buenos y malos lectores. Es un tema azaroso, y de aniquilación sistemática del ego, porque caemos en cuenta, en esta arena de vanidades, que somos cualquier vaina.

De mi colega siempre he pensado que escribe bien, pero carece de estilo, desprecia las críticas, entregándose a la frivolidad de una musa espontánea, que no es más que la excusa de la flojera. Y lo que es más lamentable, se siente satisfecho con lo que escribe. Tal vez por eso lo envidio, o lo que realmente siento es decepción, porque está convencido de su mínima proeza. Si encuentra plenitud en lo que hace entonces qué sugerencias puedo darle. Por otra parte también he pensado que mis sugerencias tampoco tienen por qué ser importantes. Es muy fácil escribir mal. Un texto deficiente en principio es un texto de pocas lecturas. Lo digo desde mi breve experiencia, que se evidencia en cada texto que voy dejando atrás, en las torpes maneras que busco darme a entender.

Puede que el pequeño conflicto con mi colega no sé trate de la falta de fuerza que percibo en lo que hace, sino en la insatisfacción que encuentro siempre en cada cosa que hago por mi parte. La otra cosa tal vez sea que yo no sea el mejor crítico. Tampoco el mejor lector. Tras varios experimentos caí en cuenta que en realidad yo no sabía leer. Que tenía años pretendiendo hacer algo por inercia. Sucede cuando vuelves a releer un texto que las palabras tienen otro significado. La primera pasada a veces es rápida y muy violenta. Con esa actitud devoradora nos tragamos libros de la misma manera, pero hay que preguntarse qué logramos retener de esos libros, si al final logramos interiorizar algo. La relectura entonces se trata de un proceso digestivo más lento, donde se comprueba que evidentemente la primera vez no entendimos nada. Entonces se digiere el texto y absorbes de otra manera las propiedades vitales y proteicas de otros. La mayoría de las críticas son malas porque se hacen desde una primera lectura apresurada, obviando los detalles vitales que le dan sentido a la creación que pasan desapercibidos. Por eso el trabajo de un corrector es sumamente difícil.

Muchas de nuestras críticas están sustentadas en primeras lecturas, y quizá por eso somos mediocres a la hora de argumentar. Claro que estamos hablando exclusivamente del acto de la lectura. No pretendo dar la impresión de extrapolar este acto a cosas de otra índole, como algo que trasciende y atraviesa nuestra cotidianidad (aunque bien podría hacerlo). Nada de eso. Si asumimos que hemos leído mal ¿entonces dónde radica el problema? ¿En el autor que no sabe transmitir lo que piensa? ¿En el lector ingenuo? ¿Una falla mutua derivada de la misma tramoya y la imposibilidad de comunicarnos con plenitud? ¿Podemos mantener el principio de que malos lectores producen malos escritores, y que este mismo principio puede darse a la inversa? Me parece un tema muy delicado. Encasillar es una forma sencilla de justificar todo, pero se trata de algo mucho más complejo.

Poniendo de lado la actividad de la escritura, uno se podría hacer una pregunta de manera personal: ¿seré acaso un buen lector? La verdad no hay forma de determinar esta pregunta, no sabemos si realmente podamos darle una respuesta. Podríamos jactarnos de las cosas que hemos tenido la oportunidad de leer, lo cual puede estar desprovisto del hecho de haber realizado lecturas buenas o malas, cuando lo que cuenta al final es el disfrute de la lectura. Queda siempre algo en el fondo, leer es una actividad íntima. Queda sólo seleccionar eso que nos atraiga, y velar que sea siempre lo mejor. En ese sentido opino que no hay que perder el tiempo en cosas que no nos interesan.

La lectura está ligada a los gustos personales, y estos gustos no están sujetos a ningún tipo de reglas. Harold Bloom en un texto titulado el Canon Occidental, en la parte final anexa una lista de autores mayores con títulos de libros separados por distintas eras y en función de su procedencia y la magnitud y relevancia de cada obra. Sobre la lectura y las sugerencias que plantea dice: “Es improbable que el lector corriente tenga tiempo de leerlos a todos. No hay una relación constante entre la comprensión, la velocidad y el placer de leer. A medida que la historia se prolonga el canon se expande. Cuesta entonces determinar qué es lo que realmente tenemos que leer, aunque es realidad eso no es problema de nadie”.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Canino caraqueño

“En la oscuridad, no podía distinguir a los amigos de los enemigos.”

