Vitral de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.
La ciudad es una historia siempre en proceso de construcción. Caracas para mí ha sido una versión incompleta de un sueño ajeno y profundo, un sueño que tiene algún extraño que ignoro cuándo despertará. Estando tan lejos solo puedo ordenar mis recuerdos a partir de un procedimiento sencillo, cuando no riguroso, de guardar las fotos que fui tomando, montarlas en alguna parte, exponerlas y compartir algún testimonio onírico. La torre de Parque Central vista desde la entrada del Teatro Teresa Carreño. Solo me quedan estos recursos, una visión personal de una ciudad que hasta cierto punto consideraba mía. Desde aquí ahora solo es un sueño que se desvanece en otras rutinas, el trabajo, la agitación, el arriendo, la lista del mercado esperando en el imán en forma de maleta en la nevera, los vecinos silenciosos sin sentido del humor, el olor a extranjero que cargo encima, mi frágil sentido del gusto, en fin, una vida adulta donde el aburrimiento solo conduce a olvidar los lugares de donde venimos; un tipo de olvido donde voy perdiendo el interés de mi propia historia. Una imagen para la distracción de una vida lejana y nostálgica. Recuerdo todas las veces que pasando por la entrada del teatro, al mirar la torre, a veces luminosa y otras veces cubierta de una oscuridad espectral, me preguntaba qué entidad soñaba esta ciudad, en qué sueño ajeno nos encontrábamos. ¿Qué pasaría si en el momento que la entidad despertara, tras un sobresalto de pesadilla, y en un abrir de ojos, si es que hay tales ojos, todo esto, por fin, desapareciera? No sé.
Me acuerdo de la playa Los Lobos y el mar oscuro del Océano Pacífico. Enterrábamos patillas en la orilla para después comerlas frías.
Me acuerdo de la fábrica de helado cerca de la casa de la abuela, en el jirón O’Higgins de San Vicente de Cañete. Iba con mis primos a comprar y como los helados venían sin envolturas los poníamos en platos y bandejas hondas de cerámica. El sabor del helado del chocolate. Helado de lúcuma. Helado de Fresa.
Me acuerdo cuando iba con mis padres y mi hermana al Jardín Botánico. Nos tírábamos en la grama y tomaba té de limón en una botella de vidrio.
Me acuerdo del Parque de Dinotrópolis. Las máquinas de video. El supermercado de plástico y un arenal con un esqueleto de dinosaurio, las cotufas amarillas y el olor de los tequeños.
Me acuerdo del heladero que se ponía en la entrada del colegio. Vendía pelotas de goma, calcomanías de Dragon Ball, trompos y metras. También los puestos de dona que se improvisaban en los maleteros de los carros parqueados. Me gustaba ver esas rejillas donde se acomodaban las donas.
Me acuerdo cuando me iba al estadio olímpico de la UCV a caminar con mi papá y mi hermana, haciendo tiempo a que saliera mamá de sus clases nocturnas en la facultad de derecho.
Me acuerdo cuando en el edificio dejaron de pagar las cuotas de mantenimiento. Las figuras religiosas reemplazaron a los extintores. Ahora muchos vecinos se sienten más protegidos que antes, a pesar de la falta de presupuesto.
Me acuerdo cuando mi hermana hizo por primera vez brownies de marihuana y durante toda la nota estuvo sonando en un loop infinito la canción de «Nightcall» de Kavinsky.
Me acuerdo de la canción Animales de Cuentos Borgeanos sonando desde un televisor mientras hacía el amor por primera vez. Uno de los momentos más felices de mi vida. Basta solo una canción para desmoronarse.
Me acuerdo del cuento de Los últimos gigantes de François Place. Creo que después de ese libro supe en el fondo que quería escribir. Intenté plagiarlo en un cuaderno de espiral de mamá donde tenía sus apuntes de derecho procesal penal. No pasé de la primera página. Eso es plagio, decía mamá, inventa tu propia historia.
Me acuerdo de mi primer trabajo como mensajero. Pasaba mucho tiempo caminando por Caracas. En una libreta diseñé una ruta personal de librerías.
Me acuerdo de las merengadas de oreo de Crema Paraíso.
Me acuerdo del taller de reseñas literarias con Carlos Sandoval y cómo perdí mi virginidad leyendo a Onetti.
Me acuerdo del taller de Diálogo como prosa artística con José Tomás Angola. Presenté mi Soliloquio del Kamikaze y al terminarlo el profesor extrañado me preguntó como había hecho ese texto.
Me acuerdo de mi primer trío en el Altamira Suites.
Me acuerdo cuando en un hotel me encontré en la ducha una cachito de marihuana que me lo fumé varios días después.
Me acuerdo del espejo y el laberinto del Parque del Este. A veces iba a tomar fotos con el Observador de Aves y el desaparecido Alejandro (¿dónde estarás ahora?). Tomábamos fotos a las hormigas, a los entusiastas que hacen yoga, a los jabillos y samanes, a las esculturas gastadas y a los niños que hacían burbujas de jabón y comían helados de vasito de papelón y tizana.
Me acuerdo una semana santa que estaba bajo los efectos del xanax y me acosté con tres mujeres distintas.
Me acuerdo del diplomado de narrativa contemporánea en el edificio Cerpe, donde tuve mi primer acercamiento con la mediocridad literaria venezolana.
Me acuerdo del Vano Ayer y El País de la Canela.
Me acuerdo cuando acompañé a Tombo a sacar copias de un ejemplar titulado La Colonialidad del Saber: eurocentrismo y ciencias sociales.
Me acuerdo del Orientalismo de Edward Said, Los condenados de la tierra de Franz Fanon, La construcción social de la realidad de Berger y Luckmann.
Me acuerdo cuando en uno de los locales del callejón de la puñalada me encerré en un baño a meterme perico y de fondo sonada una canción de Gustavo Cerati.
Me acuerdo de las Confesiones de San Agustín, el día que perdí la virginidad.
Me acuerdo de la Facultad de Ciencias y los primeros encuentros con los Aldeanos, los Pura Porquería, estudiantes de biología y computación.
Me acuerdo cuando aprendí a manejar bicicleta en las calles de El Pinar, en el Municipio de Comas, de Lima la horrible, Lima la gris.
Me acuerdo de Farma, el mitómano de Narnia.
Me acuerdo de las horas que pasé jugando truco en la Plaza de La Langosta.
Me acuerdo de las Parrilleras de Ciencias donde conocí al Cónsul Estrada. Lo habíamos encontrado el Mono Cisneros y yo ebrio en las escaleras verdosas de moho y cristales, delirando con el día de los muertos. Estrada era la reencarnación de Malcolm Lowry.
Me acuerdo de El Palacio del Pollo que estaba al lado del Hotel Limón. La luces de neón y el olor de gasolina que se mezclaba con las brasas de la parrilla oscura. Muchas veces estuve con G. caminando por ahí, fumando y bebiendo al final de la avenida Lecuna, perdidos en las entrañas comerciales de Parque Central. Era más fácil pasar la noche en el hotel que volver a casas que no se sentían como hogares. Y así. De noche todo era distinto.
Me acuerdo de La consagración de la primavera de Carpentier, libro que compré en el pasillo de ingeniería de la central. El pasillo, su recorrido diario como forma de felicidad.
Me acuerdo de Chichiriviche y la posada «Kalamar», con sus pasillos estrechos y blancos, su nevera con botellas de vino y tortas tres leches.
Me acuerdo cuando el boulevard de Sabana Grande estaba lleno de punta a punta de Buhoneros y mi madre por 50.000 bolívares de ese entonces me compró una edición centenaria de El señor de los anillos, los tres libros en un solo tomo, cincuenta ilustraciones de Alan Lee. El libro estaba forrado en papel film.
Me acuerdo de las uvas que crecían en la parte trasera de la casa de la tía Julia, en el pueblo de San Benito.
Me acuerdo de mis ejemplares de poesía de Cesare Pavese y Mahmud Darwish, Derek Walcott y Eugenio Montejo, César Vallejo y Juan Sánchez Peláez, Mark Strand y Fernando Pessoa, Joseph Brodsky y Alfredo Armas Alfonzo, Seamus Heaney y Abdellatif Laâbi, Vicente Gerbasi y Attila József, Cintio Vitier y Francis Ponge, Rafael Cadenas y Paul Celan, Harry Almela y Georg Trakl, Armando Rojas Guardia y Czesław Miłosz, Igor Barreto y Ósip Mandelshtam.
Me acuerdo cuando caminaba sobre la espalda de mamá para aliviar sus dolores musculares.
Ma acuerdo cuando me iba a caer a birras en el Cordon Bleu de Plaza Venezuela, subiendo por la calle del hambre.
Me acuerdo de la canción de Los dinosaurios de Charly García. Al final estamos condenados a desaparecer.
Me acuerdo cuando trabajaba en un restaurante en las Mercedes. Al salir me regresaba caminando hasta la estación de Bello Monte. En la rutina me fui acostumbrando al silencio de la estación, a su abandono siempre mezclado con ese extraño olor a nuevo de tuberías y bombas de aire, servicio gratuito y torniquetes que brillaban mucho pero no servían. Mientras bajaba sus dos niveles de escaleras me preguntaba cuándo sería la última vez que volvería a la estación. La llegada del tren se me hacía eterna. Leer en el andén era particularmente ameno, hasta cierto punto, donde se hacía demasiado incómodo seguir las líneas de una novela. Ya en ese punto solo quedaba escribir sobre el tedio personal, de cuclillas, apoyando la espalda en el cemento frío de una obra inconclusa. La novedad de la estación era apenas un reflejo de una promesa rota. Un registro minúsculo de la ciudad que me tocó vivir. Todo era cuestión de paciencia. Olvidar que se estaba ahí por una razón: volver, ¿pero a dónde? Daba lo mismo. Ya era normal aquí que el tiempo se nos fuera esperando algo.
Me acuerdo del barco pirata, el castillo y el bosque de Fisher Price.
Me acuerdo cuando empecé a robar libros sin saber que más adelante se volvería una necesidad. Ya cuando había armado un modesto estante te puros hurtos entre ellos estaba la novela de Los detectives salvajes que para ese entonces todavía no había leído. Sentí empatía y sentimientos encontrados con el realismo visceral. Hacía mis recorrido por la ciudad solo, acompañado de los personajes que poco a poco me había inventado.
Me acuerdo cuando me metí una pepa de clonazepam y me explotó el efecto mientras caminaba por la transferencia inclinada de El Silencio hasta Capitolio. Iba escuchando To love somebody de los Bee Gees. Fue hermoso.
Me acuerdo de la canción Rap Can de Cayayo con Cangrejo. La escuché por primera vez en Boca de Uchire. Esa canción es pieza fundamental de los procesos creativos del porvenir venezolano: Tanta tristeza gris como la niebla.
Me acuerdo de los dedos de mi madre, gruesos y rosados, pelando las cáscaras de huevo sancochado para preparar una ensalada rusa.
Me acuerdo cuando Alejo me llevó por primera vez al Bowling, uno que quedaba en el Laguito de los Próceres. Me presentó a sus amigos, todos estudiantes de sociología. Él luego me fue dando detalles de cada uno de ellos. Me dijo que había tomado apuntes, les dedicó una sección en su historia: La Liga de los Estudiantes Sin Superpoderes (LESS). Una pequeña sociedad-juego que fui conociendo con el avance de la historia que Alejo me daba por partes. Cada perfil era una migaja. Me dio permiso de escribir apenas algunas cosas de lo que recuerdo. En mi línea me tocaron bolas muy pesadas, descubriendo en mi brazo izquierdo una falta de fuerza reprochable y un futuro frustrado para los deportes. No hice ninguna chuza. La verdad estaba distraído, fascinado por las imágenes aleatorias de animales y paisajes de las pantallas luminosas que llevaban los puntajes del grupo, imágenes que tenían el propósito de calmar a los jugadores intensos, profesionales violentos por la perfección. Una imagen de cielo, otra de perrito durmiendo en una cesta, marsupiales comiendo hojas, osos polares, estrellas, gatos con ropa aplacaban cualquier forma de ira, pensaba. Recuerdo las mesas con promociones de tobos de cerveza y raciones de tequeños. Abajo de nuestras mesas con sillas giratorias se amontonaban los zapatos impares de garantía. Llevaba puesto unos zapatos gastados para bolera KR Strikeforce Flyer que me quedaban muy grandes. Tal desproporción me hacía sentir el propio payaso cumpleañotriste de algún adulto con afán de volver a su infancia. Así veía todo.
Me acuerdo de una vez que fuimos a la isla de Margarita y nos hospedamos en una posada que al cruzar una calle daba al mar. Entre las áreas comunes había una bar. Sentado en la barra había un alemán, borracho, como un personaje de Malcolm Lowry, otra vez. Apenas pude hablar con él en inglés. En medio de lo trivial le pregunté al bardo ebrio el significado de los colores de su bandera. El cónsul, inflado y dichoso se inclinó en la barra pensativo. Después de un silencioso eructo dijo:
Yellow, my drink…
Red, my skin…
Black, my soul…
Me acuerdo de la cabaña de Xinia y Peter, una pareja de alemanes asentados en Mérida. Habían recreado en sus casitas en fila una aldea bávara en medio del páramo. En la casa principal, donde vivía la pareja, en la entrada, cerca del pórtico, había una inscripción grabada en acero, que tenía una frase que traducida del alemán era algo como:
Ich bevorzuge hundert Tage Hunger
dass ein Tag des Krieges
Prefiero cien días de hambre
que un día de guerra
Me acuerdo del Gorila lomo plateado del zoológico de El Pinar que se montaba en las rejas de su jaula y le escupía al público que se amontonaba y se quedaba expectante a esquivar o recibir con diversión el gesto de inconformidad y tristeza del animal.
Me acuerdo de los monos del zoológico de Caricuao que le arrebataban la comida a los visitantes de las manos.
Ma acuerdo de la comiquita francesa Érase una vez…el hombre que pasaban por Vale TV: el mundo en un solo canal.
Me acuerdo de la Plaza Balzac, al lado del Ateneo de Caracas, por Bellas Artes. También los puestos de libros usados y discos de vinilo, la música, los arreglos orfebres y los actos de títeres y marionetas.
Me acuerdo de Las correcciones de Jonathan Franzen. También de la Corrección de Thomas Bernhard.
Me acuerdo cuando fui con Alejo a un curso de observación de estrellas en el Planetario Humboldt, en el Parque del Este. Él salía de trabajar y yo lo esperaba en la entrada, cerca de un puesto que vendía martillos inflables y cotufas acarameladas. El Planetario se volvió nuestro lugar favorito. Cuando las luces se apagaban con lentitud, simulando el atardecer caraqueño, el proyector iba reflejando poco a poco las estrellas del cielo. El presentador ponía de fondo la música de Star Trek, a veces la del Código Da Vinci (la canción que ponen cuando Robert Langdon, interpretado en la película por Tom Hanks, está descifrando el mensaje final del criptex), o incluso la canción «My Name Is Lincoln», de Steve Jablonsky, que sale en la parte final de la Isla, (con Ewan McGregor, en esa parte que destruyen un búnker y los clones salen al desierto y ven la verdad: de que son pólizas de seguro). Aparte de hablar de películas no tan buenas Alejo solo podía recordar las estrellas principales del cinturón de Orión, la de los tres reyes Magos, estrellas que tienen nombres árabes: Alnitak, Alnilam y Mintaka. En el curso aprendimos el nombre de aproximadamente ochenta estrellas. Luego de eso, mirar el cielo por las noches era nuestra actividad conjunta.
Me acuerdo cuando postulé por octava vez a un concurso de cuentos locales y al leer los cuentos ganadores en la agresividad del vacío me sentí aliviado de la irrelevancia de mis trabajos.
Me acuerdo una temporada que fui al mismo hotel de Chacaíto con tres mujeres distintas. En una ocasión la que atendía en un momento de descuido me vio, sacó la lengua y me guiñó el ojo derecho. En otra oportunidad no me cobró la habitación. Una complicidad inconfesable. Así debe sentirse, pensaba, ser miembro de una sociedad secreta.
Me acuerdo la primera vez que intimé con un hombre en el polideportivo del colegio, en el deposito de las colchonetas y pelotas.
Me acuerdo de los juguetes de la cajita (in)feliz de McDonald’s.
Me acuerdo de los apagones de una semana y lo importante de aprovechar la luz de sol. Aprendí a leer en la oscuridad.
Me acuerdo de Nadiezhda Mandelstam, Yolanda Pantin, Miyó Vestrini, Denise Levertov, Victoria de Stefano, Wisława Szymborska, Antonia Palacios, Susan Sontag, Joan Didion, Lucia Berlin, María Fernanda Palacios, Hanni Ossott, Anna Ajmátova y Elisa Lerner. Siempre estuve buscando una voz parecida al llanto, al reclamo, a la fuerza de los elementos.
Me acuerdo de la pista del Pedagógico, la barra de flexiones gastada debajo del puente que luego de agarrarla te dejaba las manos oliendo a óxido.
Me acuerdo el fuerte olor a orine de una parada camino a Puerto Cabello. En el baño los hombres orinaban en filas en una enorme tina rectangular llena de conchas de naranjas picadas por la mitad.
Me acuerdo de mi último viaje a la frontera y lo fácil que era todo en ese momento.
Me acuerdo del Pasaje Zingg y las primeras escaleras mecánicas del país hechas de madera. El pasaje conecta la Avenida Universidad con la Avenida 6. Cuando tenía dieciocho me enamoré de una chica que solía acompañar a clases de dibujo allí. Mientras la esperaba hacía hora en la librería técnica Dieguez, atendida por dos señoras. Fue en ese estado de ocio que descubrí mis primeras lecturas, pero además caí en cuenta de que en fondo no sabía leer. Empecé con Siddhartha de Hesse y una copia de El Extranjero de Camus. «Hoy, mamá ha muerto», así comenzaba ese libro francés que luego de terminarlo me dejó impactado. Me volví un entusiasta compilador de principios, frases gancho, marcador de oraciones simples y contundentes. En la librería recuerdo que seguí con una novela de Kafka y un ensayo de Tomás Straka: La épica del desencanto; luego descubrí una atracción por el culto a los héroes de infancia y la ufología, un interés incipiente por la historia oficial y los crímenes de la memoria sin resolver. Nació una necesidad de aprenderme los nombres de todas las esquinas de Caracas, así como visitar los rincones que una ciudad con artritis reserva a sus dioses epónimos: plazas públicas y centros comerciales, cementerios y contados recintos de salvación y locura. Los casos clínicos los archivaba en una carpeta bajo el nombre de «la enfermedad bolivariana», como decía con cierta regularidad Tombo: el culto a las ruinas y esa obsesión por la nostalgia. Irónicamente, el Pasaje Zingg era consecuencia de un exceso de ambas. Los objetos detrás de las vidrieras conservan la idea de un pasado prometedor. A través del vidrio contemplamos las urgencias de un nuevo mundo mientras se empolvan los fragmentos de otro mundo perdido, imposible de recuperar. La proliferación masiva de copias de cualquier producto supuso para nuestra época el fin de la autenticidad. La diversidad de lo igual. Detrás de los vidrios los objetos se retuercen en el fetiche de su pasado, única forma de prevalecer en el presente. Ellos, los objetos, logran mantener nuestra atención a través del reflejo en los vidrios sucios, haciéndonos sentir por igual viejos y anticuados.
Me acuerdo un momento que había en la casa tres ejemplares de Los detectives salvajes, cinco de Cien años de soledad, dos Silmarillions y tres Ulises.
Me acuerdo del grafiti entusiasta-motivacional en la pared lateral de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela. En silencio concluí que el coaching ontológico junto a los gurúes del mindfulness, las instructoras de yoga narcisistas y otros subproductos charlatanes del mercado habían llegado a la división ultraespecializada del trabajo para reemplazar y dejar sin empleo a toda la calaña de humanistas y científicos sociales. La tecnocracia prioriza la técnica pragmática estandarizada antes que al pensamiento analítico. Profesionales que terminarían haciendo community manager o redacción SEO en alguna agencia cuya especialidad es tercerizar el conocimiento hasta deshumanizar por completo a toda una generación que tiene prohibido escribir o mencionar la palabra problema en horario laboral, y que tiene por obligación en las redes sociales aparentar un agradecimiento lisonjero, con mensajes igual de triviales como esos que hicieron muy populares los libros de autoayuda y demás derivados el plástico editorial. Es ´fácil aparentar ser feliz, otra cosa es demostrarlo. Es sonreír o morir. Depresión. Agotamiento digital. Expectativas salariales. Soledades virtuales. El camino frustrante del éxito. Dopajes voluntarios. Las promesas de la sociedad fármaco pornográfica. Sueños de fuga, aburrimiento…suicidio. Claro que ahora el eclecticismo es un incentivo para aclimatar la feroz competencia dentro de las bolsas de empleo, papeles y roscas valen más que la experiencia. La vejez empieza a los treinta. Y uno tiene que sentirse mal por haberse tomado su tiempo. Sonreír, no olvides nunca sonreír, oculta la pesadilla interior con una estrategia de marketing, con un filtro de belleza que simule tu semblanza acabada. En el consumo está la garantía de la felicidad, la libertad que permite el costo de la vida, donde todos por igual estamos reducidos a una cifra etérea que no somos capaces de comprender, a un capricho del algoritmo.
Me acuerdo que leyendo las últimas páginas del Eterno Marido de Dostoievski me puse a llorar.
Me acuerdo cuando Gustavo leía fragmentos de las Noches Blancas de Dostoievsky y se ponía a llorar.
Me acuerdo cuando leí por primera vez Los Demonios de Dostoievsky y tuve pesadillas con Stavroguin.
Me acuerdo de ese párrafo en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato:
Para no decir nada del otro aforismo supremo: «la debidas proporciones». Como si hubiera habido algo importante en la historia de la humanidad que no haya sido exagerado, desde el Imperio Romano hasta Dostoievsky.
Me acuerdo de La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe. También del El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe.
Me acuerdo de las Hermanas Karamazov, un par de señoras que venían de San Cristóbal a limpiar casas en Caracas. Sus cuentos, en parte sacados de sus experiencias personales, eran perturbadores y tristes.
Me acuerdo de mi colección de correos de postulaciones de trabajo rechazadas a casi cientos cincuenta puestos.
Me acuerdo de mi carpetica de cuentos perdedores de concursos.
Me acuerdo del apartamento del señor Armando, amigo del Jeque, frente a la Plaza Bélgica. El edificio tendría más de cincuenta años. Ya no me acuerdo de su nombre. Uno puede ver lo viejo de un lugar por lo ancho de sus escaleras y lo estrecho de sus ascensores. El olor a cigarrillo impregnado en las maderas. Las letras doradas oxidadas con la palabra Piso. Los ceniceros obsoletos que adornan los pasillos junto a duendes de barro y figuritas de vírgenes y beatos. En el apartamento me quedaba hojeando revistas del club hípico y anotaba fascinado nombres de caballos: Míster Atlas, Justo y Preciso, Annapurna, Perséfone, Cristal Raider, Flor de la pasión, Don Memo, Rata Caela, Perro Muerto, Confundida, El Gran Tito, Romikiu, Mandelstam, Parafernálico, Antonia Salomé. También de los pocos libros que quedaban del dueño anterior estaba uno de Miguel Delibes. Me llevé en su momento una cita que acompaña a los nombres top de los caballos ganadores en abiertos en Suramérica: «Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro». Estaba en un edificio testigo de la desaparición de tantas cosas, en una ciudad cuyo origen, como los nombres diversos de los caballos, ignoraba. La ciudad raras veces da concesiones a la memoria, porque todo sucede muy rápido. Vivimos el cambio, poco interesa comprenderlo. A veces no asimilamos lo mucho que ignoramos del lugar donde siempre hemos estado, no sabemos de dónde venimos, ignoramos la historia de nuestra propia historia, esa inscrita en las estadísticas y los pie de nota, en el grosor de una revista hípica. Cuántas cosas han cambiado. Entre carrera y carrera se nos escapan tantos datos para prologar el futuro, si acaso eso existe. Se apuesta a las pequeñas certezas.
Me acuerdo de la ciguatera.
Me acuerdo de una frase del Discurso sobre el colonialismo de Aimé Césaire:
Por la cabeza no se pudren las civilizaciones. Lo harán, en primer lugar, por el corazón.
Me acuerdo cuando una noche vi medianamente armada la insignificante obra de mi vida. Apenas una referencia.
Me acuerdo la diatriba que tuve entre dos libros: No es un deporte de alto riesgo y la Antología de la literatura marginal. Me quedé con Caupolicán Ovalles.
Me acuerdo de la frase de Antonio Gamoneda: Ayer y hoy son ya el mismo día en mi corazón.