Ralph Ellison

Soy un hombre invisible. Puede tomar un tiempo asimilar esta condición fantasmal, de cero a la izquierda, un sujeto sin importancia colectiva. Un animal cualquiera. En principio con lo único que se cuenta es con la voz. Una voz que puede ser distinta de acuerdo a las circunstancias. Mentir y sembrar rumores se vuelve una tarea sencilla porque nadie es capaz de verte. Si permanecemos en silencio podemos pasar desapercibidos.

Uno juega en la arena y otros pueden creer que se trata de una fuerza ejercida por el viento. Nuestra presencia no es más que aire sobre aire. Sospecha irrelevante. Así se tiene que vivir en esta ciudad de puercos y trasgos, volviéndose invisible. Lanzas una oración y la gente responde a ella, guiados por una rabia encuentran sentido en nuestra voz porque está presente en la de ellos. Voces parecidas que nadie sabe de dónde vienen. Ecos revoltosos de un mundo absurdo que nunca va a cambiar. Voces de arcilla, antiguas como el juego las ruedas. Voces presentes… ¿Qué tanto se acercan a lo que otros pueden sentir? Nos creemos astutos intermitentes porque nadie nos puede ver. De resto la vida es infame.

Mi jefe me pide semanalmente un escrito falaz sobre la ciudad. Yo acepto el compromiso como si se tratara de una tarea sencilla. La dificultad no está en la improvisación agitada de las palabras sino en la puntualidad de un tema específico. Tomar un tópico por el cuello para que hagamos un desastre que al final no sabemos si dará satisfacción al lector. Lo importante es sembrar una inquietud. Molestar porque no tenemos otro compromiso que exija cierta gimnasia de nuestra parte. Luchar contra la mediocridad de la hoja en blanco, evitar escabullirnos por las ramas, pues hay que respetar el tiempo valioso de quien nos lee, y más cuando se le introduce desde un principio una idea que concluida tal vez no lo deje tranquilo por un tiempo. Con un instante basta.

Caracas reclama velocidad. Cuesta todos los días llevar un ritmo impulsado por la taurina y la inflación meteórica. Cuesta concentrarse en un clima asfixiante que no garantiza que lo que hagamos ahora tenga sentido. El reto en esta ciudad se resume en un desafío diario a la derrota.

He escrito desde hace años en redacciones escandalosas que no llegan a ningún sitio, acosado por la obligación de una reseña cotidiana, de un fragmento íntimo y personal de lo que es vivir en una ciudad nefasta como Caracas. Aprendí con el tiempo que cuando se tiene algo que decir se puede escribir en cualquier parte. La indignación es más efectiva cuando se intenta describir con detalles cada molestia sin temor a las repeticiones. Las rabias se puedan evidenciar en las oraciones, pero eso ya no tiene porqué importarnos. Hay cosas más terribles que decir la verdad.

¿Qué les puedo decir? Vivimos en una ciudad enferma de costumbres deprimentes que nos hacen sentir un orgullo asqueroso, donde la gente escupe en cualquier parte y niega reconocerse en la mirada del otro. A la expectativa de un cambio drástico-celestial dejamos la empresa de la transformación a los mismos que de forma irresponsable nos gobiernan. Acusamos al universo por nuestra incapacidad de admitir el fracaso y seguir adelante. Muchos confunden esto con algo llamado resiliencia, cuando en realidad hablamos de un cinismo en estado puro. Aquí se condecora al payaso que nos haga reír más duro. Se suele ser hostil con aquel que nos conjugue ideas amargas con otras ideas más amargas. Si no hay chiste en el discurso no vale la pena tomarnos en serio nuestra miseria. Hay que darle prioridad a esos engendros de circo que nos recuerdan lo idiota y dóciles que podemos llegar a ser.

Esto es demasiado. Cuando se es invisible la voz de uno se confunde con la de otros. La invisibilidad permite que la voz alcance un tono abstracto de multitud. Hay una cualidad que compartimos y negamos con vergüenza: somos los reyes de la negligencia, no somos capaces de darle una continuidad a las cosas que empezamos. Es fácil deprenderse de los compromisos en un lugar donde nos han convencido que la felicidad duraría para siempre. Cuando no hay sentido del porvenir la esperanza es un analgésico desagradable, provoca piedras en los riñones, envilece a cualquier desgraciado.

La revolución me ha enseñado muchas cosas, entre ellas la pragmática y la virtud de ser ignorante. El valor de la disciplina y el estudio. La mediocridad cercana al poder de las masas se vuelve la medida de todas las cosas. Por otra parte, y esto creo que viene a ser lo más terrible, luego de acostumbrarte a la violencia de todos los días puedes soportar tiranías de orden superior, como la apatía o el silencio. Estas cualidades repugnantes se pueden concentrar en un grupo patético de hombres y mujeres que, con visiones cortas del porvenir, viven la inmediatez de una manera tan absurda y egoísta, que pueden prescindir tanto de su peso gravitacional como su propósito en la tierra. Son criaturas despreocupadas, concentradas en sí mismas. Estos seres logran generar un malestar tan grande que al ser tan repetitivo se hace común, y por una permisividad alcahueta se vuelven una ley, una aleación idiosincrática de fácil aprendizaje, porque la imbecilidad es contagiosa y es moda en todas las épocas. Aquí se aplaude al idiota y al payaso, ambos tienen méritos por igual. Al que piense distinto se le paga con ingratitud y desprecio.

En revolución aprendí que el fracaso está en los detalles. El pasado que impide comprender el presente. Todos los problemas que se puedan presentar en la sociedad se militarizan. Es muy sencillo. Caracas es una referencia de la derrota. Un proyecto inconcluso. Una ciudad que siempre está naciendo y que no aprende a caminar por su cuenta. Está viva y muerta a la vez. Es como un aborto, nadie le pidió que existiera, se hizo a punta de accidentes y violaciones. De campamento se hizo un Hotel. La sucursal de las prostitutas y los hombres embrutecidos por los electrodomésticos y el oro negro. Nuestra ciudad de plástico en eterna construcción. Un levantamiento que nunca termina de concretarse. Piensa en las alturas descuidando las bases.

Caracas parece ser la ciudad de las últimas cosas. Un día vemos que empiezan algo que promete ser útil para todos; mañana no es más que bloques y escombros, las cosas se pierden, se las roban, nadie reclama nada, todos enmudecen cuando la hipocresía se agranda, cuando sabemos que la culpa es nuestra y sólo nuestra. La ruina provisional se vuelve otro trofeo más en la estética de la ciudad. Los lugares se toman por un tiempo, luego se olvidan y se pierden, son tomados por el vandalismo y la oscuridad. El aire que se respira es una fusión de mierda con sangre, pilares indispensables para la creación del Hombre Nuevo. Observen con mayor atención, una vez que una puerta se cierra no se vuelve a abrir nunca más. Una vez que algo se daña no hay manera de repararlo. El parque temático es un sertón de chatarra de atracciones clausuradas en aparente recuperación. Todo hecho a la medida de una improvisación.

El secreto para vivir Caracas es imaginarse las cosas como si hubiesen funcionado alguna vez. Sólo la nostalgia le da sentido lúdico a nuestro caos, miseria en espiral. Aparentemente somos la generación de relevo que tiene que soportar esta tensión entre la fantasía y la impotencia de un recuerdo. Entre lo desconocido y lo que hubiese podido ser, lo que ya no es y que por mucho reproche que abunde no volverá a ser jamás. Nuestro dolor está en saber que no seremos suficientes para cambiar el presente, sin embargo está el compromiso titánico de evitar que este parque se nos derrumbe encima.

Hay que tratar de dejar las cosas mejor que como las encontramos. En esa primicia está la fuerza invisible de lo que somos ahora.

Si no, ¿qué más podemos hacer?

Pues de todo.

Alexander JM Urrieta Solano

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Las casualidades no existen. El recuerdo tiene la función de un gatillo explosivo. Las personas que nos piensan siempre quedan en un reflejo. Se accionan cuando uno menos lo piensa, se accionan en una imagen cualquiera. Las noticias del otro llegan a velocidades insensatas. La distancia puede obviar el pesar del pensamiento. Una persona que pesa fuerte en el cuerpo se queda, es lo único que puedo decir con propiedad. Se acomoda el recuerdo de alguien en nosotros, como una costra en la piel. Toma el espacio a nuestro consentimiento, total uno permite lo que desea. Por eso ciertas enfermedades son sanas, porque alivian el cuerpo.

Un maestro inmenso me dijo que lo ideal era escribir sobre nuestras obsesiones. Lo mío era lo irremediable, lo que ya no estaba. Revisaba en mis gavetas como un enfermo con esa expectativa de hallar algo que me llenara, algo que ya no tenía conmigo. Comprendí que las personas que ya no se pueden tocar las puedes tener en objetos-recuerdo; cosa tonta pero eficaz, cuando no cuentas con paliativos todo se vale, así sea el detalle de eso que nos hizo llorar y reír al mismo tiempo. Es importante admitir que la enfermedad es innata, única para uno mismo. Nada de reproches, esto es un asunto personal. Alguien entra en el cuerpo de uno y se queda, la ausencia es lo de menos, lo que duele es el olvido, sentir que no servimos para el otro. Cierro una idea repetida tantas veces hasta el cansancio.