Fui a la universidad a verme con ese grupo cuyo único vínculo era Gustavo, o eso creía hasta cierto punto. Sentí un taladro en el cerebro al saber los detalles de todo. La violencia de los hechos.
Las malas noticias marean.
Fue una relación extraña. No pude evitar pensar, y se lo comenté a los que estaban ahí, que era una pena vernos así de rotos, o sentir que yo solo estaba allí para eso, porque afectos como tal no hay tan claros, no lo sentí así, digo, la amistad se construye de muchas cosas: para mi es una institución sagrada, composición ciclópea, y entre extraños y conocidos queridos caí en cuenta de esa enseñanza mezclada con fatalidad.
Dije entonces: «ya van dos», él y Gustavo, no dije «ya son», sino «van dos», como asumiendo, de una manera inevitable y aterradora, que vendrían más. Eso en el fondo me dolió mucho. Le di un valor ambiguo a la esperanza. Y me vino al recuerdo un disco que Israel me recomendó hace años: «Hasta que te sangren los oídos». Ese grato recuerdo que pensaba haber olvidado me hizo sentir peor. El pésame. Los abrazos. Garganta rasposa. Ojos hinchados. Olor a curda barata en los labios. Esas ganas de fumar para olvidar. La sobriedad es muy aburrida. El abandono en remodelación de la universidad donde me encontraba, frente al mural de Mateo Manaure en las afueras de la Biblioteca, me hizo sentir doblemente peor.
También la universidad para mi estaba muerta. El saber en ruinas es solo frivolidad. En ese punto aceptaba que era un cínico. La tristeza quedó reducida a una imagen. A papelillos de Carnaval. Lo demás es basura.
Al final poco se sabe del pesar interior de las personas, ignoramos lo que acontece en el corazón del otro. No sabemos nada del dolor ajeno. No tenemos en verdad idea de casi nada. Morir es el pase que nos espera a todos por igual al final de la noche. Después, para nuestra calma, no hay nada. Otra cosa nefasta es asumir que uno es el único que sufre. O que no hay dolores más grandes que el que padece uno. Eso, viéndolo así, es egoísta, un síntoma discreto pero volátil de la depresión, y cuando no se ubica en ese nombre, puede tratarse de una empresa autodestructiva. Ya no sé qué pensar. No importa. Para este caso me da como lo mismo. Hoy solo quiero dejar un registro de mi dolor.
No podemos evitar ver las cosas de manera retrospectiva, reducir el tema a nuestros limitados asuntos, logramos expresar algo apenas sugerente, se trabaja con muy pocos recursos, las palabras quedan para una tarea masoquista; solo así podemos escribir, tomando el dolor como un asunto familiar, creyendo que lo conocemos pero todo se trata de algo inédito. Una mentira que aplaca de a ratos la gravedad de esta realidad: una pesadilla.
Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas. Que no haya dudas sobre la gente que salta al vacío. Su terror a lanzarse desde una gran altura es tan grande como el de otra persona que se asoma a esa ventana para ver el paisaje; es decir, el miedo a caer es una constante. La variable aquí es el otro terror, las llamas del incendio: cuando las llamas se acercan lo suficiente, arrojarse al vacío se convierte en un terror ligeramente inferior al otro. No se trata de ningún deseo de dejarse caer; es el terror a las llamas. Y, sin embargo, nadie en la acera que mira y grita que no se tire, que aguante, puede entender el salto. Realmente no. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender realmente ese terror muy superior al de la caída…(Infinite Jest, pág. 786).
Parece que nada es casualidad. El azar tiene algo de trágico en las palabras al momento de comentar los hechos. Y nos preguntamos sobre pistas o indicios que nunca estuvieron, o que acaso fueron rastros demasiado evidentes y lo que pasaba era que cualquier situación era inminente como para hacer algo.
En el fondo siempre estuvo la estima. Es curioso que sean en estos momentos de dificultad que nos demos cuenta de la importancia que tenía una persona en nosotros, y enterarse al mismo tiempo que fuimos por igual importante para ella. Al escribir sobre él experimenté el momento de la sensación verdadera, hice las paces con el porvenir, con el espacio, con mi propia versión personal del futuro, mi método básico de aferrarme a la vida; se recupera la fe en los otros de maneras muy extrañas, (uno en pequeños gestos puede ser mejor amigo de lo que es, y ni siquiera se da cuenta). Quedan los fragmentos, los recuerdos, y así como Gustavo, dejé esto como la forma más personal de conservar a una persona que sin saberlo me salvó la vida. Quiero tenerlo presente en su caos, pero también en su sentido radical de justicia, en su rara anarquía. En mí queda la imagen que nos une en nuestra historia común: el perdón. Digamos que la despedida es una maniobra de sanar. Y como nadie sabe lo de nadie, es válido que en las palabras quede constancia la tregua invisible: una pequeña grieta en el amor: de la destrucción.
Mi extrañeza estaba en olvidar que todos en el fondo tenemos un tormento que carcome lentamente, y cuando alguien se mata es un suceso clave para retomar un tema como la salida, el game over voluntario, en fin…la fragilidad de la vida.
Y otra Escritura dice también: Mirarán al que traspasaron
Juan 19:37
Me llamó un número desconocido. Era Cipriano Fuentes, un señor que vendía libros cerca de El Pinar, por una esquina que pasando la calle lleva al zoológico.
La primera vez que lo vi le compré una antología: La mano junto al muro: veinte cuentos latinoamericanos, al precio accesible de un dólar al cambio. Le dejé mis datos para que me avisara sobre nuevos libros, ya que estaba interesado en hacer algunas compras (innecesarias) para la librería.
Como sucede casi siempre con los libreros ambulantes la primera impresión suele ser bastante patética. El señor Cipriano había improvisado su puesto en una mesa de plástico curtida por el sol y cubierta por un mantel con estampados de osos panda y figuras espirales; encima tenía una serie de libros de la Segunda Guerra Mundial, kinestesia y superación personal (como el poder de la mente y el tratado de las ciencias ocultas), también varios productos enlatados de pepinillos y alcaparras, dos caballos de yeso que daban la impresión de una actitud no perecedera ante la vida: parecía que el señor tenía guardados desde quién sabe qué época de recesión y escasez esos productos para nada atractivos, incluyendo los libros. En suma era, a primera vista, una exhibición desesperada.
Le di mi número asumiendo que aquel sujeto que anotaba el contacto en un papel rayado con garabatos indescifrables (marcando el código celular entre las palabras Giralda y Maisanta), no me iba a llamar después. Para mi asombro lo hizo dos veces. En la segunda ocasión atendí y le dije que volvería.
Con la expectativa a medio tanque me fui caminando por la Avenida Páez. Un trayecto que, aunque nada tiene que ver con la anécdota, era en exceso melancólico, particularmente triste por el estado de abandono de las calles. ¿Será porque la costumbre de caminar anima a que nos pongamos a pensar en esas cosas que a fin de cuentas, y para nuestro bien, son irrecuperables? ¿Será porque ese trayecto específico por El Paraíso se enfrasca con facilidad al pasado, a una ruta acostumbrada de infancia querubina, de pesares asociados a uniformes, malas notas y confusiones pubertas? ¿Será porque se trataba de los últimos días del año, y no tenía otra cosa que hacer salvo trabajar y buscar algún pretexto para salir a estirar las piernas, dando un paseo en busca de algo que aplacara mi estado de sitio depresivo? ¿Será porque sólo haciendo este tipo de recorridos hacia la nada, efectivamente, se me hace más sencillo escribir?
Al llegar el señor Cipriano me saludó. Me hizo revisar los libros ordenados en fila sobre la acera mostrando los lomos y tapando las manchas de hongos de los bordes. Hablaba con insistencia y fastidio sobre cada libro. Le tuve que decir que le bajara dos porque había venido a ver. Los títulos eran tiras incompletas de enciclopedias de terciopelo, biografías de Grandes celebridades políticas occidentales, lecciones magistrales de macroeconomía, hagiografías, recetarios de comida española, almanaques mundiales de 1999, los clásicos aburridos y obligatorios de la literatura venezolana, cuentos morales para niños, y los viejos best-sellers de Círculo de Lectores. Al costado de un árbol había una caja llena de libros, me insistió que la revisara al final porque tenía una sorpresa especial para mí. Ya estaba algo decepcionado. Casi todos los libros estaban mojados, como sacados de balde, las páginas estaban infladas por descuidos y accidentes. El colmo era que Cipriano quería minimizar lo caótico diciendo que los libros, a pesar de que estuvieran un «poquito» mojados, todavía se podían leer, pues un verdadero lector no se detiene por el mal estado de las cosas.
Cipriano empezó a hablarme de su vida sin respetar los silencios ni las pausas. Su voz rezumbaba en mi búsqueda de títulos junto al ruido de los carros, el aire mezclado con dióxido de carbono que enloquece a los perros, el tedio ajeno de una funeraria de poco aforo, los olores de friolenta descomposición de la carnicería en la otra esquina. Datos irrelevantes, hiperbolizados por la misma necesidad de tener que contar algo gastado y demasiado elaborado. Para el primer encuentro Cipriano me dijo que era escritor, pero hizo énfasis de que era uno de poco alcance, su momento para ser leído y rescatado había pasado; se justificaba, más que en su falta de talento, en la insensatez de la época, en la ineptitud de las generaciones que no supieron leerlo. El fracaso tenía siempre una explicación. Fue castigado por el olvido de su medio. Incomprendido envejecía en su único sustento: en el recuerdo de lo que fue.
Imagine usted la cantidad de información que me dio para dejarme tan saturado, sin el menor espacio para conocerlo realmente. Ciertos personajes imponen sus propios perfiles, sus propios términos de presentación, no necesitan contar salvo lo que les conviene decir o hacer, para que luego nosotros hagamos lo que medianamente captamos de ellos. A veces resulta inevitable el escurrir de la tristeza en las tramas. Por motivos prácticos hay que limitarse a describir ciertas exageraciones y gestos de las personas, ya que no pueden ser más deprimentes de lo que ya son. No tenía forma de corroborar sus aseveraciones, dichas en un plan de yo solo soy una víctima de este sistema, en este país que no lee, que no piensa, and so on…
Había colaborado en ediciones de los primeros títulos de la Biblioteca Ayacucho, allá por los años setenta.
Me habló de Salarrué.
Cayó en un monólogo sobre El Ángel del Espejo, el Cristo Negro y la leyenda de San Uraco, hay que sacrificarse por el otro, salvarse por el arte, como está establecido en nuestra moribunda constitución. Luego destacó su asombro por los Cuentos de Barro, los Hombres de Barro, América Central y la narrativa salvadoreña, los hemisferios opuestos del universo del escritor, la fuerza de las imágenes inéditas, lo crucial de la brevedad, la totalización de los temas, el rescate de las profundas raíces populares, el uso de la metáfora, el diálogo incesante del bien y el mal…la locura, la sublime locura, esta última, una inmensidad inabordable para el señor Cipriano, su verdadera patria. Hablaba con tal grado de desorden que no era solo difícil llevar el hilo de esas reflexiones, sino que cada invención del Yo hice o Yo era o el Yo tengo, no podían quedarse tranquilas en un postulado coherente.
Cuando se escucha a una persona que ha perdido desde hace tiempo la noción de sí misma es inevitable pensar que está enferma y por eso suele mentir acerca de lo que cree que es, o es que simplemente es mentirosa y por eso mismo se le siente irremediable(mente) enferma. Yo escuchaba al señor con atención, lamentando que me hablara desde un estado senil, como si en verdad no tuviese con quien más hacerlo, porque a raíz de sus propias invenciones se fue quedando solo, como le suele pasar a tanta gente en un mundo que exige, para sobrevivir, sostenerse a partir de diversas proporciones de falsedad: engaños ajustados a equis circunstancia, normalizando la cotidianidad detrás de un juego de máscaras, amputaciones, estrategias comediográficas para evitar acumular más sufrimientos, incluso llevando hasta la cotidianidad, si el drama diario lo amerita, la caricatura que ofrecemos al vacío como mercancía, a modo de cruz a cuestas (sin el apoyo de muletillas ni cirineos), llevamos el agotador ejercicio de fingir ser siempre otro. Insatisfacción enfermiza, provocada por la incapacidad de ser uno mismo sin que nos duela. Al menos la atrofia del señor Cipriano, aunque terminal, era honesta, servía para sostener la mentira total en la que se había convertido, al exponerme graciosa e inconscientemente, de una manera tan detallada, su experiencia con el fracaso.
Trabajaba, supuestamente a distancia, para el periódico británico Daily Mail, en la sección mortuoria. La editorial le pagaba en libras esterlinas. Un sueldo imperial que planteado desde la inmutación de esa esquina en El Paraíso era inverosímil. Él vivía su novela, y el mundo real parecía no ser necesario.
–Escribí un obituario sobre la Reina de Inglaterra.
–¿Cómo es eso señor? Si la Reina todavía sigue viva.
–Ah, pero ese es el detalle, algún día se va a morir. Lo que importa es que yo pueda cobrar mi anticipo. Ya tengo dos colaboraciones con el periódico. Y tengo otras cincuenta en una columna de un periódico subterráneo de San Felipe, donde publiqué gran parte de mis microficciones.
–¿Y en dónde puedo leer esas microficciones?
–Ese periódico solo se puede conseguir en San Felipe, déjame ver si tengo alguno dentro de mis manuscritos que llevo conmigo, digo, de los que me quedan, porque después del incendio de mi vida, quiero decir, luego que se quemó una parte de la casa donde tantos años dormí, perdí otra, pero no tan considerable, gran parte de mi vida, de mi obra. El desgraciado de mi editor me robó la otra parte, la publicada en la columna subterránea.
Se metía las manos en los bolsillos buscando algo que jamás iba a encontrar. Aquí lo que tengo en una libreta con escritos inéditos, decía, y me la mostró a medias. La abrió por encima pero sólo podían verse números telefónicos y cuentas bancarias. Mira, dijo, y en una página estaban las oraciones.
–Son puros principios que algún día espero terminar–dijo. –Son mis recuerdos. Estoy buscando un editor para que me ayude a montar mi libro de memorias. Pero primero debo reunir dinero para comprar un celular con la venta de libros. Por favor, revisa lo que hay en la caja sorpresa, tengo guardadas algunas cosas para lectores especiales. Ahí luego podemos cuadrar un precio.
Fui hacia la caja. En ella no había tantos libros, unos contados ejemplares. Estaba la biografía de Hitler y Eisenhower, de la misma colección de celebridades occidentales. Un diccionario trilingüe de inglés-español-griego en un formato de consulta muy incómodo. Un manual de dudas internas de la RAE. Nada relevante, salvo un ejemplar tapa dura de David Friedrich Strauss: Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet, traducida como La nueva vida de Jesús. A pesar de que tenía un alto interés por los libros, y en especial por la vida de Cristo, algo me detuvo mientras hojeaba ese ejemplar.
Un intenso y creciente olor a orine me nubló la vista.
–De noche unos niños se acomodan cerca de la santamaría. Por las mañanas encuentro esta esquina vuelta un desastre. Pero uno se acostumbra a todo porque no le queda otra que adaptarse a lo que da la ciudad.
Las páginas húmedas de estos ejemplares especiales me hicieron caer en cuenta de lo que estaba pasando. Me hice la imagen de una banda de monstruos olvidados que durante la noche se meaban sobre los libros de los hombres más destacados de la historia universal. A pesar de esta conclusión repulsiva, algo me hacía quedarme y seguir revisando con mayor atención el Das Leben Jesu, como hipnotizado por sus páginas, sintiendo que aquel olor de azufre confundía mis aseveraciones, y la normalidad se había quedado retenida en los huecos de la nariz. Me empecé a sentir mal, y las invenciones cobraron por un instante sentido, y como los poseídos de los evangelios empecé a hablar en lenguas con Cipriano el Mago.
–La obra de Strauss le sirvió a Nietzsche para tomar postura ante el cristianismo y el mismo Dios. Es claro que los evangelios, como testamento literario, intervino de una manera decisiva con aportes sobrenaturales al gran relato que llamamos historia, una que concibe el pequeño paréntesis de lo que llamamos la humanidad, usando siempre los términos más adecuados, los minúsculos.
–Strauss afirma que el problema de los evangelios no radica en su valor histórico, sino en la idea que quieren expresar. Y luego como otros, los lectores del porvenir, quisieron interpretar esa idea. Strauss concluye que los evangelios son de carácter mítico, puesto que no hay forma racional de explicar las hazañas realizadas por Jesús. Deben leerse entonces como relatos teológicos basados en una prefiguración del antiguo de testamento, no como un hecho histórico que «en realidad» sucedió.
–El viejo Testamento es una serie de incidentes que anticipan o «prefiguraron» la vida de Jesús en el nuevo Testamento. Hay ejemplos memorables: el intento de Abraham de sacrificar a su hijo Isaac prefigura la voluntad de Dios al dejar que su hijo muera en la cruz.
–Aunque no hay una relación causal los hechos de la vida de Jesús fueron dispuestos de tal manera que justifican las predicciones del viejo testamento. Hay incontables pasajes del nuevo testamento donde tanto Jesús como el resto de los personajes actuaron para que pudieran cumplirse las profecías antiguas: porque esto sucedió para que se cumpliesen las escrituras.
–Esa prefiguración o «pensamiento figural» nació en los primeros tiempos cristianos como justificación a un contexto, a una situación que acarreaba necesidades históricas específicas. El milenio, sabes, su inminencia a la destrucción de los tiempos se hizo sentir en la angustia de los primeros creyentes; tampoco hubo necesidad de buscar una autoridad fuera de las enseñanzas de Jesús, pues él mismo era verbo, (ver)dad y ley. Al ver que la segunda venida no se concretaba, se postergaba inclemente y apocalíptica, la nueva religión tenía que competir durante siglos con todos los cultos paganos ya bien extendidos y populares en el mundo, por lo que los cristianos se vieron en la urgencia de legitimar las nuevas enseñanzas asentándolas a una genealogía. El pasado hebreo de Jesús hizo asequible (y rentable) el redescubrimiento del viejo Testamento.
–Esa vinculación narrativa para el movimiento cristiano creó dos efectos inmediatos. Dos fundamentalmente: el primero fue que le dio al nuevo culto una historia venerable, de proporciones míticas, convirtiendo el viejo Testamento en una obra importante para comunidades no judías, lo hizo un libro de leyes y acontecimientos para pueblos específicos que anticipaba la llegada de Jesús; el segundo efecto, claro, fue cómo se legitimó la figura de Jesús al relacionarse con las profecías del viejo testamento.
–No es ambiguo ante esta situación formularnos algunas preguntas esenciales acerca de nuestra civilización: ¿Qué Dios es este que primero fue hebraico y después cristiano, un Dios que exige la sangre a través de la muerte, para que sea reestablecido el equilibrio de un mundo que solo de sus leyes se nutre? Al construir una figura histórica del hijo también se reformula la divinidad del padre.
–¿Es acaso una ironía que El Paraíso en el que vivimos sea lo más parecido al Infierno y después de que esto se acabe no sucederá más nada? No quiero dar tampoco una respuesta a esa pregunta, ni quiero que tú tampoco me la des, es algo para pensarlo, a fin de cuentas, es parte de una disertación literaria. Nada de esto es real. Fuera de esta fantasía podemos coincidir que cada generación produce diversas vidas de Jesús adaptadas a las circunstancias de un tiempo.
–El Jesús histórico es igual de desolador que el Jesús religioso. Al final estamos solos y el calvario personal lo tiene que llevar cada uno en su pecho, como una colmena de avispas negras. Tú me entiendes, es una forma muy cristiana de verlo, es decir, no tiene ninguna importancia…
–Gracias a los primeros sabios cristianos como San Agustín y Tertuliano las interpretaciones figurales fueron llevadas hasta la justificación histórica. Se establecieron así los pilares de la cultura occidental. Cada pasaje del viejo Testamento se interpretó de tal forma que prefiguraba los acontecimientos del viejo testamento, interpretaciones que influenciaron de una manera profunda en la literatura de la Edad Media y el pensamiento escolástico en general. Un caso evidente es la Divina Comedia de Dante, la estructura y los incidentes de la obra están determinados por formas figurales.
–Dante nos legó una arquitectura del cielo y el infierno, condensando en una obra las interpretaciones de una época. Más que presentar personajes sobrenaturales quiso, en mayor medida, representar a los hombres del teatro del mundo, y su participación dentro de la gran comedia humana…
En la mesa estampada, entre los libros mojados estaba un ejemplar intacto de Pabellón de Cáncer de Aleksandr Solzhenitsyn, junto a unas cajitas apiladas de láminas para pasticho. Fue lo único que terminé comprando.
–¿Quieres el libro? Llévatelo. Te lo puedo dejar a un buen precio. Sabía que era algo que podía ser de tu interés, por eso todos estos libros los aparté en esta caja especial.
–Yo pensé que los tenía apartados porque estaban meados…
–¿Cómo así?
–Olvídelo, estoy un poco mareado. Voy a se seguir viendo mejor qué hay en la mesa. Creo que solo me llevaré el Pabellón de Cáncer.
–Vea lo que quiera. Mira esta rareza que tengo –me pasó un libro que tenía desde que había llegado bajo la custodia de su axila izquierda. Una Biblia Reina Valera editada en 1949, estaba comida por las termitas y el lomo se desprendía como las hojas de plátano cuando están muy quemadas.
Está en la mismísima piedra, pensaba.
–Conseguí un comprador potencial para este libro. El día de mañana voy a llevar esta biblia a casa de un pastor de una iglesia ortodoxa. Se lo voy a ofrecer y no voy a aceptar menos de veinte mil dólares.
–¿Veinte mil dólares? Señor Cipriano, ese libro no cuesta eso…
–Exacto. Eso lo sabemos tú y yo, ¿no entiendes que el precio que le damos a las cosas es subjetivo? El valor lo otorga la necesidad. Luego uno lo que tiene que hacer es negociar.
Aunque el punto del señor Cipriano era válido, este no dejaba de ser un loco. Su convicción era crónica. Me dije que no volvería más nunca a la esquina de barro. Me fui en dirección opuesta, sintiendo como el olor a azufre se iba disipando en la distancia.
Strauss contribuyó a una nueva forma de conciencia del pensamiento figural en la vida mítica de Jesús. En los pasajes donde este, en efecto, cumple con las profecías del viejo Testamento se establecen los paralelismos figurales. Strauss intentó despojar de los textos toda adición irracional, suponiendo que estas fueron producto de la imaginación literaria de los evangelistas, para llegar a la versión de un Jesús histórico verificable, sometido al cálculo de las interpretaciones exhaustivas de los lectores del siglo XIX, y que buscaban a través de la razón adaptar la vida de Jesús a la ficción literaria de cada escritor.
Ahora que lo recuerdo y escribo esto, deberíamos hablar de una interpretación posfigurativa y no prefigurativa en el Das Leben Jesu de Strauss.
La prefiguración consiste en sostener la creencia que el relato del viejo Testamento anticipa los acontecimientos que van a suceder años después; por otro lado, la posfiguración consistiría en sostener la consciente construcción de crear una ficción para conformarse con las predicciones ya establecidas en los relatos que anteceden al nuevo Testamento. Strauss terminó haciendo una transfiguración ficcional del Jesús histórico. En las construcciones literarias la transfiguración ficcional es una rama específica que ubica novelas que por sus cualidades pueden ser vistas como posfigurativas. El siglo veinte abunda en grandes novelas posfigurativas. Tenemos el fenómeno del Ulises de James Joyce, obra total que nos habla de un Odiseo moderno que transita por las calles de Dublín de 1904 por un día. La obra reactualiza la epopeya homérica. Esta misma relación puede dar una explicación literaria al vínculo de ambos testamentos bíblicos, tomando como eje la vida de Jesús, que como esquema de acción puede divorciarse del significado que haya tenido inicialmente para ubicarlo en la trama ficcional que mejor convenga. Y las nuevas formas de Jesús se pueden presentar en las parodias más inflamarias. El héroe (pos)moderno, quizá en parte prefigurado por la vida de Jesús, puede ser un hombre bueno, un canalla con TDAH, profesor de la narrativa guatemalteca, un farsante, un niño con uraco atrofiado, un pabellón criollo, una nación entera imaginada, un pabellón de cáncer.
La figura de Jesús no refleja el absoluto de Éste, apenas un contraste. Sin embargo, el escritor es libre de hacer lo que le plazca con la figura de Jesús, pero las creencias del escritor determinarán el significado dentro de la lógica de la trama, así como en el simbolismo de los resultados planteados, como si se trataran de acontecimientos deformados de los Evangelios, de la vida misma, intentando expresar más que diagnósticos de una misma enfermedad, una visión íntima de lo que por medio de un ejercicio creativo deja de ser sagrado para entretenernos.