Todas estas pequeñas cosas valen cada segundo. Me arrepiento un instante por seguir adelante. Es un remedio lamentable. Practico como puedo. La lectura también es una enfermedad. Escribir es algo peor, es un ejercicio que puede prescindir de los méritos, uno ya no sabe para quién escribe. Total, ¿quién rayos nos lee?, tal vez no lleguemos a la persona que queremos, a ese objetivo cronometrado, al que detona estas palabras que de forma desesperada tratan de dejar algo, al menos un mensaje de Te extraño profundamente en el alma, quizás. Dirán muchas veces que ya no tengo remedio, que no tenemos remedio, pero somos un grupo de gente que se hunde en las mismas arenas movedizas. Pero sin embargo es una bendición estar enfermo. Un ser rebelde es aquel que se encuentra informado. No sé, ignorar es una garantía de ser feliz.

Se escribe a una musa de manera ingrata, sin fines de lucro. A ella tal vez ya no le importen mis palabras. Es algo comprensible, tal vez nunca he tenido la fuerza suficiente para redactar urgencias, debo estar tan decepcionado como para publicar mi desnudez. No me jacto de ser grande, pero admito que cada vez que escribo para ella me inflo de valor absurdo, pues no soy más que una mancha en la hoja, un punto y aparte. La historia sigue adelante. Ella en su vida y yo en la mía. Nadie puede entender una historia ajena. Eso tan íntimo viene a ser la reliquia personal de la felicidad.

He mejorado en cada cosa que escribo (creo yo). Es claro que siempre te he escrito. Aprendí que dejarse llevar es una forma de ser libre, pero cuando uno recuerda los posibles porvenires uno se llena de ansiedad y tristeza, pero no queda más que anhelar en silencio, pues nadie entiende esto salvo nosotros, salvo yo solo, porque admito que recuerdo de forma constante como si ya me hubiesen olvidado. Escribo mejor, o es lo que me dice el paso del tiempo. La práctica, la soledad, sirven como garantía al fin de estas ideas, es un ejercicio muscular, de oficio elástico de atleta condenado al fracaso. Igual no puedo acostumbrarme a las ausencias, me cuesta muchísimo, pero no tengo de otra. No sólo por ti, sino por todos lo que se van sin avisar, de un día para otro. Vivo en una ciudad de despedidas. Redacto como un loco un diagnóstico de país. Estar enamorado de algo fijo carece de importancia, ya nadie está interesado en seres pasionales, vale verga la nostalgia. Todos queremos cambios pero nadie quiere cambiar. Entonces, de manera rotunda y apocalíptica, concluyo que nos merecemos lo que tenemos.

Feliz fin de país, donde sea que te encuentres.

Alexander JM Urrieta Solano

Addenda para fin de país

Querido lector:
Un gran escritor es el amigo y benefactor de sus lectores.

Macaulay

La conjura de los necios – John Kennedy Toole.

 

Lo ideal es compartir el texto y dejarlo morir ante lo incierto del público. En la inmensidad de la información siempre estará seguro para bien o para mal. Soy promotor de la idea de que todos los conocidos que escriben algo deben ser leídos por todos. Sus ideas son urgentes, así me parezcan dispares o poco elocuentes, ameritan siempre su debida atención. Apoyar a tus semejantes es una forma de sembrar entusiasmo. Creo en las virtudes de la difusión, porque siento que es una forma de alentar a mis amistades a seguir trabajando en un oficio tan difícil como el de escribir.

No todos nacemos para esto. Pero eso no implica que se deba dejar de lado tal ejercicio del cuerpo. Admito que no puedo soslayar mis dudas ni tampoco mis inseguridades, por estas mismas razones lo sigo intentando, de una manera casi forzosa e incluso hasta ingrata. Total, a mi nadie me dijo que yo era bueno para esto. Por otra parte, he aprendido con el tiempo que no se puede esperar opiniones sinceras de otros escritores. Siempre está una envidia, una lástima, un desprecio de por medio, ya sea porque uno no lo hace bien o lo hace extremadamente bien; en este caso existe una admiración clandestina, que se resguarda en el balbuceo y las críticas plásticas, que al final nunca son del todo reales porque son más reservadas que puntuales. Uno lo siente, y lo sabe porque en más de una ocasión lo ha hecho. De cualquier forma, las dos son lamentables.

Es triste sentir que se escribe mediocremente, y que de igual forma amistades te compartan como parte de un protocolo liberador. Pero es mucho más triste, sentir que se logra decir algo por un instante, compartirlo con alguien a la espera de una opinión y no recibir nada. Entonces no se sabe si lo escrito está bueno o no sirve. El silencio es una forma versátil de juzgar. Me ha sorprendido que las opiniones que he recibido de mis escritos han venido de los lugares menos esperados, cosa distinta a los lugares donde mi obviedad termina en una especie de sala de espera, que tiene la peculiaridad de no poder ser reprochable, porque nadie está obligado a leer nuestras petulancias, ni tampoco a emitir opiniones acerca de ellas; esto igual no quita la necesidad de buscar sugerencias.

Comprendí luego de tantos textos que pasan sin pena ni gloria que escribir es un oficio donde no existen los amigos. Es una actividad solitaria, profundamente íntima y personal. En el caso más estricto, disciplinaria y enervante. La prioridad mayor aquí es el lector, y ese lector puede ser de cualquier parte. Me gusta pensar que la gente que más me detesta es la que más me lee. Anónimos enemigos que desprecian en secreto. Conocidos silenciosos, de esos que te saludan pero nunca comentan nada de lo que haces. Esas personas detestables tienen que ser la prioridad junto con aquellos lectores pacientes y potenciales, aquellos que uno con desespero trata de atraer como un imán a nuestra mirada.

Para saber quiénes son buenos escritores hay que tener precisado a todos esos que consideramos pésimos, pues hay que tener referentes de lo que debemos evitar ser; del otro lado tener presente a los grandes maestros, que debemos plagiar hasta el cansancio con la mayor rigurosidad posible. Esto que digo no es ninguna novedad, está escrito en la Biblia, unos de los libros más importantes de la Western Culture Inc.

En el Evangelio de San Lucas, capítulo VI, versículo 40, este dice: El discípulo no es sobre su maestro, mas cualquiera que fuera como el maestro será perfecto. Esto es palabra de Dios. Te alabamos escritor.

Es sabroso hablar mal de los demás. Para mi un mal escritor es aquel que no logra darse a entender. Digo esto no por otros, sino más que todo por mí; admito que me cuesta mucho darme a entender, a veces ni yo mismo sé lo que estoy diciendo. Pero nunca está de más intentarlo. Puedo aceptar que para algunos lectores exigentes yo forme parte de esa calaña de escribidores rancios. Es muy probable que lo sea; prefiero no discutir eso con nadie, tengo todas las de perder. El lector siempre tendrá la razón, así no la tenga; es lo justo, todos cometemos errores alguna vez y a cada rato. Mis palabras no pueden saciar todas las lenguas. La verdad, es muy difícil saber si las palabras de uno logran satisfacer los apetitos de algún lector.

¡Qué cosa tan delicada es el lector! Un mal escritor no piensa en estas cosas porque está tan enfocado en sí mismo, que sólo escribe para su propia vanidad y es evidente cuando se expone a los demás, carece de voz propia y sentido del estilo. Son de esas estirpes que le dan más peso a la bajada de una musa que al esfuerzo cotidiano. Son terribles lectores, eso queda más que claro. Conozco muchos contemporáneos que se empluman porque han publicado libros, los invitan a foros, son licenciados y compartidos en prestigiosos medios, pero hay un detalle mínimo, muy puntual e insignificante: no saben todavía cómo llegarle a la gente. Publicar no garantiza ser leído, y mucho menos ser entendido.

Existen tantas ventajas para pasar desapercibido. Mientras un texto no sea leído no presentará ningún problema. En estos niveles desconcertantes de fluyo de información es mejor ir por lo seguro, descartar todas las propuestas posibles, inclinarse a las recomendaciones de viejos amigos y entidades sagradas. Todavía necesitamos del respaldo de los ancianos, las celebridades que todavía les cuesta mucho usar las redes sociales, desconocidos por los nuevos lectores adictos a las pantallas.

Me he encontrado con gente que me pregunta por qué insisto en escribir y compartir ideas ante públicos grandes donde son pocos los que se toman la molestia de leer. Para mí es lo mismo que tomarme fotos desnudo, compartir cualquier registro escandaloso de mi vida; el detalle está que esta desnudez, a diferencia de un selfie instantáneo, es que no pretendo retratar una felicidad, me resulta imposible, sería hipócrita de mi parte. Me repugna esa gente que trata de aparentar una vida que no tiene, o al contrario, quizá sea esa la vida que desea: una vida estática, frívola y banal, de esas que tanto patentan los falsos sueños de la televisión basura. No veo la diferencia entre mis escritos y un video itinerante de perros. Mis publicaciones también son un reflejo falso, tan falso y semejante al de cualquiera. Lo curioso es que tal vez al creer que todo entra en el mismo saco no provoque cierta empatía. Pero esta es la virtud de la revolución horizontal. Aquí todos somos iguales.