Al final tener en mis manos Pabellón de Cáncer me dio una pequeña satisfacción. De la mano de Cipriano el Mago adquirí el testimonio visceral de una enfermedad común de las zonas periféricas. Caminaba sobre una tierra embarrada por el emperador de todos los males, en un país que empala a sus profetas en refinerías en ruinas y astas monumentales sin banderas, no hay memoria, tampoco pertenencia ni explicaciones, solo mitos que hacen sombra a los mediocres, tan aplaudidos y respetados aquí. Con esa conformidad se puede llegar a vivir lo suficiente. Mientras el tumor se agrande y no duela, el olvido será la cura y el cáncer. Resulta desagradable sentir que no es posible desprenderse de los presagios de aquellos lugares donde se ha tenido que vivir ciertas calamidades.
…el destierro no sólo tenía un carácter deprimente que todo el mundo conoce aunque sólo sea por la literatura (no resides en los lugares que amas, no te rodean las personas que serían de tu agrado), sino que también tenía una cualidad liberadora poco conocida: el exilio te libera de incertidumbres y responsabilidades…
Regresando por la avenida iba leyendo páginas salteadas del libro ruso, ignorando lo confuso de aquel episodio con el autor de microficciones mortuorias en El Paraíso. Un episodio extrasensorial posible en los límites de País Hotel.
Las puntas de mis dedos aún tenían impregnados el orine de infancias muertas, de mártires desconocidos.
Nadie imaginó aquel desenlace de estrellas que apenas brillaban y en un gesto se apagaron para siempre.
El Latin Voice Challenge era el evento del momento. Luego de varios procesos eliminatorios estaba en su etapa decisiva, la gran final. Los dos mejores debutantes se enfrentaban ante las cámaras en la ronda de cierre, donde contra todo pronóstico se tenía que presentar el mejor cuento de la temporada.
El programa iba por su Séptima Edición. De una manera discreta había ganado seguidores de toda la región hispanohablante.
Las editoriales, en sinergia demoniaca con las cadenas televisivas, aplicaron una fórmula infalible para promover la lectura. Le dieron a dicha iniciativa un retoque de espectacularidad elevado a la ene, con el objetivo de llamar la atención de masas de analfabetas funcionales, con la esperanza de que así, tal vez, se lograra reducir la curva exponencial de una práctica aparentemente en decadencia.
La idea era utilizar elementos de los concursos de cocina y aplicarlos en un concurso de escritura creativa.
El concepto al principio tuvo sus inevitables detractores. Con dedos en tecla llenaban los muros con hilos de Twitter. Despotricaban la fórmula sagrada que tras bastidores producía (en cadenas como Food Network) miles de millones de dólares.
Por fin lograron rebajar la literatura a la cháchara de los bloques deportivos.
Algunos comentarios eran más fatalistas, pero sin perder el sentido del humor.
Si esto es la cuarta revolución industrial, espero no estar vivo cuando llegue la quinta…si acaso ignoro que ya estamos en ella #LaMuerteDeLaLiteratura #PrayForAlvinKernan
Otros, resignados, pero sin escatimar lucidez alguna, mencionaban que el Latin Voice Challenge era el siguiente paso de la industria del entretenimiento literario, una versión edulcorada que hacía ver a los escritores como aspirantes gastronómicos.
Entre gustos y temáticas ganará quien mejor sepa conmover audiencias. (No tanto desconcertar, porque esta idea a grandes escalas es inconcebible, pues la literatura, al menos una que quiera venderse como fenómeno paraliterario, no puede ni es capaz, de tolerar imposturas).
Hay que llevar el guion al pie de la letra, crear esculturas deportivas para ser admiradas en ambientes familiares dominados por amnesias. Moldear celebridades en ascenso que escriban precisamente lo que esperamos leer.
El Latin Voice Challenge era una alternativa a los concursos literarios tradicionales porque tenía el aditivo por excelencia para el éxito: la velocidad de las cosas: el pay-per-ya!
Los fallos venían después del segmento publicitario.
Se forjaba el prestigio en mármol y bronce. Subían las ofertas (como toda epopeya alcista) de futuras promesas destinadas al parche idílico del Best-seller.
Se lucraban los interesados y luego todo regresaba a su sitio, a las gavetas, a la inexistencia, a la indiferencia que provoca el vacío al que están condenados los productos que consumimos sin descanso.
Lo cierto es que el programa era adictivo. Como un segmento de cocina la brevedad de las escenas editadas condensaba horas de grabación intensa, con música de suspenso y exceso de publicidad con mensajes subliminales.
Las eliminatorias eran las más sintonizadas, en parte porque el éxito radica en el morbo de ver a otros siendo humillados, ver a otros entrar y salir del estudio llorando para abrazar a sus familias, sometidos a una ansiedad dispersa tras presentar un texto que otorgue la difícil entrada al concurso.
La ronda (de la mente más rápida) de selección tenía las instrucciones de un trabajo escolar.
Entraba el participante y los jueces asignaban cinco palabras aleatorias dadas por una máquina amistosa llamada GARY (Generical Artist Reader Yellowstone), que se unía como invitado transparente a los esfuerzos que engloban un certamen de proporciones demenciales.
Maybe the internet raised us, but machines are now ruling the world words. GARY is the righteous stone.
GARY es la medida de todas las cosas.
GARY es el Gran Inquisidor.
GARY es la perfección absoluta.
Gracias a él/ella/eso es posible la revisión veloz de los textos. Abaratando costos se puede prescindir del error humano. Por medio de una lógica innegable la máquina sopesa la justa calidad expresiva.
Una vez dadas las palabras el participante tiene quince minutos para elaborar un cuento.
Antes de entregar el texto cada participante da una reseña rápida desde un escritorio con lápices y bolígrafos intercalados de los patrocinadores: Pelican, Paper-mate, Montblanc y Faber-Castle.
Hay también papeles y borradores estéticamente ordenados, adicional a una máquina de escribir Olivetti obsoleta que completa la utilería del espacio, reforzando imaginarios colectivos del escritor clásico que comprende el fetiche de una raza extinta, junto con la casta de autores pesados que escribieron sonetos con plumas de ganso.
En un escenario de realidad aumentada el participante de manera sucinta da los motivos que lo han llevado a convertirse en escritor. Luego expone las razones por las que desea estar en el selecto grupo televisivo del Latin Voice Challenge.
No hay ninguna clase de pedagogía en el programa. Es una oportunidad para el narcisismo literario sin necesidad de literatura. Donde tienes la oportunidad de experimentar la expresión cultural total latinoamericana, estando en sintonía con las modas, siendo parte de algo más grande que tú, siendo parte de una ola de sucesos agobiantes.
La virtud del programa está en la facilidad que tiene el espectador de tragar por los ojos, poco importa si sabe mirar, mucho menos si sabe leer.
La gula visual da la impresión de que se lee cada vez más, aunque esto genere otro problema mayúsculo, atribuido al agotamiento: procesar sin interiorizar, sin entender nada, sobreabundancia bibliográfica, saturación de signos. En realidad, solo tienes la sensación de creer que estás leyendo. Aquí se sobreestima la práctica, pero da lo mismo mientras el programa se aplauda al unísono por entidades estatales, comerciales y terroristas.
Todos a por el rescate de la cultura.
Este es uno de los lemas comerciales de una empresa insecticida que encontró su pequeño recuadro promotor en la transición de una escena a otra del programa, definiéndose además, sin mucho melodrama, como una Compañía familiar.
De la eliminatoria masiva quedan veinticuatro aspirantes que son elegidos para una nueva audición de filtro. Esta ocurre en el episodio 1.
En las audiciones los participantes están divididos en tres grupos.
Un grupo tiene que hacer un cuento donde el protagonista sea el Mar, independientemente de la trama. Otro tiene que hacer un cuento policiaco, con indicios y atmósferas congruentes a un misterio, donde el lector cuando termine el texto sienta que llegó a alguna parte. Por último, un tercer grupo tiene que hacer un cuento de Ciencia-ficción, plantear un problema real y exagerarlo con recursos tecnológicos, sin abusar de artificios distópicos.
De ese filtro doce participantes se convierten en concursantes oficiales para las siguientes rondas, que trasmiten formalmente en vivo por las principales cadenas afiliadas en horario apto para todo público.
Después de la ronda de audición dos concursantes son eliminados en cada episodio.
El ganador recibe un premio de cincuenta mil dólares. Se somete así a un contrato de publicación de todos los cuentos presentados durante la temporada, que pasan a ser propiedad exclusiva de la Western Continent Choice.
Para la Sexta Edición el jurado evaluó a participantes entre 18 y 45 años de 20 países de Latinoamérica.
El escritor es el ganador de la competencia.
Para esa edición Jorge Riquelme ganó con el relato titulado A-dioses, una alegoría sobre la indiferencia, con personajes pusilánimes que mediante sus acciones afirman su presencia en la medida que se ausentan más. Con una “prosa áspera” (acotación de GARY), “el autor abordó exploraciones psíquicas para describir las posturas radicales y morales de los personajes ante la explosión de una bomba en la escuela de un pueblo en la Cordillera de los Andes. Destaca de manera siniestra las opiniones insanas de las personas que juzgan, con altanera seguridad, los acontecimientos ajenos que creen entender.”
El escritor obtiene el segundo lugar de la competencia.
Gabriela Espada presentó el cuento Muerte entre las flores, cuya prosa iba desengranando los sentimientos reprimidos de un hombre que solo con sus gestos confiesa el asesinato de su esposa. “Una trama sobre el duelo y la confusión trastornada por el cinismo, la sospecha y el velo del machismo que cubre una sociedad falocrática” (citas preliminares del veredicto de GARY).
El escritor ganó el segmento de la Caja de Herramientas o Reto de eliminación.
Se pone a prueba la cualidad del escritor donde presenta un cuento con ciertas restricciones de estilo. GARY en el episodio 4 pidió a los concursantes un texto donde no hubiera presencia del pronombre relativo “Que”. En el episodio 6, un texto libre de signos de puntuación. La valoración final se promediaba en la fuerza tonal del stream of consciousness, donde el lector de manera instintiva establece las pausas más acordes al ritmo de la trama.
El escritor era parte del equipo ganador en el Desafío Dadá y avanzó a la siguiente ronda.
En este bloque los escritores tienen que elaborar en conjunto un cuento a partir de retazos asignados de manera aleatoria por GARY: frases inconexas de orden enciclopédico, diálogos de diversas series o películas taquilleras, paremias, onomatopeyas, extractos notables de autores reconocidos siendo plagiados por otros autores no tan conocidos, manual de instrucciones de lavadoras, tablas nutricionales, discursos políticos, manifiestos, etc. “Los fragmentos son asignados de manera trivial y azarosa. Se limita a la capacidad de información que puedo almacenar en mi conciencia cuántica. Es un acto semejante a cuando metes la mano en una bolsa de fichas de un juego de Scrabble. Este acto se hace no para tomar precisamente lo que necesitas, sino lo que te corresponde y te ves obligado a hacer que funcione…darle sentido al sinsentido” (referencia explicativa de GARY antes del arranque del desafío en el episodio 3 y 5 respectivamente).
El escritor tuvo uno de los mejores cuentos de la Caja de Herramientas, pero no ganó.
El escritor se salva tras no presentar ni el mejor ni el peor cuento en el episodio.
El escritor se salva tras no presentar ni el mejor ni el peor cuento en el Desafío Dadá.
El escritor no compite en la ronda del episodio, obtiene inmunidad creativa tras presentar un cuento notorio, pero no con suficiente fuerza para ganar.
El escritor tuvo uno de los mejores cuentos en el Reto de eliminación, destaca por no ser la última persona en avanzar a la siguiente ronda.
El escritor tuvo uno de los peores cuentos en el Reto de eliminación, pero en última instancia es salvado por el motor de improbabilidad infinita de GARY.
El escritor tuvo uno de los mejores cuentos del Desafío Dadá, pero su equipo fue el último en avanzar.
El escritor tuvo uno de los mejores cuentos del Desafío Dadá, siendo la única persona que podía seguir avanzando en la competencia.
El escritor fue eliminado de la competencia.
2
Los finalistas de la Séptima Edición del Latin Voice Challenge son el puertorriqueño Armando Pales Matos, 27 años, oriundo de San Juan, y la colombiana Julia Barmaceda, 32 años, residenciada en Medellín.
La final del Latin Voice Challenge, que normalmente ocurre en los estudios de Miami, para esta ocasión especial se trasmite en vivo desde el Caesars Palace, en la ciudad de Las Vegas.
Nos parecía irónico, viendo la antesala donde se destacaban los eventos memorables del programa, que una contienda literaria de “tintes latinos” tuviera como sede fija ciudades de lengua anglosajona. Miami es el máximo polo massmediático de Latinoamérica, aunque no forme parte de su territorio, comprende una ciudad donde la mayoría de sus habitantes son extranjeros y predomina el español (como dialecto de exilios y refugios).
En aquella ciudad están las mayores concentraciones de empresas dedicadas al negocio del entretenimiento con fuertes intereses en la región.
Los grandes empresarios, como los que componen la Western Continent Choice, sostienen el estandarte de que Miami (como espacio de ilusiones) es vital para concretar, en pretensiones capitalistas y literarias, el sueño bolivariano de integración del continente.
Una paradoja de la soberanía, cuando en incontables esfuerzos fallidos de praxis política se ha intentado realizar tan pretenciosa quimera. Basta con una inversión faraónica en espectáculos para hacer de los sueños un negocio realizable, redondo y firme, uno donde los escritores, en rol de trapecistas, tienen que hacer maromas excesivas para no solo poner a prueba el valor de un idioma, sino que además llevan consigo el estigma fatal de su tierra, en un lugar de pesadilla que oscila entre la nada, el desierto y la fantasía.
Las Vegas, como ciudad mensaje final, era una locación pensada para atomizar aquella estrategia de la ilusión. Promover desde el terreno de juego de América el valor de escribir.
Para esta ocasión GARY es cubierto con carcazas especiales doradas y tubos de neón. Su ensamblaje completo le da la forma de una ostentosa esfinge, una menos soberbia que la esfinge de Fremont Street que vigila la entrada del downtown.
En el televisor muestran un plano donde Armando Pales Matos y Julia Barmaceda, con miradas de perfil sostenidas, desafían al monstruo temático del Hotel Luxor. La toma solitaria de la esfinge, aunque imponente y seductora, oculta una crueldad escandalosa.
Los finalistas posan ante las cámaras y el resguardo sombrío de la esfinge, rodeados de pantallas donde desfilan sumas astronómicas del costo abismal de la vida que muy pocos pueden pagar.
Cerca de las patas del monstruo yace el enigma de la esperanza latinoamericana.
Series de números incomprensibles anuncian en tablas cabalísticas las predicciones literarias. Quién se iba a imaginar a las casas de apuestas abarrotadas por la especulación de las palabras, de las oraciones, de que por un desempeño artístico radicara la ruina de unos y la fortuna de otros. Increíble.
Las tomas aéreas del lugar reprochan la magnitud artificial del evento, urbanidad psicotrópica descaradamente kitsch. La tendencia del “orgullo latino” que se proyecta es distante y ajena a nosotros, sumisos televidentes de acá.
La escenografía googie style del programa nos presenta está vez un ambiente de falsa biblioteca. Sincretismo de libros y bustos enfilados con títulos y nombres hegemónicos resaltados en sus lomos oscuros, colocados en estantes de madera con formas arabescas. Las luces giratorias a través de una deformación de los colores primarios producen el efecto de estar sumergidos en una novela gráfica.
El presentador, Dubis Hassenfold, es una mezcla repulsiva de los archienemigos de Lazytown y Spy Kids. Lleva un vestuario que nos hace sentir que estamos volviendo a ver los Juegos del Hambre.
Los jueces son la santísima trinidad de los peones negros, menos deprimentes que la parodia de Caesar Flickerman, encarnada en el presentador alemán. Los jueces representan la formalidad trivial y necesaria. Legitiman en sus tonos de anticuario la fuerza omnisciente de GARY, que reposa detrás de ellos, envestida en su armazón esfinge de neón.
—El cuento que les traigo se titula “Byekaribbean”— dice Armando Pales Matos ante los jueces—. Está narrado en primera persona. Es un texto…no sé, algo optimista, donde creo haber logrado esbozar el proceso de aislamiento propio de la condición humana desde una (aguda) observación de los comerciales de telemarketing. Hago énfasis en la presencia de la bicicleta estática, el huésped terrible, en el hogar de una familia con problemas de sobrepeso en el Caribe. La familia busca saciar su versión de la felicidad por medio de deudas que acumula en sus tarjetas de crédito. La protagonista, una mujer de treinta y cinco años, al recibir notificaciones positivas de compra de productos para ejercitar su cuerpo, suele tener orgasmos que canaliza bailando desnuda frente al televisor al son de canciones de suplementos alimenticios y detergentes.
—Muy bien. A primera vista se ve como un relato de terror, tal vez algo excesivo. Lo “optimista” me parece sarcasmo —dice uno de los jueces que hace una vista por encima al borrador definitivo mientras lo pasa al siguiente juez—. Sin embargo, creo que puede funcionar. Me gusta la elección del título, una especie de pun. ¿Cómo es que se dice al juego de palabras? ¿Calambur? ¿Retruécano? Anyway…no importa.
—Me parece fantástico el concepto inicial de la pieza —dice la otra jueza—. El contenido es una fuerte crítica al sistema, pero lo que importa es que entretenga, ¿cierto?, incluso cuando el tema central es cómo las depresiones y el sobrepeso son productos de sentimientos de mercado.
—Lo que me genera cierto escozor es la mancha del texto—dice el tercer juez—. Veo que el cuento está escrito en un solo párrafo, ¿por qué presentar un cuento así en una final?
—Lo hice así porque el temperamento de la narración exigía esa estructura—explica Armando Pales Matos—. Las ideas concentradas en grandes bloques son una lección muy aplicada y perfeccionadas por Beckett, Krasznahorkai o Thomas Bernhard, incluso el mismo Horacio Castellanos Moya. Lo monolítico es un estilo para presentar mecanismos hostiles.
—Eso lo entiendo, pero a primera vista no es sencillo de leer—dice el primer juez—. No siento que sea algo que pueda calar como cuento referencial para las nuevas generaciones. Me refiero a que tiene que ser ameno, accesible. Este es muy saturado, es algo como…
—¡¡Mucho texto, queridos jueces!! Mucho texto, como sale en los memes del Yoda Hispter—interviene Dubis Hassenfold, mientras de unos parlantes reproducen las carcajadas de sitcom que llevan cualquier forma de tensión a la burla, a sus típicas ironías.
—¿Y eso qué es? —pregunta la jueza del distrito 2.
—Es una expresión memética. Una imagen macro para representar una queja. Sucede cuando una persona manda un texto muy largo o difícil de entender en internet—responde GARY.
—¡Exacto! —secunda el tercer juez de nuevo—. El tema es que no queremos que los nuevos lectores salgan con una barbaridad de esas, por eso pienso que la forma de presentación es fundamental. Yo lo editaría. Por supuesto, el texto tiene que defenderse solo.
—Claro, el tema está que la primera impresión es muy importante—dice el primer juez—, no dar tampoco la sensación de aburrir antes del acercamiento al texto, hay que evitar espantar al lector. Aunque eso tampoco es una limitación.
—Para nada. Insisto, con esto no quiero quitarle mérito al texto—aclara el tercer juez—. Será cuestión de que lo leamos con calma, todo bien, esto que digo es una opinión personal, algo superficial que suelto como lector, nada más. Puedes pasar adelante y entregar el texto al editor GARY.
—¿Algún otro comentario adicional que quiera hacer, señor Pales Matos?
—La verdad no. Queda esperar el final.
—¿Se siente satisfecho con su cuento?
—No mucho, solo me hace sentir un poco aliviado.
—¿Cómo es eso señor Pales Matos? ¿Qué lo alivia?
—Me alivia saber que el escritor todavía no ha cesado de denunciar en los otros la extravagante pretensión que tiene el hombre de referirlo todo a sí mismo. De querer juzgar todas las cosas a partir de sus mediocres necesidades o facultades, cualidades que nos lleva a suponer que el resorte metafísico de la creación es la vanidad o el hastío. Son conceptos que todavía no logra(rá) comprender una máquina en su complejidad, afortunadamente. Bajo esta postura creo que dejo claro que tampoco me importa lo que piense la generación del Mucho Texto, con todo respeto… Gracias.
Música victoriosa para reducir el impacto del comentario. Hay una incomodidad evidente en el presentador y los jueces.
Todos aplauden mientras Armando Pales Matos introduce su texto en los rodillos lectores de GARY, la esfinge. El hombre mira la cámara con el temple de un Rufián Melancólico. El debutante regresa a su cubículo adornado con un par de bustos pequeños de Jeff Bezos y Gabriel García Márquez. Armando Pales matos cruza una mirada íntima y cómplice con Julia Barmaceda. Ambos se sonríen mutuamente.
Llaman a la siguiente finalista: pase adelanteparcera… (Risas).
—Mi cuento se llama “Selección natural” —dice Julia Barmaceda—. Es una composición narrada en tercera persona sobre una jorobada que fermenta una rabia secreta. Esta se describe en una constante serie de humillaciones diarias como empleada de pasillo en un supermercado. Los hechos ocurren en un país del Sur atrofiado por el culto al fracaso, la testosterona y las recesiones económicas…
—Un momento —interrumpe la jueza— ¿Es una crítica sobre el maltrato femenino?
—El maltrato hacia el otro en general—responde Julia Barmaceda—. No estoy segura de que sea mi mejor cuento, pero tiene los elementos necesarios para ser presentado y ganar, aunque ya en este punto (de partida), siendo honesta con ustedes, luego de haber llegado hasta aquí me siento profundamente agotada, no obstante, estoy agradecida de que me permitan formar parte de este circo, donde me siento en la obligación de hacer algo que valga la pena, asumiendo las consecuencias…
Interferencias. Distorsiones en el libreto. Los productores muestran señales de alarma.
—¿Pero cuáles consecuencias? —dice Dubis Hassenfold, exaltado y moviéndose con sorna ante las cámaras—. Suenas triste, ¿no estás contenta? Estás a una lectura de ganar el mayor premio.
—Ya luego de vivir esta experiencia no me interesa. De todas maneras, me tengo que arriesgar.
Julia Barmaceda entrega el borrador definitivo al primer juez. Este la mira con extrañeza y desaprobación.
—Esto es insólito —dice ante la actitud pasmada de los otros jueces y el ruido apenas perceptible de GARY—. ¿Por qué tomar esa postura? ¿No te das cuenta? Hay miles de personas que te están viendo ahora y vienes a decir eso. Piensa en lo que otros quisieran hacer en tu lugar, lo que darían otros tantos por estar donde tú estás, representando a un país entero, demostrando el valor que tiene la literatura ¿Esta es la imagen que quieres reflejar ahora?
—Me da igual. Mi postura no debería afectar la fuerza interna del texto. Está hecho para que ande solo ¿Cierto?
—Tiene razón, ¿pero por qué decir esas cosas ahora? —dice la jueza—. Habla de que esto es un circo, le resta mérito a los esfuerzos de todos los que hacemos vida aquí.
—Ese es el asunto: por qué no decirlo.
—Aparte de que presentas un cuento que a primera vista parece distópico y contestatario, vienes a faltarnos el respeto ante las cámaras. Esto es un programa de valores. Claro, se aprueba la creatividad, se incentiva, pero hay principios establecidos…
—Lo distópico es una redundancia en el cromosoma que compone el gen de la diversión—replica Julia Barmaceda—. Sin la diversión las desgracias no serían rentables. La miseria humana no sería tan cool retratarla, y creo que este certamen tampoco existiría. Quiero aclarar además que mi texto no es distópico, en una representación de mi experiencia siendo el Otro. No sé si logro darme a entender. Yo no soy escritora, soy apenas una aficionada, una artesana que ha presentado como propuesta literaria su vida. Al hacerlo he tenido mucha suerte con atinar en el gusto de ustedes, no sin sentir algo de zozobra y arrepentimiento, pues también he sido cómplice. Disculpen. Una cosa se confunde con la otra, todavía me pregunto cómo llegué hasta aquí. Da lo mismo. Al final no vale lo que yo piense, vale es el veredicto de una máquina que no siente, que mide esfuerzos a partir de patrones incuestionables. Ustedes, junto a toda la producción del programa, son accesorios entregados ciegamente al criterio de los algoritmos. Eso no significa que esté bien o mal lo que hacen, simplemente no es humano. El detalle es que ahora nos interesa más que las cosas se resuelvan inhumanamente. Eso es lo distópico.