Consumimos lo que nos conviene. A mí particularmente me gustan los cuerpos, la figura humana siempre (y más después de la pubertad) me ha provocado intrigas y constantes disputas internas. Lo que no pertenece a uno resulta siempre un plato tentador. Digo estas cosas con la propiedad de un antropófago.

La velocidad virtual abre paso a la imposibilidad y la frustración. Deseos de tragarse el mundo desde un encierro. No tenemos de otra, ante tanta calamidad lo mejor es morbosear en silencio. Devorarse a los otros calladamente. Leer a una distancia prudencial. Toda publicación es una exaltación al ego. Un corpúsculo para el alivio de nuestra atención sin importancia. Nada más. Una búsqueda desesperada de un atento lector, que luego de haber sido amable y haber dado tantas vueltas en un mismo sitio no termine, en un ajuste de cuentas repentino, decepcionado con nosotros.

Alexander JM Urrieta Solano.

 

 

Figuraciones de la memoria

Escribe que algo queda. En nombrar las cosas nunca hubo un primero. Todo se repite. Lo que varía por supuesto son los errores. La memoria de uno es la memoria de todos, por lo tanto los fracasos siempre son colectivos y la gloria sin duda la virtud de uno solo. Majestuoso. La vida es un juego de ruedas sobre ruedas. Incesante vínculo desastroso. Ruinas circulares. Hay algo en parte azaroso en nuestra forma de decir las cosas, pero más en las miles de formas de callarlas; tenerlas ocultas como si en el secreto se pudiese cotizar algo increíble. Escribe que algo queda. Una palabra que necesita de otra para ser explicada. Un ladrillo sobre otro para levantar un muro de contención con grietas que evidencian todo un compendio de culpas. Silencio. Todo eso que antecede al movimiento, a esa palpitación cardíaca proveniente de los tambores. Percusión de horrores que acusa en un escándalo sostenido al asesino.

Escribir. ¿Tiene esto alguna utilidad? Resulta pertinente encerrarse en los límites confusos de estas palabras, distantes de todo fin, propensas al encierro que proponen los descuidos y las gavetas. Cada texto es un pequeño fragmento de nosotros. Una confesión no está exenta de la burla ni la vergüenza. Intimidad meticulosamente aprobada para exponer al público, o tal vez un disparate accidental que en un principio creímos inconcebible compartir. Una de tantas pistas que dejamos colando en un universo infinito de partículas. Un tributo sutil a la in(existencia).

Se puede hablar de lo mismo siempre pero no de la misma forma. Esto para mí ha sido la inquietud más grande. La forma. La voz. El hilo discursivo con que vamos empatando las cosas, las ideas que no terminan de pensarse por completo. Entonces el argumento es jactarse de poder decir algo a medias, sabiendo en el fondo que nunca lograremos terminar de explicar nada.

Elena. La primera palabra. Tengo que aclarar desde un principio que lo que voy a contarles se trata de una novela inconclusa. Nunca hubo intensiones de terminar nada. La verdad esto bien se puede tratar de una lectura de comienzos, dedicada a lectores de principios, honestos, que saben muy bien que cuando la trama no funciona se puede tomar la opción de abandono sin remordimiento. Para dejar morir un texto lo que sobra son las excusas. Lo que a veces es reprochable tal vez es la tristeza con la que se deja para siempre ciertas cosas.

Ojalá la vida fuese así de sencilla. Donde pudiese marcar mis propias pausas sin llevar a rastra las molestias de aquellas cosas que dejé incompletas. De tener el recurso del abandono siempre presente como un comodín-botiquín de primeros auxilios. ¿Cuántas veces se me hubiese permitido utilizarlo a cuesta de infames y retorcidos pretextos, que ya por pertenecer al pasado ya no vienen al caso? Saco la cuenta. Cuentas, porque nuestro bagaje así no nos guste es plural, retorcido, lleno de lagunas y celuloides en llamas.

Hubiese tenido el privilegio de haber dejado tantas cosas a la mitad, haberme librado de la pesada carga de dar por terminado algo. Insisto que para mí terminar siempre me ha parecido difícil. Cosa distinta a los comienzos, a las sangrías, a ese abismo entre el suspiro y la hoja, ese inhalar profundo que me recuerda que a veces se puede ser bueno reteniendo hasta el polvo nuclear del aire.

Elena. Te había preguntado una vez qué era la memoria. Quería elaborar mis propias definiciones de ella. Pero de forma inconsciente resumía lo que había escuchado y leído en otras partes.

La memoria es un salpicado de islas. La memoria es volver al índice de referencias.

La memoria es un almacén de escombros. La memoria es una pila de cartas ya jugadas.

San Agustín en sus Confesiones define la memoria como el estómago del alma. ¡Qué bicho! ¿¡Cómo llegó a esas conclusiones!?

La memoria es el depósito de los recuerdos, la capacidad de recordar lo que hemos creído haber olvidado. Esa chispa del instante, explosión fugaz. Eso Elena, eso también tiene que ser la memoria: aquel polvo siniestro que deriva de nuestros actos incongruentes.

Olvidar también es una necesidad. El olvido es la memoria descartada. Eso que se escurre por las grietas del cerebro. Olvido. Hay una estricta relación entre una palabra y la otra. Entre eso que ha sido y lo que vendrá, de ese imposible nosotros cuesta arriba. Cada día que pasa con tu ausencia se desvanece un mundo paralelo en donde hubiésemos podido ser felices, ridículamente felices. La virtud de olvidar ciertas palabras es lo que nos permite crear otras nuevas. Conjugar el olvido es parte de la anatomía de la memoria, de sus procesos oscuros de fluidos alquímicos. Hay tantas formas de pensarnos apoyándonos en aquello que pudimos haber sido.

Resumen. Llegaste un mes de junio. Te fuiste en agosto. No podemos medir con exactitud todos los detalles de nuestras alegrías. Basta con dejar un inventario de las frustraciones. Sé que es enfermizo pero admito que me produce cierto tipo de placer.

Yo trabajaba en la librería vasca. Tú en un taller de artes visuales. Nos encontrábamos en la cola para pedir café. Te gustaba el expreso y a mí el marrón claro. Quizá les parezca tonto pero son a partir de los detalles que se entiende la complejidad de las personas. De amigos íntimos a romance índigo. Luego ese lugar común que todos resumen como amor. Luego los desencantos, la antesala de todas las rabias que justifica cualquier crimen.

Ya no tengo palabras para elaborar una historia concisa de aquello que creí tan mío, sólo hablar de las consecuencias.

Cerca del delito ella pudo elegir si quedarse o irse a Barcelona. ¿Cómo se puede anticipar una declaración de fuga a partir de un margen de error? Los accidentes ocurren todo el tiempo. Elena. Cuesta saber hacia dónde van nuestros inventos. De ahí la incertidumbre de no saber hasta dónde llegan nuestras palabras, nuestras ficciones sin finales felices.

Diez días custodié tu cadáver. Hay que ver que se necesita una tolerancia casi visceral para los olores que emana la muerte. Pero si eran los tuyos, ¿por qué habrían de perturbarme? Cuesta lidiar con la putrefacción y el desgaste injusto de los cuerpos. Lo cierto es que no soporté demasiado…

No puedo continuar escribiendo porque ya no soporto tu silencio.

He tratado el reelaborar esta historia tantas veces. Insatisfecho, dejando de lado cada detalle que exponga la infamia, y que a su vez logre por su propia cuenta sugerir un giro fabuloso.

Imposible. Mejor es claudicar, huir si se puede.

Alexander JM Urrieta Solano

 

El brujo del cuervo

Mi primer encuentro con El brujo del cuervo fue en Lima. La contratapa del libro me había llamado la atención pero terminé comprando otro libro cuya prioridad en ese momento era vital. Entre las cosas que me llamaron la atención de aquel libro de bolsillo fue el nombre del autor que no supe pronunciar al principio: Ngũgĩ wa Thiong’o. Después de casi un año ya en Caracas el libro se me volvió a presentar. Por un impulso propiciado por las festividades decembrinas terminé comprándolo. El libro no dejaba de llamarme y me comprometí a leerlo durante el mes de enero.

Cada vez estoy más convencido que los libros a veces nos buscan. Ciertas obras se presentan en nuestra vida para dar sentido a nuestro presente, tal vez con el propósito de hacernos creer que nada se lee por casualidad. No puedo decir que esto sea un absoluto, la experiencia lectora de cada uno es única y diversa, de ahí lo rico y divertido de todo el asunto que envuelve el acto de leer. Para mí los libros han fluido de esa manera. Incluso me ha pasado que sueño con libros que estoy leyendo que ni siquiera he empezado a leer.