—Mucha polémica la que se arma usted para evadir el tema central. Innecesaria esa búsqueda de llamar la atención, no le vamos a dar más cuerda. Venimos a evaluar—dice la segunda jueza—. Ya por su actitud no provoca revisar su texto. Yo no pienso hacerlo. Húndase solita. De igual manera, por integridad y seguimiento del protocolo le pedimos que lleve el texto a donde GARY. Siga caminando. Rápido, antes de que cambiemos de opinión. Vemos que ha olvidado la finalidad que tiene este certamen para la cultura y la literatura, es una lástima, debería darle vergüenza…
—Lo lamento, pero esa finalidad de la que habla es un pretexto que usan para justificar una forma de entretenimiento dizque para rescatar la cultura. Como si la cultura se tratara de una tísica que padece una infecciosa enfermedad venérea, y entonces todos quieren salvarla haciendo algo, pero en realidad a nadie le importa, lo ideal es que se pudra para justificar las atrocidades verdaderas, las que envenenan en sí misma la idea de la cultura. Los principios que dice usted, señor juez de distrito, son engranajes de una conspiración para que las multitudes no problematicen su imbecilidad, sino que puedan evadirla desde un artificio literario y se sientan tranquilas, seguras en su ignorancia, en sus miedos religiosos. Convencen a las personas de que pueden sentirse listas y cultas brincando en sus charcos de ocurrencias, proyectando sus problemas de autoestima en frasecitas motivacionales mongoloides. Esas son las personas que se mueven con una seguridad detestable, repitiendo citas que ni Borges, ni Camus, ni Cervantes dijeron en sus grandiosas vidas, y para colmo, son esas mismas personas que van por ahí exigiendo además al resto del mundo que tienen que aceptarlas tal como son, con sus idioteces, egocentrismos y rigideces, porque son incapaces de ver un mundo más allá de su propia insignificancia, de pensar por sus propios medios, observar de manera auténtica, diferente, aunque la autenticidad es una palabra aburrida y sobrevalorada. Ya no importa eso de ser original, nadie puede serlo, pero insisten con meternos esa farsa en la cabeza. Ustedes como empresa insisten en engañar, se valen de la literatura para vender panfletos y narcóticos a la gente. Nadie es especial. No quiero perder el hilo, ya que no quieren darme más cuerda. Esto pasa cuando lo que se supone tiene que entretenernos ya no lo hace. Concentrarse cada vez es más difícil. La velocidad es un cáncer que atenta la vida, pretende acabar con la contemplación de las cosas, haciendo impenetrable el acceso a la complejidad inherente del mundo, reemplazándola por una mirada ecléctica en la que resulta más fácil imponer cualquier forma de totalitarismo, cualquier radicalismo absurdo de la censura y la cancelación, porque lo que no se puede comprender ofende, y hay que eliminarlo, silenciarlo, desparecerlo. El cambio verdadero es un desmontaje crudo de la comodidad, y la literatura sirve para eso: para descreer. La cultura es indestructible, no necesita salvadores ni teletones de iglesias ni trasnacionales, no necesita llamar la atención para que tenga valor. Sus versiones literarias a la Walt Disney tienen un prestigio fundado en la nada, como la que sostiene este hotel y la ciudad entera. La finalidad de la literatura es la de abrir ojos y ventanas simultáneas, no de solapar con pliegues de mentiras. Tampoco hay necesidad de que por medio de ese fin se delate nuestra decepción por las cosas, mucho menos predicar la desesperanza a los demás, todo lo contrario. Nunca es demasiado tarde para reconstruir, pero hay que tomar conciencia del rumbo desquiciado que toma el mundo que vivimos, por lo que es crucial tomar la decisión de destruir algo para justificar el destino que merecemos. Ahí radica el sacrificio de saber leer y escribir. Es una responsabilidad. Se requiere valor y tripas para promover ambas prácticas de la manera más sensata posible, sin caer en las cojudeces a las que estamos acostumbrados todos los días. La utopía se degradó en lo virtual, y el espectáculo es una manera terrible de decir la verdad mintiendo.
Nadie aplaude. Tampoco ponen música. Con el asombro al tope los números de audiencia suben. El Latin Voice Challenge engendra su cierre técnico. Pero todavía no lo sabe.
La finalista Julia Barmaceda se acerca a la máquina para meter su cuento por los rodillos lectores. Mientras lo hace saca de su bolsillo un objeto redondo y oscuro, parecido a un disco compacto. Es un trozo de imán. La debutante pasa el imán por el rostro hasta el pecho de la esfinge, donde con brusquedad remueve las entrañas de circuitos, procesadores y memoria con miles de años de información.
Una turba de sombras se abalanza sobre la finalista Julia Barmaceda.
Todo sucede muy rápido, pero queda registrada la violencia que en cuestión de segundos se viraliza en las redes sociales. La indignación oportuna se dilata.
Se interrumpe la señal y bruscamente aparece un comercial que pone la pantalla dorada. Aparece uno de los tantos productos cosméticos que histerizan a las mujeres, un producto banal que se promociona con una narrativa sádica, pero muy sutil para no levantar ninguna sospecha de maltrato. Es un producto disponible en un mundo enfermo y divertido, que tiene entre sus mayores fobias la vejez, el hecho de tener que crecer, de madurar. Es un mundo que mantiene una lucha inútil y abierta contra el paso del tiempo. Y se jacta de hacerlo.
…Cicatricure presenta su nuevo hallazgo. Cicatricure Gold Lift. Con el paso del tiempo aparecen las arrugas gravitacionales, y una crema antiarrugas…ya no es suficiente. Cuando se pierde la firmeza del contorno facial surgen las arrugas gravitacionales, que generan un efecto de tristeza y mayor edad en las mujeres. La nueva Cicatricure Gold Lift combina péptidos de oro con calcio y silicio, impactando en la morfología de la piel, reduciendo arrugas gravitacionales en seis semanas. Un resplandor de juventud para tu piel…Nueva Cicatricure Gold Lift. Patrocinador oficial del Latin Voice Challenge. Un producto de la familia Western Continent Choice...
Hay confusión. Apagamos la televisión. Basta de violencias tiranas. En casa nos alborotamos y cada uno empieza a revisar las notificaciones en sus prótesis celulares. El crimen contra aquella máquina totalitaria nos libera de una carga ficticia que hacía, sin darnos cuenta, insoportable vivir.
Muere una partícula, pero no acaba el entretenimiento. El circo nunca muere. Asimilar eso nos llena de una esperanza intermitente, pero igual triste, patética. Nos hace pensar por un instante pequeñas tonterías, pero pensamientos al fin.
En cuestión de horas regresamos sin mucho escándalo a nuestras vidas intrascendentes, solitarias y aburridas, tercerizadas, de trópico, de tragaseries con bajos sueldos y comida recalentada. Sin expectativas mayores hay que lidiar con el gasto diario de uno mismo.
El video del atentando contra la esfinge se viraliza en un loop infinito durante días, hasta perderse en la eternidad.
La tendencia del suceso, antes de caer en el olvido de los muros, son el nombre de la finalista Julia Barmaceda, junto con las palabras Decepción, Imán y Gloria.
En 1971 Anna Balakian publicó lo que se consideró la primera biografía total (full-scale) del fundador del movimiento surrealista André Breton. Siguiendo el ejercicio de leer las publicaciones de la Colección Estudios de Monte Ávila Editores encontré que la primera traducción en español de Magus of Surrealism fue realizada por Julieta Sucre y publicada en Venezuela en 1976.
A
El siglo XX fue una apertura de las fronteras del arte. Se hacen frecuentes las publicaciones de manifiestos, prefacios, proclamas, catálogos y panfletos, donde los artistas, ya no limitados sólo a producir novelas y lienzos, ahora le explican al público el sentido de sus producciones: la finalidad de lo que hacen. Los artistas se vuelven teóricos de sus prácticas. Fenómeno que ocurre cuando el hombre moderno ha conquistado el derecho de disponer libremente de sí mismo, ejerciendo de manera deliberada su tiempo y movimiento en el orden de las cosas, porque ha obtenido el poder demiúrgico de organizar todo a su manera, según las leyes internas que exige su propia obra[1]. Crear se convierte en una operación consciente, dirá el maestro Kandinsky. El surrealismo es un modelo referencial de este proceso organizativo de las artes que pasó a convertirse en una actitud ante la vida, dejando marcada la continuidad de una forma de pensamiento universal.
André Breton: Mago del surrealismo es una biografía literaria que logra mediante la técnica borrar las fronteras entre la vida y el arte. Dentro de sus incontables hallazgos expresivos precisa una realidad psíquica y moral. El libro realiza una conexión de las distintas ramas en las que Breton se vio interesado para concebir el surrealismo: una mezcla de magia, ocultismo, socialismo utópico, psicoanálisis, marxismo, sociología y antropología. Estas corrientes del pensamiento sirvieron de caldo de culto para la sensación y emociones de los surrealistas.
En los primeros años de Breton hay cuatro poetas de suma importancia para su formación literaria: Rimbaud, Lautréamont, Valéry y Apollinaire.
Con la lectura de Les Illuminations de Rimbaud Breton percibe que la poesía puede extenderse y desarrollarse en todas las demás artes. «El artista no escribe para llenar las horas de ocio de los demás hombres; por el contrario, sus escritos o cuadros son los indicios, palos de ciego, en la búsqueda de soluciones a los problemas de la vida»[2]. Con la lectura de Les Chants de Maldoror de Lautréamont, obra incomprendida de su tiempo, a la que Breton llegó a través de Apollinaire, vio con admiración cómo el autor le dio a la palabra imaginación una nueva dimensión, de una fantasía exacerbada de horror marino. Maldoror fue un texto referencial de los surrealistas cincuenta años después de su publicación, donde vieron la expresión precursora de un espíritu inquieto que animaba tanto al Breton lector como al movimiento.
René Magritte Les Chants de Maldoror, 1948 Lithograph, on brown wove paper
Con Apollinaire mantuvo una amistad paternal hasta sus últimos días. Encontró en la figura del poeta asesinado los versos más acabados y hermosos de la época.
La importancia de la relación de Breton con Apollinaire es indudable, aun sólo por el hecho de que este último lo puso en contacto con los pintores que luego habrían de ser sus compañeros permanentes, tal como lo fueron de Apollinaire; a través de ellos, Breton vinculó en términos mucho más específicos que Apollinaire los propósitos metafísicos comunes del arte y la poesía. Fue también Apollinaire, como ya lo hemos señalado, el que le abrió los ojos a los misterios de las calles de París; también restauró el amor como objeto poético tras su virtual desaparición después del movimiento romántico, comunicó su ansia de vivir en su vibrante inmediatez y su ilusión de eterna juventud, y orientó a Breton hacia la magia de los viejos hechiceros que podían revelar los secretos de la vida…Apollinaire describe al poeta como un mago descomponiéndose en su urna en un estado de muerto en vida. Había anunciado la resurrección del viejo mago, simbolizado por Merlín y todo lo que este representaba. Si uno sigue el curso que tomó Breton se percibe la identificación íntima con la imagen del poeta creada por Apollinaire, y con su esfuerzo por despertar de nuevo al mago en el siglo XX. Al dedicar un ejemplar de Alcools desde su cama de hospital al aspirante a poeta, Apollinaire le estaba pasando la antorcha, inculcando en Breton un urgente sentido de la misión literaria, que es fácil de detectar en él pese a sus repetidos repudios de toda meta literaria. Breton emuló calladamente a su predecesor al combinar el espíritu de la aventura personal con la conciencia que tenía de su destino de poeta.[3]
Desde la lectura de Rimbaud Apollinaire aportó algunas observaciones en la discusión: se puede ser poeta en cualquier área de la creación gracias a los avances progresivos de los ingenieros y científicos, poniendo al poeta «literario» en una jerarquía menor en cuanto aportes materiales. Breton no le satisfacía esa idea, la consideraba simplista pero no la descartó. De igual manera el espíritu de exploración y automutilación que profesaba Rimbaud fue de mayor influencia en él. Breton destacaba que Rimbaud había logrado en su obra expresar la inquietud de una generación que todavía sigue vigente en nosotros. Por otra parte, sentía una fascinación por el poeta que sostuvo hasta su muerte un rechazo a toda forma de profesión para ganarse la vida, y por encima de todas, la profesión de escribir.
El sentido de compromiso con los problemas de la vida antes que los de la literatura, que había sido la causa de la predilección de Breton por ciertos escritores y de su rechazo a otros, se agudizó aún más. A través de las venenosas palabras de Lautréamont quiso vengarse vicariamente de una sociedad que se preparaba para ir a la guerra. El deseo de ir un poco más allá que Lautréamont y Rimbaud se convirtió en un ansia profunda: borrar las barreras artificiales entre los hombres, quitar las vendas de los ojos, abrir labios sellados con una nueva definición no sólo de la poesía sino de la libertad humana, se convirtió en un impulso urgente y vital, en una misión de rescate que no podía llevar a cabo uno solo, y que no podía rumiarse amargamente en solitario aislamiento.[4]
Consciente que el cambio no podía hacerlo solo Breton emprendió la búsqueda de sus contemporáneos, coincidiendo con los reclutamientos del ejército donde pasó a ser asistente médico en 1915. “No fue una época de protestas contra la guerra, sino de unir fuerzas para futuras protestas y sanar mentes perturbadas en los hospitales mentales del ejército”[5]. Fue la época también de los desencantos donde el nacionalismo, como enfermedad pública no declarada, tomada terreno en las posturas de los escritores que Breton más admiraba, como Anatole France, Henri Bergson, Maurice Barrès, Charles Péguy y Paul Claudel. Esta postura ante la libertad de toda forma de nacionalismo la mantendrá Breton toda su vida, siendo un elemento característico de su postura como artista y orientación filosófica del surrealismo, que tenía una concepción antinacionalista del mundo que aspiraba transformar.
N
La amistad surreal. A pesar de la relación tutelar entre Breton y Apollinarie habrá una relación más contundente para el mago durante la guerra. Breton es asignado a trabajar en el hospital de Nantes y luego a un centro psiquiátrico de Saint Dizier como asistente del doctor Raoul Leroy. Es en estos espacios donde Breton combina sus inquietudes literarias con la medicina. Es en Nantes donde conoce a un joven soldado que personifica lo irreverente y subversivo. Tal es el impacto que produjo este ser en Breton que incluso llegó a sentir que la escritura era una actividad fútil comparada con la cuestión mucho más urgente de vivir.
Jacques Vaché era un año mayor que Breton. Tenía el pelo rojo y una cara que parecía hecha a la medida para expresar su escarnio de la humanidad. Breton lo había encontrado en una cama en el hospital militar durante una de sus rondas; herido de cuerpo y mente, Vaché era, por su rebelión contra la sociedad, una encarnación de Lautréamont y Sade combinados, y por su evasión a través del ajenjo recordaba a Alfred Jarry, cuyo Ubu Roi había decapitado a la sociedad de la manera más brutal y total, aunque sólo verbalmente, que Marat, Robespierre y Saint-Just juntos. Aunque Breton nació demasiado tarde para haber conocido a Jarry personalmente, encontró un sustituto en Vaché, más plenamente ubuesco que el propio Jarry, pues en Vaché la dedicación personal a la protesta total no estaba mitigada por ningún tipo de expresión literaria. Sus escritos se reducen a unas pocas cartas escritas durante la guerra a Breton y a sus amigos, que fueron luego revisadas, y es fácil imaginar con qué cuidado, por Breton.[6]
Balakian advierte al lector hasta qué punto la imagen de Vaché no es un producto de la imaginación de Breton. Si bien hay registros de la existencia de un soldado moribundo, atrofiado mental y físicamente por las heridas de batallas, entregado a las drogas y al alcohol, vemos que se trata del perfil extraordinario de un ser en la piedra, idealizable en potencia. ¿Hasta qué punto –se pregunta Balakian– estas cualidades de Vaché se ajustan moral y socialmente a las proyecciones de Breton, que tiene a esta figura intermediaria entre sus posibilidades y deseos, y quizá un tanto más o menos alterada con su propia mitología personal? Al parecer Vaché es la representación en carne y hueso de un personaje literario de André Gide: Lafcadio. ¿Acaso tales semejanzas no son indicios de una elaborada invención? ¿Una modificación alternativa a sus esperanzas? Nunca lo sabremos.
La figura de Vaché fue inmortalizada por Breton; lo convirtió en símbolo generacional. Vaché representa su alter-ego, “tenía los bríos que su estricta crianza vedaban a Breton. Se enfrentaba a las imbecilidades del mundo, no con rabia o indignación, sino con violencia. Fue a través de Vaché como el revólver se convirtió para Breton en el emblema de la protesta”[7]. El soldado tiene un temperamento imprevisible, se burla del mago que anda por las calles de Nantes con su libro de Rimbaud en la mano. Por medio de las burlas que el soldado le hace al mago le enseña un nuevo mecanismo de defensa: el humor, que él denominó como umour: el humor negro. Breton desarrolló así un tipo particular de protesta contra la condición humana, presentando más adelante su famosa Anthologie de l’humour noir (1940), libro imprescindible en la historia del surrealismo.
El concepto editorial fue idea de Edouard Roditi, quien fue traductor de una colección de poemas reunidos por Breton en inglés. “La idea de la antología era genial porque suponía la existencia –como la veta del gnosticismo que Breton había percibido en la historia de la literatura– de una señal discernible, no en un racimo de autores diversos, sino en toda una corriente ininterrumpida que supera las barreras temporales y geográficas y convierte el Verbo en un arma para la rebelión”[8]. Es una selección de textos de autores increíbles como Swift, Sade, Carroll, Nietzsche, Lautréamont, Rimbaud, Jarry, Roussel, Picabia, Picasso, Kafka, Duchamp, Dalí…
Destacamos un extracto de su prólogo que sintetiza la fuerza de la publicación, y además brinda una referencia adicional de los presupuestos generales del surrealismo.
Para participar en el torneo negro del humor es indispensable haber salido victorioso de numerosas eliminatorias. El humor negro tiene demasiadas fronteras: la tontería, la ironía escéptica, la broma sin gravedad… (la enumeración sería larga), pero, sobre todo, es el enemigo mortal del sentimentalismo con aire perpetuamente acorralado –el eterno sentimentalismo sobre fondo azul– y de una cierta fantasía de corto vuelo, que se toma demasiado a menudo por poesía, persiste vanamente en querer someter el espíritu a sus caducos artificios, y no dispone ya de mucho tiempo para alzar sobre el sol, entre las demás semillas de adormidera, su cabeza de grulla coronada.[9]
Con una noción incierta del mañana Breton aprende de Vaché la satisfacción eléctrica de vivir el momento. A pesar de las represalias burlonas del soldado el mago no deja de escribir. No obstante, lo que sí cambia en el mago es su concepto del propósito de escribir. “En tanto que Rimbaud le enseñó a Breton a escribir para descubrir el significado de la vida individual, Vaché le enseñó el valor del inconformismo, la conquista de la soledad y la magia de los encuentros humanos”[10]. Concluye ante esta unión de posturas que uno publica para buscar a los hombres, nada más.
Dibujo de Vaché enviado en una carta a Breton.
Si Vaché, o la personalidad de Vaché inventada por Breton, dio fuerzas a Breton, este en cambio no hizo otro tanto por Vaché. Se daba cuenta del deterioro mental de Vaché, pero la amistad que le brindaba aparentemente no bastó para impedir que Vaché se suicidara. A Vaché lo encontraron muerto por exceso de drogas: se había tomado cuarenta gramos de opio, y nadie supo si deliberada o accidentalmente. Había abandonado la vida de forma ambigua, pues ¿no se identifica a menudo el propósito con el accidente, o no es el azar una necesidad dentro del proceso fenomenal? Durante muchos años Breton reflexiona sobre este problema clínico en su dogma filosófico. La muerte de Vaché, ocurrida en enero de 1919, fue tan absurda como su vida; su nihilismo había alcanzado su paroxismo en la total auto-destrucción; su conducta había sido un preludio a Dadá –este movimiento que Vaché no habría de ver nunca, pero del cual había sido por sí solo la ilustración.
Breton perdió a Vaché y Apollinaire en el espacio de dos meses. Desde polos diferentes, ambos le habían preparado como poeta y como hombre para el nuevo siglo. Apollinaire intuyó que el automóvil en el que anduvo por primera vez en 1915 como soldado representaba un adiós no solo de una época, sino a todo un mundo que nunca sería el mismo otra vez. Con la muerte de Vaché algo murió también en Breton: los modales desenvueltos y desdeñosos del que vive sin pensar en el mañana, la desfachatez de llevar a cabo sueños en pleno día, la conducta de “alegres terroristas” exentos del juicio de la sociedad y viviendo al ritmo de una película de Charlie Chaplin: “Ah, habíamos muerto, los dos”.[11]
El soldado se volvió de una manera indirecta en el precursor de la imagen dadaísta. Da la casualidad de que luego del suicidio de Jacques Vaché aparece justamente en la vida de Breton la figura de Tristan Tzara, en la que vio un posible reemplazo espiritual cuyo vacío podía ser llenado de nuevo.
D
El movimiento dadaísta fue una suerte de prólogo para el Surrealismo. El Dadá está entre los movimientos de vanguardia más importantes a pesar de su corta duración. Iniciado en 1916, en las sesiones del Cabaret Voltaire en Zúrich, por un grupo de jóvenes que huían de la recluta, dejando sus países de origen para radicarse en el territorio neutral suizo. Este rechazo rotundo hacia la guerra lo iban a materializar en prácticas subversivas cuasi-artísticas. Lo fines del movimiento reposaban en una rebeldía común: destruir todos los valores.
Escogieron como su arquetipo al idiota, y lo que escribían, escenificaban o pintaban tenía como meta la dramatización de la idiotez del género humano tal como se evidencia en la fragmentación del lenguaje, en la construcción desconectada con su inherente destrucción denominada collage, en la irrisión exhibicionista dirigida contra las costumbres y los atuendos sociales –los cuellos almidonados, las chisteras, los lentes de marco de carey. El Panfleto N°2 de Dadá gritaba: “Somos un viento enfurecido que desgarra las nubes y las plegarias, que prepara el gran espectáculo del desastre, la ira y la descomposición”.[12]
Para 1918 tanto la obra de Breton, en cuanto a su poética, estaba en amplio proceso de gestación; por otro lado, Tzara ya había escrito considerables versos en rumano y francés, escribió manifiestos y organizaba en parte los contenidos de la revista que llevaba de manera colaborativa junto a un grupo considerable de figuras que daban al movimiento Dadá un tinte internacional: Richard Huelsenbeck, Marcel Duchamp, Max Ernst, Hans Arp (conocido luego como Jean Arp), Francis Picabia y Hugo Ball, quizá el miembro más importante de esta primera formación, pues fue el artífice conceptual del dadaísmo, el que le dio su sustento formal; también fue el primero en abandonar las filas dadaístas.
-Hugo Ball en el Cabaret Voltaire, en mayo de 1916- He inventado un nuevo género de versos, “versos sin palabras” o poemas fonéticos, en los que el equilibrio de las vocales sólo se pondera y distribuye según el valor de la secuencia de la que se parte. Esta noche he leído los primeros versos de este tipo. Para ello me había construido un vestuario especial. Mis piernas estaban metidas en una columna redonda de cartón azul brillante, que me llegaba esbelta hasta la cadera, de modo que hasta allí tenía el aspecto de un obelisco. Por encima llevaba una enorme capa hasta el cuello, recortada con cartón, forrada de escarlata por dentro y de oro por fuera; estaba sujeta al cuello de tal manera que, subiendo y bajando los codos, podía moverla como si se tratara de unas alas. En esto había que añadir un sombrero de chamán con forma de chistera, alto, a rayas azules y blancas.[13]
Tzara se atormenta por la revista. Mi propuesta de llamarla Dadá ha sido aceptada. En la redacción se podría alternar: un consejo de redacción conjunto, que deje al cuidado de cada uno de sus miembros la selección y composición de un número cada vez. En rumano Dadá quiere decir “sí, sí”; en francés “balancín” y “caballito de madera”. Para los alemanes es un signo de simpleza e ingenuidad y está unido prolífica e íntimamente al cochecito de niño.[14]
Lo que llamamos Dadá es un juego de locos a partir de la nada en el que se enredan todas las cuestiones elevadas; un gesto de gladiadores; un juego con los despojos raídos; una ejecución de la moralidad y la plena pose.
El dadaísta ama lo extraordinario, incluso lo absurdo. Sabe que la vida se afirma en la contradicción y que su época tiende a la aniquilación del generoso como ninguna otra anteriormente. Por ello, da por bienvenido cualquier tipo de máscara. Cualquier juego del escondite al que vaya aparejada una fuerza embaucadora. Lo directo y primitivo le parecen lo auténticamente increíble en medio de la enorme desnaturalización.[15]
El protagonismo lúcido de Hugo Ball, así como vino, se fue. Estuvo sólo siete meses después de la inauguración del Cabaret Voltaire. Estaba agotado y desencantado por la forma en que estaba cambiando el dadaísmo. Tuvo sus desencuentros con Tzara, que tenía dentro de sus ambiciones convertir el dadaísmo en un movimiento de vanguardia internacional. Al salirse, Hugo desde afuera percibió que el movimiento le había dado la bienvenida al irracionalismo como vía para alcanzar lo “sobrenatural”, poniendo el recurso del sensacionalismo como método terrorista para acabar con las academias. Ball llegó a confesar su vergüenza y lamentó que el dadaísmo por esa búsqueda de atención terminara rayando en el eclecticismo charlatán.