La compañía del brujo del cuervo fue hasta cierto punto esclarecedora. No sólo porque su lectura resulta amena desde principio a fin, sino que me resultaba imposible no contrastar la ficción del libro con la realidad triste de mi país. La imaginaria República Libre de Aburiria no dista mucho de la República Bananera de Venezuela. Las similitudes eran un reflejo de las atrocidades que se viven en gobiernos militares y totalitarios, donde la ignorancia se conjuga con el miedo y somete a los habitantes a vivir como poseídos, embrutecidos por la necesidad, la pobreza, la violencia del Estado, la tiranía del pensamiento que de forma injusta suprime a todo aquel que piense distinto.

Thiong’o escribe sobre un país regido bajo de figura asfixiante del Soberano, considerado  por antonomasia como la medida de todas las cosas. Dictador inamovible, que ejerce el poder a capricho y sobre las riendas de todo un pueblo. Tuve ciertos sentimientos encontrados con el libro de Thiong’o. En reseñas que busqué sobre el libro mencionan varias veces que se trata de una obra donde predomina el realismo mágico africano, pero más allá de los elementos fantasiosos que van hilando la obra, junto a una serie de personajes con voces que desde sus perspectivas van construyendo una trama, se trata de una obra que, como el autor lo menciona en voz de su personaje principal, abarca el tema pos-colonial.

El brujo del cuervo expone de forma lúcida y satírica las consecuencias de todo el proceso de colonización en África. A pesar de haber sido un proceso muy distinto a la colonización en América, se pueden encontrar que lo que tienen en común son los hechos históricos que envuelven la destrucción de la memoria: la domesticación del ser. Para dominar al otro lo primero que hay que quitarle es la lengua, la palabra, hacerlo olvidar por completo de dónde viene para manipularlo.

Thiong’o expone a la República de Aburiria como un país enfermo. La estructura del libro se compone de seis partes donde se expone cada síntoma de aquel lugar controlado por fuerzas demoníacas que alteran la aparente normalidad del país. Uno de los que más me desconcertó fue el segundo libro: Demonios de las colas. Por razones extrañas la gente empieza a hacer colas infinitas por toda Aburiria. No era difícil para mi imaginarme la cruda realidad en la que estamos actualmente, el cómo la desidia a modo de embrujo se había apoderado del control de todo.

Durante un tiempo fue como si todo el mundo en Eldares estuviera poseído. Si una persona se paraba a mirar un escaparate, se encontraba de pronto con que se había formado una cola detrás de él. La gente ni siquiera se molestaba en preguntar para qué era la fila; simplemente suponían que tenía que haber una razón para hacerla, y querían su parte de lo que fuera que se distribuyera…De vez en cuando una persona daba origen a una cola sin tener conciencia de haberlo hecho, se marchaba a su casa y al día siguiente se incorporaba a la misma cola, siempre sin saber que él había sido su inocente causa. Sencillamente, las filas tenían vida propia. (Thiong’o; p. 173)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cada sociedad cuenta con sus reyezuelos y seguidores parasitarios, respaldados por la indiferencia del mundo y la carga del hombre blanco, que el autor desarrolla con la enfermedad de la blanquitis que padecen algunos personajes: la dificultad de las palabras, el rechazo hacía uno mismo, la ignorancia que suprime todo movimiento hacia adelante. Es una lectura recomendaba. Me agrada que esta novela haya sido mi introducción a la literatura africana donde, así como muchos otros textos escritos desde la periferia, ponen en tela de juicio la corrupción de las sociedades occidentales. La mirada del otro.

El brujo del cuervo me acompañó y seguirá estando conmigo en mis viajes por Caracas, una de las tantas Eldares con su realidad insignificante, donde el caos resulta ser la norma reguladora de todos los días, y a veces es tan aterradora que no hay que pensar dos veces en recurrir a los recursos que promete la magia. En la medida que me iba metiendo en las tramas desarrolladas en más de setecientas páginas, me terminó quedando esa inquietud de desde el inicio plantea el autor sobre el malestar de su pueblo. Fue una ironía sentir que Thiong’o con su realidad africana se había acercado de forma pertinente a la mía.

Invito al lector que se le presente la oportunidad a considerar la historia del Brujo del cuervo. Es un libro que vale la pena revisar así como el resto de la obra de este prolífico autor de Kenia: Ngũgĩ wa Thiong’o.

Esperando que mi casi reseña les haya servido de incentivo para sumergirse en el universo que promete la literatura africana… Hakuna Matata.

Era demasiado tarde para cambiar su historia. Tendría que seguir adelante con la mentira, fueran cuales fueran las consecuencias. A partir de ese momento se atendría a lo que mejor sabía hacer: deformar la verdad, en lugar de decir mentiras rotundas. (Ibíd; p. 561)

Alexander JM Urrieta Solano