Esta laguna de diferencias opacó la figura de Ball, erigiéndose después la creencia de que la figura central máxima del dadaísmo fue Tzara. No fue sino hasta la aparición del diario de Ball en 1927, La Huida del tiempo, texto imprescindible por su alto contenido de lucidez, donde el autor aborda una serie de reflexiones y vivencias escritas entre 1914 hasta 1921. La publicación desmontó una serie de mitos sobre el dadaísmo, en particular esa atribución al protagonismo total de Tristan Tzara en el origen del movimiento, pero también sobre la aparente falta de fundamento intelectual en la fórmula dadá.
En julio de 1917, bajo la dirección de Tzara, el dadaísmo era lanzado oficialmente como movimiento total, con su propia editorial, manifiestos y campaña de promoción. Tzara era un organizador incansable, un verdadero vanguardista al estilo de Marinetti, y al final, con la ayuda de Picabia y Serner, fue apartando el dadaísmo de las ideas originales del Cabaret Voltaire, de lo que Elderfierd denomina acertadamente “el primitivo equilibrio de construcción-negación”, y acercándolo a la osadía de un anti-arte. Pocos años más tarde, se produjo una nueva escisión en el movimiento y el dadaísmo se dividió en dos facciones: el grupo alemán, liderado por Huelsenbeck, George Grosz y los hermanos Herzefelde, con un enfoque fundamentalmente político, y el grupo de Tzara, que se trasladó a París en 1920 y abogó por el anarquismo estético que a la postre desembocó en el surrealismo.
Si Tzara dio al dadaísmo su identidad, también es cierto que le sustrajo el propósito moral al que había aspirado Ball. Al convertirlo en doctrina, al aderezarlo con una serie de ideales programáticos, Tzara llevó el dadaísmo a una contradicción consigo mismo y a la impotencia. Lo que para Ball había sido un auténtico clamor que partía del corazón se convirtió en una organización más entre otras muchas. La postura del anti-arte, que abrió camino a incesantes ataques y provocaciones, era esencialmente una idea inauténtica, porque el arte que se opone al arte no deja por ello de ser arte; no se puede ser y no ser a un tiempo. Tal como Tzara escribió en uno de sus manifiestos: “Los auténticos dadaístas están en contra del dadaísmo”. La imposibilidad de establecer este principio como dogma resulta evidente, y Ball, que tuvo la perspicacia de advertir en cuanto vio los signo de que el dadaísmo estaba convirtiéndose en un movimiento. Para los demás, sin embargo, el dadaísmo se convirtió en una especie de farsa que iba cada vez más lejos. Pero la auténtica motivación había desaparecido, y cuando el dadaísmo finalmente murió no lo hizo tanto por la batalla que había librado como por su propia inercia.[16]
Cuando los dadaístas llegaron a París la expectativa de Breton era grande. Como se había mencionado antes, este busco en Tzara un potencial reemplazo espiritual de su difunto Vaché, así como encontró en Picabia un reemplazo para Apollinaire. El mago se entrega con entusiasmo a las manifestaciones Dadá, organiza encuentros y ataques a celebridades literarias. Breton aprendió mucho de Tzara. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que surgieran las diferencias que luego terminarían en el desencanto. Las diferencias no estaban sólo en el carácter sino en la formación de ambos.
Tzara estaba por la abolición de todas las escuelas literarias y de toda la tradición; Breton, en cambio, desde el comienzo y aun en los momentos más intensos de su rebelión, sintió que pertenecía a un linaje intelectual: el de los grandes rebeldes del pasado, los herejes religiosos, los esoteristas y ciertos moralistas…Era un rebelde dentro de un determinado marco. Tzara estaba por la demolición de todo marco, por la total alienación respecto a la literatura. Su intención no había sido nunca la de crear una escuela literaria propia, y protestaba contra los periodistas que convertían a Dadá, en un espíritu sin trabas, en un dadaísmo sistematizado. Sofocaba cualquier tendencia en Breton en conferir un carácter de seriedad a las manifestaciones que organizaban. Dadá había sido recibido como una puerta abierta por los rebeldes franceses, pero la protesta estaba perdiendo su efecto por falta de un propósito específico, y se estaba volviendo redundante. “Uno descubre que las puertas abiertas de par en par de 1918 llevaban a un corredor que no conduce a ninguna parte”.[17]
Los intentos de Breton de liderar el movimiento dadaísta en la medida que le intentada dar una forma conceptual rigurosa fracasaron. Le molestaba la falta total de seriedad de Tzara, señalándolo incluso de extranjero oportunista. Estos arrebatos de ira le hicieron perder algunas amistades, incluyendo su despedida del dadaísmo. Un punto álgido de la disputa que terminó en divorcio estuvo luego de juicio polémico al escritor Maurice Barrès. Este escritor en particular fue elegido por los surrealistas para ser parodiado en un juicio donde el escritor, al no estar presente, o mejor dicho, tras haberse negado (por obvias razones) a asistir, es reemplazado por un maniquí. Se le acusa a Barrès el haberse vuelvo un personaje rancio del nacionalismo francés. El Affaire Barrès es un texto que comprende el testimonio realizado por el surrealista-suicida Jacques Rigaut en lo que respecta del “Caso Barrès”, o lo que terminó siendo la escenificación del juicio Barrès por Dadá, celebrado el 13 de mayo de 1921.
Louis Aragon, Pierre Deval, André Breton, Tristan Tzara, Philippe Soupault, Thédore Fraenkel, ‘Maurice Barrès’, Georges Ribemont-Dessaignes, Benjamin Péret, Jacques Rigaut, René Hilsum, Serge Charchourne
Sucedió entonces que al terminar el juicio al maniquí se produjo la escisión donde nacerían los primeros surrealistas. Todo terminó muy mal. El juicio fue organizado por Breton, con el fin de denunciar los textos de Maurice, compendio de exaltaciones a la moral de la burguesía y el sentir patriótico francófono. La teatralización del juicio duró dos semanas, concluyendo con la condena de Maurice-Maniquí a 20 años de trabajo forzoso.
A pesar de los esfuerzos comediográficos de Breton bastó con sopesar la inutilidad del evento para despertar disputas con los dadaístas, pero en particular con Tzara, que era alguien que sostenía que no había que tomarse nada en serio, en otras palabras, se podría decir que Tristan Tzara era un tipo de artista cuya postura ante la vida era que todo era pa’la-joda, prácticamente, caso distinto al intenso de Breton, que llevaba cualquier actividad artística con suma seriedad. Esta actitud lo llevó a enemistarse con más de un surrealista. El “Caso Barrès” Se trata de uno de los momentos resaltantes del dadaísmo, uno de sus puntos finales, donde incluso todo terminó en intervención policial y coñazos. El testimonio de Rigaut apareció en el número 20 de Littérature, en agosto de 1921.[18]
Breton ataca a DADA, 6 de julio de 1923 En el teatro Michel de París, Gran función DADA, con música de Satie, danzas con vestuario de Sonia Delaunay, decorados de van Doesburg y Granovsky, películas de Hans Richter y Man Ray, poemas fonéticos de Illiazde y en el centro de la velada la pieza de Tzara, El Corazón a Gas. Pero cuando empieza El Corazón, Breton y Péret suben al escenario (momento que recoge la imagen) y de improviso empiezan a dar bastonazos a los actores, que trabados en sus trajes de Delaunay, hechos de cartón rígido, no pueden huir, Breton le rompe el brazo a Pierre de Massot (con disfraz y sombrero), Péret intimida al público, se les une Aragón, pero el público por fin reacciona, los apalea y los arrastra hacia la calle. (Fuente: Historia Ilustrada de Dada)
En otra oportunidad el mago reflexionaría luego acerca de la relevancia que tuvo Dada en su vida: “No se puede decir que Dadá haya servido otro propósito que el de mantenernos en el estado de disponibilidad perfecto en el que nos encontramos actualmente, y desde el cual partiremos, con toda la lucidez, hacia lo que nos llama.”[19]
R
Breton se vio influenciado por los estudios en medicina, la magia y las matemáticas. Como asistente médico Breton estuvo cerca de sus influencias literarias. Las descripciones de los pacientes terminales, sus aberraciones mentales, sus delirios, la narración de pesadilla de los soldados en estado de shock se hicieron materiales de investigación clave en ese laboratorio humano para el mago. Fueron los primeros acercamientos al psicoanálisis, los exámenes interpretativos de los sueños, la libre asociación de ideas, lo que sirvió de fundamento para el surrealismo.
Aunque Breton menciona a menudo a Freud y a su precursor Charcot cuando reconoce su deuda al psicoanálisis, Charcot ya había muerto; los surrealistas le rindieron un homenaje histórico en el cincuentenario de su muerte como pionero en el estudio de la histeria. Y pese a la admiración de Breton por Freud, y sus esfuerzos por llamarle la atención sobre las aplicaciones que había descubierto para la interpretación de los sueños desde el punto de vista poético, Freud mantuvo siempre cierto desapego científico frente a las implicaciones místicas de su método en el campo de las artes, tal como lo admite en una carta a Breton. No fue él quien sugirió la posibilidad de un puente entre procesos normales y procesos patológicos de la mente, como el camino para determinar la noción de leyenda en las realidades normales de la mente humana. Freud consideraba el mito y la superstición como fenómenos sociológicos y no eslabones en la cadena que va de la magia antigua a la magia moderna.
Pero existía otra fuente más cercana a Breton y escrita en la única lengua que leía con facilidad: la obra de Pierre Janet, profesor de medicina psiquiátrica, y el intermediario entre Charcot y los científicos puros de una parte, y Freud y los pragmáticos de la medicina por la otra. El profesor Janet había sido maestro de Jung, y sus obras estaban en la lista de lecturas requeridas para los estudiantes de medicina de la generación de Breton. La semejanza entre el concepto de Jung del yo colectivo y la noción surrealista de lo que Paul Éluard llamó “Les dessous d’une vie” se desprende del hecho de que ambos se derivan de Pierre Janet, cuyo carácter como psicólogo es bastante diferente al de Freud. Si examinamos la monumental obra de Janet, nos topamos con el mismo vocabulario que André Breton transformó luego en un léxico para los surrealistas al atribuir palabras como “realidad”, “naturaleza”, “angustia”, “amour fou”, “automatismo” y “libertad humana” significados que nunca antes habían tenido en literatura.[20]
La invención más atrevida por parte de Breton es el poema-objeto: combinación de textos, palabras escritas con objetos encontrados, símbolos que viajan desde lo mítico y espiritual hasta lo libidinoso, sentimental y fetichista… El poema-objeto, probablemente la infección más significativa de la poesía moderna, tiene como propósito intrigar y divertir –como dice Paz con exactitud – y su valor estético es central: maravillarse con signos, imágenes, palabras. El poema-objeto es simbolismo sublime en cuanto que afecta nuestro ánimo y amplía nuestra imaginación hasta el tamaño del mundo. Los objetos son metáforas que nombran solamente un aspecto: la imagen, pero la metáfora y su significación se juntan, se empalman, pero no se tocan. Por mor del lenguaje poético ese espíritu ahonda en la intuición de objetos y desnuda las imágenes culminando con el festín orgiástico de la fantasía. (Fuente: Breves sobre el poema-objeto)
La innovación de Breton fue que tomó los términos clínicos y los convirtió en conceptos literarios. Un concepto clave está en los fundamentos de la escritura automática: asociación psíquica de palabras para elaborar frases iluminadoras, concepto ya trabajado por Janet como medio terapéutico en sus pacientes. Implica que es posible evadir el mecanismo de censura de la razón y poder acceder a los pensamientos almacenados y escribir desde ese territorio inaccesible de la mente. Los surrealistas concluyeron que podía entonces establecerse una comunicación automática de orden mediúmnico para la construcción. Esto quiere decir que tanto el científico, como el poeta, o el artista asumen el rol de médium, uno que sin ningún medio divino o facultad extrasensorial logra desinhibir los lazos lógico-mecánicos de la mente, permitiendo que esta pueda maniobrar de una manera más espontánea. Por medio del automatismo psíquico nace una brecha por donde es posible adentrarse a los lugares más recónditos del yo: permite el acceso al funcionamiento secreto de la mente, umbral del autoconocimiento, donde se aniquilan las fronteras que ha creado el hombre entre la existencia espiritual y material.
Para Janet, el estudio del automatismo psíquico podría llevar a una nueva concepción de la relación entre el pensamiento consciente y el subconsciente a través del descubrimiento de una actividad mental común de la que surgen tanto las percepciones sensoriales como los conceptos. “El estudio de las formas elementales de esa actividad sería para nosotros”, dice, “el estudio de las formas de sensibilidad y de la conciencia”. El médico, el médium, reemplazados por el poeta, en el sentido amplio de Baudelaire y Rimbaud, como investigadores de lo desconocido, convertirán este mismo campo de investigación en el objeto del arte, cuyo descubrimiento Breton habría de llamar vases communicants.
Los estudios médicos de Janet no sólo de los médiums, sino también de los histéricos, cuyos movimientos convulsivos e incoherentes permitían el estudio del automatismo lo condujeron a una conclusión filosófica no muy distante de la hipótesis no demostrada de Hegel: “Toda idea es imagen, la representación interna de un acto”; y aun sacaba la conclusión de que la representación del acto es por tanto, el comienzo de la acción. Esto excluye la abstracción.
Para Breton, el surrealismo debía ser un esfuerzo por abolir todas las antinomias. Debía aspirar a cierta unidad de la mente y alma, que es una hipótesis de las meditaciones filosóficas de Hegel, casi demostrada en el laboratorio. El punto focal en este concepto de la vida humana es la imagen, tal como lo señaló Janet al descartar toda abstracción que no hubiese alcanzado la concreción. El poder purificador de la abstracción había sido la base de la escuela poética anterior, el simbolismo. La nueva era para el arte que iba a imponer el surrealismo estaba en su matriz filosófica: el rechazo de lo abstracto por lo concreto, la negación de la existencia de una realidad separada de la imagen y de la existencia de un pensamiento separado de la palabra. Y el culto a la imagen llegó a cobrar gran importancia cuando las intuiciones literarias de poetas como Rimbaud y Mallarmé quedaron confirmadas por la observación científica.[21]
Janet establece similitudes entre las mansiones de la mente y el mundo físico, no hay nada oculto. Para él la psicología es una herencia de los hipnotizadores y ocultistas de antaño, así como la astronomía provenía de la astrología y la química de la alquimia. Todas las ramas, aunque familiarizadas, se diferencian en la justificación de sus propósitos. La ciencia moderna busca, no tanto los tesoros de los ocultistas, pero si el saber inherente en esas posibles formas de tesoros. De ahí que Breton orientara su búsqueda pasando de la psiquiatría al ocultismo, al estudio de la magia, con el objetivo de explorar esas ricas canteras no para sanar las mentes destruidas de los hombres, sino encontrar los métodos para restituir dicha mente, llevarla hasta un estado de autonomía suprema donde el ser humano tiene derecho a la ausencia de todos los dioses.
Si Pierre Janet fue el sustento científico médico del surrealismo, la obra de Eliphas Lévi fue su sustento mágico. En el primer manifiesto surrealista Breton habla de una Alta Magia, así como una organización en las filas del movimiento parecidas a las sociedades secretas descritas por Lévi, cuyas ideas llegaron a ser atinadas al pensamiento del siglo XX. Logró expulsar todo misticismo de la magia, estableciendo la diferencia entre fe y conocimiento, rechazando la primera en defensa de la otra. Sostenía que lo ideal debe concebirse como realizable, aunque no aun realizado dentro de los límites de las leyes físicas.[22]
‘Aurora consurgens’. Iluminación, finales del siglo XIV Para Breton la Magia “engloba el conjunto de operaciones humanas cuyo fin es dominar imperiosamente las fuerzas de la naturaleza mediante el recurso a unas prácticas secretas de carácter más o menos irracional.”
El hombre posee el poder de transformar lo opaco en translúcido; Eliphas Lévi define este poder como imaginación. “Imaginar es ver”, (Donner à voir reiteran los surrealistas), y ver es cristalizar, hacer diáfano o “transparente”; o sea, la imaginación no crea una ilusión, sino que ilumina la realidad. “La imaginación, en efecto, es como el ojo del alma; en ella las formas se delinean y se preservan; por ella contemplamos el reflejo del mundo invisible; es el espejo de las visiones y el instrumento de la vida mágica”.
En este sentido el poder del habla es evidente: el pensamiento tiende a la realización en el habla: “hablar es crear”. Eso es precisamente lo que Rimbaud quería decir con la alquimia de la palabra y lo que Breton iba a reiterar en el desarrollo de la estética surrealista. El adepto que quieren avanzar en el auto-dominio puede aprender a detectar las fuerzas del universo, según Eliphas Lévi: “La multitud creerá que uno es Dios”. Y otra vez el eco de Rimbaud y la estipulación de Breton de que el hombre puede a fin de cuentas apropiarse los poderes que durante tanto tiempo atribuyó a los dioses.
Eliphas Lévi contribuyó a la formación de Breton tanto como sus estudios científicos; y de hecho el puente entre los psicólogos modernos y la magia tal como la interpretaron los iluministas del siglo XIX es extraordinario. La naturaleza del magnetismo personal, la espontaneidad de los sueños, la naturaleza del sueño, la participación a través de los sueños en la “vida universal”, todo esto era lo que los psicólogos exploraban para llegar a definir las honduras del ego universal. Eliphas Lévi señaló tres niveles de magnetismo, que es el fortalecimiento de la voluntad, el despertar de la lucidez; las relaciones con el otro; la inducción del sueño en el otro, o sea, la hipnosis y sus peligros.[23]
Hay otros tres conceptos en los escritos de Eliphas Lévi que tuvieron gran importancia en la formación de Breton: su concepto de la libertad, del amor y de la muerte. En las postrimerías de la Revolución francesa, Lévi no aceptaba como valores equivalentes “la libertad, la igualdad y la fraternidad”. En su opinión, la libertad excluye a la igualdad, pues para él la desigualdad estaba en la naturaleza, y consideraba que la tendencia a nivelar las desigualdades era un ataque a la libertad personal y que la defensa de la libertad amenazada podría llegar a destruir, a través de la lucha, toda fraternidad. “Las palabras claves de la república que ha de venir serán Humanidad, Justicia, Solidaridad: es este el enigma de la esfinge moderna, que hay que descifrar si no queremos perecer”.[24]
Un concepto fundamental para los ocultistas está en la versión de Lucifer, la reformulación de lo demoniaco en la literatura, o mejor dicho, su recurrencia dentro de su historia. Lucifer, (del latín lux y ferre: ‘portador de luz’) es una figura disociada del mal y representa más la aventura y el riesgo. Apollinaire lo denominaba el “peregrino de perdición”. Esto sirve para comprender la definición que Breton le da también a lo “negro” basándose en la definición que tiene Eliphas de Lucifer. ¿Cómo lo negro termina siendo iluminador y al mismo tiempo una fuente exenta de pecado? Lucifer es la rebeldía. Según Eliphas es el ángel que regenera e ilumina: “La inteligencia negra es la adivinación de los Misterios de la noche, la atribución de realidad a formas de lo invisible”. Lucifer es la fuente de la esperanza, fuerza de luz proveniente de la oscuridad, cuya rebeldía es un indicio de salvación, ¿pero entonces dónde encontrar dicha salvación?, ¿en el interior de nosotros?, ¿en la exploración de los misterios? Es precisamente en lo desconocido donde yace la revelación luminosa, y puede llegarse a ella a partir de una postura luciférica, reconociendo nuestra condición negra. Eliphas Lévi invita al lector a sobreponerse a la oscuridad más grande de todas: la muerte. Hay que contemplar
la vida y la muerte como un continuo y aun como la conciliación de todas las demás antinomias, una metamorfosis que debe tomarse como un despojarse de vestiduras, un movimiento de las moléculas hacia la liberación. La analogía que hace Breton del movimiento está expresada en el Primer Manifiesto por medio de la imagen de un camión de mudanza en movimiento, que era el único vehículo en que quería que lo llevaran al cementerio cuando muriese.[25]
Breton ya en una edad muy temprana a través de sus lecturas descubre dos vías para el estudio riguroso de la mente. Una vía fue dada por los científicos de hoy y otra fue otorgada por los magos del pasado. Ambas figuras, aunque extremas y antagónicas manejan distintos conceptos que coinciden curiosamente. La mente es mucho más profunda y compleja de lo que se cree, no es cerrada, sino que se conecta de múltiples maneras con otras formas de inteligencia dentro de la estructura universal de la naturaleza. Existen muchas maneras de reforzar esos vínculos, pero es solo a través del autoconocimiento que es posible alcanzar una mayor compresión del mundo exterior.
Esta formulación de la hermenéutica del sujeto, el conócete a ti mismo (gnothi seauton), comprende uno de tres preceptos délficos de la antigüedad, que en un principio no era más que un llamado a la prudencia a la hora de consultar el oráculo (no hagas votos ni te comprometas con cosas que no puedas más adelante cumplir: examina bien en ti lo que vas a hacer). Más adelante el concepto adquiere interpretaciones filosóficas de la mano de alquimistas y avezados en los tratados de las ciencias ocultas, como un requisito indispensable para la revelación de los secretos del mundo, adquiere una interpretación metafísica, valiosa para la gestación de textos místicos y religiosos. Este precepto, en la transición de usos y justificaciones, fue tomado y recalificado filosóficamente por los cartesianos y el desarrollo de las revoluciones científicas. El gnothi seauton, como sangría del pensamiento occidental, es la fórmula fundacional de la cuestión de relaciones entre el sujeto y la verdad. Precepto grabado en piedra en el centro de la comunidad griega que pasó a ser el punto de anclaje de la comunidad humana.
Como último elemento fundacional están las matemáticas, sinergia que une los procedimientos de exploración mental y los fenómenos externos de la realidad. Las probabilidades se convierten en otro pilar de sustentación surrealista, en el que definieron el “azar objetivo”.
El movimiento browniano es el proceso aleatorio que realizan las partículas dentro de un medio fluido, la multiplicidad de movimientos que siguen un impulso único, imposible de codificar en una fórmula, pero si mostrarse en un diagrama gráfico que aborde todas sus posibilidades estadísticas. Es inevitable como lector no compartir la exposición de la autora en este punto tan interesante del libro:
Los primeros experimentos de Brown fueron con partículas de agua; luego llegó a incluir los movimientos erráticos de las moscas, las rutas arbitrarias de los conductores de taxi, y los resultados irregulares del jugador de dados a quien llama un “aleatorio” pues su pretendida buena o mala suerte está determinada por factores accidentales (o aleatorios), que aun con toda la experiencia del mundo no pueden reducirse a esquema constante.
Simulación del movimiento browniano que realiza una partícula de polvo que colisiona con un gran conjunto de partículas de menor tamaño (moléculas de gas) las cuales se mueven con diferentes velocidades en direcciones aleatorias. (Fuente: Wikipedia)
El determinismo materialista tanto como el fatalismo pagano y el janseismo cristiano acepta el factor predeterminante tanto para las actividades mentales como para las físicas. Por otra parte, la ley matemática de las probabilidades presupone la incertidumbre en cuanto a la causa y la multiplicidad de los efectos. Implica la independencia de los acontecimientos unos respecto a otros, la posibilidad de una pluralidad de relaciones, el elemento sorpresivo inherente y la coincidencia.
De esto se desprende que la relación de los acontecimientos entre sí no es un circuito cerrado, sino un campo de asociaciones libres, lo cual hace de la noción de libertad, no una obsesiva aspiración, sino una realidad física y necesaria. En otras palabras, es falso el supuesto filosófico de que la busca humana de la libertad implica una batalla contra las fuerzas naturales del universo, ya que la autonomía del hombre dentro de los límites del universo es un atributo natural de su condición física y humana. El azar, que habitualmente dividimos en buena y mala suerte según el resultado eventual de un movimiento particular, queda más específicamente identificado como el lugar geométrico de las coincidencias, y sin la intervención de las impresiones afectivas.
A comienzo del siglo XX, el físico Jean Perrin, de la Sorbona, había experimentado con el movimiento browniano de partículas y lo había sometido a las leyes de la probabilidad. El científico Pierre Vendryes, continuó los experimentos de Perrin con los movimientos aleatorios de las moscas y los esquemas casuales que trazaban los taxis en sus recorridos de París, y quedó impresionado por los paralelos entres sus estudios de la aplicación de las leyes de la probabilidad y el concepto surrealista del Azar Objetivo. Llegó a la conclusión de que “la manera como un ser viviente utiliza su autonomía motora en total independencia le permite establecer relaciones de probabilidad con su medio ambiente”. Al observar directamente el intento de Breton de buscar un estado de gracia a través del Azar Objetivo, Vendryes señaló su pertinencia respecto a la preocupación matemática de las leyes de la probabilidad.
Simulación del movimiento browniano de 5 partículas (amarillas) que colisionan con un gran conjunto de 800 partículas. (Fuente: Wikipedia)
Si, como lo señaló Vendryes, la civilización occidental había sacado la conclusión de que el pensamiento científico es, por definición, determinista, y tendía por consiguiente a robarle al hombre su libertad, entonces la interpretación probabilística de la autonomía plantea nuevamente dos cuestiones fundamentales: la de la libertad y de la intervención del azar en la autodeterminación. “Dar al azar un lugar en el dominio de la ciencia es insertar a la vez un elemento de misterio”. La matemática estaba entonces a la par de la psiquiatría en la aceptación del misterio en el estudio del mundo material, lo cual restauraba el sentido de lo inusitado que, con el debilitamiento de la fe religiosa, había quedado destruido en el hombre moderno. “La existencia, real y probada, de encuentros puramente aleatorios en la vida, le añade a esta un elemento de misterio y ansiedad”.[26]
Nos preguntamos entonces ¿cómo el conocimiento de las leyes probabilísticas afecta el ejercicio de la libertad humana? Este hace posible la acción automática, permite el acceso a los recursos pasivos del pensamiento, haciendo posible el ejercitar de la escritura automática. Vendryes, como los surrealistas, sostuvieron que los procesos estrictamente racionales del pensamiento mantienen bloqueada la despensa de imágenes y deseos de la mente; la rutina de engranajes de la civilización, mecanizada y urbana, con la regulación de la vida mental y los esquemas de conducta, impide la acción del azar en nuestras vidas. Esto quiere decir que el proceso lógico de pensar mecánicamente (con el sentido común, rasgo exaltado por las taras perennes de la domesticación), se contrapone al proceso automático, lo imprevisible del movimiento. Los surrealistas ven entonces en las leyes de la probabilidad una vía para la exploración paralela a la escritura automática, ven en las coincidencias y el azar la posibilidad de restaurar la condición autónoma del ser humano, y concluyen entonces que el obstáculo más grande para lograr esos propósitos está en la rutina misma de la vida.
La libertad que el esclavo Sísifo afirmaba disfrutar después de haber empujado la piedra, no era suficiente compensación para lo que había perdido; los escuetos límites de esa libertad no son aceptables para el hombre moderno que conoce la abundancia de las experiencias disponibles en él a su alrededor. El plan del trabajo debe ser tan errático como el del ocio y debe estar dirigido a abrir la mayor cantidad de vías posibles al azar.
Es bajo esta perspectiva como debe mirarse los paseos que, con Breton a la cabeza, los surrealistas hacían a los largo y ancho de París. Qué otra ciudad que París podía ofrecer tantas intervenciones aleatorias de acontecimientos y escenas a esta ambulación automática y sin destino fijo, tan exenta de preconcepción como la escritura automática.
El destino, bajo la influencia de las matemáticas, iba a tomar una nueva definición: las coincidencias de las necesidades naturales del mundo físico con las necesidades espontáneas del hombre, el cual tiene que abrirse a sus propias motivaciones interiores y dejarse guiar solo por la intuición y el deseo. Si, como veremos, el modo de comunicación en los escritos verdaderamente surrealistas es analógico antes que lógico, la estructura de la obra, en particular la de Breton, es brownista: su clima está identificado con las chispas del encuentro y la coincidencia. La intervención del azar, para el hombre moderno, reemplaza la intervención divina, como lo descubrió Breton. Inevitablemente el accidente es el amor, pues ¿qué experiencia de la vida humana, si descontamos la muerte, es tan incontrolable, tan dependiente de lo imprevisto, de lo indeterminable en todos sus aspectos, tiempo, lugar y forma, como un encuentro amoroso?[27]
Sus obras transitan en el ejercicio constante de estos tres elementos que desembocan al final en una exaltación misma de la vida, la posibilidad del amor conjuga lo inconsciente, lo mágico y los azaroso al mismo tiempo. Si pensamos, como el maestro Mallarmé, que la poesía es enigma y la convertimos en una parte vital de nuestra vida, entonces la vida como contienda inevitable se hace menos inútil, hay un propósito para seguir aquí, algo parecido a esa búsqueda bretoniana del amor casual o perdido, someterse a fin de cuentas a las demandas aleatorias de la misma vida, pero asimilada con intensa pasión. Tal ampliación del vivir mediante el enigma permite iluminar el camino del ser humano, lo convierte en un ser capaz de amar de nuevo, de alcanzar su libertad. “La capacidad de amar forma parte de la total comprensión irracional de los seres, de la apertura al poder convulsivo de la belleza”[28]. Desde sus primeros trabajos de escritura automática –como Les Champs Magnetiques y Poisson Soluble–, hasta obras más maduras –como Nadja, Les Vases Communicants, L’Amour fou y Arcane 17– demuestran en su conjunto total una relación de triple dimensión: 1) el concepto psicológico de la liberación respecto a las inhibiciones psíquicas; 2) el concepto ocultista de la función ocular del poeta-médium, y 3) el concepto matemático de las coincidencias y encuentros verbales regidos por el azar.
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La libertad es un estado constante de rebelión mental. Hay que rebelarse contra todo lo que impida el ejercicio pleno del potencial humano, su comprensión y conocimiento. El concepto de rebelión de Breton no fue quizá el más acorde de su tiempo. La relación mecánica con que el hombre se mueve por el espacio encuentra refuerzos en la definición de alienación de Marx, autor que tuvo gran influencia en Breton, haciéndose participante en los movimientos comunistas de la época, pero hasta cierto punto, porque al igual que los dadaístas los socialistas también fueron a la larga otra decepción[29].
Marx concluyó que el trabajo impide el desarrollo de las capacidades intelectuales del hombre. Una vida atareada no permite el espacio para la contemplación y, por lo tanto, ningún sitio de resistencia para la reflexión acerca de uno mismo. La rebelión surrealista buscaba atacar desde distintos flancos la mediocridad del mundo. Breton cultiva la semilla de la protesta política que se hizo popular a través de la prensa y el compromiso personal de cada uno de los surrealistas, no solo desde la escritura, también desde la pintura y las artes plásticas. “No sería aventurado afirmar que no hubo ningún pintor importante, surgido entre 1925 y 1950, en ninguna parte del mundo, que no hubiese tenido contacto con Breton o sentido el impacto de su pensamiento metafísico”[30], considerando también que en muchos casos la relación haya sido muy breve.
Manifiesto Surrealista – André Breton – 1924 Portada: versión de Le Viol – óleo sobre tela, 1934 – René Magritte, MoMa, NY
De todas las actividades realizadas por Breton en pro del Arte no hubo una tan importante como la que desempeñó por la pintura, por el papel que jugó al lado de los artistas. Además de convertirse en su medio para ganarse la vida, en la medida que iba descubriendo pintores los alentaba y promocionada a través de exposiciones que el mismo organizaba y supervisaba. La influencia que generó en lo pintores llegó a ser mucho mayor que en los escritores. La virtud del mago fue que orientó las vagas aspiraciones de muchos de estos artistas, plasmando en palabras sus intenciones en una forma que ellos no hubiesen podido hacerlo nunca. Desempeñó para fines prácticos el papel de un crítico entusiasta, pero también de asesor, cuya opinión era vital para los artistas.
Max Ernst, Ubu Imperator (1923)
Le Surréalisme et la Peinture fue escrito durante el mismo periodo creador durante el cual Breton produjo sus colecciones de poemas más importantes y los escritos semi-autobiográficos…En estos años de creación, desde 1923 hasta 1936, Breton exploró simultáneamente distintos campos: poesía, arte, política. La naturaleza variada de sus preocupaciones entre los treinta y cuarenta años no indica diversificación o indecisión, más bien subraya cierta unidad de sus actividades mentales. Las artes son la expresión del incesante esfuerzo del hombre por entender el mundo, ese mundo por donde su paso es tan breve y, sin embargo, tan absorbente. El ejercicio de un arte, para Breton, forma parte tanto como de la creación de relaciones sociales, de la vida en su totalidad.
Joan Miró: El carnaval del arlequín. 1924-1925. Óleo sobre lienzo. 66 x 93 cm. Museo Albright-Knox. Para esta obra, Miró se entrega totalmente al programa surrealista que tenía en mente. Dijo en alguna oportunidad haberse sometido a grandes períodos de hambre para usar las alucinaciones producidas por la inanición. Aun así, la obra fue el resultado de un proceso meticuloso de reflexión artística y no mero automatismo. (Fuente: Joan Miró: 20 obras fundamentales)
Las primeras actividades surrealistas en la rue Fontaine y en los cafés tenían que ver con la escritura automática y el análisis psíquico y erótico. Con la llegada de pintores como Max Ernst[31] y Man Ray, y unos pocos años después Miró, Salvador Dalí, René Magritte, Yves Tanguy y Marc Chagall, el grupo comenzó a interesarse más y más en el dibujo automático y el problema de la función psíquica del objeto –lo que Max Ernst habría de llamar “la crisis del objeto”. Cuando Breton se puso a la cabeza de la revista, La Révolutión surréaliste, empezó a escribir artículos sobre los pintores que había descubierto y que habían trabajado con él en el laboratorio en que se había convertido su casa. Estos artículos fueron recogidos en su volumen, Le Surréalisme et la Peinture, o sea “Surrealismo y pintura”, que no es exactamente lo mismo que “Pintura surrealista”. La distinción es importante y una vez más resalta el hecho de que para Breton el surrealismo es una etiqueta genérica que define una actitud mental, y que cualquier forma de arte se relacione con ella constituye una de sus subdivisiones.[32]
Object to Be Destroyed is a work by American artist Man Ray, originally created in 1923. The work consists of a metronome with a photograph of an eye attached to its swinging arm. After the piece was destroyed in 1957, later remakes in multiple copies were renamed Indestructible Object.
Los surrealistas utilizaron el concepto de readymade como punto de partida para la creación de esculturas y ensamblajes. Pienso en este instante en Cadeau y en Objeto indestructible, de Man Ray, en el Teléfono langosta y El esmoquin afrodisiaco, de Salvador Dalí. En los cuatro casos, la plancha, los clavos, el metrónomo, la fotografía del ojo, el teléfono, la langosta de plástico, la chaqueta y los vasos llenos de licor de menta se combinan en sus respectivas obras para crear unos objetos que destilan un extraña e insólita forma de poesía objetual que no reniega la función de los propios objetos, lo que hace que, en muchos casos, los veamos más como variantes sugerentes y delirantes de los diseños originales, que como readymades.[33]
Man Ray demostró, estando en relación con los surrealistas, que la fotografía podía imitar lo representativo por excelencia dentro de las artes plásticas, convertir el resultado de un producto destinado a un supuesto destino de uso en una forma distinta y sugerente de lenguaje. La fotografía, junto a la pintura, podían unirse en la demolición de las técnicas de representación, haciendo que la fotografía sirva para propósitos distintos. Esto se relaciona con la proposición fundamental de Breton: “el ojo existe en un estado salvaje”, la libertad está asociada a las diversas formas que tiene el ser humano de percibir el mundo. Es crucial que la libertad o amplitud de percepciones sea realizable tras una refinación de la mirada, aprender a ver implica regresar a un punto de partida, pero ¿cuál sería ese punto?
Breton consideraba que el objetivo del arte está en devolver al ojo domesticado su estado “salvaje” que ha perdido con las estimulaciones enervantes de la vida moderna, tal retorno a lo primitivo tiene como fin alcanzar la no distinción entre las funciones sensoriales e intelectuales de la mente y convertirlas en una sola. Este interés por comprender la mente primitiva ya era tema de investigación por parte de sociólogos como Lévy-Bruhl, psicólogos como C.G. Jung, y antropólogos como Claude Lévi-Strauss, este último desarrolló ideas claves en La Pensée Sauvage, uno de los textos más relevantes en la materia. Lévi-Strauss planteó que el pensamiento salvaje es la capacidad que tiene el ser humano de poder clasificar el mundo a través del lenguaje; a partir de estas asociaciones construye los mitos que dan explicaciones inmediatas de los fenómenos externos que no pueden explicarse de otra manera, fenómenos como el cambio de las estaciones junto a sus consecuencias inmediatas en la trasformación del ambiente, por poner un ejemplo específico. Desde los juegos de palabras, los relatos originarios, se van hilvanando en una memoria colectiva, sedimentando el terreno que justifica las sociedades míticas, a partir del uso de recursos narrativos como la metáfora, alegoría y símiles el habla configura una poética de la comunicación, su vínculo en la transmisión simultánea del saber, en el que surgen las leyendas, el folclore, el traspaso de conocimientos de un pueblo a otro, estructurando el sistema de creencias que comprenden una de las tantas definiciones que podemos darle hoy en día a la palabra Cultura. (Este tema podemos abordarlo en otra oportunidad).
René Magritte Variante de la tristesse, 1957 Oil on canvas
Este desmontaje de la domesticación de la mirada, el regreso al estado autónomo de la mente, era parte de un programa de rebelión no solo contra el establishment del mundo, sino de otros aspectos de la cultura occidental. Entre las posiciones más importantes estuvieron los ataques contra la guerra, el sentido del patriotismo y el colonialismo, despertando una creciente impopularidad en la opinión pública, sin mencionar la tensión interna que había dentro del grupo. “El surrealismo fue un movimiento extraño que predicó la libertad extrema, pero creó reglas con las que pretendió normar las creaciones y hasta las creencias de sus afiliados. Tal actitud llegó a niveles infamantes”[34].
El activismo y la legitimación del surrealismo como movimiento llevó también a las enemistades y bajas rotundas. Un espacio donde Breton había tomado el papel encarnado de un papa, entidad ministerial sagrada: un mago, “tal vez porque los que le rodeaban recurrían a él para que estableciera la altura de sus aspiraciones y la norma de su anormalidad”.[35] Es importante tomar en cuenta cómo la relación de los que se rodearon con Breton influyó en la producción del arte de cada uno, partiendo del paradigma surrealista y la postura de la impostura ante la vida. Tampoco se puede dejar de lado que una de las cualidades del mago estaba en su mojigatería, derivada paradójicamente de la seriedad aplicada a su propia vocación literaria. Su temperamento puritano, sumado a las altas expectativas que tenía en las personas, instituciones e ideas, en las que depositaba su confianza, lo hacían muy propenso a cualquier tipo de decepción. Bajo estos principios dirigió el surrealismo, evitando, en el criterios de sus rigideces, sucumbir a un sensacionalismo parecido al que detestaba en los dadaístas.
Desde el comienzo del movimiento surrealista Breton comenzó a tener diferencias con sus amigos en otros puntos también. Uno de estos era el problema de las drogas. Breton, que tenía una personalidad estable y era, además, un hombre de medicina, prohibió su uso, bajo cualquier pretexto, en los experimentos para explorar la psique que llevaban a cabo. Su inconmovible posición acarreó la ruptura con Antonin Artaud en particular; Breton nunca dejó de sentir conmiseración por la vida atormentada de este amigo suyo, enfermo y desequilibrado, pero muy pronto lo eliminó como posible colaborador en los descubrimientos experimentales en el campo de la psique humana. Esto proporciona una convincente ilustración del hecho de que su interés no era la psicología clínica o anormal, sino el poder visionario de una mente lúcida; el desequilibrio mental de Artaud y el hecho de que fuese un drogómano lo hacían objeto de compasión y no de exploración.
Finalmente, el mayor número de desacuerdos dentro de las filas surrealistas se debió a las sospechas de Breton sobre la utilización del surrealismo. Temía que al surrealismo se le explotase para obtener beneficios personales, que se le prostituyes e involucrara en las manipulaciones y negocios de la sociedad capitalista. Fue dentro de este contexto que Breton llamó a Salvador Dalí Avida Dollars[36], apelación que Dalí con buen humor habría de capitalizar en beneficio propio.[37]
Esta aberración por el lucro obtenido mediante el arte era una cualidad inalterable en la personalidad de Breton. Algo contradictorio, puesto que era el mismo arte lo que durante un tiempo le permitió sustentarse económicamente. Tal vez el detalle estaba en sus intenciones casi prometeicas de llevar un control moderado y consciente de su movimiento, algo que resultó imposible por las mismas oposiciones internas de los miembros que daban el sentido lúdico e intelectual al surrealismo, incluso, yendo más allá, si esta misma búsqueda de control estaba en conceptualizar su visión de la fórmula de la libertad, que quedaba irónicamente restringida a términos y condiciones impuestas por el mismo movimiento.
La bemol del surrealismo, personificada en Breton, estaba en que al formalizar su propia institución se vio incluso implicado en sus propias contradicciones fundacionales, pretendiendo que la misma rebeldía que se promovía desde las filas surreales también debía estar regulada bajo criterios morales y creativos. Pretendía que el artista debía encarnar la rebeldía absoluta, sin buscar mediante sus producciones una forma de ingreso que rayara en la espectacularización de su obra, y de manera respectiva añadirle esta cualidad demagógica a la idea del surrealismo. Eso explica por qué Breton de una manera proporcional generaba amistades al mismo tiempo que las enemistaba. En su intransigencia estaba la fortaleza de su personalidad, su versión totalizadora de rebeldía que llevó hasta sus últimas consecuencias.
Arcane 17 en la tradición del tarot hebraico-bohemio egipcio es conocido como el Gran Secreto. En las cartas del tarot es la decimoséptima de la veintidós, viene después de 15 y 16, atribuidas a la obra del diablo: la guerra y las tinieblas. Pero después de la caída de Lucifer, bruscamente, el firmamento vuelve a ser luminoso, y triunfa el amor y la paz.
La rebelión metafísica del Arcane 17 (una de las publicaciones más logradas y maduras del mago) es muy distinta a la que Camus plantea en El hombre rebelde, obra contemporánea con la de Breton, que destacaremos a modo de cierre para esta reseña. Para Camus la rebelión metafísica del hombre es resultado de una frustración, una decepción por la condición humana, lo que justifica una confrontación hostil entre hombres y dioses celosos por el poder sobre el dominio humano. Para Breton no hay presencia de hostilidad, “su rebelión es contra la miopía humana y el elemento de riesgo (como la caída emblemática de Satanás hacia las tinieblas) es una catarsis que eventualmente lleva hacia la luz –o sea, la elucidación del papel desempeñado por lo humano dentro de un universo bien integrado”[38]. Tras el logro del hombre por salir del laberinto, será capaz de devolverle a la vida la pasión en toda su extensión. El optimismo esperanzador era una versión casi antagónica, tildada hasta de imposible, por las doctrinas fatalistas y oscuras que se pusieron de moda en el siglo XX, por razones bastante comprensibles, estamos hablando de reflexiones que se fueron macerando y dilucidando en el proscenio de dos Guerras Mundiales, la fe en la humanidad estaba desmembrada, la misma razón dio las bases epistémicas y fácticas para llevar a la raza humana a su destrucción, poniendo a las vanguardias del arte en jaque, en un estado de sitio donde la postura irracional era una forma de resistir a los estragos provocados por el sentimiento del progreso sacralizado.
Las corrientes pesimistas fueron engendradas por una tradición que puso en tela de juicio la versión decadente de la vida y la búsqueda de transcendencia mediante la muerte de ídolos, colocando al hombre en un estado de soledad devastador, oscilando entre la existencia y la nada, perpetuando en su contradicción la expresión absurda de la vida, que ya no puede justificarse en pretextos religiosos ni explicaciones ambiguas de lo divino, porque aparte de que Dios ha muerto…a nadie le importa. No es sino por esas diferentes formas de abordar la condición humana que Breton, ya en sus últimos años de vida, fuese atacado por las principales corrientes del existencialismo francés, representadas en personalidades como Albert Camus y Jean-Paul Sartre.
La peor de forma de esclavitud consiste en estar encadenado a un modo de pensamiento que, al darle al mundo un aspecto falso, artificial y cómodo, nos impide vivir libremente; podemos decir incluso que el conformismo y la indiferencia son formas violentas de opresión, pues son posturas voluntarias que se toman al aceptar el mundo sin verse en la necesidad de cuestionarlo, un mundo que afortunadamente no es ni podrá ser como nos parece.
Los surrealistas y existencialistas, a pesar de sus desacuerdos, coinciden en que la libertad es posible en la ausencia de entidades superiores. Una vez liberados de un Dios imaginario, cuyo papel es el de justificar otro mundo en el que por medio de nuestros actos se nos reservará un palco seguro en ese más allá celestial (si es que tal expectativa va anclada a nuestras creencias particulares), mientras nos sometemos a cualquier forma de servidumbre cerebral en este asilo provisional de perezas y miedos del más acá…. una vez liberados de una moral cuyos imperativos no son sino los hermanos perversos de los imperativos de la razón, el ser humano, mediante la visión poética del mundo, volverá a encontrarse a sí mismo en su totalidad: en medio de –y no frente a– un mundo renovado cuya íntima fraternidad habrá vuelto a encontrar. Habrá descubierto la magia interior presente en la complejidad del mundo.
Me atrevo a decir que todas las corrientes del pensamiento, independientemente de los ingredientes que la conforman, hasta en sus explicaciones más radicales y elaboradas, dedican un apéndice siempre discreto a la esperanza. Los surrealistas, con sus discrepancias e invenciones, hasta el día de hoy, han dejado en nosotros mucho material para infinitos collages, modelos para armar en conjunto nuestra propia versión de la libertad.
Teclea/Elige
*Artículo presentado para la Sociedad de Entomólogos y Lexílogos de la Plaza Omar Khayyam, con motivo de la conmemoración del 55 aniversario de la muerte de André Breton: Mago del surrealismo, que estuvo tan cerca pero igual muy lejos de conocer Venezuela personalmente. Dicho evento se celebró, contra todo pronóstico y expectativa, en la ciudad mercurial de Santiago de León de Caracas, Distrito Capilar, el día 28 de septiembre del año 2021, bajo el dominio de Libra, el signo del zodiaco más civilizado y amable.
Notas:
[1] G. Lipovetsky, La Era del vació: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, 2002.
[2] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p.35.
[3] Ibid., pp.42-43.
[4] Ibíd., pp.38-39.
[5] Ibíd., p. 39.
[6] Ibíd., p. 43.
[7] Ibíd., p. 45.
[8] Ibíd., p. 360.
[9] A. Breton, Antología del humor negro, Anagrama, 1991, p.13.
[10] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p.45.
[11] Ibíd., p. 46.
[12] Ibíd., p. 87.
[13] H. Ball, La huida del tiempo, Acantilado, 2005, p. 137.
[14] Ibíd., p. 124.
[15] Ibíd., p. 129.
[16] P. Auster, Huesos Dadá, en: H. Ball, La huida del tiempo, Acantilado, 2005, pp.13-14.
[17] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 92-93.
[18] J. Rigaut, Agencia general del suicidio, interZona Editores, 2019.
[19] A. Breton, Les pas perdus, Gallimard, 1970, p.136.
[20] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 50-51.
[21] Ibíd., pp. 54-55.
[22] La magia se diferencia del misticismo porque no juzga nada a priori antes de haber establecido a posteriori el fundamento de sus juicios, es decir, antes de haber aprehendido la causa por los efectos contenidos en la energía de la causa misma, por medio de la ley universal de la analogía. De allí que en las ciencias ocultas todo lo leído, y las teorías se establecen sólo con base en la experiencia…y el Mago no admite nada como cierto en el dominio de las ideas a menos que quede demostrado a través de su realización (E. Lévi, Transcendental Magic.Its Doctrine and Ritual, Dutton, S/F, p.105).
[23] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 63-64.
[24] Ibíd., p. 64.
[25] Ibíd., p. 66.
[26] Ibíd., pp. 68-69.
[27] Ibíd., pp. 70-71.
[28] Ibíd., pp. 191
[29] Hubo una serie de acontecimientos que enemistó a Breton, no con el comunismo, sino con el estalinismo: el primero fue el destierro de Trotsky; el segundo, su propia exclusión del Congreso Internacional por la defensa de la Cultura, patrocinado por los comunistas en París en 1935. Se le hacía difícil perdonar el que Moscú imitase el tipo de hipocresía y complicidad que siempre había asociado con los regímenes capitalistas. (Ibíd., p.133).
[30] Ibíd., p. 232.
[31] Max Ernst se había apropiado de todas las ilustraciones que traía su colección de revistas publicadas en los últimos años del siglo XIX. Con unas tijeras brillantes y afiladas, recortó los detalles que le interesaban y los clasificó según los motivos que representaban: animales, damas, caballeros, máquinas, medios de transporte, mobiliario, instrumentos musicales, detalles arquitectónicos…Más tarde, con un frasco de pegamento y unas pinzas precisas, fue utilizando esos fragmentos para crear unas nuevas composiciones. El resultado es una impecable colección de collages, cuya estética es engañosa. A simple vista parecen grabados perfectos, ilustraciones serias dignas de una publicación científica o filosófica, pero, al detallarlas, nos damos cuenta de que en cada lámina palpita algo extraño, algo que se traduce en unas imágenes divertidas, hechas de retazos (como en los sueños) que van creando una historia llena de personajes y ambientes absurdos. Max Ernst unió todos esos collages y formó, al menos, tres novelas gráficas cuyos títulos son La mujer 100 cabezas, Sueño de una niña que quiso entrar en el Carmelo y Una semana de bondad o Los Siete elementos capitales (En R. Echeto, Maniobras Elementales, Fundación para la cultura Urbana, 2016, pp. 194-195).
[32] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p. 232-233.
[33] R. Echeto, Maniobras elementales, Fundación para la Cultural Urbana, 2015, p. 190-191.
[34] Ibíd., pp. 192.
[35] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p. 126.
[36] Nunca sabremos con exactitud en qué momento Salvador Dalí se dejó crecer los bigotes. Suponemos que al ser expulsado de la Real Academia de Bellas Artes y abandonar la Residencia de Estudiantes de Madrid le crecieron solos, sin que mediara premeditación alguna. Más tarde, en 1940, se mudó a Nueva York. En esa ciudad pudo trabajar a sus anchas: pintó, dibujó, modeló, escribió, diseñó, jugó, disertó, fue respetado, temido y querido como el gran artista que siempre fue. Eso sí: para lograrlo, convirtió sus bigotes en la escultura portátil más poderosa que hubo creado hasta entonces: una escultura-radiofaro de dos antenas simbólicas, que irradiaba espectáculo y atraía al público. Con razón Dalí siempre refería que antes de trabajar en un cuadro, pringaba sus bigotes con miel para que las abejas lo acompañaran y los protegieran siempre (En: R. Echeto, Maniobras elementales, Fundación para la Cultura Urbana, 2016, pp.191-192).
[37] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 133-135.
Una vez más había ido al Teatro Teresa Carreño para que, a pesar de mis expectativas irregulares y prejuicios recurrentes con la polarización, me volvieran a decepcionar. Morrison me había invitado a una función llamada Descampado, una cosa así, no será sino hasta el final de aquella desastrosa presentación que entenderé la relación título contenido, la relación contexto y función, la función del arte y la vida, las formas sutiles de hacer algo grandiosamente mal, en suma, una dosis visceral suficiente de energía para (des)escribirle a usted, querido lector, tal experiencia de amargura porque quizá, y eso no lo pongo en duda, es mí única forma de venganza, de poner en práctica mi frágil soberanía por escrito. No me interesa el más allá. Morrison tenía altas expectativas como yo. Había un amigo suyo que hacía la música del evento y el día que fue ella a buscar las entradas este le comentó de todo lo increíble que sería esa experiencia, toda esa fusión de danza, circo, sinfónica y teatro, un mega evento. Morrison le creyó, al mismo tiempo que yo le creí a ella y ambos creímos al entrar y esperar sentados en la sala Ríos Reina a que empezara la función. Al llegar había una cola larga que se iba moviendo con lentitud hacia la entrada, tomando las respectivas distancias pandémicas. Para el asombro de algunos espectadores se comentaba en la fila que el gobierno había recuperado el espacio del Teresa. Recuperar (¿otra vez?), ese verbo transitivo y patético siempre pertinente en revolución. En efecto el espacio estaba mantenido en su mismo secuestro, como parte de la gobernanza cultural autoritaria donde los espacios se prestan para ciertas cosas y otras no, entre esas claro: Descampado. Pero esto es una obviedad para cualquiera que viva aquí en este Hotel, donde la cultura es para algunos, los que siguen creyendo con cinismo en este proyecto de justicia social, un recurso que puede patentarse para fines partidistas. Afortunadamente nada construido sobre esos principios prevalece en el tiempo. Los lugares tomados por el capricho político permiten que la gente comente cosas como esta, por ejemplo: Ustedes no saben lo feliz que me hace ver al Teresa Carreño súper acondicionado. Ya era tiempo de hacerle un cariño a estos espacios que son del pueblo. Dice esto una revolucionaria fresálida comprometida con el proceso, al menos virtualmente, miembro de esa entelequia llamada pueblo. Es culpa mía no haber captado desde que pisé el Teresa las mismas señales de siempre. Morrison compartía la idea de que hay que darle oportunidad a los lugares, pero en el caso del chavismo solo podemos esperar lo mismo, la misma fatalidad cutre en todo lo que hace, como hecha a propósito, que exige que no haya críticas y que encima nos impone a todos el tener que sentirnos orgullosos de esta atmósfera total de fracaso que invade la vida cotidiana, al menos en los que ya no son capaces de creer más, es decir, los escépticos invisibles. Yo quisiera para el abasto de mi felicidad creer que creo, tal vez así la experiencia del Descampado me hubiese parecido más conmovedora que deprimente, reconocer entre tantas bemoles el valor del esfuerzo humano, pero ¿cómo es posible creer cuando se ha descreído tantas veces? Ya creer con orgullo en sí es una forma de estupidez. En fin, ya era demasiado tarde cuando Morrison y yo caímos en cuenta que la función Descampado era otro panfleto político de aquel relato invariable de la epopeya bolivariana, una presentación con motivos del bicentenario de la batalla de Carabobo y el homenaje del Bravo Pueblo1. Todo mal. La función empezaba con un grupo de mujeres que gritaban y luego decían cosas sobre el bravo pueblo y la independencia seguido de unas frases africanas; me pareció algo fastidioso que no pusieran subtítulos para saber lo que andaban diciendo, por lo menos, no pude evitar pensar toda esa tendencia que adolece en el grupo de whatsapp de la junta de condominio de mi edificio, repleto de católicos de dudoso coeficiente intelectual, donde comparten cadenas diciendo que el país está sumido en la brujería africana, que hay que aferrarse a los ángeles y al poder supremo de Cristo, que satanás está en las frases incomprensibles donde declaman a Eleguá y Yemayá, lo que hace plausible pensar que las mujeres que estaban ahí gritando en el teatro fácilmente estaban lanzando algún tipo de sorcery foráneo al público, no sé, alguno que hiciera más digerible el gusto por la obra que apenas iba por el prólogo. Mientras sucedía eso unas mujeres se encaramaban en unas telas pero nunca terminaron de presentarse, lástima. Esa fue la primera señal de alarma. Luego un señor detrás de un telón negro apareció diciendo cosas de España, asumí, si mi conocimiento de historia primaria no fallaba, que era el general Monteverde, hablando de un armisticio y el cese de las armas y la paz, ¿cuál paz, camarada? Luego llegó el protagonista inevitable de la obra: un Bolívar versión Kudai hablando de nuevo sobre el Bravo pueblo y el solipsismo que rodea la figura mítica del mismo Bolívar, en este caso el actor que con su corte emo-bicentenario representaba la divinidad suprema nacional, después de Chávez por supuesto, que como todo los huéspedes sabemos, está impregnado en todas las cosas, en nuestro hacer diario repleto de incertidumbres, narcisismos, abandono, frustraciones heroicas que no llevan a ningún sitio, de rigideces espaciales, propagandas pedagógicas donde el tiempo es el recurso explotable que desperdiciamos en cualquier trámite trivial, es la inversión que lleva consigo el culto a nosotros mismos, a ese error colectivo que somos, precario inventario, insuficiente para los elogios excesivos de la sombra del comandante, que cubre y nos protege de nuestra propia locura autodestructiva2. Déjame gritar, como el coro de esa canción que pasaban por Mtv que tristemente no puedo olvidar y recordaba mientras miraba al Bolívar gritar libertad y soberanía, eslóganes dignos para regímenes totalitarios y comerciales de tarjetas de crédito. Entonces así se iba orquestando la desgracia, o al menos mi burla, el momento de la sensación verdadera donde sabes que has ido a un lugar para que simplemente se burlen de ti, de tu dudosa inteligencia, sin derecho a reembolso ideológico. No quiero exagerar ni hablar de manera generalizada pero es lo que personalmente siento que muchos sienten al tener que vivir aquí, en la fauna bicentenaria3, que aparte de aburrida es mala para la estabilidad mental y financiera. Después de sufrir covid perdí por completo el sentido del gusto y porcentaje del olfato, pero al asistir al Teresa de nuevo no me sentí tan desolado por dichas pérdidas, porque noté que otros, muchos otros, habían perdido hacía mucho rato, aparte del gusto, el criterio para elegir. Solo un pendejo abusa de la palabra libertad. Los más ignorantes envilecen el uso de la palabra cultura. Las coreografías de danza no estuvieron mal, no se reprocha el esfuerzo del cuerpo, pero queda solapado por el afán de priorizar un panfleto partidista a la poke sí, haciendo que los bailes no tuvieran sentido con lo que se pretendía transmitir. Bailaban los bailarines y luego salió de la nada una mujer diciendo que era cimarrona y que estaba dispuesta a luchar por la libertad, gritaba tres cosas más y se iba; vi que esa fue la única forma de conectar una situación con la otra, un personaje diciendo lo pertinente a la obra y luego las presentaciones inconexas de danza. Midiendo todo en justas proporciones me pareció surreal que una mujer haciendo su papel de negra cimarrona hablara con tanta convicción de la lucha independentista, considerando que la abolición de esclavos no se concretó hasta 1854, desde Carabobo tuvieron que pasar 33 años (lapso de vida de Cristo) para que hipotéticamente los negros pudieran declararse libres, incluso ser considerados personas, sin que el calificativo cimarrón fuera algo relevante para destacar en un diálogo doscientos años después. La música era lo único rescatable, pero difícil de apreciar en el contexto mismo del Descampado. Morrison decía que hubiese sido mejor la orquesta y ya, o incluso mejor era cerrar los ojos y evitarse las molestias visuales que no iban al caso. El resto de la función fue así. Hubo una parte terrible que sacaron a escena cuatro situaciones donde bailaban, pero al final no entendí ninguna escena, en particular una que era un baile alrededor de una piñata enorme que quería ser árbol pero al final solo era algo que me imagino terminarán cayendo a palos los mismos artistas tras bastidores. Muy buenos los bailes, después de todo, pero ¿de qué se trata todo esto? Claro, el bicentenario. Las escenas eran innecesariamente largas. Una muy rancia fue una donde Bolívar Kudai danzaba con una contorsionista que era la muerte, seguido de más gritos, tanto así que ya la música no era importante, nunca lo fue. Me siento terrible al dedicar tiempo de mi vida en relatar sobre algo que me desagrada, pero es muy preocupante cuando eso que consideras está mal es aplaudido por todos hasta el paroxismo. Me costó mucho aplaudir, no pude hacerlo. No me sentía así desde esa vez que había ido a esa misma sala a ver un ballet de la vida de Chávez con un público desquiciado que gritaba de emoción ante cada aparición del supremo en sus facetas juveniles, cuando era pelotero, cuando era paracaidista, cuando escribía en su diario secreto de cadete a lo Flaubert, cuando era todo y a la vez nada, cuando nadie sospechaba que en aquel hombrezuelo estaría el alfa y el omega de nuestra capacidades totales, muy limitadas, propensas al pesimismo y la mediocridad garantizada por las armas y los medios de comunicación. No digo que el arte político sea malo, puede ser bueno si no se malusa para los fines políticos, son procedimientos distintos. Toda esa muestra de espectáculos son síntomas del estado del arte local, o lo que ellos, los agregados al club de la cultura popular dicen que es el arte. El trasfondo está en el cómo de manera eficaz se logra hacer de la memoria una caricatura y que los artistas cómplices consideren que todo al final se trata de una gran idea, es claro, porque cobran los suyo, no hay discusión luego del respectivo depósito bancario, y es hasta innecesario recordar que las pasiones, sean las que sean, tampoco se negocian. Fue un alivio que Morrison no haya gastado dinero en las entradas. Eso me hubiera dolido mucho. Sin embargo lo gratuito puede ser infame, hasta el punto que se pierde el horizonte del valor de las cosas. Tal vez te cuento esto porque no quiero olvidarlo. Aquí la amnesia es una forma muy eficaz de perder sin darse cuenta. Igual siempre volveré al teatro, pues no se puede perder la esperanza que evoca el espacio. Al salir, lejos de la montonera aduladora que olvida la pandemia después del show, quedaba el horror de la realidad, una ciudad de muerte-diurna, de santamarías grises, avenidas estrechas sin transporte ni luces, repleta de murales de mal gusto con lemas de una happytocracia bélica4, un culto disfrazado a la muerte, somos invencibles, inmunes a la derrota porque somos la encarnación de ella, el legado fabuloso de nuestros héroes. Así se siente el bicentenario. El clima enervante de una Caracas Kitsch que nos echa en cara el costo del pasado, donde todo es posible, y que al cierre del día nos da un consuelo nostálgico en sus arreboles, aquel que brinda de un tinte hermoso el más latente descampado de nuestras vidas, unas que mientras transitamos anónimos por estas calles temáticas pierden sentido.
Notas al pie:
1. «Si bien se reconoce la participación de las clases populares durante el proceso independentista, existe una valoración vacía del pueblo. En otras palabras, se habla del bravo pueblo como icono positivo de la independencia, pero no tiene peso en los estudios históricos frente al panteón de los héroes; por tanto, es una categoría retórica y en cierto modo artificial, creada y consolidada por la historia (y reafirmada por la vía institucional [pedante y agobiante] del Estado). Si bien nadie puede negar la participación de los sectores populares en la guerra de independencia, continúan como protagonistas ausentes y abstractos del proceso emancipador…Es decir, al pretender establecer el bloque independentista como un cuerpo unido y sin fisuras, donde todos los integrantes de la sociedad fuesen del estrato social que fuesen, luchaban por igual contra la dominación española, se simplifica de tal manera la compleja estructura de la sociedad que se crea una identidad nacional inclusive antes de que pueda existir. Los venezolanos no lucharon como bloque en la guerra de independencia. De hecho, la declaración de independencia y la primera república son llevadas adelante por un pequeño sector de criollos y de algunos propietarios ante la mirada atónita del resto de la población».
Pernalete Túa, C. (2011). El mito del bravo pueblo. En I. Quintero, El Relato Invariable. Independencia, mito y nación (págs. 58-60). Editorial Alfa.
2. A veces se comete el error de dar comentarios relacionados con la idiotez generalizada del lugar donde uno tristemente le tocó vivir. En especial cuando los comentarios tocan la sensibilidad del pueblo. Una persona puede tener toda la originalidad que quiera y lograr decir de cierta manera las cosas, pero las costumbres, las taras y pasiones de los pueblos son estables, inmunes a los cambios radicales, intolerante y tirano a todo lo que lo desconcierta, se conservan por medio de estrategias de reproducción social que van más allá de nuestra compresión de lo que está bien o mal. Ante esa maquinaria de las tradiciones no podemos ganar.
3. Las efemérides en Venezuela se pueden dividir en dos prácticas patológicas: las que exaltan el fervor religioso, y las que exaltan el fervor heroico. Sin dejar de lado, claro está, las celebraciones del calendario litúrgico del consumo capitalista que impone el monstruo amable, como el día de los abrazos, el día de las enfermedades mentales, el día de la mujer y el mes del orgullo gay. Hay un cronograma para saber qué rememorar mediante el gasto de nuestra experiencia a compartir nuestra identidad respaldada por la esquizofrenia del mercado, que no distingue reivindicaciones ni luchas, en realidad no le importa, las celebraciones pueden prescindir del factor humano, basta con sentir que además de nuestro cumpleaños hay un día especial para cualquier cosa que dependiendo de nuestro humor e ignorancia celebremos sin miramientos. El triunfo del capitalismo está en que sin importar lo que decidamos nunca nos desviaremos de sentirnos bien, nunca lo que consumamos nos hará sentir como potenciales estúpidos; y esa es la clave de la libertad: el gasto desmedido de uno mismo.
4. Ya muchos nos habíamos hecho una idea de lo insoportable que es el chavismo con el tema de las celebraciones, como buenos aprendices de los programas cristianos y neoliberales, aplican una agenda a la bolivariana para todo, Bolívar es una especie de Ditto ideológico que penetra nuestras vidas como un cáncer de heroísmo que al tenerlo tan presente no es posible sentirse un ser capacitado de superar la artritis histórica, con facilidad se hace de la memoria una caricatura siniestra que refleja lo peor de nosotros. Se ha hablado demasiado del tema, hay expertos que se han dedicado a estudiar el fenómeno del culto como caso clínico, sexual, político, cultural y mercadotécnico que sienta las bases de nuestra idiosincrasia, no obstante discutirlo no implica que tengamos la voluntad de superarlo. Es una maniobra de exorcismo imposible de llevar a cabo.
Denise Levertov, a mediados de 1973, hizo una selección de varios textos suyos en prosa para reunirlos en un hermoso libro. La publicación de The Poet in the world fue recibida por los lectores como un suceso comparable con la publicación de The Sacred Wood de T.S. Eliot y ABC of reading de Ezra Pound. Investigando vi que la primera traducción (?) en lengua española fue realizada por Ugo Ulive. El libro fue editado y publicado por Monte Ávila Editores en 1979. Ignoro si se realizó alguna otra edición posterior o anterior en español, tema que me desconcierta, pues se trata de un libro maravilloso y conmovedor, con un valor y fuerza imprescindibles cuyo título es casi de culto; uno de tantos títulos que tuvimos el lujo de tener en los anaqueles de nuestro país al módico precio (grabado en la contraportada) de 35 bolívares.
Para Denise la prosa en los poetas establece un estrecho vínculo entre la vida interior y exterior que sirve como un recurso más autorevelador que los mismos poemas. En la prosa se concentran los aspectos de la vida meditativa de quien escribe, mientras que los versos son la manifestación de los impulsos espirituales. Los grandes maestros logran en sus escritos enlazar ambos estados creativos, dándoles esa particularidad en la voz que resuena indefinida en la conciencia de una época. Denise Levertov es ese tipo de maestra cuyas palabras resuenan todavía en pequeños rincones de resistencia.
El poeta en el mundo está divido en cinco secciones temáticas donde la autora estableció sus intenciones acerca de la relación vital entre la poesía y su vida. En Trabajo e inspiración, primera sección del libro, reúne una serie de conferencias y reflexiones sobre la teoría poética. Las maneras de componer, bajo el presupuesto de lo que ella concibe como la forma orgánica, concepto que está detrás de todas las cosas, donde el poeta es aquel capaz de revelar aquello que está oculto. La forma orgánica consiste en un método de percepción basado en la intuición de cierto orden, una forma más allá de las formas, donde la poesía, como obra creativa, es una actividad exploratoria. A grandes rasgos, la condición del poeta está en un entrecruzamiento o constelación de experiencias que despiertan en él una necesidad, mejor dicho una exigencia mayor, que vendría a materializarse en el poema.
El comienzo de la satisfacción de esta exigencia es contemplar, meditar, palabras que denotan un estado en el que el calor del sentimiento va caldeando el intelecto. Contemplar proviene de «templum, temple, lugar, espacio de observación indicado por el augur». No significa simplemente observar, advertir, sino hacer estas cosas en presencia de un dios. Y meditar es «mantener la mente en estado de contemplación»; su sinónimo en inglés es «to muse«, que proviene de una palabra que significa «estar con la boca abierta», algo que no es tan cómico si pensamos en «inspiración»: llevar aire a los pulmones. (pp. 18-19)
Denise en un texto incluido en la primera sección, Una definición más amplia, sintetiza, a petición de un alumno, tres categorías que luego la autora explica de manera concisa. Me veo en la necesidad de transcribir toda la página.
—There is a poetry that seeks to invent, for thought and feeling and perception not experienced as form, forms to contain them; or to make appropriate re-use of existing metric form.
[Hay una poesía que trata de inventar, para el pensamiento y el sentimiento y la percepción no experimentados como forma, formas que los contengan o trata de reutilizar apropiadamente formas métricas existentes]
— There is a poetry that seeks to invent, for thought and feeling and perception not experienced as form, a mode of expression that shall maintain that formlessness, avoiding the development of rhythmic and sonic patters.
[Hay una poesía que busca, para el pensamiento y el sentimiento y la percepción no experimentados como forma, un modo de expresión que conserve esta carencia de forma, evitando el desarrollo de modelos rítmicos y sonoros]
— There is a poetry that in thought and in feeling and in perception seeks the forms peculiar to these experiences.
[Hay una poesía que en el pensamiento y en el sentimiento y en la percepción busca las formas peculiares de estas experiencias]
La primera de estas tres categorías implica el concepto de síntesis de forma y contenido como un acontecimiento producido por el ejercicio del poder y la astucia del artista, pero no como un acontecimiento orgánico, como el agua que fluye tiene el dibujo de sus ondas como si fuesen inherentes al contenido. Por el contrario, la tercera categoría sí implica una fe en la inmanencia de la forma dentro del contenido y trata de descubrirla y revelarla.
La segunda categoría tiende hacía el flujo, y no hacia algún tipo de forma. Frecuentemente tiene un dibujo, como el agua que fluye tiene un dibujo de sus ondas, pero no se permite al dibujo que se fije en el ojo o en oído porque caería en el peligro de convertirse en forma. Esta categoría es lo que verdaderamente podemos llamar «verso libre».
También la poesía de la tercera categoría, que en otra parte denominé poesía de «forma orgánica» es llamada comúnmente verso libre. ¿De qué manera el término es aplicado correcta o incorrectamente? Comparte con la segunda categoría su libertad ante moldes métricos pre-existentes y re-utilizables. Pero a partir de allí usa su libertad para lograr fines diferentes: donde el verdadero «verso libre» se preocupa por mantener su libertad frente a todas las trabas, la poesía «orgánica», una vez liberada de formas impuestas se somete voluntariamente a otras leyes: las leyes variables, impredecibles pero sin embargo estrictas del paisaje interno, descubierto mediante la tensión interior. Su disciplina comienza con el desarrollo de la máxima atención, y en esto se relaciona más estrechamente con la primera categoría, la «tradicional» (donde es esencial el sentido lo más preciso posible de la adecuación de una forma para un contenido) que en el «verso libre» el cual, al aborrecer todo confinamiento, corre o serpentea sin prestar mayor atención a los detalles o a las implicaciones.
Levertov se vinculó con las actividades literarias de la revista Origin, así como compartir las ideas de otro gran poeta contemporáneo como lo fue Charles Olson: el contenido determina la forma. La obra de Denise Levertov está relacionada con las guerras, el sufrimiento, la perversión humana. Estaba convencida del compromiso del artista en revelar los hallazgos de la conciencia. Muy vinculada a la poesía de vanguardia de los Estados Unidos, Denise concibe el poema como un misterio, y el poeta como un artesano que prioriza el valor de cada espacio, cada verso, cada coma y cada palabra, en donde cada elemento cumple una función vital para el funcionamiento del poema en su totalidad. Insiste y secunda la idea de otro maestro, Ibsen:
La tarea del poeta es aclarar para sí y por lo tanto para los demás las interrogantes temporales y eternas que estén activas en la época y comunidad a la que pertenece.
La obra que se concibe no tiene ningún fin social, lo que sí tiene es un destino social, ese no depende del creador porque va más allá de sus capacidades mortales, esa es la cualidad implícita en las grandes construcciones del arte, en la poesía que a modo de elipsis penetra en la semblanza de ese lector extraño que está presente y del que vendrá. Para Denise no debería haber una contradicción entre el oficio de poeta ante los fenómenos de la sociedad esquizofrénica capitalista: las guerras que provoca, las injusticias contra las diferencias, como las que están presentes todos los días, por ejemplo, contra los pueblos de color y las mujeres; el poeta al asumir un compromiso pleno con la vida está al tanto de las exigencias e implicaciones de luchar y resistir ante los atropellos que afligen la existencia. Vocera de un feminismo lúcido insistía que la verdadera revolución era en sí una lucha que involucrara todas las luchas.
Los buenos poetas escriben malos poemas políticos sólo si se permiten escribir retórica deliberada, terca, malusando su arte como propaganda. El poeta no usa la poesía sino que está al servicio de la poesía. Usarla es malusarla. Un poeta que siente el impulso de hablar consigo mismo, de mantener un diálogo consigo mismo sobre el tema político puede esperar escribir tan bien sobre ese tema como sobre otro cualquiera. No puede separarla de todas las demás cosas de su vida. Pero lo que está en cuestión no es la posibilidad de hacer buenos poemas «políticos». Lo que está en cuestión es el papel del poeta como observador o como participante en la vida de su época. (pp.147-148)
Hypocrite women
Hypocrite women, how seldom we speak of our own doubts, while dubiously we mother man in his doubt!
And if at Mill Valley perched in the trees the sweet rain drifting through western air a white sweating bull of a poet told us
our cunts are ugly—why didn’t we admit we have thought so too? (And what shame? They are not for the eye!)
No, they are dark and wrinkled and hairy, caves of the Moon … And when a dark humming fills us, a
coldness towards life, we are too much women to own to such unwomanliness.
Whorishly with the psychopomp we play and plead—and say nothing of this later. And our dreams,
with what frivolity we have pared them like toenails, clipped them like ends of split hair.
[Mujeres Hipócritas
Mujeres hipócritas, ¡qué pocas veces hablamos de nuestras propias dudas, mientras que dudando protegemos a los hombres de sus dudas!
Y si en Mill Valley posado en un árbol la lluvia dulce deslizándose por el viento del oeste un blanco y sudoroso poeta toro nos dijera
que nuestros coños son feos -¿por qué no admitir que hemos pensado así alguna vez (Y por qué sentir vergüenza? ¡Si no son para mirar!)
No, son oscuros y arrugados y peludos, cuevas de la Luna … Y cuando un zumbido oscuro nos llena, una
frialdad hacia la vida, somos demasiado mujeres para confesar tan poca feminidad.
Putamente con la sicopompa jugamos y suplicamos para luego No decir nada de esto. Y nuestros sueños,
con qué frivolidad los hemos cortado como uñas, como puntas de pelo horquillado.]
El poeta, al ser un ente poseedor de un don, tiene como trabajo concientizar una disciplina diaria entre la acción y las palabras. Los poetas son, como dijo Blas Coll, los mineros del idioma. En el ámbito de una literatura, cuando se escribe, se estudia o se enseña, como el caso de Levertov, esta se convierte en una parte inseparable de la vida. Implica que las decisiones, tanto espirituales como existenciales, están mediadas por una condición literaria, es decir que ya se ha tomado una decisión contundente en cuanto a la manera de conducirse en la vida. Rilke, siendo una de las voces mayores de la creación, entregado de pleno al arte llegó a escribir que
…en última instancia el arte no tiende a producir más artistas. No trata de incorporar a nadie y siempre he adivinado que no le preocupa en absoluto ningún efecto. Pero una vez manado de una fuente inagotable, cuando sus creaciones están ahí, extrañamente silenciosas y superables entre las cosas, puede ocurrir que involuntariamente se convierta en algo ejemplar para toda actividad humana en virtud de su innato desinterés, libertad e intensidad…
Pues por más que el artista dentro de nosotros se preocupe por la obra, por la realización de ella, su existencia y duración completamente separadas de nosotros, solo actuaremos correctamente cuando comprendamos que incluso esta muy urgente realización de una realidad superior aparece, desde algún punto altísimo, último y extremo, solo como el medio de obtener algo nuevamente invisible, algo interior y nada espectacular: un estado más sano en medio de nuestro ser.
En ambos fragmentos Rilke nos dice que el arte como tal no es precisamente un efecto sino que es una cosa imbuida en la vida, no conduce a ninguna parte pero nos llena de algo incomprensible. Está presente en las acciones y el entorno, y dicho arte pretende dar un acercamiento bajo sus propias reglas. En las reglas del arte aquello que es pertinente se encuentra mediante una afinación discreta de la mirada. Escribir también es escuchar. Es tomarse la lectura y la escritura (tomando ambas acciones como referentes de la construcción) con un mayor grado de seriedad. Levertov dice que
La obligación del escritor es: asumir responsabilidad personal y activa por sus palabras, sean las que sean, y reconocer su influencia potencial sobre las vidas de los demás. La obligación de profesores y críticos es: no bloquear las consecuencias dinámicas de las palabras que tratan de acercar a estudiantes y lectores. Y la obligación de los lectores es: no caer en la hipocresía de la experiencia meramente sustitutiva, reduciendo así a la literatura al concepto de «solo palabras», en última instancia una frivolidad y una irrelevancia a la hora de la verdad…Cuando las palabras penetran en nosotros cambian la química del alma, de la imaginación. No tenemos derecho de hacer eso a la gente si no compartimos las consecuencias. (pp.146-147)
What My House Would Be Like If It Were A Person
This person would be an animal. This animal would be large, at least as large as a workhorse. It would chew cud, like cows, having several stomachs. No one could follow it into the dense brush to witness its mating habits. Hidden by fur, its sex would be hard to determine. Definitely it would discourage investigation. But it would be, if not teased, a kind, amiable animal, confiding as a chickadee. Its intelligence would be of a high order, neither human nor animal, elvish. And it would purr, though of course, it being a house, you would sit in its lap, not it in yours.
[Cómo sería mi casa si fuera una persona
Esa persona sería un animal. Y ese animal sería grande; por lo menos, grande como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas, con varios estómagos. Nadie podría seguirlo hasta la espesura del matorral para presenciar sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje, el sexo sería difícil de determinar. Definitivamente desalentaría la investigación. Pero, si no lo molestaran, sería un animal bueno, amigable, confiado como un pichoncito. Su inteligencia sería de un orden superior, ni humana ni animal, élfica. Y ronronearía. Aunque, claro, tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo y no al revés.]
La tarea del poeta, como declaró Robert Duncan, es guardar en custodia la sabiduría de que el lenguaje no es un mazo de fichas para manipular, sino que es un Poder. Solo en el resguardo de esa sabiduría se alcanza esa musicalidad presente en el habla.
Tenemos la lucha diaria, inevitable y mortalmente seria de apoderarnos de la palabra y ponerla en el contacto más directo posible con todo lo que se siente, ve, piensa, imagina y experimenta (Goethe).
Escribir (poesía) es un proceso de descubrimiento muy doloroso, revelación de la música inherente en el paisaje de nuestro interior. Existe una obra latente en nosotros que bien podemos encontrar mediante este proceso, no siempre de una manera satisfactoria, pues este afán de plasmar palabras desde cada ocurrencia de esta hipotética obra interior conlleva a la más horrenda de las decepciones. De otra manera más lúcida Malcom Lowry, en esa prosa infernal que compone su novela-reloj Bajó el volcán, dirá que: Hay un poeta frustrado en cada hombre. Aunque en las circunstancias actuales tal vez sea buena idea fingir cuando menos que está uno realizando la gran obra personal sobre «Sabiduría secreta» y entonces puede uno alegar, si nunca se publica, que el título explica esta deficiencia.
¿Bajo qué métodos o alquimias cada uno por su cuenta puede concebir esa sabiduría secreta? ¿Qué costo trae ese pacto délfico que encamina la acción rudimentaria de la perfección suprema: la de conocernos a nosotros mismos?
¿En este espacio de confusión serán pertinentes los versos de Paul Goodman?:
…pasado varios días de los sucesos podemos hablar de ellos con una libertad mayor porque ya no son de interés general.
(La libertad de expresión es un comodín dentro de un mazo de naipes que cuando no conviene en el juego se saca por no tener validez. «Estoy en contra de la censura y la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres» — Los mitos de Cthulhu).
…una tendencia no puede pasar de un día, si puede durar apenas unas horas mejor. Los acontecimientos nacen muertos.
…la magia del espectáculo es que todos los días se nos bombardea de contenidos excesivos de infinitas partes, no importa cuál sea el tinte, la postura o la desgracia, todo se pulveriza en la degustación de la diversión. La finalidad es que no tengamos ningún espacio para analizar nada salvo en los límites que impone la tendencia, mientras se sostiene la ilusión que estamos más informados que antes porque se asocia en la cantidad y circulación agobiante cierto sentido de superioridad, sin considerar las repercusiones digestivas y cerebrales, esas que terminan alimentando con preocupante éxito los egos de aquella raza tan necesaria para la preservación de la humanidad: los imbéciles. Es una población densa que se encuentra en casi todos los dominios de la vida. Con el milagro de las redes podemos sentir que esa imbecilidad nos sopla la nuca y da sobradas razones para tirar la toalla. Sin embargo resistir dicha imbecilidad, incluso cuando se tiene una urgencia urticaria de acometerla, es una maniobra terapéutica que tampoco lleva a ninguna parte, pero que nos puede traer una tranquilidad paliativa y en una situación colateral, no sé, encontrar la empatía de un lector desconocido que tenga angustias parecidas a las nuestras.
…los sucesos ocurridos entre 28 y 29 de abril de este año pueden destacarse para hablar sin tanto rodeo de la imbecilidad venezolana. Destaqué tres sucesos que aislados no tienen la mayor importancia pero vistos en conjunto proponen un tríptico de la infamia temporal: la muerte del ministro de educación, el estupro del poeta y la beatificación del venerable.
…el primer suceso fue solo para confirmar trastornos patológicos sobre un país polarizado que decide medir todas sus situaciones con la misma vara rota. Por una parte las encomiástiscas palabras obituarias donde el ministro era casi un Prometeo de la revolución. Recordemos que este sujeto fue el que dijo que el control cambiario más que una medida económica era una medida política, ideológica, es decir que las regulaciones fueron establecidas por la retórica antes que por principios financieros. Del mismo modo sucedió con las medidas aplicadas al sistema educativo que desde su cargo se suponía tenía que velar; sin duda lo hizo, como buen revolucionario, desde la retórica, propugnando por una educación que enseñara a obedecer antes que pensar. Su modesta gestión mandó todo el sistema a la verga. Cuando la educación no se conforma con ser una herramienta para el embrutecimiento de las masas se vuelve innecesaria y se la condena al mayor de los abandonos presupuestales y espirituales. Si el maestro no es un ideólogo no sirve para nada. Por el otro extremo era de esperarse los populares comentarios celebratorios de la muerte del ministro, una expresión que, aunque puede ser entendible hasta cierto punto, raya por igual en la mediocridad, pues se confunde la irreverencia con una especie de triunfo infantioloide, el único que los opositores pueden tener, del que se aprovecharon intelectuales oportunistas que no desperdiciaron la ola para opinar alguna estupidez hormonal de acuerdo a la tendencia acontecida. Sin ánimos de defender posturas extremas hay que entender que bajo estados de resentimiento, exaltación y odio no se puede esperar lucidez ni mucho menos creatividad de ninguna parte. Tristemente la impostura también es una forma de agradar a la gente, de complacerla con lo que quiere y espera ver. Escribir contra el régimen se vuelve en sí un recurso muy cómodo para ganar seguidores y recibir halagos, si llegas muy lejos te puedes convertir en un preso político potencial. La muerte del ministro demostró que la educación como abstracción se logró personificar en una persona y todas las glorias y fracasos reposan en su figura transmediática, que a su vez es una refracción de nosotros como pueblo entero, lo que me hace pensar que más que la muerte de un ministro es la reacción ante la muerte de este lo que hace del suceso algo demasiado irritante, porque me hace concluir como individuo que estoy por igual enfermo. El país entero está enfermo. Es uno de los logros del totalitarismo: convertir a sus engendros en monumentos para que nos distraigamos alabándolos o maldiciéndolos. En las posturas extremas está concentrado el legado palpable de una educación sentimental. Claro, si es que eso podemos llamarlo de esa manera. Educación.
…horas después una cuenta anónima en twitter abrió un hilo con un testimonio de abuso por parte del agitador cultural Willy McKey. El poeta en su cuenta de instagram hizo tres publicaciones que vistas desde la indiferencia de un lector podían entenderse como una muestra de narcisismo incontenible, pero releyendo las publicaciones todo parecía más como el último desespero de una carrera que como el sistema educativo local se fue a la mierda. Demás está mencionar los usuarios que aprovecharon el enjambre para opinar acerca de su disgusto tanto del abuso como de la figura del escritor, dando juicios intercambiables. Un momento adecuado para decir a mí nunca me gustó tal escritor, siempre me pareció esto y aquello, nunca me gustó como escribía, comentarios dados por personas sin nada mejor que hacer ni decir. Se toman la molestia de opinar como si fuese demasiado importante. Por supuesto que bajo esta lógica este texto se somete por igual a las mismas reglas del juego. Ganamos todos.
(No me interesa si lo que leo de alguien que escribe me parece bueno o malo, si estoy o no de acuerdo con lo que plantea en su texto, lo que me interesa es si esa persona que escribe piensa y aparte me hace como lector pensar en algo más, incluso diciendo las cosas mejor, cosas que ni siquiera hubiera podido concebirlas de la misma manera, en el mejor de los casos, nunca haberlas pensado así. Hay que aprender a leer a cada escritor en su sistema, solo así podemos llegar a decir las cosas mejor, aprendiendo de los recursos de otros para poner en práctica nuestra propia contienda al tratar de plasmar lo que se piensa. Como lograr eso es muy difícil con mayor razón hay que esmerarse por saber leer mejor a los otros, sin crearse expectativas que esos mismos otros te entiendan cuando propongas el mismo juego a la inversa. Esta lectura, por supuesto, no tiene que ver con sentimentalismos ni empatías sanguíneas, se puede admirar a un autor sin necesidad de estimarlo, preferiblemente leerlo en silencio sin recomendarlo a nadie. En secreto el silencio es la forma de desprecio que uno en el fondo quiere tener, porque estamos hablando de una envidia sincera. Hay otros casos donde el desprecio es la única forma de querer al artista).
…¿qué sucedió con el agitador cultural?, le descubrieron su pata coja y todos se unieron al linchamiento verbal a distancia, sacaron provecho para purgar la fama ajena, castigar la insensatez. La violación es una cosa despreciable, tanto que se volvió un lugar común para despertar conciencias convenientes en un mundo que convierte las luchas en fetiches comestibles del mercado, pero eso que se siga discutiendo en otro lado, hay para escoger diversos sitios, dependiendo de nuestras pasiones. Aquí no me interesa abordar un tema tan complejo en un texto tan trivial como este. Me interesan son las aristas del hecho alrededor de la fama y el abuso irreversible. Me interesan las didascalias de la tendencia. No se trata del crimen en sí sino del horror que lo rodea junto con sus trágicas consecuencias. La venganza de un público sin rostro que es solidario y cobarde a la vez. Mi padre me dijo que son en esos momentos horribles que se necesitan de los amigos. Al parecer el poeta no tenía tantos como en muchas oportunidades dentro de su fiesta literaria se veía. Las instituciones donde era una figura estelar, las primeras en picarle la torta con orgullo fueron las primeras en desentenderse del monstruo. Viéndolo con frialdad a nadie en verdad le importa el abuso. Este país tiene un desprecio profundo por las mujeres, por mucho que se esfuerza nunca logra ocultarlo. Somos el país de las mujeres hermosas, ¿saben?. Todas las posturas de ponerse del lado de la víctima fueron formas polite y oportunas para esquivar el golpe del martillo de lo políticamente correcto. El abuso fue el pretexto para escudar las imágenes rectas que se construyeron como instituciones que velan, claro está, por la cultura, en este caso la imagen conveniente que se hicieron de la cultura para esconderse detrás de ella, y además, por los derechos de la mujer que ahora nos importa más que nunca. Yo te creo. Es que nada estuvo bien. No conforme con todo el espectáculo hipócrita de la sociedad venezolana que vimos en el temperamento domesticable de las masas, donde un día te montan en un pedestal y al día siguiente te declaran la guerra, en medio de ese desastre vimos como dejaron morir al poeta, no digo que no se lo mereciera, el sujeto fue un sádico hasta para reconocer su error, pero al final qué cambió, nada, el tipo se mató, la tendencia terminó, se habló burdamente de la justicia y las “movilizaciones sociales” para desenmascarar a los abusadores, se olvidó el tema, el entretenimiento siguió, se multiplicaron los imbéciles y la vira del show se fue para otra parte, como siempre: a las piernas musculosas de los futbolistas, al seguimiento de las cirugías estéticas de alguna Kardashian, a los nuevos videos musicales donde muchas mujeres menean el culo y le venden sexo frito a tus hijos, recomendando en bonitas frases sencillas que salgas a culiar, a comprar la primera porquería que te ofrezcan, a ser feliz porque te lo mereces.
(Esa indiferencia pone en entredicho la condición real de la víctima y el victimario, sumado al precario rasgo introspectivo que tenemos como comunidad imaginaria, dentro de un mundo que se esmera todos los días por histerizar a las mujeres, que las maltrata simbólicamente en sus comerciales de detergentes, en coreografías de madres que limpian casas que no parecen suyas sin ayuda de nadie y parecen siempre complacidas de hacerlo, en ofertas que exigen entre sonrisas barbies a la feminidad una lucha desquiciada contra el tiempo, mujer que tiene que verse joven y bella siempre, la hipersexualización a la Disney nos sugiere en todo lo que hacemos que nos sintamos atraídos por las niñas, pero no debemos tocarlas, así de esquizofrénico es todo, una campaña de belleza es salud, removedores de manchas solares para tapar las arrugas, la vejez femenina es vergonzosa, fajas e implantes para moldear un cuerpo apto para la mirada masculina, esas mismas empresas que hablan del empoderamiento están más enfocadas en aumentar la venta de sus cosméticos que de la liberación real de la mujer, de legitimar en secuencias pegajosas de insecticidas y lavaplatos los estereotipos de hombres y mujeres idiotizados por la televisión y la educación tradicional cristiana, donde se le incita a la mujer que es preferible ser madre antes que estudiar, ser esposa antes que mujer, ser una cosa antes que una persona. Donde la mujer es un utensilio de primera necesidad en la vida de los hombres. Entonces el maltrato a los objetos está justificado, pues el sistema lo aprueba de manera descarada y cínica. La mujer es El gran otro. Me solidarizo con los movimientos feministas cuando tienen plena consciencia de la lucha diaria de un mundo hostil que busca acabar con cualquier forma de diferencia para imponer su diversidad de lo igual, bajo esas resistencias yo sí puedo creer, no cuando los argumentos provienen de actos revanchistas que buscan algún tipo de lucro vanidoso sin ninguna clase de conciencia histórica. Estas oraciones jamás se podrán leer bien).
…de mala gana los seres humanos pueden admitir que no saben, pero no que no entienden, eso los ofende. Toda esa atmósfera envilecida detonó otro fenómeno secundario. Como ya se dijo, en este país a nadie le interesa la mujer, ni le interesa la cultura, ni tampoco el arte, solo vivir de la apariencia de ese interés, que cuando es necesario se convierte en el oasis de cualquier forajido. Otro gesto que me llamó mucho la atención, siguiendo el hilo de ideas sobre los nuevos totalitarismos de lo políticamente correcto, fue la declaración de un gremio de autores que sostiene un monopolio (digamos diverso) del que-hacer poético venezolano de una parte de la industria. Cito: “Nuestro lugar está al lado de las víctimas. En este sentido, como organizaciones vinculadas a la promoción y difusión de la poesía y como co-organizadores del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, tomaremos en cuenta estos hechos y estableceremos una cláusula en las bases del Concurso que estipule, claramente, la imposibilidad de mantener premio alguno a próximos concursantes que incurran en estas acciones. De igual manera, consultaremos a nuestros abogados la posibilidad legal de retirar el premio a Willy McKey, ganador del mismo en su primera convocatoria”. ¿De verdad? Yo le quiero preguntar a usted, amable lector, si esto que acaba de leer no le parece un texto deprimente, ¿cuántas personas están detrás de esta redacción ministerial? En última instancia le recomendaría a estos poetas que vieran la película de Spielberg, Minority Report, quizá de ahí salgan algunas ideas para otorgar próximos fallos y prevenir algún desacierto de conducta humana que atente el prestigio del premio, porque es claro que es lo que único que les importa. ¿Cómo se le quita un premio a un suicida? Me imagino que en las siguientes reediciones del primer concurso, si la fuerza del mecenazgo y el amor por las letras lo permiten, se le pondrá un asterisco al lado del nombre del poema, como hacen en las estadísticas de los jugadores deportivos que batieron récords a punta de trampaesteroides, con un mensaje en letras cursivas que diga: estos versos fueron producidos por un violador, o en el caso más sensato quitar el poema y rodar los puestos: reescribir la historia, lo cual sería un forma justificada de ejercer la censura, que para unos casos es buena y para otros un mal menor fuera de discusión. Coincidimos: el comunicado es de una retórica revolucionaria insuperable. Simio no mata simio. Gracias nuevamente, Ministro.
…los contrastes mínimos me decepcionaron. Las mofas, testimonios de maltratos, la dictadura de las mayorías, el cáncer de las redes, las ofensas inflamables, el estado putrefacto de las instituciones educativas y culturales, y más al fondo, una demostración de la infelicidad inherente que conlleva escribir algo en este país de estrellas con poco brillo. Con este ejemplo se corroboró que la obra del agitador no fue lo suficientemente fuerte para defenderse sola, se hundió junto al peso de sus acciones, tal vez el gesto mismo nos pone a pensar si existió tal cosa que pueda ser tildada de fuerte, lo digo porque estas mismas personas que lo canonizaron ahora lo repudian, dejando bien claro que al siguiente poeta que gane y se porte mal se le quitará su plaquita de buena conducta. Aquí no se está hablando en ningún lado de calidad poética ni buena literatura, porque no importa mientras se sostenga como criterio la farsa de los modelos ejemplares. Un país así ni de vaina puede producir literatura seria. Es común que se busque castigar al autor desde su obra, humillarlo de alguna manera, olvidando que los grandes maestros que leemos y admiramos en algún momento de sus vidas fueron unos depravados por excelencia, claro que para este caso no podemos hacer comparaciones de ese tipo. No obstante destaco el caso de Willy como un hecho que reveló la ranciedad de nuestras industrias creativas, junto al retraso de nuestras legislaciones, desde los ejercicios masivos, posturas institucionales, atomismos mediáticos y debates ambiguos sobre la moral del intelectual venezolano. Un error basta para desmeritar una breve vida dedicada al esfuerzo de ordenar palabras. Vemos que tampoco la poesía nos importa, tema delicado cuando nuestra virtud como pueblo está en ser una factoría de poetas, cuando no estupristas, dictadores ni monjes capuchinos-cochinos. El poeta es la punta del iceberg, el chivo expiatorio de una cultura rupestre de la violación. Cada tantos eclipses se exige un sacrificio de sangre para mantener el status quo de la sociedad falocrática, muy orgullosa de su memoria de corto plazo: de su negligencia poética.
(Releyendo a José Ignacio Cabrujas en una cola para sacar plata pensaba sobre la fuerza relativa que da sentido a las industrias creativas de un lugar. Los pueblos que creen en sí mismos son capaces de leer entrelineas la condición de su tragedia y proponer soluciones mediadas por el arte, por la destreza de una sugerencia que logra hablar universalmente de lo particular, un estilo que unifique lo mejor de las tradiciones y proponga sucursales nuevas para repensarnos mejor. De lo contrario, todo pueblo que se regocija en su derrota solo estará limitado a reírse de sí mismo, a repetirse en su ignorancia contagiosa, convencido de ser algo que no es, ni llegará a serlo por falta de entrega en las pequeñas maniobras del día a día, todo por un afán de hacer tendencia, por tan solo un microsegundo de fama y atención, una mofa de su desgracia. Un arte irresponsable es aquel que retrata una caricatura de la realidad, porque la creación se concibe a la expectativa del espectáculo y no de la introspección, un tipo de arte tan ensimismado que el tiempo se encarga por sus medios colaterales de ubicarla en el olvido que se merece).
…el tercer y último acto fue la beatificación de Doctor José Gregorio Hernández. Un evento masivo donde las tensiones se concentraron en nuestra devoción por las figuras de acción. Nos olvidamos de lo que fue y lo que inevitablemente vendrá. Se leyeron discursos que hablaban de recuperar la esperanza, de retomar la fe, de aferrarnos a las oraciones, de buscar en dios y en la intervención del beato sanar los dolores del pueblo venezolano, transmitir nuestra experiencia al resto del mundo, suplicando que este nuevo ascenso empresarial concedido desde el vaticano de venerable a beato extienda las bendiciones a quienes más lo necesitan. Hay que sembrar valores ¿pero dónde encontrarlos?, ¿en la educación sentimental, en la poesía, en las violaciones, en la censura, en nuestros fracasos? Con un rosario de hechos juntos somos testigos privilegiados de la degradación sistemática de nuestra sociedad. Respiramos la espesura de estupidez impregnada en el espacio que nos tocó en conjunto padecer. Con esperanza me abrazo a mi agonía cristiana, sosteniendo la idea que Tomasi de Lampedusa dejó planteada en su hermosa novela El Gatopardo: todo cambiará para que siga siendo igual. «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?»
(José Gregorio Hernández, así como Roland Barthes, murió atropellado. Ambos son divinidades inmortalizadas, pues sus nombres se fundieron en sus obras).
…como devoto del Doctor puedo decir que somos un país más religioso que reflexivo. Basta que una imagen llore aceite para sentir que nuestras bendiciones fueron escuchadas y que nuestros pecados, mezclados con una especial doctrina de la especulación, han sido perdonados.